VARDA POR AGNÈS / VARDA PAR AGNÈS

VARDA POR AGNÈS / VARDA PAR AGNÈS

por - Críticas
23 Sep, 2019 12:29 | Sin comentarios
La última película de la extraordinaria cineasta belga fue una especie de clase magistral ilustrada en la que revisa didácticamente toda su trayectoria como cineasta y artista.

UNA MUJER CON UNA CÁMARA

Como sucede con la mayoría de las disciplinas científicas y artísticas, los hombres han dominado por siglos el protagonismo en la música, la filosofía, la pintura, las ciencias y también en el cine. Nada excepcional revela ese dato irrefutable, excepto una hegemonía sostenida por una cultura de exaltación del macho, eso que hoy se identifica sin vacilaciones como patriarcado. La historia del cine es también falocéntrica, y si bien hubo desde el inicio cineastas como Alice Guy, Dorothy Arzner e Ida Lupino, que dieron testimonio de que nada impedía a las mujeres estar detrás de cámara, recién en la década del 60 cineastas como Chantal Akerman y Agnès Varda lograron vindicar y establecer de manera inapelable el legítimo derecho de ser directoras de cine.

Como el propio título lo sugiere, este film casi póstumo (Varda murió un poco después del estreno en la Berlinale de este año) no es otra cosa que una clase magistral ilustrada por toda su obra, una amabilísima clase de cine y de historia del siglo XX. El posible narcisismo que comporta una empresa en una doble primera persona se diluye en tanto que Varda siempre se sintió el punto de partida y no de llegada; ella se mostraba honestamente como un núcleo concentrado de curiosidad, del que iba hacia los otros para conocerlos y filmarlos. Toda mujer, todo hombre revestían para ella un misterio y un fulgor cinematográficos. Así filmó a las Panteras Negras, a los revolucionarios de Cuba, a los invisibles espigadores de Francia, a su propio esposo y cineasta, Jacques Demy, a todos los vecinos de la calle en la que vivía o a las feministas de los 70.

Varda por Agnès / Varda par Agnès, Francia, 2019

Dirigida por Agnès Varda. Escrita por Didier Rouget y A. Varda.

En verdad, el film se ciñe a varias conferencias dictadas por la propia Varda, dirigidas a distintos auditorios y trabajadas aquí con un sentido lúdico del raccord, en las que a medida que avanza la disertación se incluyen fragmentos de sus películas, prodigando así varios momentos de clarividencia estética. Véase por ejemplo uno de los grandes pasajes del film, que cuenta con la breve aparición de Sandrine Bonnaire, porque Varda se detiene a recordar la extraordinaria Sin techo ni ley. Todo lo que dice sobre los trece travellings laterales, que siempre van de derecha a izquierda y en sentido contrario a la forma de leer en Occidente, es una lección de puesta en escena. Lo mismo sucede cuando aborda las ideas cromáticas que empleó en algunas de sus películas posteriores o asimismo el descubrimiento de las cámaras digitales, lo que le permitió hacer una de sus emblemáticas obras maestras: Los espigadores y la espigadora.

Esta artista belga a la que siempre se la consideró, más por razones de cercanía que por pertenencia, el miembro femenino de la Nouvelle Vague, hizo fotografía, cine y también realizó notables instalaciones, que en los últimos minutos de Varda por Agnès ganan un justo lugar central. Es un gran momento del film, que permite reflexionar sobre las operaciones estéticas de esta modalidad de representación, en ocasiones tan esotéricas como elitistas –no es el caso en Varda–, porque las instalaciones de la cineasta se alinean con gran coherencia con toda la obra cinematográfica, ininterrumpidamente orientada a intensificar el placer de existir y la osadía de ejercitar, y no solo defender, la libertad.

Roger Koza / Copyleft 2019


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