LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA

LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA

por - Críticas
27 Abr, 2019 08:29 | Sin comentarios
La segunda película de Bendesky es un paso mayor en su carrera. No es fácil filmar la experiencia de un duelo, y menos aún si en ese tránsito afectivo no se prescinde de humor.

QUIETUD EN MOVIMIENTO

Todas las películas sobre duelos, esa experiencia tan singular por la que el mundo se revela inesperadamente endeble, trabajan sobre el tiempo suspendido en el que los vivos tienen que asimilar una ausencia irreversible. La muerte de un amigo, un familiar o cualquier ser amado exige un laborioso ajuste en el invisible orden afectivo. Los eslabones afectivos que sujetan la vida íntima de alguien se trastocan, y lleva un tiempo hallar un nuevo equilibrio. Esa experiencia es la que filma con precisión Mateo Bendesky en su segunda película, Los miembros de la familia.

Gilda y Lucas, todavía muy jóvenes, viajan en un colectivo de línea rumbo a la costa para despedir simbólicamente a su madre. La forma elegida para desprenderse de los restos físicos de la madre tiene algo de siniestro, quizás porque la forma elegida por la madre para abandonar el mundo también lo ha sido. La madre es literalmente un espectro, una entidad en fuera de campo, posición preferencial de todos los muertos que ocupan ese otro lado radical del mundo de los vivos. Bendesky prescindirá de la imagen materna, pero le concederá al fantasma su derecho a transitar el espacio onírico de los vivos. Nada más atinado que citar a los muertos a través del sonido. ¿Qué otra expresión humana puede ser más espectral? Los dos sueños incluidos en la trama, además, confirman el pulso narrativo con el que se mueve el cineasta.

La estadía, en principio, debe ser expeditiva, pero una huelga de transporte dejará inmovilizados a los dos hermanos. Por unos días estarán obligados a esperar el fin de esa lucha sindical que Gilda califica de justa, más allá de los inconvenientes que trae aparejados. La casa en la que se alojan es la que alquilaba la madre, por ahora vacía y encintada, y a la espera de un inquilino, probablemente después de que culminen los procedimientos jurídicos de rigor. En ese mientras tanto que define la naturaleza de la conciencia de los que atraviesan un duelo, los hermanos se ponen al día, piensan sobre el mundo circundante y hacen sus cosas. La película no es otra cosa que ese tiempo de espera.

Bendesky prioriza planos fijos y de distinta escala a lo largo de todo el film. Los travellings se ajustan a los movimientos específicos de los personajes: correr en la playa, pelearse (en broma) en el mismo espacio, andar en moto. La relación entre la quietud y el movimiento es decisiva: el duelo insta a una misteriosa dialéctica entre la suspensión y el movimiento, acaso duplicada aquí por la propia lógica de composición de los planos. Si se trata de una casualidad o no, no tiene importancia, aunque hay motivos suficientes para conjeturar una conciencia plena del cineasta detrás de sus planos. Un buen ejemplo es el mejor gag que tiene el film, en el que se emplea un videojuego. La decisión sonora para esa escena es notable. ¿Un gag? Tiene dos o tres, porque el humor nunca debe ser una interdicción, ni siquiera frente a la muerte.

Los miembros de la familia tampoco se priva de ironías. La muerte siempre enciende creencias dispares, y Bendesky añade algunos apuntes dispersos pero exactos de un espíritu de época en el que asedian por todos lados cosmovisiones insólitas: la lectura del I Ching, la alusión a un platonismo digital, un libro que remite a las literalidades evangelistas y asimismo la referencia a una ciencia de dudoso rigor circulan en el universo simbólico del film, aunque jamás auxilian a los personajes en el dolor.

A todo esto, Bendesky no deja afuera la contracara de cualquier experiencia con la muerte. De un modo muy ingenioso y amable, introduce el deseo, ese motor del psiquismo que juega de contrapeso permanente a la muerte, incluso cuando el último recurso de un hombre o una mujer frente al sufrimiento es desear la propia desaparición.

Esta crítica se publicó con otro título en Revista Ñ en el mes de abril 2019.

Roger Koza / Copyleft 2019

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