BAFICI 27: MEJOR QUE LOS ULTIMOS

BAFICI 27: MEJOR QUE LOS ULTIMOS

por - Festivales
07 May, 2026 05:11 | Sin comentarios
Fue una buena edición del festival porteño: algunos títulos destacados que explican por qué.

El título de esta nota no es antojadizo, ya que, efectivamente —y es una opinión compartida por varios amigos—, esta edición del Bafici fue superior a la de los últimos años. No es que haya habido una profusión de obras maestras (yo, al menos, no vi ninguna), pero sí hubo varias películas de interés y que suscitaban cambios de opiniones. Las proyecciones, como en los últimos años, no tuvieron problemas; se hicieron presentaciones de libros, vinieron varios invitados extranjeros, hubo algunas charlas y, como siempre, un clásico del festival: se informó que aumentó un veinte por ciento la cantidad de entradas vendidas respecto del último festival, algo que no se vio reflejado en las salas (vi varias películas con muy pocos espectadores) y tampoco se percibió el clima de euforia de otros años, algo que probablemente tenga que ver con la situación general del país. Desde luego que también, como es costumbre en la mayoría de los festivales, hubo muchos films de relleno y, si bien es saludable —más en este momento del cine argentino— que se le preste atención a la producción nacional, la cantidad de cortometrajes pareció exagerada. Pasaré entonces a reseñar brevemente algunos films proyectados en el festival que suscitaron mi interés.

Los vencedores

En Los vencedores, Pablo Aparo aborda la problemática de las Islas Malvinas desde un enfoque diferente al de otros trabajos, ya que decide entrevistar a diferentes habitantes del lugar, algo que seguramente provocará escozor en nacionalistas a ultranza. Lo interesante es que en los distintos diálogos no hay rechazo por parte del entrevistador sino que, sin renegar los kelpers de su actitud probritánica, muestran en general una posición, en varios casos, crítica sobre la conducta de la oficialidad hacia los jóvenes e inexpertos combatientes argentinos. Pero el núcleo del film es la entrevista a un kelper manifiestamente antiargentino, con quien el director, a pesar de las diferencias, va entablando una relación de progresivo acercamiento. Lo dicho: es probable que el film provoque controversias y polémicas, pero es una mirada diferente sobre un conflicto centenario.

La coproducción argentino-uruguaya Emi tiene como protagonista a un muchacho de 18 años que vive con sus padres adoptivos en algún lugar del conurbano urbano. Emi está de novio con otro muchacho y trabaja en un taller mecánico con un hombre mucho mayor pero, tras su aparente tranquilidad, lo carcome la duda acerca de sus padres biológicos. El film, mayormente rodado en planos fijos pero con un muy buen montaje dentro del cuadro, tiene un tono asordinado en el que, muchas veces, los silencios y las miradas son más importantes que los diálogos y en el que se va desarrollando un progresivo crescendo. Una película, rodada con modestos medios, muy bien actuada, que tiene como tema central, pero no excluyente, la búsqueda de la identidad.

Ya en Estertor, Sofía Jallinsky y Basovih Marinaro se mostraban como los realizadores más provocadores y disruptivos del cine argentino actual y en Los bobos puede decirse que redoblan la apuesta. Aquí el relato está centrado en una suerte de organización que se dedica a hacer experimentos de electroshock sobre jóvenes, convirtiéndolos en una especie de zombies, en varios casos a pedido de grandes conglomerados financieros. Desde ya que el film propone una lectura política aplicable a la realidad argentina, en la que el dinero parece ser el motor principal de la conducta de las víctimas del tratamiento. Y, por si eso fuera poco, quien dirige a la organización es la madre de una de esas víctimas. Un film provocativo e incómodo de ver, hecho a contrapelo de casi todo el cine nacional, que muestra a una pareja de directores dispuestos a agitar las aguas de ese cine.

En El hangar rojo, del chileno Juan Pablo Sallato, el director se inspira en hechos reales en un relato que transcurre en los días previos y posteriores al golpe militar de 1973 y que tiene como protagonista a un militar que, en su momento, le salvó la vida a Salvador Allende en un atentado que sufrió este y es destinado a una base aérea que será convertida en un campo de prisioneros. Allí le encomiendan una misión en la que hay que trasladar a un grupo de detenidos, entre los que se encuentran dos a los que debe ordenar matar, tarea que no cumple, permitiéndoles escapar. Pero lo que no puede resolver es el conflicto entre la disciplina y la conciencia y terminará regresando a la base donde, se aclara en los créditos finales, será detenido y torturado. Un film, rodado en blanco y negro, de notable concisión dramática, en el que los rostros de los personajes y la gran interpretación de Nicolás Zárate son elementos determinantes para los logros de la película.

El japonés Yasujirō Ozu es uno de los grandes directores de la historia del cine y el documental Los diarios de Ozu es un adecuado complemento para acercarse a su obra. Tomando como base los escritos en los diarios del realizador, a los que deben agregarse varias interesantes entrevistas, entre las que se destacan las realizadas a Luc Dardenne y Kiyoshi Kurosawa, la película, aparte de iluminar varios aspectos de su obra, aporta datos muy poco conocidos, como la admiración de Ozu por Ernst Lubitsch y su participación como combatiente en diferentes contiendas. Un film que muestra algunos breves segmentos de la filmografía del director pero, sobre todo, remite a sus textos para una comprensión cabal de su obra. Eso sí, como ocurre en muchos casos, la referencia a las bombas atómicas arrojadas sobre Japón está rigurosamente eludida.

Es muy poco lo que se conoce en estos pagos sobre Albania, un país europeo de los más alejados de las guías turísticas. Allí, en la posguerra y a lo largo de cuatro décadas, hubo una férrea dictadura stalinista, liderada por Enver Hoxha, que muestra todas las características de ese régimen, esto es: persecuciones políticas, desmedido culto a la personalidad, actos multitudinarios, etc. Hoxha, después de la muerte de Stalin, se enfrentó a lo que consideraba revisionismo de Nikita Krushev, alineándose entonces con la China de Mao Tse Tung, pero sin realizar ningún atisbo de apertura democrática. Film di stato, el documental de Roland Sejko, está construido en base a materiales de archivo y noticieros de la época y casi no cuenta con diálogos. La película ofrece una coda de tono casi irónico, en la que muestra, cuando se produce la caída del régimen, a una multitud tan grande como la que lo apoyaba saliendo a la calle a festejar.

Duse

Eleonora Duse fue una gran actriz italiana que triunfó en las primeras décadas del siglo XX. Duse, la película de Pietro Marcello, muy diferente a otros trabajos suyos, se centra en los últimos meses de vida de la diva, aquejada de una tuberculosis terminal, dentro del terreno de lo que podríamos llamar melodrama operístico, pero sin abandonar el contexto histórico en el que transcurre la acción. Es interesante, en ese sentido, el encuentro de la actriz con Mussolini, que aquí no está presentado como un personaje bufonesco. Personalidad contradictoria, caprichosa, Eleonora Duse encuentra en Valeria Bruni-Tedeschi una intérprete ideal que capta con precisión las distintas aristas del personaje y su voluntad de actuar hasta el final contra los consejos médicos. No estará a la altura de una película de Luchino Visconti, pero es un muy decoroso acercamiento a una figura mítica de la escena italiana.

Ross McElwee es un gran referente del cine documental actual, con títulos de gran nivel como La marcha de Sherman. La primera parte de Remake, su última película, comienza con la intención de McElwee de reversionar aquel título seminal, pero pronto la película va derivando hacia otro terreno: la relación con su hijo preferido. Los primeros años de esa relación se dan en un contexto de felicidad y alegría pero, a medida que el muchacho va creciendo y comienza su adicción por la droga, el film se va oscureciendo progresivamente, entrando en una dolorosa espiral sin salida que acabará trágicamente. Toda la segunda parte del film describe minuciosamente, con gran sensibilidad y sin acudir a golpes bajos, una trágica historia de amor filial sin retorno posible. Un documental intenso y emotivo de un realizador que ya había tratado el tema en Memorias fotográficas.

El hombre más solo en la ciudad

Tizza Covi y Rainer Frimmel constituyen una dupla de directores con una interesante carrera y algunos de sus títulos anteriores (La pivelinaVera) se han visto en estos pagos. Su último trabajo es El hombre más solo en la ciudad y tiene como protagonista a un veterano cantante de blues retirado, al que le llega la orden de desalojo del lugar donde mora. El hombre vive de los recuerdos de tiempos mejores y se la pasa escuchando viejos discos, mientras se va desprendiendo de sus pertenencias, y también tiene un reencuentro con una antigua pareja. Un film impregnado de nostalgia y melancolía, con claros ecos del cine del finlandés Aki Kaurismäki y que culmina con un ofrecimiento de la mujer para que, hasta que encuentre un lugar, se vaya a vivir con ella, algo que nunca sabremos si finalmente ocurre, ya que la película culmina de una manera abierta. Un film pequeño y modesto, pero de gran calidad.

Del cine belga no son muchos los títulos que llegan a nuestro país, por lo que fue una buena noticia poder ver algunos en el Bafici. Uno de ellos fue Forêt ivre, de Manon Coubia, un relato estructurado a través de tres historias diferentes que tienen como protagonistas a mujeres que ofrecen albergue a ocasionales viajeros en medio de las montañas. Los tres relatos tienen matices diversos: los dos primeros son más bien corales; en cambio, el tercero, en mi opinión el mejor, es un encuentro entre la dueña de un albergue y un único viajero. La directora ofrece tres retratos femeninos disímiles pero en los que encontramos un punto en común: la soledad y cierta frustración existencial. Los films en episodios son generalmente desparejos, pero en este caso, más allá de preferencias personales, hay un elemento que los une: el muy buen nivel cinematográfico de los tres.

El extranjero, de Albert Camus, es, probablemente junto a La náusea, de Jean-Paul Sartre, el par de novelas europeas que transmitieron con mayor intensidad la angustia existencial de los años de la guerra. En 1967, Luchino Visconti hizo una adaptación de la novela en la que es, para muchos, su peor película. Ahora es el francés François Ozon quien aborda el crudo texto de Camus, con resultados más que aceptables. Rodada en blanco y negro, la película consigue en varios pasajes transmitir la indiferencia y amoralidad del protagonista que mata a un árabe porque lo molestaba el sol. En su descarga emocional ante el sacerdote que lo asiste, previo a su ejecución, señala que fue condenado, no por su crimen, sino por no haber llorado en el velorio de su madre. Se puede apuntar que el protagonista parece demasiado joven, pero la actuación de Benjamin Voisin atenúa ese reparo, en un film que, a diferencia de la novela, cuenta con una coda de tono anticolonialista.

Otro interesante exponente del cine belga es Heysel 85, de Teodora Ana Mihai, un film producido por los hermanos Dardenne y que relata la tragedia futbolística ocurrida durante la final de la Copa Europea de Fútbol de 1985, en la que murieron 38 espectadores al derrumbarse un sector de una tribuna. El film deja fuera de campo el accidente y prefiere centrarse en las deliberaciones posteriores entre los burócratas que quieren que el partido, a pesar de los hechos, se juegue a toda costa, algo que lograrán, y un grupo minoritario encabezado por la hija del alcalde y un periodista que rechaza esa opción. Una mirada virulenta y marcadamente crítica sobre quienes manejan el negocio del fútbol, en una película tratada como un thriller de tensión creciente, con gran utilización de los espacios interiores del estadio y que muestra la impunidad con que actúan determinados personajes.

Jorge García / Copyleft 2026