EL ÁRBOL DE PERAS SALVAJES / AHLAT AGACI

EL ÁRBOL DE PERAS SALVAJES / AHLAT AGACI

por - Críticas
31 May, 2019 01:47 | comentarios
Como en el film precedente del cineasta turco, la palabra vuelve a tener una importancia destacada, comprensible para un relato en el que se explora sobre la creencia y la relación de la palabra con la experiencia (literaria).

SILOGISMOS DE LA ANGUSTIA

El protagonista de El árbol de peras salvajes tiene en la puerta y del lado de adentro del placard de su casa varias fotos de escritores pegadas, entre estas, dos de Emil Cioran, el famoso filósofo rumano cuya obra no fue otra cosa que una meditación sobre el inconveniente de haber nacido, una expresión eufemística sobre las razones poco evidentes para no quitarse la vida frente al desconcierto cósmico. La curiosa experiencia para los lectores de Cioran, entre ellos, el propio Siran, es la paradoja de ese dictamen de la lucidez: conocer el derecho a ese ultimátum es asimismo un estimulante para insistir en conciliarse con el oxígeno. Razonar sin fe fortalece, alivia el malestar sin rebatirlo, conjura cualquier superstición melindrosa que debilite la vida consciente.

El joven Siran acaba de graduarse y regresa a su casa familiar cerca de Çanakkale, una ciudad portuaria de Turquía. A la brevedad, intentará conseguir un puesto como maestro, oficio que ha ejercido su padre por décadas, y deberá enlistarse, por obligación, en el Ejército. Estas cuestiones son contingencias, pues su deseo esencial pasa por publicar su primer libro, una especie de autoficción, en la que según cuenta de vez en cuando, intentará ahondar sobre cuestiones domésticas. El título del libro es el título de la película, y como tal refiere al carácter deslucido y escuálido de un árbol de peras.

El árbol de peras salvajes / Ahlat Agaci, Turquía-República de Macedonia-Francia-Alemania-Bosnia y Herzegovina-Bulgaria-Suecia, 2018.

Dirigida por Nuri Bilge Ceylan.

Escrita por Akin Aksu, Ebru Ceylan,  N. B. Ceylan

A la especulación filosófica y literaria que el film desarrolla con intermitencias se añade la tensión dramática del reencuentro del protagonista con su familia. La tensión afectiva con su padre se percibe desde el mismo inicio. Al bajar del colectivo, un viejo amigo del padre le recuerda al hijo que aquel le debe dinero. Tal petitorio se repetirá en otros transeúntes, porque el padre es un incurable apostador. Lo que podría ser motivo de vergüenza es contrarrestado por una virtud pública reconocida por todos: el padre ha sido un maestro de escuela ejemplar. Todos los coetáneos comparten ese veredicto, incluyendo la madre de Siran, evaluación positiva que el joven no puede asimilar completamente, más allá de que la ambivalencia afectiva respecto de la figura del padre es una constante narrativa. Matar (simbólicamente) al padre para amarlo como un hombre es probablemente el desafío, y el último segmento es particularmente hermoso y siniestro en torno a ese imperativo psíquico.

El contrapunto narrativo es entonces el siguiente: a medida que evoluciona el drama familiar también se ahonda en la angustia, ese sentimiento que no miente y exige a todo hombre o mujer confrontar con algo que arrebata e incomoda. Sobre esto último El árbol de peras salvajes incluye secuencias notables en las que se puede participar en los movimientos de la conciencia de Siran. No es una novedad en el cine de Nuri B. Ceylan. ¿Cómo se filma la actividad psíquica de alguien, eso que ni siquiera se puede asir en el mundo excepto mediante la transcripción de la experiencia en palabra? Hay dos secuencias oníricas y otra imaginaria en las que se advierte la vida psíquica del personaje sin apelar al aviso de que de eso se trata. La escena que tiene lugar en una librería y culmina en un colectivo es magnífica. Todo lo que ahí sucede, incluido el señalamiento irónico sobre el Caballo de Troya, es característico del cine de Ceylan, capaz de exteriorizar en la puesta en escena las formas de asociación del inconsciente. El magistral uso de la puesta en abismo suele aplicarse a ese movimiento del espíritu.

Ceylan es antes que cineasta un fotógrafo iluminado. La serie de sus fotos de Estambul o Anatolia garantizan un gran placer ocular para quien le dedique un tiempo. En Nubes de mayo, Lejano y Érase una vez en Anatolia acopiaban vistas donde el paisaje urbano o los ecosistemas turcos fagocitaban la presencia humana y el relato. El fotógrafo a veces se imponía al cineasta. Desde Sueño de invierno,hay una ligera discreción al respecto; la intensidad fotográfica ha sido relevada, no del todo, por una atención laboriosa en cómo encuadrar la palabra hablada. El árbol de peras salvajes cuenta con una escena de más de 20 minutos en la que Siran conversa sin interrupciones con dos amigos, uno de ellos un teólogo, a medida que avanzan y se detienen, sobre cuestiones filosóficas centrales a la indagación que mantiene en vilo al protagonista, y que también se extiende a la curiosidad del realizador por explorar formas de filmar la palabra.

El desplazamiento hacia la palabra no significa desdén sobre el mundo de la naturaleza, aunque esta no sea un espacio de reparo. Hay algunos planos inolvidables que tienen a la nieve y el viento como protagonistas fugaces para la vista y el oído, pero nada es más contundente y hermoso que la secuencia inicial en la que Siran se encuentra con un viejo amor de la adolescencia. El tiempo de la escena, los cambios de perspectiva en esta, los detalles de las ramas y la relación de la luz natural y el viento con el pelo de la joven que pronto se casará con un hombre rico glosa la poética de Ceylan en minutos. Son esos momentos donde toda la potencia de este arte resplandece, donde no hay duda de que la sala de cine es el lugar perfecto para cobijar la obra de un cineasta.

* Esta crítica fue publicada en Revista Ñ en el mes de mayo 2019

Roger Koza / Copyleft 2019