CINECLUBES DE CÓRDOBA (78): SIGNOS LEJANOS

CINECLUBES DE CÓRDOBA (78): SIGNOS LEJANOS

por - Cineclubes, Críticas, Críticas breves
31 Ago, 2015 11:10 | Sin comentarios
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Parábolas: el arte de la oratoria

Por Roger Koza

La secuencia final que incluye la inolvidable sonrisa de Mohamed Khattab, el principal protagonista de Parábolas: el arte de la oratoria (2010), quinta y última parte de un proyecto de una ambición admirable por parte de la documentalista Emmanuelle Demoris –retratar la vida cotidiana en Mafrouza, un barrio pobre de Alejandría, Egipto–, es la revelación de un secreto cinematográfico: para filmar la vida de los otros hay que experimentar un cierto devenir otro.

La escena es breve pero fundamental: Mohamed, dueño de un kiosco y también predicador de la mezquita, va a una peluquería-barbería, y una vez que termina de afeitarse se levanta, busca algo para tomar, se vuelve a sentar en otro lado, prende un cigarrillo e interactúa con Demoris con una ostensible familiaridad, a quien se la ve por primera vez gracias al reflejo en un espejo. La indumentaria de Demoris, nacida en Inglaterra pero en verdad francesa, está en consonancia con el mundo circundante; parece una entre otras de las mujeres del barrio. Indirectamente, es un momento en el que se explicita un método de trabajo, el cual evidencia una eficiencia inusual: por un lado, ella parece ser un habitante más del lugar; por el otro, se la ve sola con su cámara. En ese preciso plano de despedida que, además, constituye una elegía (el barrio dejó de existir en 2007, cuando se amplió el puerto de Alejandría), Demoris le quita el velo a su proeza: mimetismo y soledad, de ese modo ha podido filmar este filme-experiencia.

Como sucede con las películas precedentes del ciclo, Parábolas… es una película colectiva, aun cuando Mohamed es la voz cantante. En general, nadie parece estar solo en el barrio: los espacios siempre son compartidos y los interiores de las casas parecen eludir cualquier concepto de privacidad, de lo que no se predica enajenación, sino más bien otro modo de vida. La forma de filmar el espacio doméstico y la vía pública constituye una de las virtudes visibles de la película: los planos secuencia por las calles angostas, los pocos pero necesarios planos generales y sus encuadres peculiares para transmitir la distancia entre la locación y el puerto, además de los registros intimistas de la interacción doméstica, son formidables debido a que borran la mediación de la cámara respecto de lo filmado. La cámara habita en ese espacio, no se inmiscuye.

El mayor conflicto narrativo estriba en la llegada de algunos grupos fundamentalistas que están cambiando en parte la liturgia y los hábitos de los fieles. La inquietud por el arte de la retórica de Mohamed es un modo de conjurar la amenaza fundamentalista que lo desplaza y le ha quitado el uso de la palabra. De todos modos, no importa cuál sea la orientación, todos creen que “el dios del Islam es el verdadero dios”. Gran estrategia de puesta en escena: así como a Mohamed no se lo ve nunca predicando, del mismo modo los fundamentalistas permanecen en un total fuera de campo, aunque en algunos pasajes es evidente el poder seductor de la retórica del personaje.

El filme es grandioso porque su austeridad material en sintonía con la comunidad que retrata consigue que en más de dos horas y media se pueda asir un concepto de solidaridad real, vislumbrar la decencia de los pobladores del barrio, explorar los modelos de familia específicos, y acceder simbólicamente al lugar que ocupa la religión. Repitámoslo: el filme de Demoris es una experiencia. (Martes 1, a las 21.15hs, Cineclub Municipal Hugo del Carril, Bv. San Juan 49).

Otras atracciones

Después de probar suerte en San Pablo, Suely regresa con su hijo pequeño a su pueblo natal situado al norte de Brasil, una zona del país vecino en la que el atraso es verificable y el peligro de reducir el paso por el mundo a la supervivencia cotidiana un destino casi ineludible. Pero el personaje que interpreta la hermosa actriz pernambucana Hermila Guedes insistirá en volver a probar suerte, o al menos lo intentará, aun si con el cumplimiento de su deseo puede llegar a abandonar un posible amor, postergar la relación con su propio hijo y relegar una vez más la cercanía con su familia.

En El cielo de Suely (2006), segunda película de Karim Ainouz (Madam Satá, Viajo porque preciso, regreso porque te amo), el director presta atención a la relación que se establece entre geografía y subjetividad, como también a la tensión que se suscita entre costumbres y deseo. El plano final es magnífico por su duración y sentido. Es literalmente la materialización de una encrucijada en la vida del personaje. (Martes 2 de septiembre, a las 20.30h, en Cineclub La Piratería, Arturo Orgaz y La Rioja, Barrio Alberdi)

Este texto fue publicado por el diario La voz del interior durante el mes de agosto 2015.

Roger Koza / Copyleft 2015