UNA PELÍCULA SIN EPISODIOS NI PAISAJES (20)

UNA PELÍCULA SIN EPISODIOS NI PAISAJES (20)

por - Una pelicula sin episodios ni paisajes, Varios
12 Oct, 2026 07:35 | Sin comentarios
Miscelánea de pequeñas huellas del cine, visto o conjeturado, en el sueño real de la literatura, la poesía o el pensamiento.

A fin de prevenir el desplome anímico, las ciudades erigen espacios ceremoniales donde se ofrecen respuestas provisorias a los dilemas de la existencia […]. Así las cosas, la sala de cine […] brinda un atisbo al misterioso acontecimiento del soñar humano tanto como a las visiones que emergen en estado de duermevela o de divagación fantasiosa […]. De las obras cinematográficas se suele decir que son clásicas o innovadoras, de autor o de fábrica, comerciales o independientes, producidas en el centro del mundo o en su periferia, pasatistas o concientizadoras, realistas o surrealistas, de fácil digestión o de tránsito lento, olvidables o bien obras maestras. Sus diversos géneros narrativos pueden ser analizados y también estudiados los efectos de la geopolítica y la censura y el dinero en su producción, no menos que meditadas las transformaciones tecnológicas que constituyen la espina dorsal del cine. Sin embargo, es otra cosa lo que se aloja en el alma luego de cada visita a la sala de cine, una suerte de «película picada» conformada por imágenes y sensaciones, un maceramiento coralino de la subjetividad hecho de memoria e imaginación, de múltiples y multiformes escenas de sueños, de viajes hechos en butaca.

En el fondo, las tecnologías que atañen al sentido de la vista […] son maquinarias sencillas. Pero la precisión de las tecnologías no necesariamente supone una mejoría óptica del sentido de la vista, pues la mirada se orienta no solo hacia encuadres sugeridos y planificados, sino también hacia rastros de lo visible. Al final de todo el proceso, las huellas visuales que persisten en cada persona no retornan como copias de lo ya visto, sino como evocaciones. Al poder ser nuevamente narradas a otros, al dejárselas manifestar con libertad, las imágenes sobreviven en portadores que han sido conmovidos o, mejor dicho, «llamados» por ellas. Son chispazos aún crepitantes que saltan de la pantalla y se nos ofrecen a la manera de donaciones. […]

La corriente de imágenes adquiere forma y caudal en la pantalla. La escena es similar a la de la caverna de Platón, habitada por hombres cuyo entendimiento era obtuso. También es parecida a las grutas donde hay pinturas rupestres que parecen haber sido confeccionadas por gente llegada del fondo mismo de la tierra más que de su soleado exterior. Nada hay en la película salvo misterio, si hacemos momentáneamente a un lado a los directores, los actores, los guionistas, los técnicos, los financistas y los distribuidores. Tarde o temprano, incluso los más renombrados de entre ellos serán roídos por el olvido y pasarán a ser citas al pie de los libros de historia del cine. Solo sobrevivirá la película en sí misma.

Descorrido el telón, aparece un tipo específico de espacio en que puede desplegarse el reino de la imaginación, que es el cuarto reino de la naturaleza, equivalente al animal, el vegetal y el mineral, un ensimismamiento cuya relación con la así llamada «realidad» es arbitraria. El espacio cinematográfico es «celeste», una superficie plena de animaciones y esfumaciones, es decir, fantasmal. En esa proyección, incluso aquellos espectadores que solo buscan pasar el tiempo aventuran el sentido de la vista. La imagen más precisa es la de ambos globos oculares girando sobre sí mismos hacia el fondo del cráneo, hacia el lugar de formación de las imágenes. […]

El cine es contemporáneo de la crisis de la representación, es decir, de la relación entre visión y verdad. Es la lápida del positivismo. El conocimiento siempre fue considerado una llave maestra que podía iluminar hasta el último rincón del universo. Optimismo y luminosidad promueven un ideal de verdad de tipo «solar».  Y así fue, desde Platón a la ciencia moderna. Pocos saberes insistieron en que también era posible conocer por los abismos, a los que siempre imaginamos oscurísimos. Posible formalización del sueño, el cine interpela a la luz y a la sombra por igual. Los restos dejados por la película en el ánimo se evidencian y se desvanecen todo el tiempo hasta transformarse en recuerdos borrosos grabados a fuego: fogonazos en la vista, quemazones en la memoria.

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El último de los tigres de Tasmania murió el 7 de septiembre de 1936 en el zoológico de Hobart, capital de la isla de nombre homónimo, y eso sucedió por atención inadecuada. En verdad, su partida de defunción estaba escrita desde 1803, año en que comenzó la colonización británica. En poco tiempo más, el gobierno de la isla pagaría una libra esterlina por cada cabeza de animal muerto y diez chelines por cada cachorro sacrificado. Sin embargo, el animal logró resistir el asedio cien años más que los aborígenes autóctonos, aniquilados todos hacia 1830, cuando se perdió para siempre su lenguaje y su cultura. Del tigre de Tasmania quedan algunos ejemplares disecados y 62 segundos filmados de ese último ejemplar —una hembra— moviéndose en círculos en el perímetro de su jaula.

Christian Ferrer, «El sueño incesante» (2007) + «El mecanismo» (2014),
en El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo (2023)