EL TREN FLUVIAL

EL TREN FLUVIAL

por - Críticas
09 Oct, 2026 08:16 | Sin comentarios
Una ópera prima notable.

LAS AVENTURAS DE MILO

Todavía en la edad de la curiosidad y la obediencia, un niño reconoce su voluntad. Los indisciplinados no son legión en el cine, y menos todavía cuando el estadio que se transita es la niñez. Pero en el cine hay varios rebeldes: Kirikou, Kikujiro, Antoine Doinel, Qassem Julayi, y ahora Milo. Habría que hacer una lista de las niñas, pero entre los varones Milo ya es uno de ellos. ¿Cómo sucede? Viendo una hermosa película de Leonardo Favio, el niño identifica que el personaje de Monzón quiere lo mismo que él. Lo que desea el pugilista en Soñar, soñar es ir a conocer Buenos Aires. ¿Por qué debería esperar a ser mayor? La voluntad no tiene ley ni tiempo, o en todo caso, tiene otra ley y su demanda se percibe de inmediato. El niño quiere ir ahora, y no teme. Las penitencias quizás vendrán después, en su horizonte solamenteimporta viajar. 

El comienzo de El tren fluvial es enigmático y desconcertante. Empieza todo con una evidencia: Milo baila muy bien malambo. Su padre ha cultivado expectativas en una potencial carrera. Tener talento puede ser un don y una llave para el progreso; es difícil comprender a fondo qué puede significar ser el hijo menor de una familia humilde que vive en una ciudad de provincia. A Lucas Vignale y Toto Ferro les interesa ese punto de partida, pero saben que ese no puede ser el corazón de la película. La familia es institución y ley, el niño, por un tiempo, sabe que para viajar tiene que desconocer la ley. ¿Qué puede hacer ante tales circunstancias un niño de nueve años? 

El método para cumplir con el sueño es tan eficiente como insólito. La escena en sí es rarísima. En pocos minutos, Milo resuelve y un poco más tarde ya está en un tren. La transición es notable: el paso de la familia al mundo es trabajado como si se tratase de una intersección perceptiva entre lo conocido y lo desconocido. En el tren, los extraños cambian de semblantes; son otros, pero pueden parecer los propios.Este dato perceptivo es mucho más que un símil visual de la conciencia del niño. Es el principio poético de la película: se percibe a través del niño.

Desde que el viaje se emprende, la realidad es susceptible de irrealidad. O podría decirse de otro modo: la cotidianeidad se vuelve inestable y tiende a la experiencia poética, que está signada por lo indeterminado. Sin explicación, en una escena indeleble, en el arranque del tren se puede escuchar en una voz ubicua el recitado de algunos versos de Francisco Madariaga. Sucede en dos ocasiones, y siempre como si fuera una práctica sonora frecuente. Hay otras situaciones inexplicables: un hombre dormido puede comunicarse telepáticamente sin abrir los ojos; en un motel, un pasajero viste todo el día de karateca y se dirige al niño como si fuera un igual; en una audición de teatro en la que se busca a un niño como protagonista, la “escena” para conseguir el papel poco tiene que ver con la disciplina artística: en pocos minutos hay que lograr que un bebé deje de llorar. El mundo de El tren fluvial no es un calco de la llamada realidad; desbordarla como en un sueño es la regla, si existe regla alguna. A Lewis Carroll le hubiera gustado El tren fluvial. 

Como en cualquier aventura que se precie de tal, existen peligros, vacilaciones, goces y pruebas. El robo de una empanada al llegar la noche es un acto menor entre otros que implicarán siempre mayores osadías, angustias y placeres. Lo despiadado del mundo no roza la trama. El único acto de crueldad compromete a otros niños, pero de ese mal paso se deriva una búsqueda por la que Milo volverá a encontrarse con la misteriosa joven que conducía la audición unas horas antes. Este segundo intercambio entre el niño y la joven es puro misterio y ternura. Es un pasaje clave porque en él Milo aprende que existe una vía placentera respecto de su talento de bailarín. El personaje de la joven lo interpreta Rita Pauls, y los cineastas pensaron en la Juliette Binoche de Bleu como inspiración. No existe ninguna relación evidente con la famosa trilogía de Krzysztof Kieślowski, excepto por algo que se podía entrever en Rouge: el misterio nace de un cambio de luz, un gesto, un encuentro.

Hay unos versos de Madariaga que dicen así: 

Yo he encontrado unos rastros del azar,

Unos rastros luminosos y heridos.

Fantasmas del poder y de la delicadeza.

Oh viajeros de la leyenda del amor.

Yo canto mi canto para un rostro,

Para un paso de luto solar,

Para una ligereza de labios con el sol de la muerte.

Las palabras iniciales del poeta sirven como una síntesis del relato que se organiza amablemente con los “rastros del azar”: las peripecias del niño. Los versos de cierre, por otra parte, dicen algo que alivia el dolor por el prematuro final de uno de los cineastas.

Lucas Vignale seguirá viviendo en los fotogramas que concibió para un film imborrable y, a través de ellos, en la memoria de los afortunados espectadores.

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El tren fluvial, Argentina, 2026.

Escrita y dirigida por Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale.

Intérpretes:  Milo Barría, Rita Pauls, Mariano Barría, Fabián Casas, Lucrecia Pazos, Mailén 

Barría, Pehuén Pedre y Diego Puente.

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*Publicado en Revista Ñ en el mes de octubre.

Roger Koza / Copyleft 2026