
74 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN (05): DE TODO UN POCO
Según informaciones recibidas a través de los medios, cuando Naza, la película de Yuval Abraham y Rachel Szor, se proyectó en el Festival de Venecia, recibió una ovación del público de 25 minutos, un hecho, por cierto, no demasiado frecuente. Cuando la vi en San Sebastián, en una de las salas pequeñas, la respuesta fue entusiasta, pero mucho más acotada. Este dato viene a cuento porque la película ha suscitado entre la crítica y la cinefilia reacciones encontradas. Aclaro de entrada que soy un defensor del film y que algunos reparos escuchados no me resultan convincentes, v. g., calificarla de una operación política sin rigurosidad fílmica. Por otra parte, no tengo ningún motivo para dudar de la honestidad de los realizadores, autores del notable documental No Other Land, en el que abordaban, con una mirada marcadamente crítica, las criminales incursiones de Israel en la Franja de Gaza.
En este documental, Abraham y Szor entrevistan (en realidad, lo hace Abraham) a 24 oficiales técnicos en inteligencia artificial y otras bellezas, que planifican minuciosamente, con la excusa de liquidar a militantes de Hamás, la destrucción de familias enteras, ante la sospecha de que algún integrante sea miembro de la organización palestina. A esos operativos se los denomina Naza, un sinónimo de daños colaterales. Las entrevistas, todas nocturnas y rodadas en blanco y negro, se realizaron en terrazas donde los militares, cuyos rostros no se ven y cuyas voces están algo distorsionadas, relatan sin el menor atisbo de culpa ni arrepentimiento la manera en que, a través de los mecanismos señalados, que incluyen la intervención de teléfonos celulares de niños para saber dónde están sus padres, organizan metódicamente la matanza de civiles ajenos a algún presunto acto de terrorismo. Es escalofriante escucharlos decir que eso es lo que la población de Israel quiere o que se divierten realizando esas acciones. Los interrogatorios de Abraham son filosos y las repreguntas, incómodas, pero nada parece hacer mella en estos asesinos profesionales. También resulta estremecedor ver en el fondo de la pantalla una Tel Aviv en colores, donde la vida continúa con normalidad, situada a solo 60 kilómetros del lugar del genocidio. Un film que obliga a reflexionar sobre la indiferencia mundial ante esta masacre que, a partir de noviembre y a través de la web del diario progresista inglés The Guardian, uno de los financiadores del film, se podrá ver en diferentes partes del mundo, algo que difícilmente ocurra en nuestro país.
La vida en la posguerra en Alemania ha sido abordada varias veces por el cine, en algunos casos con notables resultados (v. g., Alemania, año cero, de Roberto Rossellini). En este caso, Fatherland, del director polaco Pawel Pawlikowski, centra el relato en la relación entre el Premio Nobel Thomas Mann y su hija, actriz y escritora, en los duros años del período mencionado. El film, más allá de las muy buenas actuaciones de Hans Zischler —figura señera entre los actores alemanes de los años 70— y Sandra Hüller, resulta algo frío y académico y, por momentos, discursivo y solemne, sin lograr transmitir las características de la vida cotidiana en la Alemania de esos años.
El tema de la búsqueda de desaparecidos por la represión militar es recurrente en varios países de América Latina y Colombia ha sido, en ese terreno, uno de los más afectados. En la película Cinco años, cuatro meses, de los directores Esteban Hoyos García y Juan Manuel Gelacio, el relato se despliega en torno a una mujer que ha perdido el rastro de su hijo y comienza una tenaz y obsesiva búsqueda. El encuentro con otra mujer, mayor que ella, de una agrupación de Madres, la lleva a intensificar el recorrido y terminar en un lejano pueblo. El film incorpora elementos ficcionales y documentales, incluidos algunos elementos de la mitología folclórica. La película, construida por medio de breves secuencias, consigue, sobre todo en su última parte, varios pasajes de auténtica emoción.
El cine cordobés es, en nuestro país, una constante cantera de realizadores talentosos. En este caso, es la joven cineasta de ese origen, María Aparicio, la que presenta su cuarto trabajo, A veces me entra tristeza, otras veces rebelión, título inspirado en un pasaje de la letra de la Milonga del peón de campo, de Atahualpa Yupanqui. El film transcurre en Madrid y gira alrededor de dos personajes: un historiador —un muy buen trabajo del querido y reconocido crítico Roger Koza— que investiga sobre una obra de Juan Bialet Massé sobre la clase obrera argentina en el siglo pasado, para lo que llega a la biblioteca antes de que la abran, y una directora de cine (Eva Bianco, figura señera del cine cordobés), que viene de presentar una película en un festival francés, a quien el protagonista, también cordobés, perseguirá en una exposición de pintura. La ambigua relación que se entabla entre estos dos personajes es el núcleo central del film. El protagonista transmite, sobre todo, una mezcla de tristeza y desolado desencanto que otorga al film un tono impregnado de una profunda melancolía. Una frase disparada por la directora es como si produjera un clic en el protagonista y el film, en su última parte, en un abrupto cambio de tono, lo presenta entrevistando a inmigrantes de distintos países, hablando de sus problemas cotidianos de trabajo. Una película tan pequeña como atractiva, que confirma el talento como realizadora de María Aparicio.
Benjamín Naishtat presentó, codirigido con María Alché, un interesante documental, Pedro en el país (comentado por Roger Koza en este espacio). En este caso, en soledad, realizó Glaxo, un film que transcurre en diferentes épocas y narra distintos sucesos, algunos trascendentales en nuestra historia, como el asesinato de militantes peronistas en los pastizales de José León Suárez. A ello se suman una venganza personal y los problemas que provoca la contaminación en la fábrica que da título al film. El problema del ambicioso proyecto es que no logra integrar los distintos episodios y el film se torna por momentos confuso. En el plus está la actuación de Marcelo Subiotto, uno de los mejores actores argentinos, como un siniestro comisario y, en cuanto a la presencia de la exitosa Lali Espósito en el principal personaje femenino, poco le agrega al film.
Bruno Dumont es un director que se caracteriza por centrarse en personajes atípicos. En Las rocas rojas son niños de unos cinco años que forman una pandilla que se dedica a corretear por las rocas, en total libertad, arrojándose al agua cuando les place. Rápidamente, el relato se centra en dos de los integrantes del grupo, uno de cada sexo, que pronto comenzarán sus primeros escarceos eróticos y en algún momento aparecerán los celos y la violencia. Lo notable del film es que no hace psicología infantil: los chicos definen sus conductas por las acciones que realizan y tampoco hay referencias familiares; actúan como personas autónomas que se mueven con total libertad por las rocas rojas del título. Un film que presenta con lucidez diversos aspectos del universo infantil.
El japonés Ryosuke Yamaguchi se ha convertido en una niña mimada de gran parte de la crítica, en la mayoría de los casos con razón. Si bien no todas sus películas poseen el mismo nivel, dan cuenta de un realizador de talento, con gran vocación para dirigir films extensos, y este último aspecto se acentúa en Soudain (que dura 196 minutos). El relato está centrado en la relación que se entabla entre la directora de un geriátrico y una realizadora de teatro japonesa aquejada de un cáncer terminal, a la que conoce al asistir a una representación de su obra. Los momentos en que ambas mujeres se juntan a charlar, dentro del contexto mencionado, alcanzan una gran intensidad emocional y son lo mejor del film, que en otros momentos tiende a dispersarse en otros temas, lo que provoca que en varios pasajes sea bastante solemne y didáctico. Las actuaciones de Virginia Efira, Tae Okamoto y Marie Bunel, en un atractivo papel secundario, potencian los mejores momentos del film que, creo, hubiera ganado con una duración más acotada.
Mike Leigh ha ofrecido a lo largo de su filmografía una lúcida y profunda mirada sobre las conductas de personajes pertenecientes a las clases obrera y media baja de la sociedad inglesa, diseccionando sin piedad su comportamiento. Tender Loving Care, su último film, ganó la Competencia Oficial de San Sebastián y, con un tono más amable que en sus mejores títulos (Secretos y mentiras, Vera Drake, Naked), tiene como protagonistas a dos asistentes sociales que deben lidiar con relaciones familiares más o menos conflictivas. El film, a diferencia de otros trabajos suyos, abusa de los planos cortos y los primeros planos, reduciendo el trabajo sobre el espacio, y no consigue la intensidad de sus mejores títulos. El trabajo de los actores, como siempre en Leigh, es bueno, sin estar a la altura de la troupe memorable de sus mejores épocas. No está mal, pero es un film menor dentro de la filmografía de Mike Leigh.
El escocés Matthew McDonagh ha desarrollado una carrera interesante, con títulos que se apartan de los estándares habituales, y Wild Horse Nine no es la excepción. La película está ambientada en Chile en 1973, en los días previos al derrocamiento de Salvador Allende, y tiene como protagonistas a dos agentes de la CIA, uno veterano y con un cáncer terminal y otro más joven, que actúa como acompañante y vigilante, ya que aquel tiene un diario en el que detalla sus participaciones en distintos hechos, incluido el asesinato de J. F. Kennedy, que es imprescindible que no se conozca, y además quiere pasar sus últimos días en la Isla de Pascua. El film participa de diversos géneros, como el thriller político de carácter casi satírico y la comedia negra, en un tono que oscila entre la ironía y el cinismo, a lo que hay que agregar una cierta incomodidad que suscita la empatía que provoca la formidable interpretación de John Malkovich de un personaje deleznable. Lo dicho: un film que escapa de los clichés conocidos.
Fernando Trueba ha mostrado una inclinación por registrar conciertos de diversos intérpretes, como sucediera en Calle 54. En Bajañí repite la experiencia, en este caso filmando diversas actuaciones del excelente guitarrista Niño Josele, un intérprete que, más allá de sus orígenes musicales, el flamenco, aquí muestra una gran versatilidad. El film está dividido en tres partes: una dedicada, sí, al flamenco; una segunda, al jazz; y una tercera, a la música brasileña. En la primera, Niño Josele ofrece algún solo deslumbrante y también aparece con una gran orquesta, un contexto menos satisfactorio. En el episodio jazzístico presenta un gran dúo con el pianista Kenny Barron y una gran recreación de la saeta que Miles Davis grabara con la orquesta de Gil Evans. Finalmente, en el segmento brasileño se destaca el dúo con la cantante Marisa Monte y otro con un envejecido Caetano Veloso, interpretando un tema de los Beatles. Un film que tal vez disfruten más los aficionados a la música que los cinéfilos.
Jorge García / Copyleft 2026




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