
MIERDA DE TORO Y CONSENSO DEMOCRÁTICO
Finalmente, No matar, el film de Villegas, se estrenó en el Bafici, rodeado de una previsible hostilidad cinéfila. El proyecto estuvo maldito desde un principio: que fuera precisamente Villegas —cuya condición de “clásico” del Nuevo Cine Argentino no le impide ensayar una tibia aproximación al macrismo, a la revista Seúl y a los antiguos miembros de El Amante, devenidos celebrantes de una derecha performática— quien se embarcara en un film sobre “las víctimas de la guerrilla” fue visto, desde el vamos, como una provocación. Ahora ese film ominoso está entre nosotros, y también sus previsibles detractores, cuyas réplicas (como las del minucioso Prividera) podrían, en general, haber sido escritas sin ver la película.
Sin embargo, en mi opinión, la existencia de la película propone un problema de un interés del que sus presurosos detractores se deshacen con demasiada facilidad: el lugar de la película en el campo de lo que habitualmente se conoce como “negacionismo”. Como nadie ignora, la virtuosa política de Memoria, Verdad y Justicia que, desde hace más de cuarenta años, la Argentina viene sosteniendo —con variantes y reveses— a través de todos los gobiernos, se encuentra por primera vez en jaque a partir de la ambición deliberada del gobierno libertario de contradecir dicha política de forma manifiesta, desembozada y estentórea. La más ruidosa de esas maniobras ha sido la trilogía de piezas de propaganda (la última, de más de una hora de duración) que los cineastas oficiales han venido lanzando, con estrépito, cada 24 de marzo. El mecanismo de esos “videos” ha sido esencialmente la persecución del impacto; casi podría decirse, del escándalo. En el primero de ellos, un individuo desconocido para el gran público, que se presenta como cercano a las organizaciones de derechos humanos, reconoce haber sido quien ideó la cifra de 30.000 desaparecidos. En el segundo, un hombrecillo —que oculta su condición de ideólogo de la ofensiva gubernamental— se presenta como víctima de la desinformación y de la campaña oscurantista de la izquierda, y se propone a sí mismo como el encargado de correr el velo que ha venido ocultando esas horrendas verdades. Al cabo de demasiados minutos, esas revelaciones acaban por reducirse a las mentiras o verdades a medias a las que el discurso justificatorio de la dictadura echa mano desde el comienzo: la alusión a una guerra, la teoría de los dos demonios, etcétera.
En el último y más extenso de esos audiovisuales, además del veterano Larrabure —cuya historia, una vez más, se ha constituido en un desgarrador clásico de las fechorías de las organizaciones armadas—, la novedad la constituye una mujer apropiada y recuperada por el trabajo de Abuelas de Plaza de Mayo que, sin embargo, ha decidido elegir a su apropiador. ¿Dónde reside el negacionismo en estas historias? ¿Es negacionista mostrar al hijo de un padre encerrado hasta su muerte por el ERP o a una víctima de la política de robo de bebés que, sin embargo, no se reconoce cómoda en los mecanismos institucionales que la política de derechos humanos ha instituido a su favor?
Nada de ello es, en sí mismo, cuestionable, y cada una de esas historias merece ser contada. El negacionismo aparece, en cambio, a partir de la voluntad de manipulación. El gobierno muestra esas historias no por su interés intrínseco, sino porque intuye en ellas la suficiente capacidad disruptiva para enturbiar el relato que la sociedad argentina ha construido sobre su historia reciente y desplegar sobre dicha construcción un manto de duda o de oprobio. Aquello que los americanos —que son quienes han inventado la mayoría de estos dispositivos— llaman bullshit: mierda de toro.
Nadie debe confundirse, sin embargo, pensando que este sea un gobierno preocupado por los temas históricos o militares: en su infinita irrelevancia, por el contrario, apenas intuye en la política de derechos humanos los rasgos del deplorado kirchnerismo, de cuya sombra funesta —dicen— obtiene todo su combustible electoral. Se trata, entonces, una vez más, de un negacionismo de ocasión, cuya declamada demanda de “memoria completa” no pasa de ser una mueca destinada a enfurecer a los rivales: he ahí la batalla cultural.
Más allá de esas piezas de difusión (en las que no faltan, como puede imaginarse, el tono didáctico y admonitorio, y una abundante provisión de adustos violoncellos), pocos han sido los gestos concretos que los libertarios han conseguido colar en su arlequinesca marcha: una visita a la sección de lesa humanidad del penal de Marcos Paz culminó con una diputada declarando no saber quién era Astiz, y dando testimonio de su horror una vez que Google le proporcionó esa información antes esquiva. Un nazi, nombrado por el gobierno en la Casa Argentina en París, retira la placa conmemorativa del genocidio: la comunidad protesta y debe devolverla. La vicepresidenta, efectivamente comprometida con la reivindicación de la dictadura, se pelea con el Presidente: es relegada al ostracismo y nadie ocupa su lugar a la hora de anunciar la liberación de torturadores y asesinos. El negacionismo gubernamental queda así confinado a los términos de la mascarada, y encuentra su máxima capacidad de daño en la desfinanciación de los organismos ubicados en el predio de la ex ESMA —desfinanciación que, como nadie ignora, está lejos de ser excepcional.
Al mismo tiempo, sería equivocado de nuestra parte suponer que esos rasgos negacionistas, cambalachescos, resultan irrelevantes. Su principal peligro no procede de ellos en sí, sino de su contribución a una persistente y sigilosa operación destinada a generar, en torno a la política de Memoria, Verdad y Justicia, una creciente hostilidad pública que, lejos de reconocer en ella una construcción social de generaciones de argentinos —que han elegido la desmilitarización y una democracia resignada como horizontes irreversibles—, intenta reducirla a una cuestión identificada con un bando político. He ahí la falacia central; y es esa la que debe atacarse. Ahí entra, finalmente, Villegas —y los lectores habrán de disculparme esta larga introducción—.
A lo largo de mi derrotero como miembro del equipo de un film extremadamente popular (Argentina, 1985, de Santiago Mitre), me he encontrado una y otra vez con espectadores que, sin desmerecer la película, reclaman que se cuente “la otra parte”. Más allá de que la división del asunto en partes complementarias remite a la infausta “teoría de los dos demonios”, resulta honesto admitir que el cine argentino ha encontrado un extraño límite a la hora de poner en escena la violencia revolucionaria. Allí aparece un problema: si el autor de esos hipotéticos films es —como la mayoría de quienes vivimos en 2026—, en alguna medida, crítico de las decisiones de las organizaciones armadas, ¿cómo tratar a personajes que no se consideran necesariamente héroes, si esos comportamientos antiheroicos pueden ser leídos como rasgos de complicidad con la oleada negacionista? Otros aspectos son aún más difíciles de abordar. Por ejemplo, ¿qué hacer con aquellos que han sufrido pérdidas y dramas personales durante los años setenta, pero no a causa del terrorismo de Estado sino de las organizaciones armadas? ¿Cómo enfrentar, desde el cine, ese dolor sin caer en la demagogia complaciente o en la tramposa equiparación de esas víctimas de la desaforada militarización de los grupos revolucionarios con las del genocidio estatal? El problema es de tan difícil resolución que esos combatientes deplorados o esos hijos de civiles ametrallados se han convertido en criaturas temibles, como si representaran un límite de lo que puede contarse. Como si se temiera que la política de Memoria, Verdad y Justicia no fuera capaz de lidiar con sus zonas grises o conflictivas. Es precisamente ese límite el que Juan Villegas acaba de franquear.
Lo primero, lo más importante que debe decirse sobre el film de Villegas es que no es negacionista. Villegas no solo ha leído el Nunca Más, sino que conoce con mayor detalle que casi ninguno de sus críticos los libros que han profundizado en él y lo han continuado. Ha leído la polémica de Oscar del Barco, ha leído a Héctor Schmucler, a Pilar Calveiro, a Claudia Hilb y a Hugo Vezzetti. Es decir: se inscribe en una corriente de la izquierda que se ha ocupado de reflexionar sobre los aspectos menos transitados de la política de derechos humanos, no para accionar contra ella sino para fortalecerla. Su film, expurgado hasta la exasperación de cualquier tipo de juego formal o de cualquier astucia, se ocupa de dejar en claro su absoluta falta de voluntad propagandística. Y esa ausencia de propaganda es, en sí misma, una declaración de principios: los testimonios no están allí para sugerir nada que no sea su propia materia. Nadie podrá decir, a partir de ellos, que los desaparecidos no existieron o que fueron menos; que los centros clandestinos de detención, tortura y muerte no fueron lo que la política de Memoria, Verdad y Justicia se ha encargado de probar; que los genocidas no actuaron de acuerdo con un plan sistemático; o que ese plan no tenía como objetivo el combate a “terrorismo” alguno, sino la implementación de un régimen basado en el terror, el silencio y el asesinato masivo de la disidencia. Villegas parte, simplemente, de la convicción de que la política de derechos humanos, lejos de ser una entidad cerrada que deba preservarse mediante un aislamiento aséptico, merece ser debatida y expandida de manera permanente, y que no pertenece a un grupo político ni a una ideología, sino al conjunto de la sociedad. Puede no compartirse esta mirada, pero en ningún caso es lícito ubicarla en la misma línea discursiva que la sucesión de provocaciones orquestada por el gobierno libertario.
La película de Villegas es contundente en cuanto a la elección de sus entrevistados. Dos miembros de organizaciones armadas (un OCPO, un Lealtad —que critica la militarización de Montoneros y defiende el accionar de la ortodoxia peronista, en línea con el pensamiento de Juan Manuel Abal Medina—), una presencia estrambótica (la de Emilio del Guercio, acaso el menos riguroso de los entrevistados y también el menos justificable) y una serie de personas de mediana edad cuyos padres fueron muertos en diversas acciones de distintos grupos guerrilleros. Algunos de esos testimonios remiten a casos conocidos, como el de las hijas de Muscat, muerto por Montoneros para presionar a Born a pagar el rescate de sus hijos, a lo que se mostraba —según se sugiere— reticente. Otros se presentan como episodios más bien genéricos: dos hijos de gerentes de firmas automotrices multinacionales; un joven cuyo hermano murió por un golpe de metralla en la acción de Monte Chingolo; y poco más.
Una de las críticas que se le ha hecho al film es la de no entrelazar esos testimonios con otros más ambiguos, más contemporizadores o de signo contrario. Pero la película no pretende ese balance. Su objetivo no es poner de manifiesto la diversidad de puntos de vista ni la complejidad de la historia. Apenas —acaso— busca demostrar que un film semejante es posible y que el dolor que esas voces dejan entrever no es incompatible con la irrenunciable denuncia de la política de desaparición y exterminio. Es sabido que quienes idearon el juicio del 85 optaron por excluir del discurso de sus testigos cualquier referencia a la militancia y a la participación en la lucha armada: se pretendía hablarle a una sociedad para la cual los mecanismos que justificaban la represión estaban aún demasiado cerca, y cualquier tipo de reivindicación político-partidaria hubiera resultado, acaso, perjudicial para el objetivo buscado: encarcelar a los ex comandantes. Diez años después, la militancia de organizaciones como HIJOS devolvió a las víctimas su identidad revolucionaria: la sociedad ya podía aceptar que dicho compromiso militante no estaba relacionado con su desaparición y muerte y, menos aún, podía ser utilizado para justificarla.Villegas, treinta años después, parece sostener que la sociedad está en condiciones de entender que otras consecuencias terribles de la militarización de la sociedad civil pueden ser discutidas públicamente sin que por ello disminuya, en absoluto, la contundencia de la condena a los delitos de lesa humanidad que —acaso valiéndose de ellas como excusa— llevaron a cabo los genocidas. Una vez más: puede no compartirse ese diagnóstico optimista; no me resulta concebible, en cambio, desconocer la audacia de su empeño.
No se trata aquí de si No matar es muy buena, buena o mala. Resulta evidente que está lejos de ser perfecta, pero esa eventual perfección hubiera sido contradictoria con su objetivo central, que, hasta donde entiendo, no es otro que abrir una puerta que muchos creían cerrada y que acaso muchos más preferían que no se abriera nunca. He disfrutado del film como narración, independientemente de su valor como objeto capaz de propiciar debates, pero no es mi opinión como espectador la que quiero dejar asentada. Quiero, en cambio, sostener que este film merece existir sin ser condenado de antemano por versiones demasiado cautas o conservadoras. Se ha dicho que, más allá de no ser negacionista, la postura de No matar se agota en el enunciado que funciona como título, y que la mirada que el conjunto ofrece sobre los convulsos años setenta es simplista e inocente. Otros han deplorado su longitud, su economía de recursos o la rigidez de su puesta en escena. No comparto esas opiniones, pero no es para discutir sus aspectos cinematográficos o conceptuales que escribo estas líneas. Lo hago porque advierto, en la severidad con que estas cuestiones fueron recibidas por parte del público cinéfilo, un malestar que no procede de ellas, sino de una incomodidad de otro orden. Una incomodidad, por así decirlo, anterior. Las placas del comienzo, en las que Villegas se toma el trabajo de asegurar —no sin torpeza— que condena la dictadura militar y los crímenes por ella cometidos, resultan un innecesario pedido de disculpas. No es a Villegas, sin embargo, a quien hay que imputarle ese traspié: baste imaginar la condena que el film habría recibido si esa disciplinada aclaración no hubiera estado allí. Villegas es un buen cineasta, y acaso no le agrade que evite referirme a los aspectos formales del film para concentrarme en su importancia como objeto. Comprendo y lamento ese reparo, pero no es para Villegas para quien escribo: escribo para mí y para el cine argentino. Considero que, a partir de este film, el cine argentino es más libre, más valiente y mejor.
“Pero justo en este momento…”, oigo decir con demasiada insistencia. Mi opinión es que el gran mérito del film de Villegas es, precisamente, la oportunidad del momento en que ve la luz. En tiempos en que la inepcia oficial agita esas zonas menos transitadas de los años setenta como si fueran el cuco —o como si su escasa visibilidad constituyera una suerte de ocultamiento culpable y malicioso—, el film de Villegas viene a demostrar que no hay nada de eso: solo más dolor, que se suma al generado por la tragedia institucional y a la masacre, sin contradecirlos ni atenuar en lo más mínimo la culpa y la miseria de sus ejecutores.
“¡Cuenten la otra parte!”. No hay dos partes, señor: hay una sola. Pero, en todo caso, aquí están sus montoneros arrepentidos y los hijos de los muertos por la guerrilla. Aquí los tiene. Asígneles, si lo desean, un pequeño cuarto en el Museo de la Memoria, contiguo a aquellos en los que se conmemoran las miles de víctimas de la tortura, del trabajo esclavo, del robo de bebés, del asesinato indiscriminado y de los detenidos en forma secreta e ilegal, arrojados vivos y dormidos desde aviones al Río de la Plata. Sumen, si les conforta, a sus policías y oficinistas muertos. Pero dejen de valerse de esos muertos y del dolor de sus deudos como si fuesen un arma secreta o un as en la manga para justificar su odio y su resentimiento. No hay nada allí. Solo más personas arrasadas por la tristeza y la violencia.
He ahí el valor del film de Villegas: su condición de antídoto potencial para desactivar ese negacionismo de opereta esgrimido por un conjunto de idiotas que apenas buscan sentirse autorizados para enarbolar su ignorancia como bandera, la prepotencia como política y la travesura infantil de volver a decir la palabra “zurdo” como si fuera un insulto. Tonterías, y nada más que tonterías. Mierda de toro: bullshit.
Mariano Llinás / Copyleft 2026
* El texto de Llinás nació, en parte, como una respuesta a sobre No matar (leer acá), por Nicolás Prividera.



Ya que el Sr Mariano Llinás eligió este medio para publicar (aunque por lo visto podría no haber desentonado en la citada Seúl), y que me menciona (aunque también escribieron en contra Lerer y Batlle, además de los cronistas de Letterboxd y otros a quienes los escribas de esa revista no consideran «interlocutores válidos»), habrá una réplica mía en los próximos días. De todos modos, esperemos que los ex críticos de El Amante (y frecuentes redactores de ese y otros medios, que no podrán ser tildados de coreacentristas) tengan algo más para decir que tuitearse entre ellos dando muestras de beneplácito, y se animen a escribir su panegírico como hace aquí Llinás. Y ojalá alguien más intervenga en esta polémica (que es apenas el remedo tardío y cansino de la original, que el título de Villegas evoca), ya que la película y Villegas curiosamente pretenden evitarla (o no curiosamente, visto que ni sus defensores pueden alabar más que su «necesariedad»). Ciertamente no parece quedar mucho más por decir, pero haremos el esfuerzo.
Que gracioso que anuncies que vas a escribir. De todos modos, si este es el «trailer», no me quiero imaginar la versión completa.
Aviso porque va a tardar, al menos hasta que Villegas también escriba. Espero que al menos él responda a lo que se crítica. Mientras les dejo este excelente texto de Lucía Salas:
https://lavidautil.net/estetica-y-o-politica-sobre-no-matar-y-para-hacer-una-pelicula-solo-se-necesita-un-arma/
Lo único gracioso acá es ese chiste, tan fuera de lugar como el título, visto que tu texto es directamente un trailer. La primera mitad habla del gobierno, la otra es una «opinión» cuya única fuerza pasa por tu rubricación como «»clásico»» (así fue recibido por la «derecha performatica», tanto que ni se ofendió).
Esa respuesta va a ser interesante.
Tal vez sea tan poca interesante como este texto de llinás, que agrega poco y nada salvo más confusiones a rebatir.
Si hay algo que resulta, como mínimo, llamativo es que esta discusión que se intenta instalar circule a través de links privados, cuando la película se proyectó en la misma ciudad en la que viven muchos de quienes hoy opinan. Cuesta no preguntarse por qué ese intercambio no se dio en el ámbito que el propio estreno habilitó. Da la sensación de que todo pasa por hacerse el distraído, como si una película pudiera agotarse en un link privado y listo.
La esmerada defensa del “clan Seúl” tampoco parece casual, sobre todo cuando proviene de gente que no pisa el Bafici y que incluso afirma que “tal vez nunca lo vuelvan a pisar” (textual). Ese esfuerzo extra por sostener una película como esta, mientras el resto del festival les pasa por delante, difícilmente sea inocente.
Y en este punto vuelve a ser clave lo que ocurre en la sala. Porque lo verdaderamente relevante es lo que pasó en los Q&A posteriores, por ejemplo tras la primera proyección. Que participantes de la película, con micrófono en mano, lancen afirmaciones como que “hay que contar la historia completa” o que hay que terminar con cierto “negocio”, y que el director elija desmarcarse con un gesto de aparente neutralidad, o distracción, como si no tuviera nada que ver con esas intervenciones, roza lo absurdo. A eso se suma el clima en la sala: que una afirmación como “fueron 30 mil desaparecidos” sea recibida con abucheos ya es, en sí mismo, significativo. Pero, una vez más, todo eso ocurre sin una intervención clara del director, es decir, del creador de la película, quien además habilitó el micrófono a esos entrevistados. Y sin embargo, se presenta como ajeno a sus opiniones. En este texto en particular también resulta extraño el argumento de que esta película vuelve “más libre” al cine argentino por su supuesta valentía. ¿Valiente en qué sentido? Durante cuatro horas se alinea, en gran medida, con un discurso que hoy circula con fuerza desde el propio aparato estatal, que además destina recursos, entre campañas y mensajes oficiales, para instalar este mismo tema. En ese contexto, cuesta ver dónde estaría el riesgo o la incomodidad que justificarían ese calificativo, salvo que se considere más peligroso el aparato estatal que una crítica en Letterboxd o en una página web.
Por último, sorprende la crítica al aviso inicial (preventivo) sobre la dictadura, tildado de torpe. Una vez más, todo parece recaer en la figura de un director que se presenta como ajeno o distraído, como si no fuera el principal responsable de las decisiones que estructuran la película.
Yo también voy a escribir y publicar algo en los próximos días.
Espero tomes en cuenta todas las notas que se han escrito en contra. Muchas mencionan diversas cuestiones, como la que menciono aquí arriba.
Pregunta al público en general: ¿No hay que ser realmente muy malvado para escribirle algo así a un director? ¿Señalarle las «notas que se han escrito en contra»? Yo creo que desde el Quintín del 2012 no se veía tanta malicia impune.
De parte de un miembro anónimo del “público en general”: la verdad que no. Y “malicia impune” veo todos los días, de la de verdad. De paso, ya que usted esta tan suelto de cuerpo para realizar tales afirmaciones, puedo decirle que la terquedad e ingenuidad (siendo bondadoso) que se percibe en sus textos cada vez que se trenza en estas polemicas con NP ya casi dan gracia. Creo que Koza ha censurado mi comentario la vez anterior que lo he manifestado, asi que aprovecho para repetirlo: calificaría su ubicuidad e influencia (a nivel discursivo por lo menos, ya que su cine me interesa poco y nada) en el cine argentino contemporáneo como “nefasta”, a tono con la hiperbole en la que a usted mismo no le importa incurrir
Claro: Se comprende que no te parezca mal el «bulling» de Prividera, siendo vos mismo alguien a quien le da placer decirle «nefasto» a una persona mediante un comment. Prefiero ser ingenuo, terco y nefasto que un miserable que agrede a gente que no conoce escudándose en la condición de «miembro anónimo» (Dejo los chistes sobre tu «miembro anónimo», una vez más, al público en general)
El público en general ha hablado, pero igual podías argumentar vos qué tendría de «malvado» recordarles que la mía no es la única crítica en contra, y ni siquiera la mejor (la de Salas es notable). Tal vez esperabas que los comentaristas me hicieran «bulling», pero esto no es Seúl ni tuiter. Lamentáblemente tampoco es una polémica, si se toman como personales las críticas en contra. Sin poder (como dice el miembro anónimo de acá abajo) hacer una sola mención a la película de marras. Esperemos que Villegas se ocupe, ahora que está repensando su obra, y finalmente decidiendo escribir algo después de haber dicho antes que hablaba por sí misma (y ver que las críticas insisten en ver lo que acaso ni había notado). Así que dejémonos de «bullshit», Mariano.
Ni siquiera yo usé la palabra «malvado» para hablar de la película. Espero que el juicio se desprenda de los argumentos, no de los adjetivos.
Yo no he censurado a nadie; nunca lo he hecho, y bastaría que vea el historial de comentarios. Nunca lo hago, nunca lo haré. Desconozco la razón de su hipótesis. Solamente borro o no doy permiso cuando el texto es un insulto a los participantes -porque suelo incluso dejar si el insulto va dirigido a mí, y con él alguna que otra cosa se intenta decir. R
¿Vió la película Llinás o solo leyó la sinopsis?
Señala a los «previsibles detractores» y sus comentarios escritos de antemano, pero este texto que presenta no dice nada del objeto del que trata. No aporta una cita, una escena, un comentario, un momento de la película, nada.
¿Por qué la elección de estos entrevistados es «contundente»? ¿Y por qué a partir de este film «el cine argentino es más libre»?
¿Fue más «libre» la literatura argentina con la publicación de «Muertos de amor», de Lanata?
En una entrevista reciente en La Nación, Stiletano le pregunta a Villegas si está dejando la ficción. Responde Villegas: «No la estoy abandonando, es que no me están dejando filmar. La situación del Incaa nos restringió mucho y lo estamos sufriendo.» Curiosa libertad la del cine argentino.
No esperes respuesta, tocayo. No la hay ni para Albertina Carri.
Como ya te dije hoy a la tarde, por WhatsApp, es cierto que la crítica de Salas es muy buena. Al mismo tiempo, no hay nada más fácil que escribir una crítica lúcida en contra de «No matar»- sin que estos vaya en desmedro del escrito de Lucia. Lo que creo es que esos escritos que señalan los límites de la película tiene como origen una incomodidad que no procede de los aspectos formales que se ocupan de desentrañar sino en una antipatía anterior, que tiene que ver con la decisión de la película de meterse con un terreno del que habitualmente se ocupan sólo los negacionistas. La opinion generalizada es que dicho afán emparenta al film con esos personajes. Mi opinion solitaria -respaldada apenas por el entusiasmo de Gustavo Noriega- es que, por el contrario, el film funciona como un dispositivo que deja a los Negacionistas en el terreno de la manipulación y la falacia. Opino firmemente que la decisión del film de trabajar con temas y personajes que suelen ser potestad de quienes pretenden defender la Dictadura es un gesto revulsivo, tratandoselos de alguien que aspira a lo contrario. Pero evidentemente mi opinion no solo es impopular sino que es suficientemente contraintuitiva para despertar la agresión de esos «bullíes» anónimos que salen a defenderte. La situación no es nueva para mi: estoy acostumbrado a atravesar terrenos de discusion poco hospitalarios; he pasado en ellos los últimos veinticinco años, incluyendo aquellos de un nacionalismo intolerante en los que vos mismo te movías como pez en el agua.
Che, el nuevo autocorrector de los «comments» vuelve los textos incomprensibles. Antes no pasaba esto.
No puedo hacer nada sobre eso. R
Nuestro WhatsApp es como un tuiter privado, temo que no funciona más que para mensajes y mejor así. Hay discusiones que es mejor dar en público, y eso siempre te lo reconozco. Pero en esta te equivocás por partida doble, porque la película es indefendible desde todo punto de vista. Volveré a ser más «minuicioso» en la respuesta a tu nota, ante este comentario sólo voy a decir lo siquiente:
-Nunca es fácil escribir una crítica lúcida sobre nada, ni siquiera sobre algo con tantos flancos débiles como «No matar. Pero hasta en Letterboxd hay algunas interesantes a tomar en cuenta. Lo fácil es defenderla con una comodidad que obviamente no procede de los aspectos formales, que ni se ocupan de desentrañar, sino en una simpatía previa, que tiene que ver con la decisión de la película de meterse con un terreno del que habitualmente se ocupan sólo los negacionistas.
-Como vos decís, lo notorio de la película es que parece provenir de alguien que se esfuerza por no serlo, pero en verdad no puede o quiere salir del terreno de la manipulación y la falacia.
-El problema con tu «opinion» no es que sea contraintuitiva, sino que es totalmente intuitiva. Pero de eso me ocuparé más pormenorizadamente en la respuesta.
PD: No sé cuales son los años de «un nacionalismo intolerante» y menos de alguno en que yo me moviera «como pez en el agua», pero como es tu opinión la respeto (?).
Te escribi una respuesta larguísima, pero no sé porque no apareció. Tal vez haya que tomarlo como una señal.
Mariano: yo no sé si hay un problema con el sitio: ahora decís que no apareció. Vos tenés el acceso director y lo que subís debería aparecer. Yo he pedido al hombre que cuida del sitio como programador que le dé un vistazo al sistema de comentarios. Pero dejo constancia acá que nada que se publique acá yo dejo afuera. R
No, no, mi querido. No era una acusación de «censura», como el hater anterior. Solo que lo mandé, hice la cosa de los numeritos y no apareció. Cuando digo «una señal» no me refiero a vos sino a los Dioses que rigen los debates públicos, que acaso se hayan cansado de NP y de mi.
Hay que escribir en otro lado y copiar, por las dudas. Tomo esa previsión porque también me ha pasado varias veces.
Aplausos para Juan Villegas por haber sacudido el avispero (“avispero” en este caso no es un eufemismo). Buena parte de la sociedad de cineastas argentos parece ser un ganado que come pasto con abono del mismo corral ideológico (pasto que comparte con su público esmirriado). No admiten ningún matiz, ninguna deriva, se someten a la disciplina de lo lineal y bloquean cualquier mirada sobre situaciones disociables y analizables separadamente. Para ello blanden una cifra (30.000) y una palabra (negacionismo), ambas gastadas de tanto uso. Sus opiniones muestran que ciertas cosas prefieren no verlas, no analizarlas, para lo cual eligen un crear un “enemigo” (¿Villarruel & cía, pregunto?) muy chiquito. Y dejan afuera al público en general. Esa cerrazón les bloquea el pensamiento y la capacidad de aprender de la mirada de los otros. ¿No pueden acaso charlar sobre las enormes torpezas (este sí es un eufemismo) de los movimientos armados y meter un rato en el armario el uniforme gastado de los milicos? Estas diatribas enflaquecidas son tan impopulares como lo fueron los Montos, los del ERP y los OCPO en los 70’s. Nadie los votó ni los hubiera votado nunca. Debatan lo que la peli propone, no tiren la pelota afuera.
Pasto con abono, mierda de toro. Este es el estado del «debate» propuesto. Sumado a la ignorancia, como en este caso, de que todo lo que pide se ha hecho ya hasta el hartazgo, solo que no se tomó el trabajo de leer ni la bibliografía de Villegas… Y esa gente acusa de tirar la pelota afuera. Así estamos.
Yo no vivo en Baires, no voy nunca al BAFICI porque no puedo, no vi la película y por lo tanto no opino. Imagino que vos sí la viste y en ese caso me gustaría que especifiques cuáles son las virtudes que la hacen valiosa más allá de las generalidades que decís sobre la pertenencia a otro corral ideológico y la presentación de matices, derivas y una propuesta. Porque en tu comentario aparece lo que Prividera le imputa a Llinás: hablás más de todo lo que hay por fuera de la película que de la película en sí.
Dudo que el anónimo MS la haya visto. Lo único que les importa a este tipo de comentaristas es «sacudir el avispero». Eso son. Y la película y sus defensores los consienten, como si fueran un daño colateral y no su «público» dilecto.
¿Qué significa, NP, que «el público en general ha hablado»? A mí, el público me demostró, sobre todo, afecto y agradecimiento por la pelicula. Cuatro, cinco, seis o diez críticas en contra no son el público. También, varios colegas (directores) me manifestaron en privado que les gustó la película, que les resultó muy estimulante, que los llevó a repensar cosas, además de destacar cuestiones estrictamente cinematográficas. Que no lo hagan en público habla de lo que vos negás en tu artículo: el tema es un tabu, hay cosas de las que no se pueden hablar sin temor a acusaciones insensatas. Por otro lado, que esté repensando la película no significa que esté arrepentido de haberla hecha. Estoy orgulloso, muy orgulloso. Tal vez sea mi mejor película. Sí, dije al principio que la película debía hablar por sí misma. Es una regla no escrita: el director no debe contestar las críticas. Pero ahora pienso distinto. Es una película abierta. Así como se la ataca por lo que se supone que dice y no por lo que dice, así como se la condena por los usos que otros podrían darle más allá de mis intenciones sinceras, de la misma manera tengo que seguir defendiéndola para intentar que se la entienda mejor, para vencer prejuicios y señalar las mentiras que se dicen para criticarla. Me llevará tiempo, porque es mucho para responder y no puedo dedicar todo el día a esto. El alquiler de mi departamento y la comida de mis hijos no se pagan solos.
Juan, es una obvia respuesta al pedido de llinás de que hable el «público» lector, nadie se refirió al tuyo.
A tus colegas que se me manifestaron en privado deciles que lo hagan en público, como hace aquí Llinas. Así vemos qué les resultó estimulante y qué repensaron. El tema no es un tabu, el problema es tratarlo con ligereza, como pasa con cualquier tema sensible. El camino al infierno está sembrado de buenas intenciones, dice el dicho.
La supuesta regla no escrita de que el director no debe contestar las críticas, o los otros directores opinar, es un modo cómodo de evitar el conflicto.
Yo tampoco tuve tiempo para responderle a Mariano. Y además espero a que vos escribas como prometiste.
Lo insolito es que creas que Villegas debe prestarles atención solo a las críticas adversas. ¿Eso significa que también debe desdeñar las críticas a favor, como la del pasquín negacionista Página 12, escrita por Cinelli, notorio asistente a las misas de FAMUS?
Tampoco leés bien, Mariano? El comentario pide que hablen los colegas que la apreciaron como vos.. Lo de Cinelli no es una crítica en ningún sentido de la palabra, las críticas de cine de Página 12 son lamentables así hablen de Avengers.
Hola a todos. Estoy leyendo el libro de Marina Franco titulado «Un enemigo para la nación: orden interno, violencia y «subversión», 1973-1976″ (FCE, 2012). Es un estudio histórico-crítico del rol del peronismo en el poder (con su larga persecución del componente infiltrado «comunista» o «marxista») de las organizaciones revolucionarias armadas, de las Fuerzas Armadas y de los sectores políticos en general como constructores de un estado de situación que propició el descenso al infierno de la dictadura. Creo que se presupone sin más que la crítica a la violencia de los 70 previa al Golpe proviene necesariamente de una «derecha democrática» que en el fondo empatiza un tanto con la «teoría de los demonios» y las falaces demandas de «memoria completa», o al menos les hace el juego a estas. Creo que, en oposición a todo esto, es una coherente mirada de izquierda (no por «arrepentida», sino por haber mantenido la lucidez siempre: en aquel entonces y ahora) la mejor posicionada para abrir sanamente el debate en torno a estas cuestiones. ¿Habrá algo de esto en el film de Villegas? Aún no lo hemos podido ver en Córdoba. Saludos a todos.
La idea de que la crítica de Cinelli «no es una crítica» solo porque no dice lo que Prividera quiere pone de manifiesto el modo de operar de nuestro Tribuno de la Plebe. El es la única medida de todas las cosas; no está dispuesto a pensar nada que pueda llegar a modificar lo que piensa; no le interesa el debate, mas allá de deshacerse de sus oponentes (como se demuestra con los pocos que se animan a escribir aquí) procediendo a la descalificación y al argumento Ad Hominem. No se permite no tener razón, ni dudar, ni pensar. Una burguesía del pensamiento, con todas las letras.
No, Mariano. No es una crítica porque, como este texto suyo, no dice prácticamente nada sobre la película (lo que es entendible en el caso de Cinelli, yaq ue era una mera crónica de varias vistas en Bafici).
El modo de operar que denuncias es el tuyo aquí: decir que la película de Villegas es buena porque el gran Mariano Linás lo certifica. Ahí tenés tú ad hominem y tú burguesía de pensamiento. De todos modos intentaré contestar con argumentos, aunque no des ninguno.
Una vez más, y las veces que sea necesario: no dije que fuera «buena» (cosa que pienso, pero no viene al caso). Dije que su operación era interesante e importante: enfrentarse a los tópicos habitualmente utilizados por los negacionistas sin ser negacionista. Creo que ese dispositivo es útil para desarticular el negacionismo. Entonces, frente a eso que yo postulo, uno puede estar en desacuerdo. Pero estar en desacuerdo implica A) Pensar que sí es negacionista B) Pensar que no es negacionista pero que aún así no sirve para desarticular el Negacionismo. Cuando llegue tu largamente anunciado artículo de respuesta, espero que hable sobre alguno de esos dos tópicos, dado que cualquier otro tópico (criticas estéticas a la película, etc.) no estará respondiendo a lo que yo pienso. Desde luego, sos libre de escribir lo que quieras, pero quiero poner de manifiesto cuales son los DOS argumentos que defiendo para que respondas a esos y no a otros, como habitualmente haces.
Si me permitís, voy a hablar de y como me parezca, porque por ejemplo no considero que «negacionismo» sea un término productivo entre nosotros, visto que es importado y extrapolado.
También de por qué la película es mala en todos los sentidos de la palabra, que por supuesto viene al caso.
Mientras tanto, si querés seguir comentando fíjate que revistando en Saúl ya volvió a escribir el amigo hernanii sobre los tópicos que querés. Tal vez te equivocaste de sitio.
Perdón, Privi, pero es raro que insistas tanto en que una pelicula es «mala». Parecería que necesitaras que fuera «mala». Con una mano en el corazón: ¿No se te ocurrió pensar que tal vez estés metiendo allí circunstancias o sentimientos ajenos al film?
No, y esa sugerencia (es) indigna. Si fuera «buena» discutiría lo que tuviera de discutible. Los que están metiendo vaya uno a saber que necesidad son los «bienintencionados» que la defienden aún cuando no puedan decir que sea buena… Eso es parte de la deshonestidad intelectual que han demostrado. Yo puedo apreciar hasta las virtudes estéticas de El triunfo de la voluntad, sin dejar de comprender que esa potencial es parte del problema. Aquí ni siquiera hay que hacer ese esfuerzo. Pero los que defienden este esperpento lo hacen porque cada uno de los intentos hechos hasta aquí para «sumar el tema al cine argentino» (cuando hasta yo mismo ya lo traté hace veinte años) fue más patético aún. Faltará guión de Mariano Llinás.