
MIERDA DE TORO Y CONSENSO DEMOCRÁTICO
Finalmente, No matar, el film de Villegas, se estrenó en el Bafici, rodeado de una previsible hostilidad cinéfila. El proyecto estuvo maldito desde un principio: que fuera precisamente Villegas —cuya condición de “clásico” del Nuevo Cine Argentino no le impide ensayar una tibia aproximación al macrismo, a la revista Seúl y a los antiguos miembros de El Amante, devenidos celebrantes de una derecha performática— quien se embarcara en un film sobre “las víctimas de la guerrilla” fue visto, desde el vamos, como una provocación. Ahora ese film ominoso está entre nosotros, y también sus previsibles detractores, cuyas réplicas (como las del minucioso Prividera) podrían, en general, haber sido escritas sin ver la película.
Sin embargo, en mi opinión, la existencia de la película propone un problema de un interés del que sus presurosos detractores se deshacen con demasiada facilidad: el lugar de la película en el campo de lo que habitualmente se conoce como “negacionismo”. Como nadie ignora, la virtuosa política de Memoria, Verdad y Justicia que, desde hace más de cuarenta años, la Argentina viene sosteniendo —con variantes y reveses— a través de todos los gobiernos, se encuentra por primera vez en jaque a partir de la ambición deliberada del gobierno libertario de contradecir dicha política de forma manifiesta, desembozada y estentórea. La más ruidosa de esas maniobras ha sido la trilogía de piezas de propaganda (la última, de más de una hora de duración) que los cineastas oficiales han venido lanzando, con estrépito, cada 24 de marzo. El mecanismo de esos “videos” ha sido esencialmente la persecución del impacto; casi podría decirse, del escándalo. En el primero de ellos, un individuo desconocido para el gran público, que se presenta como cercano a las organizaciones de derechos humanos, reconoce haber sido quien ideó la cifra de 30.000 desaparecidos. En el segundo, un hombrecillo —que oculta su condición de ideólogo de la ofensiva gubernamental— se presenta como víctima de la desinformación y de la campaña oscurantista de la izquierda, y se propone a sí mismo como el encargado de correr el velo que ha venido ocultando esas horrendas verdades. Al cabo de demasiados minutos, esas revelaciones acaban por reducirse a las mentiras o verdades a medias a las que el discurso justificatorio de la dictadura echa mano desde el comienzo: la alusión a una guerra, la teoría de los dos demonios, etcétera.
En el último y más extenso de esos audiovisuales, además del veterano Larrabure —cuya historia, una vez más, se ha constituido en un desgarrador clásico de las fechorías de las organizaciones armadas—, la novedad la constituye una mujer apropiada y recuperada por el trabajo de Abuelas de Plaza de Mayo que, sin embargo, ha decidido elegir a su apropiador. ¿Dónde reside el negacionismo en estas historias? ¿Es negacionista mostrar al hijo de un padre encerrado hasta su muerte por el ERP o a una víctima de la política de robo de bebés que, sin embargo, no se reconoce cómoda en los mecanismos institucionales que la política de derechos humanos ha instituido a su favor?
Nada de ello es, en sí mismo, cuestionable, y cada una de esas historias merece ser contada. El negacionismo aparece, en cambio, a partir de la voluntad de manipulación. El gobierno muestra esas historias no por su interés intrínseco, sino porque intuye en ellas la suficiente capacidad disruptiva para enturbiar el relato que la sociedad argentina ha construido sobre su historia reciente y desplegar sobre dicha construcción un manto de duda o de oprobio. Aquello que los americanos —que son quienes han inventado la mayoría de estos dispositivos— llaman bullshit: mierda de toro.
Nadie debe confundirse, sin embargo, pensando que este sea un gobierno preocupado por los temas históricos o militares: en su infinita irrelevancia, por el contrario, apenas intuye en la política de derechos humanos los rasgos del deplorado kirchnerismo, de cuya sombra funesta —dicen— obtiene todo su combustible electoral. Se trata, entonces, una vez más, de un negacionismo de ocasión, cuya declamada demanda de “memoria completa” no pasa de ser una mueca destinada a enfurecer a los rivales: he ahí la batalla cultural.
Más allá de esas piezas de difusión (en las que no faltan, como puede imaginarse, el tono didáctico y admonitorio, y una abundante provisión de adustos violoncellos), pocos han sido los gestos concretos que los libertarios han conseguido colar en su arlequinesca marcha: una visita a la sección de lesa humanidad del penal de Marcos Paz culminó con una diputada declarando no saber quién era Astiz, y dando testimonio de su horror una vez que Google le proporcionó esa información antes esquiva. Un nazi, nombrado por el gobierno en la Casa Argentina en París, retira la placa conmemorativa del genocidio: la comunidad protesta y debe devolverla. La vicepresidenta, efectivamente comprometida con la reivindicación de la dictadura, se pelea con el Presidente: es relegada al ostracismo y nadie ocupa su lugar a la hora de anunciar la liberación de torturadores y asesinos. El negacionismo gubernamental queda así confinado a los términos de la mascarada, y encuentra su máxima capacidad de daño en la desfinanciación de los organismos ubicados en el predio de la ex ESMA —desfinanciación que, como nadie ignora, está lejos de ser excepcional.
Al mismo tiempo, sería equivocado de nuestra parte suponer que esos rasgos negacionistas, cambalachescos, resultan irrelevantes. Su principal peligro no procede de ellos en sí, sino de su contribución a una persistente y sigilosa operación destinada a generar, en torno a la política de Memoria, Verdad y Justicia, una creciente hostilidad pública que, lejos de reconocer en ella una construcción social de generaciones de argentinos —que han elegido la desmilitarización y una democracia resignada como horizontes irreversibles—, intenta reducirla a una cuestión identificada con un bando político. He ahí la falacia central; y es esa la que debe atacarse. Ahí entra, finalmente, Villegas —y los lectores habrán de disculparme esta larga introducción—.
A lo largo de mi derrotero como miembro del equipo de un film extremadamente popular (Argentina, 1985, de Santiago Mitre), me he encontrado una y otra vez con espectadores que, sin desmerecer la película, reclaman que se cuente “la otra parte”. Más allá de que la división del asunto en partes complementarias remite a la infausta “teoría de los dos demonios”, resulta honesto admitir que el cine argentino ha encontrado un extraño límite a la hora de poner en escena la violencia revolucionaria. Allí aparece un problema: si el autor de esos hipotéticos films es —como la mayoría de quienes vivimos en 2026—, en alguna medida, crítico de las decisiones de las organizaciones armadas, ¿cómo tratar a personajes que no se consideran necesariamente héroes, si esos comportamientos antiheroicos pueden ser leídos como rasgos de complicidad con la oleada negacionista? Otros aspectos son aún más difíciles de abordar. Por ejemplo, ¿qué hacer con aquellos que han sufrido pérdidas y dramas personales durante los años setenta, pero no a causa del terrorismo de Estado sino de las organizaciones armadas? ¿Cómo enfrentar, desde el cine, ese dolor sin caer en la demagogia complaciente o en la tramposa equiparación de esas víctimas de la desaforada militarización de los grupos revolucionarios con las del genocidio estatal? El problema es de tan difícil resolución que esos combatientes deplorados o esos hijos de civiles ametrallados se han convertido en criaturas temibles, como si representaran un límite de lo que puede contarse. Como si se temiera que la política de Memoria, Verdad y Justicia no fuera capaz de lidiar con sus zonas grises o conflictivas. Es precisamente ese límite el que Juan Villegas acaba de franquear.
Lo primero, lo más importante que debe decirse sobre el film de Villegas es que no es negacionista. Villegas no solo ha leído el Nunca Más, sino que conoce con mayor detalle que casi ninguno de sus críticos los libros que han profundizado en él y lo han continuado. Ha leído la polémica de Oscar del Barco, ha leído a Héctor Schmucler, a Pilar Calveiro, a Claudia Hilb y a Hugo Vezzetti. Es decir: se inscribe en una corriente de la izquierda que se ha ocupado de reflexionar sobre los aspectos menos transitados de la política de derechos humanos, no para accionar contra ella sino para fortalecerla. Su film, expurgado hasta la exasperación de cualquier tipo de juego formal o de cualquier astucia, se ocupa de dejar en claro su absoluta falta de voluntad propagandística. Y esa ausencia de propaganda es, en sí misma, una declaración de principios: los testimonios no están allí para sugerir nada que no sea su propia materia. Nadie podrá decir, a partir de ellos, que los desaparecidos no existieron o que fueron menos; que los centros clandestinos de detención, tortura y muerte no fueron lo que la política de Memoria, Verdad y Justicia se ha encargado de probar; que los genocidas no actuaron de acuerdo con un plan sistemático; o que ese plan no tenía como objetivo el combate a “terrorismo” alguno, sino la implementación de un régimen basado en el terror, el silencio y el asesinato masivo de la disidencia. Villegas parte, simplemente, de la convicción de que la política de derechos humanos, lejos de ser una entidad cerrada que deba preservarse mediante un aislamiento aséptico, merece ser debatida y expandida de manera permanente, y que no pertenece a un grupo político ni a una ideología, sino al conjunto de la sociedad. Puede no compartirse esta mirada, pero en ningún caso es lícito ubicarla en la misma línea discursiva que la sucesión de provocaciones orquestada por el gobierno libertario.
La película de Villegas es contundente en cuanto a la elección de sus entrevistados. Dos miembros de organizaciones armadas (un OCPO, un Lealtad —que critica la militarización de Montoneros y defiende el accionar de la ortodoxia peronista, en línea con el pensamiento de Juan Manuel Abal Medina—), una presencia estrambótica (la de Emilio del Guercio, acaso el menos riguroso de los entrevistados y también el menos justificable) y una serie de personas de mediana edad cuyos padres fueron muertos en diversas acciones de distintos grupos guerrilleros. Algunos de esos testimonios remiten a casos conocidos, como el de las hijas de Muscat, muerto por Montoneros para presionar a Born a pagar el rescate de sus hijos, a lo que se mostraba —según se sugiere— reticente. Otros se presentan como episodios más bien genéricos: dos hijos de gerentes de firmas automotrices multinacionales; un joven cuyo hermano murió por un golpe de metralla en la acción de Monte Chingolo; y poco más.
Una de las críticas que se le ha hecho al film es la de no entrelazar esos testimonios con otros más ambiguos, más contemporizadores o de signo contrario. Pero la película no pretende ese balance. Su objetivo no es poner de manifiesto la diversidad de puntos de vista ni la complejidad de la historia. Apenas —acaso— busca demostrar que un film semejante es posible y que el dolor que esas voces dejan entrever no es incompatible con la irrenunciable denuncia de la política de desaparición y exterminio. Es sabido que quienes idearon el juicio del 85 optaron por excluir del discurso de sus testigos cualquier referencia a la militancia y a la participación en la lucha armada: se pretendía hablarle a una sociedad para la cual los mecanismos que justificaban la represión estaban aún demasiado cerca, y cualquier tipo de reivindicación político-partidaria hubiera resultado, acaso, perjudicial para el objetivo buscado: encarcelar a los ex comandantes. Diez años después, la militancia de organizaciones como HIJOS devolvió a las víctimas su identidad revolucionaria: la sociedad ya podía aceptar que dicho compromiso militante no estaba relacionado con su desaparición y muerte y, menos aún, podía ser utilizado para justificarla.Villegas, treinta años después, parece sostener que la sociedad está en condiciones de entender que otras consecuencias terribles de la militarización de la sociedad civil pueden ser discutidas públicamente sin que por ello disminuya, en absoluto, la contundencia de la condena a los delitos de lesa humanidad que —acaso valiéndose de ellas como excusa— llevaron a cabo los genocidas. Una vez más: puede no compartirse ese diagnóstico optimista; no me resulta concebible, en cambio, desconocer la audacia de su empeño.
No se trata aquí de si No matar es muy buena, buena o mala. Resulta evidente que está lejos de ser perfecta, pero esa eventual perfección hubiera sido contradictoria con su objetivo central, que, hasta donde entiendo, no es otro que abrir una puerta que muchos creían cerrada y que acaso muchos más preferían que no se abriera nunca. He disfrutado del film como narración, independientemente de su valor como objeto capaz de propiciar debates, pero no es mi opinión como espectador la que quiero dejar asentada. Quiero, en cambio, sostener que este film merece existir sin ser condenado de antemano por versiones demasiado cautas o conservadoras. Se ha dicho que, más allá de no ser negacionista, la postura de No matar se agota en el enunciado que funciona como título, y que la mirada que el conjunto ofrece sobre los convulsos años setenta es simplista e inocente. Otros han deplorado su longitud, su economía de recursos o la rigidez de su puesta en escena. No comparto esas opiniones, pero no es para discutir sus aspectos cinematográficos o conceptuales que escribo estas líneas. Lo hago porque advierto, en la severidad con que estas cuestiones fueron recibidas por parte del público cinéfilo, un malestar que no procede de ellas, sino de una incomodidad de otro orden. Una incomodidad, por así decirlo, anterior. Las placas del comienzo, en las que Villegas se toma el trabajo de asegurar —no sin torpeza— que condena la dictadura militar y los crímenes por ella cometidos, resultan un innecesario pedido de disculpas. No es a Villegas, sin embargo, a quien hay que imputarle ese traspié: baste imaginar la condena que el film habría recibido si esa disciplinada aclaración no hubiera estado allí. Villegas es un buen cineasta, y acaso no le agrade que evite referirme a los aspectos formales del film para concentrarme en su importancia como objeto. Comprendo y lamento ese reparo, pero no es para Villegas para quien escribo: escribo para mí y para el cine argentino. Considero que, a partir de este film, el cine argentino es más libre, más valiente y mejor.
“Pero justo en este momento…”, oigo decir con demasiada insistencia. Mi opinión es que el gran mérito del film de Villegas es, precisamente, la oportunidad del momento en que ve la luz. En tiempos en que la inepcia oficial agita esas zonas menos transitadas de los años setenta como si fueran el cuco —o como si su escasa visibilidad constituyera una suerte de ocultamiento culpable y malicioso—, el film de Villegas viene a demostrar que no hay nada de eso: solo más dolor, que se suma al generado por la tragedia institucional y a la masacre, sin contradecirlos ni atenuar en lo más mínimo la culpa y la miseria de sus ejecutores.
“¡Cuenten la otra parte!”. No hay dos partes, señor: hay una sola. Pero, en todo caso, aquí están sus montoneros arrepentidos y los hijos de los muertos por la guerrilla. Aquí los tiene. Asígneles, si lo desean, un pequeño cuarto en el Museo de la Memoria, contiguo a aquellos en los que se conmemoran las miles de víctimas de la tortura, del trabajo esclavo, del robo de bebés, del asesinato indiscriminado y de los detenidos en forma secreta e ilegal, arrojados vivos y dormidos desde aviones al Río de la Plata. Sumen, si les conforta, a sus policías y oficinistas muertos. Pero dejen de valerse de esos muertos y del dolor de sus deudos como si fuesen un arma secreta o un as en la manga para justificar su odio y su resentimiento. No hay nada allí. Solo más personas arrasadas por la tristeza y la violencia.
He ahí el valor del film de Villegas: su condición de antídoto potencial para desactivar ese negacionismo de opereta esgrimido por un conjunto de idiotas que apenas buscan sentirse autorizados para enarbolar su ignorancia como bandera, la prepotencia como política y la travesura infantil de volver a decir la palabra “zurdo” como si fuera un insulto. Tonterías, y nada más que tonterías. Mierda de toro: bullshit.
Mariano Llinás / Copyleft 2026
Otro texto:
1. Sobre No matar (acá), de Nicolás Prividera.



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