
UNA PELÍCULA SIN EPISODIOS NI PAISAJES (12)
Otro problema que el historiador de la antigüedad advierte con claridad creciente es el carácter peculiar de las fuentes sobre las que debe trabajar. ¿Qué es un «hecho» o qué es un «documento histórico» del antiguo Egipto? Hemos llegado a comprender un poco mejor —quizá sólo un poco mejor— la actitud psicológica en que los antiguos escribían sus documentos. Nuestros conceptos de «hecho» y «verdad» no son los suyos. Sus motivaciones y su mundo eran totalmente diferentes de los nuestros. El presente libro se propone en parte hacer ver cómo la psicología de los antiguos difería de la nuestra; y, en parte también, podemos señalar ahora esa diferencia. El punto esencial para mi presente intento es que el hombre antiguo adoptaba una actitud completamente distinta a la nuestra ante los procesos que observaba. Nosotros pensamos en términos de movimiento y continuidad, de antecedentes y consecuentes, de causa y efecto. Para comprender un fenómeno, necesitamos saber qué lo precedió y qué lo condujo. Pensamos cinemáticamente, de suerte que esta particular estructura de nuestra experiencia tiene su disposición adecuada en una tira de película. Para el hombre antiguo, los fenómenos observados no formaban parte de una cadena continuada, y sus antecedentes no se relacionaban con ellos ni eran significativos. Consideraba los fenómenos como destellos momentáneos de un universo intemporal e ilimitado, reino de los dioses y, en consecuencia, sujeto siempre a la dirección y a la intervención divinas. Pensaba en términos de imagen reflejada por un espejo, de suerte que esa experiencia era un ejemplo que ilustraba los planes de los dioses tal como fueron revelados desde el principio. Si se acepta el principio de la revelación completa, o sea, que los dioses crearon un universo esencialmente estático desde sus orígenes, y si se puede explicar todo fenómeno como efectuado por la agencia divina y, así, no abierto a la investigación humana, habrá poca ocasión para buscar causas impersonales a los efectos y ningún interés en el fluir del tiempo.
John A. Wilson, La cultura egipcia (1951)
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