
EL DÍA DE LA REVELACIÓN / DISCLOSURE DAY
LAS DOS INFANCIAS DEL SEÑOR SPIELBERG
Hay casualidades tan inquietantes que podrían atraparnos en las telarañas de una conspiración. La última película de Steven Spielberg, que comienza con la cámara siendo azotada en una pelea de lucha libre, se estrenó tan solo cuatro días antes de que Donald Trump festejara su cumpleaños número 80 en los jardines de la Casa Blanca, donde él y sus amigos multimillonarios (Mark Zuckerberg incluido) montaron un ring y miraron cómo dos hombres se golpearon hasta caer rendidos en el suelo. Como si fuera poseído por una entidad desconocida, el film de Spielberg nos hace llegar un secreto público a través de la pantalla. Allí vemos a gente embobada con espectáculos sádicos, millonarios tech que perdieron la sensibilidad, una guerra que amenaza con desatarse en cualquier momento y la aparición estelar de criaturas extraterrestres llenas de sabiduría, que aterrizan en la Tierra con la misión de volvernos tan enternecedores como un alce con lágrimas postproducidas.
El día de la revelación es el retorno de Spielberg al vientre de la ciencia ficción. Desde allí sueña, después de tanto tiempo, con un grupo de personas que busca exponer cómo Estados Unidos lleva años ocultando su contacto con extraterrestres. Es como si los personajes de Encuentros cercanos del tercer tipo hubieran decidido finalmente contarle al mundo lo que vieron aquella noche de 1977, allá arriba, en las colinas negras de Wyoming. Pero lo que une a El día de la revelación con los cuentos almibarados de los años 80 es algo más profundo, casi una disposición espiritual. Una vez más, Spielberg nos enfrenta a una forma de entretenimiento compensatorio. Es una película que conjura la fantasía de revelarnos verdades ocultas y, en el proceso, trazarnos un mapa con caminos más claros para recorrer este mundo enturbiado, nos ofrece la ilusión de sentir la adrenalina en el cuerpo. Por unas horas, podemos abandonar el aburrimiento de ser humanos en el siglo XXI y experimentar la sensación levitante de cambiar el rumbo de la historia. Pero, especialmente, nos otorga el alivio de tapar las amarguras contemporáneas. Uno puede ver El día de la revelación y llegar a sentir, en un paréntesis de dos horas y media, que las catástrofes de nuestro presente (por empezar, las guerras) fueron apenas una pesadilla. Ahora podemos suspirar tranquilos.
¿No es exactamente esto lo que siempre le echaron en cara sus detractores? El día de la revelación nos devuelve a una manera spielbergiana de concebir el cine; una inclinación que cambió para siempre el rumbo de Hollywood a fines de los años setenta, cuando muchas películas empezaron a volverse algo parecido a un parque de hechicerías de Disney y los espectadores, sin importar su edad, fueron devueltos a los encantos simples de la infancia. Esta es una ficción en la que el recuerdo de ser niño es medular (el cine, como Spielberg narra autobiográficamente en Los Fabelman, parece la herramienta más poderosa para exorcizar los traumas infantiles desde que Freud inventó el psicoanálisis). Y esto es casi literal en El día de la revelación, que nos muestra a sus protagonistas corriendo de un lado a otro, tratando de recuperar una memoria de su niñez que ha quedado enterrada por los años y el dolor.
Podríamos decir que hay dos tipos de infancias con las que Spielberg inyecta su cine, y ellas encierran tanto las promesas como las traiciones de El día de la revelación. Está la infancia que es tratada como un estado sensible: la capacidad de volver a ver el mundo con ojos vírgenes, de tener la impresión de quedar cooptado por un hecho (una imagen, una historia) como si se cayera en las artimañas seductoras de un encantamiento. Es el derecho al asombro, una posibilidad que Spielberg se niega a perder aunque su vida (y la de sus espectadores) ya no sea corta y nuestros ojos estén cansados de haber visto tantas cosas.
Es esa obstinación la que consigue los pasajes más inspiradores de su última película, como el momento en que Margaret (Emily Blunt, en estado de gracia) se queda pasmada ante un pájaro rojo que entra por su ventana y la hace hablar en idiomas que hasta entonces desconocía. O como la misma estructura enigmática del montaje, que va intercalando entre Margaret y Daniel (ella, una periodista del clima; él, un hacker), sin saber exactamente qué tienen que ver el uno con el otro ni cómo van a colisionar sus historias, que avanzan por carriles diferentes. O, también, uno de los primeros movimientos suaves de la cámara, que pasa de observar a un grupo de agentes revisando maletines al costado de un auto hasta elevarse a la altura de una ventanilla y descubrir del otro lado la silueta de un hombre de espaldas, apareciendo como una amenaza ante Daniel.
En todos esos casos, lo que funciona como detonante del asombro es la manera misteriosa en que Spielberg logra encajar las distintas piezas (los rostros, los espacios, las líneas narrativas). El tótem del viejo Hollywood es un escultor de la sensación. Ese es su mayor secreto: que en los momentos de lucidez logra coreografiar sus fantasías con una creencia ciega, propia de un hombre religioso que puede transmitir su fe a través de la puesta en escena. Ahí también se cifra la vitalidad ocasional de la película, como toda la secuencia que sigue a Emily Blunt en un estado delirante que bordea la psicosis. Mientras ella empalma las palabras y acelera la velocidad de su voz, casi como una heredera de la comedia screwball, Spielberg acompaña su ritmo frenético con un travelling sin cortes. Después aparece la manera fascinada con que filma el rostro de sus actores, que cada tanto se miran al espejo, como si tuvieran que esforzarse para reconocerse en el reflejo. En otros momentos, se duplican sobre vidrios, y Spielberg mira cómo esas máscaras se diluyen y se funden, buscándole una expresión plástica a este drama de identidades confundidas, siempre al filo de una transmutación.
Como su propio título lo indica, esta es sobre todo una película de revelaciones. Y ya lo sabemos: contar secretos puede ser una sentencia de muerte para el misterio. Es curioso que todo lo que tiene para develar Spielberg lo conocemos desde antes de sentarnos en la sala. El día de la revelación colecciona las figuras típicas de la mitología extraterrestre: hay abducciones, mentiras del Estado, experimentos con niños, médiums que se convierten en el canal humano para que los mensajes alienígenas circulen entre terrestres. Spielberg responde al manual de la ufología, cuyas instrucciones podemos seguir desde hace décadas en Los expedientes secretos X o en los foros que contrabandean conspiraciones adictivas. Pero el problema no es exactamente el contenido de esas revelaciones, sino la forma que se les impone. Toda la narración está apurada por la ansiedad de responder a las preguntas que se van desperdigando y agotando, como si hubiera quedado atrapada entre las verjas del régimen de plataformas. Sin elipsis ni ambigüedades, casi ningún elemento queda librado al azar. El día de la revelación quiere diagnosticar a todos sus personajes, a toda la especie humana y a todas las especies de la Vía Láctea. Podríamos decir que allí toma protagonismo la segunda infancia de Spielberg. Ya no aquella que trabaja cuidadosamente en abrir un estado de lo sensible, sino en clausurarlo de forma hermética. Es el equivalente de un adulto hablándole con voz de bebé a otros adultos: da todas las respuestas, exagera sus formas y, en el proceso, diseña las relaciones más simplificadoras posibles del mundo al que hace referencia. Todas las oportunidades perdidas del film surgen del momento en que Spielberg se rinde ante esa tentación. Cuando esculpe a su antagonista (Colin Firth, en estado de desgracia), lo hace a imagen y semejanza de un villano caricaturesco; un malo tan malo que hace ver a los canallas dibujados por Disney como seres de carne y hueso. La contraparte es la bondad almidonada del resto de los seres. Los héroes y heroínas, así como los extraterrestres, y todas las personas que parecen habitar la fantasía optimista de Spielberg, son incapaces de jugar con el fuego.
El entretenimiento compensatorio de El día de la revelación parece creer que, al difundirse la verdad de los buenos, todo va a ser diferente: que las guerras van a terminar, que los ciudadanos podremos orientarnos en las humaredas de nuestras pantallas, que los humanos recuperaremos la empatía y que los multimillonarios ya no van a festejar sus cumpleaños viendo espectáculos de muerte. Spielberg cree fervientemente en su fantasía, pero, ¿podemos creer nosotros en él todavía?
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El día de la revelación / Disclosure Day, Estados Unidos, 2026.
Dirigida por Steven Spielberg
Escrita por David Koepp y Spielberg
Iván Zgaib / Copyleft 2026


Lo que se hizo en La Casa Blanca el 14 de junio es un evento de UFC, UFC es mma, una competencia deportiva donde participan campeones olímpicos de distintas disciplinas, grandes exponentes del kickboxing mundial y en general un alto nivel de atletismo profesional de diferentes disciplinas marciales y deportes de combate. Es ciencia del combate. Se nota que quien escribe no sabe de lo que habla cuando alude al UFC que tiene mas de 30 años de existencia. Trump lo ha hecho mil veces mejor, mucho más honroso y decente, en su tipo de celebración que Biden (conmemorando además los 250 años de independencia de EEUU), recobrando valores clásicos y eternos y promocionando el deporte que junto al arte definen parte importante de la grandeza de la humanidad. Trump es un apasionado del boxeo y del mma, ha promovido eventos de boxeo con su cadena de hoteles desde hace tiempo. Hay firmas interesantes escribiendo aqui en el blog, deberían mantener el estandar, el nivel intelectual de todos. Hay cierto desnivel a ese respecto.
PD: He escrito varias veces en otras oportunidades, y no publican lo que escribo. Espero lo hagan ésta vez, respetando opiniones respetuosas y distintas. Gracias.
Mario Salazar
https://nenufaresefervescentes.blogspot.com/
Siempre se publica todo lo que deja. Si no se publica es que no ha quedado en la bandeja de moderación. Dos meses atrás, descubrí que muchos comentarios pasan a SPAM, algo que desconocía; y si pasó así, cualquier texto suyo o comentario enviado no pasó por un hecho involuntario. Jamás he censurado a alguien en este sitio, excepto cuando algún lector insulta a mis colaboradores; dicho sea de paso: su comentario final es desafortunado. R
Mario:
Claro que sé que el evento estaba relacionado con la UFC, pero las crónicas de distintos medios detallan que el hecho de que se llevara a cabo en la Casa Blanca, con el despliegue que tuvo, no fue nada típico como señala tu comentario. Hay varios detalles que dejé afuera porque el foco de la crítica es otro (¿no es evidente eso?), pero podría haber mencionado los aviones militares que sobrevolaron el predio, o la entrada de los luchadores mientras calentaban descalzos en los pasillos de la residencia; o los spots bélicos proyectados sobre las paredes del edificio, donde Pete Hegseth y Trump se embelesaron con la capacidad de destrucción de su país. Todo sucedió pocas horas antes de que el presidente viajara a la cumbre del G7, en un momento en que los líderes del grupo están perdidos y enemistados por las guerras que han alimentado y ya no saben cómo controlar. Si esto importa a los fines de la crítica es porque hay destellos de ese contexto que están en la película de Spielberg, que hace referencias al estallido inminente de una guerra global, y mira a los extraterrestres como una especie de salvación mesiánica (una aparición que podría ayudar a la humanidad a vincularnos de otros modos que no sean matándonos unos a otros). Trump y su cumpleaños en la Casa Blanca son apenas una imagen que sirve como contrapunto a la fantasía de Spielberg. Podría haber utilizado muchas más, aunque ninguna resonaría tan directamente con el inicio de ‘El día de la revelación’, que abre, literalmente, con la cámara sacudida a los golpes.
Hola Ivan, podemos pensar distinto, pero me ha gustado tu respuesta, me parece que es fina. Entiendo tu punto, de lo bélico, EEUU es un país de esa índole y creo que actualmente ha bajado bastante en ese aspecto. El blog es interesante, Roger hace un gran trabajo como director del equipo. Un abrazo.
Muy buen texto, gracias Iván. Algunas impresiones en diálogo o en contrapunto sobre tu mirada. Me parece que la película oficia también como una posible síntesis de cierta imaginería reciente sobre la infancia y sobre la villanía en el cine de Hollywood, como extremos opuestos. No pude dejar de pensar en Bu y Sullivan en la escena de la niña en su cuarto recibiendo a un monstruo que no lo es. En este mismo sentido, como en la película de Pixar, el mal proviene del ocultamiento de la verdad y está operado por los dueños de la empresa. La parábola es bastante parecida y remite, también, a Sentencia previa, contemporánea de Mosnsters Inc. en la que se presentaba el mismo esquema: los dueños ocultan y dirigen el mal que se supone persiguen. El sistema funciona contra nosotros porque se nos esconde una verdad fundamental que, de ser revelada, haría que todo sea organizado en nuestro favor.
Más allá de lo que haya de ingenuo en esta idea, como vos señalás, es una constante en la obra del director y, como apunta Roger en su lectura, está exenta de todo cinismo. Creo que ahí radica la conmoción/comunión que por momentos el film comunica con tanta emoción. Por eso no creo que importe mucho que el director aplane los sentidos del final -hay que decir que nos ahorra los discursos de otros filmes, como el del cierre de La lista de Schindler- para mi es sintomático que ya no haya mucho para decir, como se aprecia en la escena final. Por otra parte, tu pregunta sobre si podemos creer en su fantasía, renite para mi a un problema más estructural: me preguntaba viendo la película ¿qué imágenes -de este o de otro mundo- podrían lograr hoy el efecto de conmoción generalizada que el film propone en su desenlace? ¿Existen todavía? Tal vez la ingenuidad del niño director y la fragilidad de su fantasía habla más del estado del mundo que de su cine.
Saludos
Saludos
Scotti: gracias por la lectura atenta y las palabras. Vi tarde tu comentario y no pude responderte antes, pero acá voy. No había pensado la asociación con la película de Pixar, aunque sí las resonancias con la obra previa de Spielberg (de todos modos, no creo que esas consistencias rediman a la película de los puntos que intenté cuestionar en la crítica). Al final del día, el imaginario de Spielberg también es un imaginario generacional, impregnado del clima de la Guerra Fría y de la mitología ovni (incluso los tintes religiosos de la película, la idea de que existe otra especie llena de sabiduría que va a venir a salvarnos de nuestras miserias terrícolas, es un sentido común que se repite una y otra vez en ese universo que aúna sectas, literatura pagana, series de televisión y películas – un universo qué, por cierto, ¡me fascina!, no digo esto mirándolo desde arriba-). Pero no me parece menor para una ficción que trabaja tan arduamente en conseguir una revelación y maravillar al público con ella. Mucho de esto me suena sinceramente viejo y creo que se termina de notar con el final al que hacés referencia: la idea de que las personas en distintos rincones del planeta, atadas a las pantallas de sus celulares, van a ver esas imágenes y creer en ellas automáticamente, todas al mismo tiempo. Hay una noción de la imagen (y de la creencia en las imágenes) que está atascada en el siglo XX, y que termina de cerrar y simplificar la fantasía de una comunidad (quiero decir: que clausura las tensiones y contradicciones). Sin dudas eso habla del estado del mundo actual, como bien decís, pero creo que también habla del director: especialmente, de qué hace ese director con este mundo que nos toca y cómo se víncula con él desde la maquinaria del cine y las imágenes.
Abrazo.
Gracias Iván, coincido en general, y también creo que al menos en el cine industrial no hay un relevo para ese imaginario clásico tardío que representa la obra de Spielberg, aun con todas sus inconsistencias. Si la comparamos con la de Nolan, prima al menos una cierta ilusión de comunidad ahí donde Nolan subraya la primacía del indivíduo.
Un abrazo
Apreciados Iván y Roger:
Gracias a Iván por esta crítica y a Roger por la otra crítica corta que publicó.
Me tomé algunas semanas para responder porque, en su momento, me enojó mucho el comentario del señor Salazar y su descalificación ante su frustración por ver sus suceptibilidades heridas.
Junto con la reseña de Fernanda Solórzano en Cine Aparte, fueron las críticas que más me gustaron de esta película, que vi por segunda vez tras leerlos y escucharlos.
Si bien son innegables el dominio técnico de Spielberg y las buenas actuaciones que se encuentran en la película, no logré entusiasmarme con ella ni creerles a Spielberg y compañía lo que nos proponían. La renuncia del antagonista a lograr su cometido justo cuando tiene todo para ello me resultó casi risible. Y la idea misma de que esa «verdad de los buenos» va a detener una guerra justo cuando llevamos años viendo un genocidio registrado y transmitido en vivo por quienes lo sufren y quienes lo ejecutan me resulta de un atrevimiento que difícilmente pase por ingenuidad. En lo que a mí respecta, fue demasiado para aceptar y creer en la sala de cine.
En todo caso, lo que quería señalar con más interés tiene que ver con la relación que sugirió Iván entre Disclosure Day y el evento de UFC en la Casa Blanca. Como quizá sepan, Bryce Mitchell, luchador de la UFC, expresó muy bien su reparo a la idea de que ese evento se realizara, pues consideraba que «el gobierno [de los EE.UU.] está para protegernos, no para entretenernos». Y cuando leí esta crítica de Iván se me vino a la mente esa declaración de Mitchell, porque quizás ante Disclosure Day uno podría (y quizás debería) plantearse la pregunta sobre si el cine está meramente para entretenernos. Me interesa esta pregunta porque así como la declaración de Mitchell dejaba ver una preocupación por los efectos políticos y sociales de la celebración de aquella velada de UFC en la Casa Blanca, el mismo cine de Spielberg también nos ha dejado efectos más allá de la aparentemente inofensiva entretención de las masas. Hablo, por ejemplo, del efecto devastador en el imaginario público de los tiburones blancos tras el estreno de Tiburón, que tuvo un impacto en la drástica reducción de su población hasta los niveles alarmantes que conocemos hoy en día.
Dicho esto, una vez más gracias por sus críticas.
Un saludo cordial desde Colombia.
Muchas gracias por tu comentario. R