74 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN (01): PRINCIPIO Y FIN

74 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN (01): PRINCIPIO Y FIN

por - Festivales
19 Sep, 2026 08:26 | Sin comentarios
La despedida de Rebordinos y la película de Albert Serra sobre Ingrid Caven.

El Festival de Cine de San Sebastián lleva 74 años de existencia. Es de los más longevos. Los últimos 15 fueron conducidos por José Luis Rebordinos, un hombre que el 22 de este mes, en pleno festival, cumplirá 65. Dirigir un festival como el de San Sebastián no es solamente elegir películas y jurados, asegurarse de que lleguen del otro lado del Atlántico las estrellas de la vieja arcadia oxidada de California y establecer un mapa cinematográfico donde tengan lugar Isabel Coixet y Albert Serra. En estos dos últimos nombres se cifra la elasticidad estética de San Sebastián, y un poco el legado de Rebordinos, quien fue capaz de darles más espacio a otras poéticas, menos circunscriptas a la industria y sus certezas. Con él se instituyó la sección Zabaltegi-Tabakalera; desde 2016, es el nicho competitivo del festival en que puede medirse el cine contemporáneo. 

Sobre Rebordinos hay que decir algo más. Tuvo una especial consideración al cine argentino. Que el póster oficial del festival tenga la cara de Ricardo Darín no es una cuestión azarosa. Apoyó enfáticamente a cineastas argentinos muy distintos, y cuando tomó la palabra dijo lo que había que decir y no fueron solamente palabras. En esto se diferenció del papa de la Costa Azul. Palabra y acción fueron correlativos en su administración. Las convicciones dichas tuvieron el respaldo de la praxis. Será una despedida con gloria y sin reproches. Los que vivimos en Argentina lo vamos a extrañar.

La película elegida para abrir la sección Made in Spain, una sección exclusivamente dedicada al cine español reciente, fue Seize moments de ma vie (Dieciséis momentos de mi vida), de Serra. Después de su paso en Locarno, en agosto, la hermosa película del cineasta de Pacifiction se proyecta en San Sebastián. Dos años después de Tardes de soledad, un hito en la carrera de Serra y el festival, el cineasta catalán regresa con lo que parece ser una película menor. Corrección: ninguna película de Serra lo es.

Dieciséis momentos de mi vida

Dieciséis momentos de mi vida no es otra cosa que un concierto completo de Ingrid Caven. El 22 de febrero de 2025, en el Théâtre des Bouffes du Nord de París, la legendaria actriz (y esposa por un poco más de dos años de R. W. Fassbinder) dio un concierto memorable acompañado por cuatro músicos, miembros de Molforts, quienes suelen estar ligados a Serra. Dos teclados, un percusionista, un guitarrista y una cantante. Nadie más, nada más. ¿Cómo describir el resultado? Calificarlo es sencillo: magnífico. 

Antes que nada, datos duros: los 85 minutos de película no tienen más de 100 planos. Segunda evidencia: recién en el plano número 20, se puede apreciar en un plano general a Caven y todos sus músicos (habrá solo dos más planos de esa índole). Es decir que existe una regularidad en la composición: la preferencia de escala es el plano medio. Hay paneos lentos, algún zoom parsimonioso hacia adelante y hacia atrás. Los movimientos están regidos por la escena: algo que pasa con la guitarra o la percusión; alguna acción de Caven en el escenario. Ninguna distracción. De lo que se trata es de saber filmar la duración, que es la condición de posibilidad de la música. 

Hay que decir algo más sobre la gramática de Dieciséis momentos de mi vida: no hay primeros planos; tampoco un contraplano de lo que no está en el escenario. En efecto, al público que aplaude al término de cada canción jamás se lo ve. El procedimiento es el mismo de Tardes de soledad. Caven es como un toro sin cuernos, una bestia estética sempiterna que se desplaza a los 86 años en el escenario con movimientos no menos impredecibles que los del animal de la tauromaquia. La velocidad es otra, y no hay un torero que amenace su existencia. El público no es una amenaza, pero sí una distracción innecesaria para la película.

Habría que insistir en lo que es central: la puesta en escena se ciñe a filmar nada menos que la música. Parece una tarea sin dificultades, porque existe el videoclip, que naturalizó la relación de las imágenes con la canción, y porque también existe un deseo reiterado de los cineastas de filmar la ejecución de una obra musical. Godard y los Stones, los Straub y Schönberg, Costa y Balibar. La notable película de Serra se inscribe en las filas de los cineastas modernos que han sentido el deseo de filmar la duración de la música, es decir, el encadenamiento de las moléculas sonoras que se ordenan en un todo orgánico, algo equivalente a la relación que se da entre los planos de una película. La cámara indaga sobre lo ineludible: ¿cuáles son las reglas de asociación a la que responden dos notas? Uno de los momentos gloriosos de Dieciséis momentos de mi vida es aquel en que los Molforts y Caven comprenden al unísono la necesidad del tema de pasar de una tonalidad a otra. Es un momento feliz de la película, ese instante en el que una modulación puede ser filmada no solamente como un cambio percibido por los músicos, sino también como una revelación de que ese movimiento en el interior de la melodía tiene un correlato en la misteriosa amalgama entre sentimientos y música.

Dieciséis momentos de mi vida

Dieciséis momentos de mi vida empieza en la penumbra; es un indicio de lo que vendrá. ¿En qué sentido? La luz es decisiva, y el laborioso etalonaje a cargo de Artur Tort no es una cuestión entre otras, crédito que se lee, con suerte, y pasa de inmediato al olvido. Pero Tort es un pintor de fotogramas. En esta dirección, la nueva película de Serra puede ser vista como un documental clandestino sobre las variaciones del rojo y su relación con la luz. ¿Qué pasa entre Serra y el rojo? La predilección por este color se puede constatar en La muerte de Luis XIV y en Tardes de soledad. El rojo intensifica una relación del cuerpo con la muerte y la vida. Acá, Caven es bañado por el rojo de inicio a fin sin doblegar un principio de inteligibilidad que rehúsa la transparencia y la nitidez. La relación perfecta entre sombra y luz es una victoria materialista de la puesta en escena. Curiosa consecuencia de la descripta proeza: en este juego visual, el rostro nunca alcanza a verse del todo, siempre existe un pliegue de la cara frente a cámara, de lo que se predica una rareza: la espalda de Caven alcanza por la puesta en escena una notoriedad mayor que la del rostro. Lo que sucede con el cuerpo de la cantante y actriz en escena es rarísimo. La boca no es el centro de atención. La espalda apenas descubierta disputa la identificación de la cantante con su existencia física.

En dos ocasiones, se puede divisar la lista de temas escrita en un papel a mano que está sobre la pedalera del guitarrista. Paris Café Voltaire es un tema, otro se llama Psychanalyse. El repertorio es singularísimo. Las tonalidades menores definen a casi todas las canciones. Aparentemente, existe una estructura para cada tema, pero anida en todas las composiciones una dimensión incierta. Sobre esa estructura, que Caven también conoce, las letras se vierten a través de melodías que no siempre siguen la línea melódica que requieren los acordes. Caven no desafina nunca, más bien entona las melodías en intervalos (in)adecuados respecto de la tonalidad, pero que no se acopla enteramente a la tonalidad dominante; es un efecto incómodo para la recepción y el acostumbramiento armónico, como si hubiese un corrimiento de tono permanente, que además acarrea una interpretación que parece originarse en el habla mutando progresivamente en canto y rima. ¿Mixtura entre la ópera y el trap? Es un estilo que también se apoya en las letras, más bien frases lacónicas que expresan un estado de ánimo o un concepto dicho como si fuera un aforismo. La noción de canción como relato brilla por su ausencia. Se imponen oraciones de pleno sentido que no avanzan para delinear una escena. Las palabras recurrentes no son justamente alentadoras. A Caven la angustia le ha corroído el alma, pero no lo suficiente: el pesimismo de la lucidez tiñe las palabras, sí, pero la fuerza vital que proviene del cuerpo de Caven las vuelve paradójicas y soberanas.

Dieciséis momentos de mi vida es prodigiosa. Se suma a una filmografía sin tropiezos, siempre en agitación y con derivas impredecibles. Cuando en la primavera europea de 2027 se conozca Out of This World se sabrá si el cineasta catalán puede resistir a las condiciones y los límites propios del universo de Hollywood. Si sale bien parado de ahí, Serra devendrá enigma.

Roger Koza / Copyleft 2026