
FANTASMAS DE LA MEMORIA
El largometraje En tránsito, que transcurre al inicio de la ocupación nazi de Francia, está poblado por personajes a la espera de conseguir visados y pasajes que los lleven camino de América, billetes sin fecha de regreso con los cuales huir de la barbarie inminente. El director, Christian Petzold, tomó en ese filme la decisión arriesgada de servirse de una ambientación contemporánea. Los paisajes urbanos que vemos son los de hoy, igual que los coches, los barcos o el vestuario. Este choque de tiempos añade una capa muy poderosa al acercar al presente el drama de la guerra y el holocausto para señalar nuevas víctimas. La Europa que asesinó judíos o gitanos no hace tanto dio paso a una Europa racista y xenófoba que practica la ignominia de marcar a otros seres humanos con la etiqueta de “ilegales”, que expulsa migrantes o les lanza pelotas de goma en las fronteras. Las culpas no son sólo las del pasado, seguimos fabricando razones para la vergüenza.
Ocho años después de su estreno en la Berlinale de 2018, su clarividencia resulta aún más admirable. En este 2026 que discurre a una invasión por mes, Venezuela primero, Irán después, en el que la ley de los más fuertes destrozó lo poco que quedaba del derecho internacional sin contestación práctica por parte de las otras potencias o, en el mejor de los casos, con una simple reprobación de boquilla, revisar En tránsito no deja buen cuerpo: además de representar unas culpas no suficientemente expiadas, sus imágenes adquieren matices premonitorios. Si cualquiera Von der Leyen afirma sin enrojecer que el orden mundial está muerto y bien muerto y se nos invita día sí, día también, a invertir más miles de millones en la industria de la guerra, si votar fascismo ya es una opción considerada normal por uno de cada cinco de nuestros vecinos, tal vez no estemos tan lejos de ese universo de refugiados en busca de vías urgentes de salida.
Así como En tránsito evoca la mítica Casablanca de Michael Curtiz con su colección de criaturas arrancadas de sus existencias por los desvíos violentos de la Historia, Phoenix (2014) se yergue cómo una relectura insuperable de Vértigo de Hitchcock. Nelly sobrevive milagrosamente a los campos de exterminio e intenta reencontrarse con su marido, Johnny, para descubrir que este, convencido de su desaparición, no la reconoce pero le encuentra el suficiente parecido como para creer factible utilizarla para heredar un dinero. Comienza ahí un fascinante ejercicio de transformación de la mujer que regresa de entre los muertos y mantiene el sueño de volver a un ayer imposible, un ayer sepultado por la inhumanidad, en un relato de amor y traición que desemboca en el mejor final del cine en lo que va de siglo, una secuencia construida alrededor de una memorable interpretación del Speak Low de Kurt Weill, prueba de la extrema depuración del cineasta, entonces aún con Harun Farocki como coguionista, y de su habilidad para sacar el máximo partido de un mínimo gesto. De su confianza en la grandeza de unos actores y actrices sublimes, acá Nina Hoss y Ronald Zehrfeld, pareja impagable también en Bárbara (2012), allá Franz Rogowski, cuyo magnetismo no permite quitar los ojos de la pantalla, y ahora siempre Paula Beer. Franz y Paula engrandecieron En tránsito y luego Ondina (2020), una fantasía romántica capaz de reflexionar, de paso, sobre el desarrollo de la ciudad de Berlín.
Paula era el verdadero centro de Cielo rojo (2023), otra joya sobre el amor y la muerte, sobre como el arte (la literatura) se entrecruza con la vida, esta vez más ligera, lo más parecido que hay a una comedia en la carrera de Petzold. Y la encontramos también en Espejos nº 3 (2025), la última maravilla del alemán refractario a la grandilocuencia que hace filmes cada vez más concentrados, sin golpes de efectos ni trampas sentimentales, con menos ruido y más silencio. Después de salir asombrosamente ilesa de un accidente fatal de coche, la protagonista queda al cuidado de una familia que la acoge con un cariño que apunta que detrás de eso hay algo más. La joven que les acaba de llegar es el espejo de la hija y hermana perdida, una herida dolorosa que de pronto encuentra el hilo perfecto para su sutura, y es así que se abre un delicado y hermoso juego sobre la identidad, una idea, la de la suplantación o la encarnación, tantas veces fundamental en su filmografía. Una película sobre las familias reales y las familias elegidas, sobre los fantasmas que quedan aferrados a nuestra memoria y los afectos que curan, que encuentra en la sutileza y en lo no dicho las herramientas esenciales para la emoción.
* Martin Pawley. Publicado originalmente en gallego en Nós Diario.

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