
EL APRENDIZAJE DEL AMOR
En 2005 surgió en Catalunya el proyecto educativo “Cine en curso”, una iniciativa, en palabras de sus directoras Núria Aidelman y Laia Colell, de “pedagogía del cine y con el cine en escuelas e institutos”. A diferencia de otros proyectos de cultura audiovisual que se desarrollan en las aulas, y que tantas veces, infelizmente, aspiran apenas a imitar de manera precaria los procesos industriales del cine, a menudo caducos y de nula sostenibilidad, Cine en curso busca un acercamiento más fértil y responsable que tiene su primer centro en la contemplación y el análisis de las películas. Películas completas, en salas y en festivales, pero también fragmentos de películas, y esto permite el acceso a imágenes de cineastas que de otro modo serían inviables, en particular a ciertas edades, como las de Chantal Akerman, Marguerite Duras o David Perlov. Se trata de que el alumnado comparta una escena, que la mire y la escuche, que piense sobre ella y se haga preguntas, que la vuelva a mirar y escuchar tanto como sea preciso, que se detenga sobre ella, que comente sus impresiones, las iniciales, más espontáneas, y luego las que se derivan de una meditación más honda, de atender a lo que expresan las otras personas. Hace falta hacerse preguntas. ¿Por qué ese plano está filmado de esta o de aquella manera? ¿Por qué tiene esa duración? ¿Por qué empieza o acaba ahí y no un minuto antes? ¿Por qué va uno después del otro y no al revés? ¿Cómo es la luz en esa escena, qué intención tiene, si es que tiene alguna? ¿Qué emociones transmite esa imagen? ¿Cómo están retratados los rostros, los cuerpos, los objetos, los paisajes?
Pensar en los porqués de un plano, de una escena, del film todo, es un ejercicio activo de atención y de entrenamiento cinéfilo en su sentido literal, el amor por el cine. Nunca he entendido los comentarios desencantados, escépticos o explícitamente contrarios a la palabra “cinefilia”. Me niego a renunciar a la pasión y al entusiasmo y al deseo de compartir esa pasión y ese entusiasmo. Rechazo renunciar al amor, en suma, y convertir una experiencia emocional e intelectual, una experiencia de conocimiento y autoconocimiento, en mero consumo. Ese amor no está marcado por reglas inmutables, no obedece a una cronología histórica petrificada (y que siempre fue falsa); al contrario, reconoce y aplaude la diversidad. Un plano fijo de Sharon Lockhart puede ser tan emocionante como la muerte de Bette Davis al final de Amarga victoria, el glorioso melodrama de Edmund Goulding. Una escena de extrema sobriedad formal de Lo demás es ruido, la última maravilla de Nicolás Pereda, tan hilarante como cualquiera de las que componen el magistral caos organizado de Playtime de Jacques Tati. El cinéfilo que yo soy le debe tanto a John Ford como a Ousmane Sembène, bucea en las películas primitivas con la fascinación de constatar como nacía entonces una gramática y sigue con interés la creación del presente porque el cine no murió con Kenji Mizoguchi y Kinuyo Tanaka. Incluso tengo el orgullo de tener por amigas y amigos a cineastas cuya obra admiro; la amistad no nubla el criterio, el cariño no significa aclamación, sino afecto, apoyo y respeto. La cinefilia no es hierática, no idolatra, simplemente ama.
Y el amor también se aprende. Se transmite. Se pasa. Y cada uno lo adopta a su manera y con su sensibilidad, lo modela conforme al bagaje propio y se atreve a reconocer las querencias y los prejuicios, a expresar las opiniones y a valorar las de los otros. De eso va Cine en curso, de aprender a mirar, aprender a reconocer, aprender a amar. No sorprende, entonces, que muchos de los cortos que hace el alumnado del programa beban de lo más próximo, del entorno y de la familia, y encuentren ahí belleza. Que entre los cientos de obras creadas (pueden verse aquí:) haya algunas inspiradas por un plano de D’Est de Chantal Akerman. Fue este film el que programó en mayo la Filmoteca de Galicia en el marco del ciclo que festeja las dos décadas de esta propuesta educativa y que emplea como lema tres verbos (celebrar, amar, compartir) y tres sustantivos (el cine, el mundo, la vida) que se pueden combinar libremente. La guinda de la sesión fue la presencia de la montadora Claire Atherton, un faro ético y creativo. Una maestra. Una pasadora.
*Publicado en Nós Diario en gallego.
Martín Pawley / Copyleft 2026

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