
UNA PELÍCULA SIN EPISODIOS NI PAISAJES (19)
Puede decirse con cierto derecho que la sala cinematográfica es un lugar público de las imágenes. Se lo procura únicamente a causa de las imágenes que se proyectan contra el lienzo de la pantalla según la unidad temporal de la película […]. No obstante, no existe ningún otro lugar en el mundo en el que el espectador se experimente tanto a sí mismo como lugar de las imágenes. Sus propias imágenes fluyen al unísono con las de la película, o éstas permanecen como propias en el recuerdo. La película existe como medio solamente para la percepción instantánea y solamente en el momento de llevar a cabo la percepción; significa la temporalización radical de la imagen, y por tanto una forma de percepción distinta. El espectador se identifica con una situación imaginaria, como si él mismo participara de la imagen. Las imágenes mentales de quien asiste al cine no pueden distinguirse tan claramente de las imágenes de la ficción técnica. Incluso la proyección por medio del aparato correspondiente, por el que surge la ilusión cinematográfica, elimina las fronteras entre medio y percepción. De manera pasiva, el medio del cine no posee forma de existencia, sino que debe ser activado mediante una animación técnica, que genera la impresión en el espectador de que las inaprensibles imágenes que fluyen ante sus ojos no son otra cosa que imágenes propias, que puede experimentar en la imaginación y en el sueño. […] la experiencia del cine, aun cuando continúe sugiriendo experiencias de realidad, es similar al estado de soñar, con esa emanación de imágenes que uno mismo no puede controlar, incluso aunque parezca que uno mismo esté produciéndolas. […] Puede añadirse que, en la oscuridad de la proyección, la perspectiva colectiva de la película se convierte en la vivencia personal de cada espectador, que se encuentra dentro de la comunidad y, sin embargo, está consigo y a solas. […] Dentro de un espacio público, el espectador vive una especie de alucinación o sueño, donde la experiencia convencional de tiempo y espacio se libera y se vivencia, a pesar del entorno público, exclusivamente como lugar de las imágenes. […] Una vez que todos han ocupado sus asientos, el público se sumerge durante dos horas en un caudal de imágenes, de las que despierta como de un sueño al abandonar el lugar, donde ya no hay nada más que hacer. El teatro de la ilusión vive del público de cine que ve la misma película, y no obstante tiene una vivencia diferente. Si bien la experiencia cinematográfica se ejercita de manera colectiva, el individuo convierte las imágenes fílmicas en propias. La interacción entre cuerpo y medio, entre imaginación y ficción, no puede reducirse en este caso a un esquema dualista en el que las imágenes mentales y las mediales se correspondan. […]
Jean-Luc Godard proporcionó una abrumadora prueba al respecto, al filmar una película de ocho horas de duración con el título La(s) historia(s) del cine. La historia del cine consta de todas las historias cinematográficas que hemos visto en el transcurso de nuestras vidas. Éstas han permanecido unidas a las imágenes que vuelven al ser recordadas, y que sin embargo siempre desaparecen. Ya no es posible decir con certeza a qué película pertenecen, y no obstante son identificadas en el juego libre de una ars combinatoria que Godard lleva a cabo con este material de recuerdo. Así, las imágenes de películas se mezclan con un material documental de viejas revistas semanales, lo que hace que confluyan en el recuerdo la ficción y la historia real. En nuestra memoria se han acumulado imágenes que llevan en sí mismas la huella temporal de una situación histórica, aun cuando hayan surgido en la ficción de la cinematografía. Ya no nos es posible distinguir si nos acordamos en imágenes o de imágenes que han encontrado su lugar en nuestra memoria. […] En un comentario sobre esta película, Augé habla de la «pantalla de la memoria». La memoria «mezcla las historias: aquellas que hemos vivido, y aquellas que nos contamos mutuamente», y a éstas pertenecen también las películas, por ejemplo, los films en blanco y negro, de cuya época algunos todavía nos acordamos. «¿Qué caracteriza a una generación mejor que el recuerdo común de algunas imágenes?». Pero también existen «nuestras historias de vida personales, en las que el cine se mezcla con la vida». El imaginario colectivo que ya sólo difícilmente podemos distinguir del imaginario personal se ha empapado del material de imágenes que hemos experimentado en la ficción, y por lo tanto también en el cine. Godard nos recuerda que también asociamos las imágenes con otras etapas de nuestra vida. Pero no mezcla solamente imágenes de películas viejas con fotos que documentan la historia (¿acaso en la mayoría de los casos no vivimos la historia, incluso como contemporáneos, únicamente en imagen?), sino que intercala pinturas de distintos siglos con la misma libertad que las citas cinematográficas, con lo cual considera igualmente las obras de los museos como imágenes de su propio recuerdo.
Hans Belting, «Sueño y ficciones en el cine», en Antropología de la imagen (2001)
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