PARA HACER UNA PELÍCULA SOLO HACE FALTA UN ARMA (02)

PARA HACER UNA PELÍCULA SOLO HACE FALTA UN ARMA (02)

por - Críticas
08 Jun, 2026 11:52 | Sin comentarios
Una segunda mirada sobre la película de Santiago Sein.

PARA HACER UN DOCUMENTAL ES NECESARIO USAR SUS ARMAS

Para hacer una película solo hace falta un arma fue elogiada por Diego Lerer y Lucía Salas en contraposición a No matar. En mi respuesta al texto de Villegas escribí que la honestidad intelectual implica señalar también los límites de la de Sein, aun cuando compartamos sus postulados. El problema, en este caso, es la forma, que termina afectando al fondo.

El principal está dado por el modo de intervención sobre los materiales rescatados, sobre todo en la segunda parte, que es la más larga (de una película que se vuelve demasiado extensa como mera intervención): a la media hora ya se renuncia a las armas del documental para embarcarse en una invención (a lo Qué será del verano, por solo mencionar otra película argentina reciente que rompe el pacto documental para construirse como ficción). La excusa para esa reconstrucción es que se han perdido las grabaciones originales que acompañaban esas imágenes, pero luego (en su más breve tercer acto) se devela que había otras voces a las que recurrir, en vez de inventar o recrear un personaje que se siente fuera de lugar. Por dos motivos:

Por un lado, esa caracterización de la subjetividad juvenil de los 70 es demasiado genérica, pobre en detalles y profundidad. Por el otro, se vuelve por momentos anacrónica (como cuando apela a una cinefilia que se referencia en Rohmer y Ozu). Para cuando finalmente, en la tercera parte, aparecen los testimonios de aquellos jóvenes, a los que podría haber apelado para reconstruir esa mirada colectiva con sus propias voces, tampoco se llega a profundizar demasiado en sus vidas (salvo algunas precisiones sobre sus destinos ulteriores), ni en la distancia que separa este presente de ese pasado. Para hacer una película solo hace falta un arma contradice así su título, encapsulándose en la mera recuperación de esos materiales, sobre los que se demora (a)morosamente.

Se trata de una reapropiación culposa, porque en la primera parte se cuenta cómo varios de esos films fueron desechados por los actuales alumnos de la misma carrera, quienes descartaron el celuloide para conservar las latas como mero souvenir. La película no está interesada en plantear esa evidente tensión entre épocas (aunque no puede evitar esbozarla cuando finalmente vemos el mismo frente de la universidad en un presente desdibujado): tampoco aquí aparece un desarrollo de esos personajes y sus ideas, o su falta de ellas (nunca vemos cortos actuales de esos estudiantes, ni sus propias ideas sobre qué hacer con el cine en su “intenso ahora”). 

Así, la película no solo deja de escuchar aquello que parece querer reconstruir, sino que a la vez deja pasar todas esas cosas sobre las que podría haber indagado hoy para entender ese hiato entre tiempos, como la deplorable conversión de las viejas latas en fetiche fílmico. Que es lo que hace perezosamente la película misma con el celuloide: mientras se detiene en la materialidad de su deterioro, o en la puesta en funcionamiento de una vieja moviola, cuando finalmente tiene el gesto de recuperar la vieja cámara no filma del presente más que una manifestación del 24 de marzo. La memoria se vuelve así memorialismo, un objeto de nostalgia más en vez de una brasa ardiente que siga quemando. 

Nicolás Prividera / Copyleft 2026

Otras lecturas:

Primera crítica (leer acá)

Entrevista a Santiago Sein (leer acá)