
PARA HACER UNA PELÍCULA SOLO HACE FALTA UN ARMA
A LOS JÓVENES DEL PORVENIR
En la infancia todo es motivo de atención; se aprende por necesidad: una lengua, una cultura, una idiosincrasia. La llegada de la adolescencia y la primera juventud puede ser un nuevo período de aprendizaje, ideal para desechar certezas heredadas e intentar pensar por cuenta propia y de otro modo. En Para hacer una película solo se necesita un arma los jóvenes son estudiantes de cine de la primera camada de la Escuela de Cine de Córdoba, a inicios de la década de 1960. Un travelling inicial de izquierda a derecha los presenta uno por uno; esa misma secuencia los despide en el epílogo. ¿Qué ha pasado en el medio? La historia argentina, las pasiones amorosas y políticas. Había una ilusión de que a través del cine el mundo podía cambiarse: es que la cámara cinematográfica no contemplaba el mundo, lo transformaba. ¿Qué queda hoy de esto?
El hallazgo de un conjunto de latas de películas, la mayoría sin título, todas incompletas, es el punto de partida de la segunda película de Santiago Sein. La primera parte se titula “Las latas”, y en un principio se ciñe a describir la sorpresa del material encontrado: los fragmentos de “Laguna blanca” son conmovedores, los de “Ganas de embromar”, reveladores; hay películas con firma, otras que prefieren adjudicar la autoría a un grupo. El cine de autor nunca ha dejado de ser un privilegio burgués. En aquel entonces, la acción artística colectiva sintonizaba mejor con el horizonte revolucionario. Placer y compromiso: un disco de Hendrix estaba al lado de las obras de Marx; un libro de Levi Strauss y uno de Krishnamurti eran instrumentos de transformación. Toda la década de 1960 resplandece en sus dos líneas fundacionales: por un lado, la liberación del deseo y la voluntad de autodescubrimiento; por el otro, la emancipación política y el anhelo de plasmar una utopía.
En este primer segmento, se introducen algunos nombres. Tres estudiantes serán protagónicos, dos son franceses, el restante argentino: Pierre A. Vigier, Gerard Guillemot, Rodolfo “Rudy” Wratny. En la secuencia final de créditos, después de la tercera parte llamada “Tierra arrasada”, se suman varios nombres más de estudiantes de cine (en general, desaparecidos), pero estos tres, que sufrieron la última dictadura cívico-militar, la sobrevivieron. Sin embargo, la película tiene un poder casi metafísico: parece reanimar a los muertos, rejuvenecer a los que todavía siguen entre nosotros. La vida emana de aquellos fotogramas, como si la moviola de la universidad, que aún funciona y en la que se revisan los fotogramas para digitalizar después, fuera más que una máquina. ¿Es un médium?
Todo esto es posible por un procedimiento riesgoso pero valiente. La segunda parte, la más extensa, se nombra como “Primavera en otoño”. Muchas de aquellas películas habían perdido el sonido. Es un déficit doloroso, pero Sein descubrirá en esa falta una potencia creadora. En los primeros minutos, el cineasta empleaba segmentos de las películas encontradas como refuerzo visual del relato. Si contaba algo sobre una situación determinada, de inmediato había una secuencia que lo representaba. Esta noción de ilustración se vuelve un incentivo de la imaginación. Ahora son las imágenes las que pueden encender la ficción. Sein imagina que Rudy, el sonidista, ha dejado grabado un largo relato que se asemeja a un diario.
De ahí en más, los materiales se unifican en un relato de época que habla de amores, revueltas estudiantiles, militancia política, concepciones de cine. De ese modo, el material estrictamente documental repone una época (el Ferreyrazo, la masacre de Trelew, la vuelta de Perón) y se ensambla con otros materiales que parecen haber sido filmados “especialmente” para el diario de Rudy. Es una temeraria operación feliz por parte de Sein, pero la hazaña del cineasta es, precisamente, estar a la altura del archivo, porque en última instancia su apuesta no es otra que vivificar las fantasías de antaño, como si este virtuoso segmento de ficción fuera un documental de la imaginación de aquellos jóvenes.
En el final, los estudiantes de ayer que hoy están entre nosotros (algunos son profesores, otros se han jubilado) agregan algunos pareceres y dejan un testimonio retrospectivo. La ficción vuelve ha abandonarse. Sein tiene entonces una bienvenida ocurrencia: con la misma Bolex con la que filmaban los protagonistas, registra una de las últimas marchas del 24 de marzo. Es otro cruce de tiempo, una intersección enigmática. ¿El pasado filma el presente? Es una cifra de la película toda, un instante holográfico: nada de nostalgia, aquel pasado está presente y el hoy y el porvenir necesitan nuevos cineastas lúcidos y valientes. No lo olviden, dice la película: una cámara sigue siendo un arma.
***
Para hacer una película solo hace falta un arma
Argentina, 2026.
Escrita y dirigida por Santiago Sein.
***
*Publicada en otra versión ,por La Voz del Interior en el mes de abril.
Roger Koza / Copyleft 2026


Últimos Comentarios