CINECLUBES DE CÓRDOBA (60): SÍNTOMAS DE UN SIGLO

CINECLUBES DE CÓRDOBA (60): SÍNTOMAS DE UN SIGLO

por - Cineclubes de Córdoba, Críticas, Críticas breves
19 Mar, 2015 04:19 | Sin comentarios
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Peeping Tom

Por Roger Koza

Execrada como si se tratara de un objeto perverso imposible de ser interpretado en tiempos de su estreno, a principios de la década de 1960, y especie de destierro y deshonra profesional para el gran Michael Powell, Peeping Tom no solamente es una obra maestra sobre el voyeurismo, sino también una película sobre la cinefilia en su veta patológica.

El tímido protagonista, hijo de un científico interesado en comprender el fenómeno del miedo, solamente puede interactuar con el mundo a través de una cámara, una forma de mediación indispensable para conocer y conocerse. Una y otra vez, ante las preguntas de otros, él insiste en que está rodando un documental que lo tiene a sí mismo como centro. Su vida laboral transcurre entre un estudio de filmación y algunas secciones de fotos con mujeres semidesnudas, aunque toda su pasión se circunscribe a sumar escenas de los propios asesinatos de mujeres que filma con su propia cámara y en tiempo real, una inversión estética y perversa de su propia historia psicológica, puesto que su padre solía filmarlo de niño en situaciones incómodas y particularmente violentas (las escenas que se ven de su infancia tienen una cualidad particularmente siniestra). Pero la vida de Mark Lewis se pondrá en jaque no tanto cuando la policía empiece a investigar uno de sus crímenes, sino cuando se enamore de una de sus vecinas.

Si bien Powell no trabaja aquí ni con Emeric Pressburger en la codirección, ni con el genio de Jack Cardiff como director de fotografía, su caligrafía cinematográfica no presenta grandes variaciones. El concepto de luz y el dominio del espacio son similares a obras maestras precedentes como Narciso Negro. Véase la secuencia completa del asesinato en donde aparece Moira Shearer (la bailarina de Las zapatillas rojas), en la que se puede observar una de las tesis fuertes de la película: filmar es asesinar por otros medios, un intento fallido de querer poseer lo real.

La sutileza de Powell se puede verificar tanto en los detalles como en las decisiones generales de puesta en escena: de un travelling hacia delante sobre unas tazas de té, seguido de un plano sobre un vaso de whisky que da paso a otra escena, hasta el concepto de diseño de arte para materializar la pieza cinematográfica en la que trabaja Mark, el dominio de Powell sobre el lenguaje del cine es total. Un genio, uno de los grandes directores de todos los tiempos.

(Peeping Tom. Sábado 21, a las 19, Pasión de los Fuertes, Cineclub Municipal Hugo del Carril, Bv. San Juan 49)

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El proceso

La burocracia como metafísica

El proceso, a menudo subestimada como una de las películas de Orson Welles menos lograda, adaptación de la novela de titulo homónimo de Franz Kafka, tan extraordinaria como paradigmática de su escritura y del siglo XX, podrá ser ligeramente infiel a la pieza literaria pero captura enteramente el espíritu de ella: la burocracia no solamente es un problema jurídico administrativo y una forma eventual de experiencia del tiempo en los actos cotidianos, sino una forma de metafísica en la que se cifra la vida del siglo XX.

Welles elige arrancar con una lectura completa de Ante la ley, el pequeño cuento que aparece en El proceso y que también fuera publicado como cuento autónomo. Escuchar la voz de Welles constituye siempre un placer, y su lectura evidencia tanto la admiración del cineasta por el escritor como también la dimensión filosófica de la película.

Es imposible no pensar en el Joseph K. interpretado por Anthony Perkins sin recordar su personaje de Psicosis, de Alfred Hitchcock, del mismo modo que es bastante lógico asociar el trabajo sobre las proporciones de los espacios domésticos, la disposición de objetos y la relación de todo esto con los propios cuerpos de los actores con las secuencias oníricas de Cuéntame tu vida, también de Hitchcock, pero estas similitudes son superadas por el espíritu de experimentación del director de El ciudadano.

La escena inicial, en la que el personaje de Perkins se ve invadido en la madrugada en su propio cuarto por varios inspectores mientras sus vecinos espían, sintetiza el espíritu voyeurista del filme, por el cual el concepto de orden privado es abolido sistemáticamente. Que nunca se sepa de qué acusan al sospechoso es parte de la idea general de Kafka, respetada aquí por Welles, quien aprovecha esa irresolución narrativa para jugar formalmente y transmitir así el sentimiento predominante de la novela: el temor paranoico de tener que enfrentarse con una fuerza ominosa imprecisa.

(El proceso. Sábado 21, a las 22, Cineclub de La Biblioteca, Cineclub Municipal Hugo del Carril, Bv. San Juan 49)

Esta nota fue publicada por el diario La voz del interior en el mes de marzo 2015

Roger Koza / Copyleft 2015.