«SÓLO MATA EL ENGAÑO». EN RESPUESTA A MARIANO LLINÁS

«SÓLO MATA EL ENGAÑO». EN RESPUESTA A MARIANO LLINÁS

por - Debates, Entrevistas
16 May, 2026 09:17 | comentarios
El autor retoma los argumentos esgrimidos por Mariano Llinás sobre No matar para cuestionarlos y persistir en la polémica en torno a la película de Juan Villegas.

Desde su presentación en BAFICI, No matar ha concitado una esperable “polémica” (ciertamente más interesante que la película misma), aunque, curiosamente —o no tanto, vistas las debilidades de base que se le imputan—, su director la evade en cuanto puede. En este mismo sitio se han sucedido, a la mía, sendas notas de Mariano Llinás y Albertina Carri. La primera, para hacer un elogio de la película sin prácticamente hablar de ella (cual petición de principios); luego, tras la otra, pareció producirse una retirada generalizada (ya que ni Llinás quiso discutir con Carri ni Villegas acusó recibo de mi respuesta). Así que esta nueva nota funcionará como una suerte de recapitulación y profundización de la anterior. Los ejes serán la inserción de esta película en el campo actual y los motivos por los que lo hace tan mal (y por qué hace tan mal no sólo al cine argentino).

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“Considero que, a partir de este film, el cine argentino es más libre, más valiente y mejor”, concluía Mariano Llinás. Este panegírico (que evidencia la debilidad de la película que lo requiere) es, en verdad, un canto elegíaco a la oportunidad perdida tras años de intentos fallidos por darle al “revisionismo” de los 70 una película a la altura de sus pretensiones. Luego de, al menos, una década de intentos fallidos —de Secuestro y muerte a El diálogo—, se provee otra prueba de que estos temas ya han sido (mal) tratados.

A pesar de todos esos antecedentes, Llinás sugiere que “el cine argentino ha encontrado un extraño límite a la hora de poner en escena la violencia revolucionaria”. Pero incluso por fuera de ese aporte sesgado, el cine argentino ha tocado antes estos temas (por no mencionar mi propia película M, citemos el inicio de Garage Olimpo, o incluso la película de propaganda de la misma dictadura titulada Ganamos la paz, a la que No matar se parece demasiado). Y si no lo ha hecho en profundidad, tampoco lo ha hecho con muchísimos temas más (por no salir del que nos ocupa, no hay una sola película sobre el particular funcionamiento de la ESMA).

El cine argentino será valiente, más libre y mejor cuando los cineastas terminen de sacarse de encima el peso de la condena que pesó desde los 90 sobre la “demanda política e identitaria” (tal como resumió Gonzalo Aguilar en Otros mundos aquello que, según él, bien había abandonado el Nuevo Cine Argentino). Villegas y Llinás son el mejor ejemplo de ese mandato generacional, ya que yerran ahora al llegar a destiempo, después de toda una filmografía propia sin ningún afán por ocuparse de la realidad política, y toman esa falta suya por el todo: por eso reinician contándonos de nuevo —y mal— la historia, como si nada hubiera sucedido. Pero la insistencia en el error ya no puede ser sólo ingenuidad. El propio Llinás disculpa en Villegas “una tibia aproximación al macrismo, a la revista Seúl y a los antiguos miembros de El Amante, devenidos celebrantes de una derecha performática”, como si eso fuera exterior a la película y a su visión del mundo.

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Mariano Llinás cita la abundante bibliografía que el mismo Villegas se encarga de exhibir desde el comienzo, aunque luego su película la defrauda. Pues, como resume Albertina Carri, “no importa cuánto ni qué haya leído Villegas, su problema es cómo lee”. También Llinás lee mal al inscribirlo en “una corriente de la izquierda que se ha ocupado de reflexionar sobre los aspectos menos transitados de la política de derechos humanos, no para accionar contra ella sino para fortalecerla”. Se refiere a Hilb, Vezzetti y cía., aunque dejaron la izquierda hace décadas: del “Club de Cultura Socialista” de Aricó al “Club Político Argentino” de Meijide hay mucho trecho, y no en vano es el que media entre el alfonsinismo y el kirchnerismo (basta repasar la biografía intelectual de Beatriz Sarlo, incluido su paso por el PCR maoísta). No vamos ahora a resumir esas derivas del campo intelectual argentino (que empezaron precisamente en la posdictadura, de la mano de esa primera revisión de los años 70), pero es evidente su reconfiguración, pese a que se sigan reivindicando de “izquierda” hasta figurones como Roberto Gargarella (a quien le pareció “un aporte digno” la película de Villegas, “aunque algo perezoso”, como agrega en uno de sus típicos volanteos de centrismo). En esto Seúl tampoco está muy lejos de Panamá, porque los une el mismo antikirchnerismo (la excusa que han encontrado para relativizar los curiosos giros de un “liberalismo” que debe adosarse la palabra “democrático” desde los tiempos del ingeniero Álvaro Alsogaray).

Es esa lucha imaginaria contra el inmortal “kirchnerismo” (como deja ver el hecho de que continúa aun tras la salida del poder de ese movimiento) lo que no pueden dejar de expresar a cada paso (como hace la película misma, aunque su director lo reconozca en entrevistas). Llinás, al menos, lo deja claro cuando escribe que “Villegas parte, simplemente, de la convicción de que la política de derechos humanos (…) no pertenece a un grupo político ni a una ideología, sino al conjunto de la sociedad”, una acusación constante de esos exintelectuales de izquierda y, ¡oh, casualidad!, de la ultraderecha gobernante. Aunque insista con que “en ningún caso es lícito ubicarla en la misma línea discursiva que la sucesión de provocaciones orquestada por el gobierno libertario”, es evidente que la película avala esa “persistente operación destinada a generar, en torno a la política de Memoria, Verdad y Justicia, una creciente hostilidad pública”. Llinás describe esa política como “una construcción social de generaciones de argentinos —que han elegido la desmilitarización y una democracia resignada como horizontes irreversibles—” (aunque la “democracia resignada” parece implicar también que la herencia de la dictadura es “irreversible”), mientras el gobierno “intenta reducirla a una cuestión identificada con un bando político”. Carri desmonta ese relato sesgado recordando que “el kirchnerismo tomó los derechos humanos como política estatal” luego de la presión social encabezada históricamente por los organismos de derechos humanos. Los mismos a quienes el macrismo tildó de “curro”. Por lo que, como es evidente, “la virtuosa política de Memoria, Verdad y Justicia” no fue sostenida “a través de todos los gobiernos” ni “se encuentra por primera vez en jaque”, como asegura Llinás. Este gobierno no ha hecho más que profundizar las políticas que antes encarnó el macrismo, como deja en evidencia la indisimulable simpatía que le profesan los escribas de Seúl, aunque Villegas juegue a ser su Gargarella.

Digamos, además, que no fue sólo “la militancia de organizaciones como HIJOS” lo que “devolvió a las víctimas su identidad revolucionaria”, sino el contexto de los años 90, con su indulto y convivencia pública con los genocidas, además del desastre social que terminó estallando en 2001. Ese fue el detonante para la repolitización de una sociedad adormecida, y el interés renovado y generalizado por la Historia (tras su anunciado fin) hizo volver la discusión sobre los 70, cuando el mismo modelo económico se había impuesto a sangre y fuego. Carri subraya cómo Villegas “no se toma ni dos segundos para reflexionar sobre la complicidad empresarial” en la represión, visto que, en su película, lo más reprobable que parecen haber hecho las multinacionales es no hacerle un descuento al hijo de uno de sus ejecutivos asesinados.

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Sólo esa persistente deshistorización puede hacer que Llinás-Villegas afirmen que “treinta años después la sociedad está en condiciones de entender que otras consecuencias terribles de la militarización de la sociedad civil pueden ser discutidas públicamente”. Por un lado, al parecer hace falta volver a aclarar que la única “militarización” fue la de algunas organizaciones, que además no tuvieron, ni en su apogeo, más que unos miles de miembros efectivamente armados (es decir, un porcentaje bajísimo de la militancia, no digamos ya de la sociedad civil en su conjunto). Por el otro, volver a recordar que esa discusión se inició en la citada revista Controversia y prosiguió en los 80 con sendos libros de Giussani y Gasparini (por sólo citar dos ejemplos anteriores al de Calveiro mencionado por Albertina Carri). De ahí que suponer alguna “audacia” en Villegas sea ridículo, cuando además su película atrasa en relación con esos y muchísimos otros textos previos.

Una de las críticas a esta crítica de No matar sostuvo que “moraliza y elude el debate”, cuando eso es exactamente lo que hace la película, como ya señalamos en la primera nota. Desde el título-moraleja hasta su cómodo montaje de testimonios, que no se atreve a confrontar. “El encuadre fijo, la distancia pareja, la duración pastosa convierten cada testimonio en una unidad de valor equivalente, una ficha sobre la mesa donde responsabilidades y violencias de estatuto distinto adquieren el mismo peso visual”, dice Valentina Vignardi en uno de los mejores análisis que se hicieron sobre la retórica de la película y sus defensores. Pero, antes de detenernos en esta mecánica, centrémonos en la peor elección de Villegas: pues lo más abyecto es que su estrategia sea la misma de la actual vicepresidenta de la Nación.

Victoria Villarruel no es Cecilia Pando ni Karina Mujica (googleen, jóvenes y no tanto): su mayor diferenciación fue dedicarse a la judicialización del “terrorismo” (de ahí su insistencia en ligarlo a la ley internacional) y concentrarse en los casos civiles. Esta última elección es la que retoma Villegas, y lo dice explícitamente en entrevistas (además de citarla como fuente en su bibliografía). Ese recorte tiene desde ya el sesgo de que la mayoría de los muertos por la guerrilla no fueron civiles, siendo además esos casos bastante excepcionales. Lo que no significa que no se puedan tematizar, pero es curioso que una película que se justifica en el universal “no matar” distinga así entre víctimas.

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“Una de las críticas que se le ha hecho al film es la de no entrelazar esos testimonios con otros más ambiguos, más contemporizadores o de signo contrario. Pero la película no pretende ese balance. Su objetivo no es poner de manifiesto la diversidad de puntos de vista ni la complejidad de la historia”, excusa Mariano Llinás, reconociendo el evitable sesgo de la película. Que, de todos modos, no logra ni lo que se propone, porque como dice Lucía Salas, “No matar configura cine sedentario: hecho desde un espacio doméstico, el living de la casa de su director, entrevista a quienes aceptaron participar uno a uno, sin producir ningún evento. No hay encuentros entre los personajes y, dentro de lo que se ve en la película, tampoco hay conversación alguna: se reproducen una serie de monólogos (…). Fuera de la imagen quedan los que filman, el mundo entero por fuera de esta habitación”, espacio que se asemeja a la cabeza y al solipsismo de Villegas. “Como si el país exterior y su contexto no existieran, esos testimonios se van reemplazando unos a otros como si el mundo fuera eso que sucedió, por algunos meses, en esa habitación, y este debate no hubiera existido antes (salvo en esas citas del principio, también descontextualizadas), no tuviera una historia, una serie de corrientes de pensamiento en tensión a lo largo de las décadas y, sobre todo, cuáles son los interlocutores principales de este discurso hoy: Victoria Villarruel, vicepresidenta, es la fundadora del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas”, concluye Salas. Vista ya la centralidad de esa estrategia en la película, veamos cómo se delatan sus fallas cuando la puesta en escena traiciona su aparente afán de “diálogo”. Me refiero a las funciones de presentación que tuvo durante el BAFICI, donde se produjeron esos cruces que no están en la película, salvo el que se dio hace treinta años en el programa de Mariano Grondona (momento que Villegas tanto anhela pero no logra replicar).

Duzdevich comenta en una nota cómo Villegas los “grabó en forma individual y en distintos momentos. Y, en el celuloide, fue construyendo un diálogo muy tenso, muy difícil, que seguramente hubiese sido imposible de realizar juntándonos alrededor de una mesa”. Y, como se puede ver en el registro de YouTube, hay una evidente incomodidad en esa reunión cuando se vuelve real, que sólo Villegas parece no notar. En sus redes, otra de las testimoniantes dice que “costó escucharlos hablar con ligereza y liviandad” (y se refiere a la mera visión de la película), experiencia que podemos hacer propia hasta que agrega su esperanza en que sean repudiados “tanto o más que a los militares que cometieron excesos en su objetivo de erradicar la subversión”. En varios de los presentes también se filtra el discurso de la dictadura, no estando ya Villegas para recortarlo.

Da la impresión de que es más fácil encontrar a una persona apropiada abjurando de sus padres biológicos (como hizo Oría para el 24 de marzo) que a algún representante de la “memoria completa” que no reivindique la represión. Lozano parece la más alejada de esa indignidad, pero tampoco puede evitar el irónico “jóvenes idealistas”, tomado del primer libro de Villarruel (publicado por Avelluto en Editorial Sudamericana). En Hijos de los 70, en cambio, dice algo clave que a Villegas se le pasó en sus casi cuatro horas de película: “Tanto dañaron los hijos de puta de los militares, que ni siquiera lo que la guerrilla me hizo a mí, a mi padre, a mi familia, puede encontrar un lugar”. Si la película hubiera explorado esa y otras tensiones, al menos hubiera tenido algo de honestidad intelectual.

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“Nada de ello es, en sí mismo, cuestionable, y cada una de esas historias merece ser contada. El negacionismo aparece, en cambio, a partir de la voluntad de manipulación”. Por fin estamos de acuerdo con Mariano Llinás, salvo que él no parece percibir toda esta manipulación de la que aquí venimos hablando, aunque no deja de darle su voz (como cuando Villegas pide “empatía” por otros, como si no pudieran hablar por sí mismos). Su texto termina con una especie de invocación en primera persona, que representaría una suerte de conciencia doliente que pide por la inclusión de todos los muertos en un mismo memorial (como si eso no fuera ya un problema en el actual Parque de la Memoria): “No hay dos partes, señor: hay una sola. (…) Asígneles, si lo desean, un pequeño cuarto en el Museo de la Memoria, contiguo a aquellos en los que se conmemoran las miles de víctimas de la tortura, del trabajo esclavo, del robo de bebés, del asesinato indiscriminado y de los detenidos en forma secreta e ilegal, arrojados vivos y dormidos desde aviones al Río de la Plata. Sumen, si les conforta, a sus policías y oficinistas muertos. Pero dejen de valerse de esos muertos y del dolor de sus deudos como si fuesen un arma secreta o un as en la manga para justificar su odio y su resentimiento. No hay nada allí. Sólo más personas arrasadas por la tristeza y la violencia”.

Lo cito casi completo porque tampoco la primera parte de esa enunciación es original: parece un eco involuntario del sueño lopezrreguista de “El altar de la patria”, o el “parque de la reconciliación” proyectado por Carlos Menem en la ESMA. Así, dice Valentina Vignardi, “el terrorismo de Estado empieza a cruzar el umbral sin su aparato, como un dolor enorme entre otros dolores, mientras los desaparecidos, todavía atados a su cautiverio ilegal, quedan más cerca de una pena nacional que de la maquinaria que los borró”, dejando “intacta la zona donde esa verdad quedó retenida en el Estado, en sus expedientes que todavía respiran su obediencia militar”. No se trata de hacer de las víctimas de ese terror una zona sagrada, como a veces se le reprocha a la memoria del Holocausto, sino de recordar que esos crímenes siguen sin ser aclarados, y esos muertos siguen sin tener una tumba propia.

El posterior “odio y resentimiento” tampoco es una locución nueva y tiene una larga historia, aunque no emancipatoria en este caso sino todo lo contrario. Por algo esas palabras resuenan constantemente en los discursos de este gobierno y su banda de funcionarios-trolls, que mancillan todo lo que tocan. En ese sentido es que Albertina Carri acierta en su diagnóstico al sostener que Villegas “no se hace cargo hasta el punto de que no resulta claro si advierte que la película misma ya es un archivo de esta época tan poco elegante como poco ilustrada”.

Nicolás Prividera / Copyleft 2026

*Acá se lee el texto de Mariano Llinás