
«SÓLO MATA EL ENGAÑO». EN RESPUESTA A MARIANO LLINÁS
Desde su presentación en BAFICI, No matar ha concitado una esperable “polémica” (ciertamente más interesante que la película misma), aunque, curiosamente —o no tanto, vistas las debilidades de base que se le imputan—, su director la evade en cuanto puede. En este mismo sitio se han sucedido, a la mía, sendas notas de Mariano Llinás y Albertina Carri. La primera, para hacer un elogio de la película sin prácticamente hablar de ella (cual petición de principios); luego, tras la otra, pareció producirse una retirada generalizada (ya que ni Llinás quiso discutir con Carri ni Villegas acusó recibo de mi respuesta). Así que esta nueva nota funcionará como una suerte de recapitulación y profundización de la anterior. Los ejes serán la inserción de esta película en el campo actual y los motivos por los que lo hace tan mal (y por qué hace tan mal no sólo al cine argentino).
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“Considero que, a partir de este film, el cine argentino es más libre, más valiente y mejor”, concluía Mariano Llinás. Este panegírico (que evidencia la debilidad de la película que lo requiere) es, en verdad, un canto elegíaco a la oportunidad perdida tras años de intentos fallidos por darle al “revisionismo” de los 70 una película a la altura de sus pretensiones. Luego de, al menos, una década de intentos fallidos —de Secuestro y muerte a El diálogo—, se provee otra prueba de que estos temas ya han sido (mal) tratados.
A pesar de todos esos antecedentes, Llinás sugiere que “el cine argentino ha encontrado un extraño límite a la hora de poner en escena la violencia revolucionaria”. Pero incluso por fuera de ese aporte sesgado, el cine argentino ha tocado antes estos temas (por no mencionar mi propia película M, citemos el inicio de Garage Olimpo, o incluso la película de propaganda de la misma dictadura titulada Ganamos la paz, a la que No matar se parece demasiado). Y si no lo ha hecho en profundidad, tampoco lo ha hecho con muchísimos temas más (por no salir del que nos ocupa, no hay una sola película sobre el particular funcionamiento de la ESMA).
El cine argentino será valiente, más libre y mejor cuando los cineastas terminen de sacarse de encima el peso de la condena que pesó desde los 90 sobre la “demanda política e identitaria” (tal como resumió Gonzalo Aguilar en Otros mundos aquello que, según él, bien había abandonado el Nuevo Cine Argentino). Villegas y Llinás son el mejor ejemplo de ese mandato generacional, ya que yerran ahora al llegar a destiempo, después de toda una filmografía propia sin ningún afán por ocuparse de la realidad política, y toman esa falta suya por el todo: por eso reinician contándonos de nuevo —y mal— la historia, como si nada hubiera sucedido. Pero la insistencia en el error ya no puede ser sólo ingenuidad. El propio Llinás disculpa en Villegas “una tibia aproximación al macrismo, a la revista Seúl y a los antiguos miembros de El Amante, devenidos celebrantes de una derecha performática”, como si eso fuera exterior a la película y a su visión del mundo.
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Mariano Llinás cita la abundante bibliografía que el mismo Villegas se encarga de exhibir desde el comienzo, aunque luego su película la defrauda. Pues, como resume Albertina Carri, “no importa cuánto ni qué haya leído Villegas, su problema es cómo lee”. También Llinás lee mal al inscribirlo en “una corriente de la izquierda que se ha ocupado de reflexionar sobre los aspectos menos transitados de la política de derechos humanos, no para accionar contra ella sino para fortalecerla”. Se refiere a Hilb, Vezzetti y cía., aunque dejaron la izquierda hace décadas: del “Club de Cultura Socialista” de Aricó al “Club Político Argentino” de Meijide hay mucho trecho, y no en vano es el que media entre el alfonsinismo y el kirchnerismo (basta repasar la biografía intelectual de Beatriz Sarlo, incluido su paso por el PCR maoísta). No vamos ahora a resumir esas derivas del campo intelectual argentino (que empezaron precisamente en la posdictadura, de la mano de esa primera revisión de los años 70), pero es evidente su reconfiguración, pese a que se sigan reivindicando de “izquierda” hasta figurones como Roberto Gargarella (a quien le pareció “un aporte digno” la película de Villegas, “aunque algo perezoso”, como agrega en uno de sus típicos volanteos de centrismo). En esto Seúl tampoco está muy lejos de Panamá, porque los une el mismo antikirchnerismo (la excusa que han encontrado para relativizar los curiosos giros de un “liberalismo” que debe adosarse la palabra “democrático” desde los tiempos del ingeniero Álvaro Alsogaray).
Es esa lucha imaginaria contra el inmortal “kirchnerismo” (como deja ver el hecho de que continúa aun tras la salida del poder de ese movimiento) lo que no pueden dejar de expresar a cada paso (como hace la película misma, aunque su director lo reconozca en entrevistas). Llinás, al menos, lo deja claro cuando escribe que “Villegas parte, simplemente, de la convicción de que la política de derechos humanos (…) no pertenece a un grupo político ni a una ideología, sino al conjunto de la sociedad”, una acusación constante de esos exintelectuales de izquierda y, ¡oh, casualidad!, de la ultraderecha gobernante. Aunque insista con que “en ningún caso es lícito ubicarla en la misma línea discursiva que la sucesión de provocaciones orquestada por el gobierno libertario”, es evidente que la película avala esa “persistente operación destinada a generar, en torno a la política de Memoria, Verdad y Justicia, una creciente hostilidad pública”. Llinás describe esa política como “una construcción social de generaciones de argentinos —que han elegido la desmilitarización y una democracia resignada como horizontes irreversibles—” (aunque la “democracia resignada” parece implicar también que la herencia de la dictadura es “irreversible”), mientras el gobierno “intenta reducirla a una cuestión identificada con un bando político”. Carri desmonta ese relato sesgado recordando que “el kirchnerismo tomó los derechos humanos como política estatal” luego de la presión social encabezada históricamente por los organismos de derechos humanos. Los mismos a quienes el macrismo tildó de “curro”. Por lo que, como es evidente, “la virtuosa política de Memoria, Verdad y Justicia” no fue sostenida “a través de todos los gobiernos” ni “se encuentra por primera vez en jaque”, como asegura Llinás. Este gobierno no ha hecho más que profundizar las políticas que antes encarnó el macrismo, como deja en evidencia la indisimulable simpatía que le profesan los escribas de Seúl, aunque Villegas juegue a ser su Gargarella.
Digamos, además, que no fue sólo “la militancia de organizaciones como HIJOS” lo que “devolvió a las víctimas su identidad revolucionaria”, sino el contexto de los años 90, con su indulto y convivencia pública con los genocidas, además del desastre social que terminó estallando en 2001. Ese fue el detonante para la repolitización de una sociedad adormecida, y el interés renovado y generalizado por la Historia (tras su anunciado fin) hizo volver la discusión sobre los 70, cuando el mismo modelo económico se había impuesto a sangre y fuego. Carri subraya cómo Villegas “no se toma ni dos segundos para reflexionar sobre la complicidad empresarial” en la represión, visto que, en su película, lo más reprobable que parecen haber hecho las multinacionales es no hacerle un descuento al hijo de uno de sus ejecutivos asesinados.
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Sólo esa persistente deshistorización puede hacer que Llinás-Villegas afirmen que “treinta años después la sociedad está en condiciones de entender que otras consecuencias terribles de la militarización de la sociedad civil pueden ser discutidas públicamente”. Por un lado, al parecer hace falta volver a aclarar que la única “militarización” fue la de algunas organizaciones, que además no tuvieron, ni en su apogeo, más que unos miles de miembros efectivamente armados (es decir, un porcentaje bajísimo de la militancia, no digamos ya de la sociedad civil en su conjunto). Por el otro, volver a recordar que esa discusión se inició en la citada revista Controversia y prosiguió en los 80 con sendos libros de Giussani y Gasparini (por sólo citar dos ejemplos anteriores al de Calveiro mencionado por Albertina Carri). De ahí que suponer alguna “audacia” en Villegas sea ridículo, cuando además su película atrasa en relación con esos y muchísimos otros textos previos.
Una de las críticas a esta crítica de No matar sostuvo que “moraliza y elude el debate”, cuando eso es exactamente lo que hace la película, como ya señalamos en la primera nota. Desde el título-moraleja hasta su cómodo montaje de testimonios, que no se atreve a confrontar. “El encuadre fijo, la distancia pareja, la duración pastosa convierten cada testimonio en una unidad de valor equivalente, una ficha sobre la mesa donde responsabilidades y violencias de estatuto distinto adquieren el mismo peso visual”, dice Valentina Vignardi en uno de los mejores análisis que se hicieron sobre la retórica de la película y sus defensores. Pero, antes de detenernos en esta mecánica, centrémonos en la peor elección de Villegas: pues lo más abyecto es que su estrategia sea la misma de la actual vicepresidenta de la Nación.
Victoria Villarruel no es Cecilia Pando ni Karina Mujica (googleen, jóvenes y no tanto): su mayor diferenciación fue dedicarse a la judicialización del “terrorismo” (de ahí su insistencia en ligarlo a la ley internacional) y concentrarse en los casos civiles. Esta última elección es la que retoma Villegas, y lo dice explícitamente en entrevistas (además de citarla como fuente en su bibliografía). Ese recorte tiene desde ya el sesgo de que la mayoría de los muertos por la guerrilla no fueron civiles, siendo además esos casos bastante excepcionales. Lo que no significa que no se puedan tematizar, pero es curioso que una película que se justifica en el universal “no matar” distinga así entre víctimas.
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“Una de las críticas que se le ha hecho al film es la de no entrelazar esos testimonios con otros más ambiguos, más contemporizadores o de signo contrario. Pero la película no pretende ese balance. Su objetivo no es poner de manifiesto la diversidad de puntos de vista ni la complejidad de la historia”, excusa Mariano Llinás, reconociendo el evitable sesgo de la película. Que, de todos modos, no logra ni lo que se propone, porque como dice Lucía Salas, “No matar configura cine sedentario: hecho desde un espacio doméstico, el living de la casa de su director, entrevista a quienes aceptaron participar uno a uno, sin producir ningún evento. No hay encuentros entre los personajes y, dentro de lo que se ve en la película, tampoco hay conversación alguna: se reproducen una serie de monólogos (…). Fuera de la imagen quedan los que filman, el mundo entero por fuera de esta habitación”, espacio que se asemeja a la cabeza y al solipsismo de Villegas. “Como si el país exterior y su contexto no existieran, esos testimonios se van reemplazando unos a otros como si el mundo fuera eso que sucedió, por algunos meses, en esa habitación, y este debate no hubiera existido antes (salvo en esas citas del principio, también descontextualizadas), no tuviera una historia, una serie de corrientes de pensamiento en tensión a lo largo de las décadas y, sobre todo, cuáles son los interlocutores principales de este discurso hoy: Victoria Villarruel, vicepresidenta, es la fundadora del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas”, concluye Salas. Vista ya la centralidad de esa estrategia en la película, veamos cómo se delatan sus fallas cuando la puesta en escena traiciona su aparente afán de “diálogo”. Me refiero a las funciones de presentación que tuvo durante el BAFICI, donde se produjeron esos cruces que no están en la película, salvo el que se dio hace treinta años en el programa de Mariano Grondona (momento que Villegas tanto anhela pero no logra replicar).
Duzdevich comenta en una nota cómo Villegas los “grabó en forma individual y en distintos momentos. Y, en el celuloide, fue construyendo un diálogo muy tenso, muy difícil, que seguramente hubiese sido imposible de realizar juntándonos alrededor de una mesa”. Y, como se puede ver en el registro de YouTube, hay una evidente incomodidad en esa reunión cuando se vuelve real, que sólo Villegas parece no notar. En sus redes, otra de las testimoniantes dice que “costó escucharlos hablar con ligereza y liviandad” (y se refiere a la mera visión de la película), experiencia que podemos hacer propia hasta que agrega su esperanza en que sean repudiados “tanto o más que a los militares que cometieron excesos en su objetivo de erradicar la subversión”. En varios de los presentes también se filtra el discurso de la dictadura, no estando ya Villegas para recortarlo.
Da la impresión de que es más fácil encontrar a una persona apropiada abjurando de sus padres biológicos (como hizo Oría para el 24 de marzo) que a algún representante de la “memoria completa” que no reivindique la represión. Lozano parece la más alejada de esa indignidad, pero tampoco puede evitar el irónico “jóvenes idealistas”, tomado del primer libro de Villarruel (publicado por Avelluto en Editorial Sudamericana). En Hijos de los 70, en cambio, dice algo clave que a Villegas se le pasó en sus casi cuatro horas de película: “Tanto dañaron los hijos de puta de los militares, que ni siquiera lo que la guerrilla me hizo a mí, a mi padre, a mi familia, puede encontrar un lugar”. Si la película hubiera explorado esa y otras tensiones, al menos hubiera tenido algo de honestidad intelectual.
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“Nada de ello es, en sí mismo, cuestionable, y cada una de esas historias merece ser contada. El negacionismo aparece, en cambio, a partir de la voluntad de manipulación”. Por fin estamos de acuerdo con Mariano Llinás, salvo que él no parece percibir toda esta manipulación de la que aquí venimos hablando, aunque no deja de darle su voz (como cuando Villegas pide “empatía” por otros, como si no pudieran hablar por sí mismos). Su texto termina con una especie de invocación en primera persona, que representaría una suerte de conciencia doliente que pide por la inclusión de todos los muertos en un mismo memorial (como si eso no fuera ya un problema en el actual Parque de la Memoria): “No hay dos partes, señor: hay una sola. (…) Asígneles, si lo desean, un pequeño cuarto en el Museo de la Memoria, contiguo a aquellos en los que se conmemoran las miles de víctimas de la tortura, del trabajo esclavo, del robo de bebés, del asesinato indiscriminado y de los detenidos en forma secreta e ilegal, arrojados vivos y dormidos desde aviones al Río de la Plata. Sumen, si les conforta, a sus policías y oficinistas muertos. Pero dejen de valerse de esos muertos y del dolor de sus deudos como si fuesen un arma secreta o un as en la manga para justificar su odio y su resentimiento. No hay nada allí. Sólo más personas arrasadas por la tristeza y la violencia”.
Lo cito casi completo porque tampoco la primera parte de esa enunciación es original: parece un eco involuntario del sueño lopezrreguista de “El altar de la patria”, o el “parque de la reconciliación” proyectado por Carlos Menem en la ESMA. Así, dice Valentina Vignardi, “el terrorismo de Estado empieza a cruzar el umbral sin su aparato, como un dolor enorme entre otros dolores, mientras los desaparecidos, todavía atados a su cautiverio ilegal, quedan más cerca de una pena nacional que de la maquinaria que los borró”, dejando “intacta la zona donde esa verdad quedó retenida en el Estado, en sus expedientes que todavía respiran su obediencia militar”. No se trata de hacer de las víctimas de ese terror una zona sagrada, como a veces se le reprocha a la memoria del Holocausto, sino de recordar que esos crímenes siguen sin ser aclarados, y esos muertos siguen sin tener una tumba propia.
El posterior “odio y resentimiento” tampoco es una locución nueva y tiene una larga historia, aunque no emancipatoria en este caso sino todo lo contrario. Por algo esas palabras resuenan constantemente en los discursos de este gobierno y su banda de funcionarios-trolls, que mancillan todo lo que tocan. En ese sentido es que Albertina Carri acierta en su diagnóstico al sostener que Villegas “no se hace cargo hasta el punto de que no resulta claro si advierte que la película misma ya es un archivo de esta época tan poco elegante como poco ilustrada”.
Nicolás Prividera / Copyleft 2026
*Acá se lee el texto de Mariano Llinás


La verdad histórica, ya fue declarada «GENOCIDIO» Hoy se debe buscar los motivos sinfin, que hizo emerger el atroz terrorismo del seno de nuestra sociedad.
Prividera: Una vez más, con la engañosa voluntad de promover debates, nos provees en cambio una nueva version de tu «método». Id est: Tomar el texto de otro, desmenuzarlo frase por frase, citarlos con comillas, proporcionar una refutación de cada uno (algunas más ingeniosas, otras menos) y elaborar con ese gigantesco monumento a la función «copy- paste» un mamotreto inaccesible, que no admite la menor réplica ni causa la menor convicción, y parece diseñado para obtener elogios de una teleplatea previamente adicta y, acaso, para ser calificado por tercera vez como «impecable» por Albertina Carri. ¿Se supone que si yo quisiera responder a tu respuesta debería tomar UNA POR UNA tus líneas refutadas y reafirmarlas? ¿O proceder de la manera en que vos lo haces y entrecomillar tus refutaciones y proceder a un aluvión de contrarefutaciones?
El “método” de Prividera, en el fondo, no es otra cosa que una esmerada reversión del Galope de Gish: no busca ningún tipo de intercambio; solo busca dejar la impresión de que ha ganado, o de que tiene razón. Su propósito es, a la manera de sus némesis libertarias, “domar” al rival. En lo que a este manso mancarrón se refiere, puede darme orgullosamente por “domado”.
En efecto, para desesperación o solaz de mi domador, no voy a caer una vez más en esa fatígosa trampa. Tampoco voy a responder las falacias y chicanas incluidas en el texto, en el que Prividera hace lo imposible por describirme como lo que sabe que no soy: una persona de derecha. Resistiré la tentación de defender a las personas a las cuales ataca o menosprecia y que yo respeto, desde Beatriz Sarlo a Gargarella, a quien trata poco menos que de pelotudo. Dejaré pasar esa gigantesca montaña de soberbia. Apenas me limitaré a repetir lo que me trajo a este debate: la defensa del derecho existir de un film como «No matar», cancelado mediante una sentencia previa por un pensamiento adocenado y conservador que, a mi entender, resulta más funcional a los planes negacionistas del Gobierno que ninguno de los testimonios incuídos en el film. Los primeros diez años del siglo fueron, como dice Prividera, profusos en polémicas y en discusiones. La sobreactuación de los gobiernos kirchneristas, sumado a una sorprendente docilidad hacia sus mecanismos simbólicos de buena parte de la sociedad civil terminaron por ocluir muchos de esos debates abriendo la puerta a que fueran reemplazados por debates de menor profundidad como los relativos al número de desaparecidos u otros aún mas sibilinos impulsados por una parte de la oposición de derecha. Prividera, que filmó en 2003 la lúcida y provocadora «M» y terminó como el recluido y nostálgico kirchnerista en el closet que vemos hoy, es la manifestación máxima de esa degradación del pensamiento. El Mileísmo, con sus modos hitlerianos, lo ha entronizado en la figura de un gárrulo Maestro Yoda que tipea desde su exilio en Floresta (estrictamente simétrico con aquel otro, el de San Clemente, del que constituye la perfecta reversión) sus parrafadas y sus comillas. Hay que decir que se lo nota plácido en esa «zona de confort» que le provee su marfilina superioridad moral, y la desaforada campaña contra la película de Villegas demuestra los alcances de su Cruzada: un «no pasarán» administrado minuciosamente por él, que se imagina como el distribuidor de las licencias y de las censuras. En esa marchita cosmovisión, la condena a «No matar» resulta un encantador santo y seña. Basta con manifestar el desprecio a «No matar» para acceder a un espacio de certeza y de aprobación. No hace falta pensar: basta con odiar «No matar», y relacionarla sin el menor análisis con los canallas que emiten sus mensajes negacionistas cada 24 de mayo. A esa forma de la hipocresía cómoda, apenas a eso, es a lo que este escriba se oponía. No hacía, falta, Prividera, aburrir al público con tu extensa y pormenorizado relevamiento tipográfico. No hacían falta domadores para un potrillo tan manso.
PD: También elegí el silencio frente a la esmerada respuesta publicada en Seúl por el eterno veraneante y twittero Quintín. Los motivos son aplicables a los del propio Prividera: su único afán es denunciar, con argumentos siempre astutos pero no necesariamente certeros, mi improbable condición de “Kirchnerista”. Si debiera ocuparme de sendos jueces que me acusan de ser una cosa o de otra, comprometería en ese empeño las décadas de vida que me esperan. Solo diré, una vez más, que ese juego del que Prividera y Quintín son una manifestación cabal y que consiste en dividir la sociedad en dos bandos y andar acusando al otro de pertenecer al bando repudiado ha acabado en la situación de infamia que se nos presenta, día tras día, desde el Gobierno Nacional. Considero un tanto imprudente continuar, como si tal cosa, ejercitando el mismo pasatiempo. La cosa está grave.
Mariano,
Tu respuesta es lastimosa y lastimera. Nadie esperaba que respondieras todo lo que aquí se cuestiona, pero al menos el lector no merece que lo subestimen. No estamos en Seúl. Responderé entonces los únicos argumentos que agitás, debajo de ese estilo sobrecargado y ampuloso que no ocultan que tenés poco para decir. “La engañosa voluntad de promover debates” es lo que demostraste con tu nota, a la que apenas sigue este brulote en el espacio para comments.
Lo que llamás mi «método» (tomar el texto de otro, desmenuzarlo frase por frase, citarlos con comillas, proporcionar una refutación de cada uno) es lo que corresponde a la nobleza de cualquier refutación. Está claro que tu método es exactamente el contrario. Generando ese “mamotreto inaccesible, que no admite la menor réplica ni causa la menor convicción”, pero que voy a disecar a continuación:
-Adjudicarme una “esmerada reversión del Galope de Gish”, como si yo fuera tu partner mediático Recalde, es tan ridículo como contradictorio tratarlo de “esmerado”. Si hubiera alguna falacia no te habrías privado de señalarla, en vez de reconfirmar todo lo que aquí se critica.
-El único que introduce términos como “domar” (y otros que luego mencionaré) sos vos, una vez más adjudicándole ese golpe bajo al adversario.
-Si (además de esta defensa del adefesio oficialista de Villegas) bastan algunas citas (incluidas las literales tertulias amistosas con los amantes de Seúl) para que temas ser tenido por un señor “de derecha” (palabra que tampoco usé), acaso no debas matar al mensajero sino mirarte en ese incómodo espejo.
-Tampoco ataqué a Beatriz Sarlo, salvo que lo sea recordar su pasado. Ciertamente ella prefirió hacer una flaca autobiografía dejando fuera la política, aunque signó su vida. Una vez más, el problema es de quien creé que puede proceder a esa amputación como si nada.
-El único “pensamiento adocenado y conservador” (como bien ejemplifica esta nota tuya que no desentonaría en Seúl) es el de quienes aprovecharon la “sobreactuación de los gobiernos kirchneristas” para “reemplazarlos por debates de menor profundidad como los relativos al número de desaparecidos u otros aún mas sibilinos impulsados por una parte de la oposición de derecha”. Acusar a quienes criticamos esa excusa regresiva de “nostálgico kirchnerista en el closet” es precisamente la estrategia de esa derecha, tanto en la “oposición” (?) como en el gobierno.
-Jugar a ser el fiel de la balanza entre extremos es una vieja estrategia, que utilizó ya la misma dictadura, luego el alfonsinismo, y hoy reivindican tipos como Gargarella (por solo nombrar uno de los popes del Club Político Argentino) que nos trajeron hasta acá con su todoeslomismo de almas bellas republicanas (que igual obviamente se ofendían más con el kirchnerismo que con la ultraderecha hoy gobernante). “Dividir la sociedad en dos bandos y andar acusando al otro de pertenecer al bando repudiado ha acabado en la situación de infamia que se nos presenta, día tras día, desde el Gobierno Nacional”: la frase podría haber sido escrita a mediados del siglo XX, o también del XIX, y ya sabemos en qué bando terminaron esas almas bellas.
-El jueguito centrista de creerte entre los extremos de esta crítica y la de Quintín lo derribaste vos al no responderle: está claro que no somos lo mismo ni siquiera para vos. Y que quien flota “plácido en esa «zona de confort» que le provee su marfilina superioridad moral” es quien escribió esta defensa indefendible y ahora se queja de “la desaforada campaña contra la película de Villegas”, solo porque la mayoría de las críticas la destrozaron con fundamentos en vez de perdonar su “derecho a la existencia”.
-“La defensa del derecho a existir” de la película de Villegas nunca estuvo en debate: lo que discutimos es su formulación. Y la única “sentencia previa” fue la favorable, como si a la película le bastara con existir. Lo que es comprensible visto que no podés decir nada bueno de la película en sí, salvo esta tontera de defender su “derecho a la existencia”.
-No hace falta pensar: basta con defender «No matar», y NO relacionarla (sin el menor análisis!) con los canallas que emiten sus mensajes negacionistas cada 24 de mayo. No hacían falta domadores para un potrillo tan manso como esta película, a la que ni su director sabe o puede defender. Por eso hasta sus defensores consideran ahora un tanto imprudente continuar, como si tal cosa, ejercitando el mismo pasatiempo.
Una nueva muestra (express, en este caso) del «Método Prividera», esta vez condimentada con más agravios. Vuelvo al closet, de donde nunca debí salir, para solaz de tu memoriosa celebrante.
No se puede «volver al closet», Mariano…
Es verdad que el método de Prividera es fatigoso y, en alguna medida, poco productivo, pero como lector totalmente externo al mundo del cine (y que no ha visto “No matar”) me parece que subsiste esta impugnación: es muy poco lo que decís en defensa de la película como película, más que ratificar su derecho a estar en el mundo.
Ese derecho, por otra parte, se le reconoce, pero no sustancia de ninguna manera lo otro que decís sobre ella, a saber, que haberla hecho es un gesto valiente. Sigue pareciendo más bien lo contrario.
Si cansa leer(se) mejor no participar de una polémica. Fatigoso y poco productivo es leer retórica ampulosa repleta de falsedades dichas con gravedad, sin desarrollar un solo argumento que vaya mas allá de su propia «suficiencia».
gracias NP por recuperar nuestro texto de La tierra quema. aprovecho para recuperar una idea ajena que me parece pertinente. extracto del prólogo a Los espantos: “ Es poder acordar con el precepto de que no hay que matar y al mismo tiempo animarse a preguntar: ¿funda ese precepto por sí mismo una vida justa posible? ¿Es una condición de la vida en común o una maldición del pensamiento sobre la muerte que se cuenta por millones, de derecha a izquierda? El problema actual quizás no sea el de sostener la premisa “no matarás”. El problema es que su enunciado nada dice sobre las muertes que provoca la vida de derecha: podemos impugnar las muertes provocadas por los proyectos vitales de la izquierda y afirmar “no matarás”, y, en el mismo momento, caer rendidos ante la evidencia de que morimos aquí y ahora desatendidos, olvidados, rechazados, ignorados, si no actuamos concretamente para evitarlo. Esto es, si no hacemos algo para evitar que mueran siempre los mismos, los que nada saben de las reglas del mundo: los recienvenidos, y de ellos, los abandonados. Junto a la premisa “no matarás”, hay otra premisa: la premisa que manda vivir. Y vivir es cuidar, proteger, responder, crear”.
por otro lado, si mal no recuerdo, en una discusión que tuvo lugar acá mismo hace unos años Llinás le llamaba la atención a otro crítico (que escribía negativamente sobre su película) por su uso del “salir del closet ideológico” y lo trataba, palabras más, palabras menos, de homofobico.
leía ahora su caracterización de “nostálgico kirchnerista en el clóset” y me pareció risueño. qué gran obsesión con el clóset!
saludos
Gracias a vos por ese texto, Valentina, y la ahora explícita cita de Los espantos. Es de 2016 ese libro, escrito cuando la «vida de derecha» aun parecía un secreto a voces. Ahora están tan sobregirados que ni los muertos están a salvo… Ya hasta les vienen a pedir que se levanten de sus no tumbas para disculparse ante el presente. Y a nosotros nos invitan a «salir del closet» ideológico los que creén que no tienen ideología, o que representan ese sempiterno «centro» hasta cuando dialogan amablemente con la versión más autocrática y brutal del «liberalismo democrático» (algo que entre nosotros tiene tanta entidad como un ser mitológico, porque ya Alberdi entrevió la verdadera cara de los «liberales» argentinos, como para que nosotros los reconozcamos sin necesidad de pasar por Seúl…)
Saludos.