UNA NUEVA CARTOGRAFÍA PARA EL CINE ARGENTINO

UNA NUEVA CARTOGRAFÍA PARA EL CINE ARGENTINO

por - Críticas, Ensayos
04 Jun, 2012 03:29 | comentarios

Germania

He leído por años las críticas de Marcela Gamberini, en una época en donde esperaba El amante-cine casi con desesperación. Tenía entonces dos firmas femeninas que me gustaban muchísimo, pues no eran fálicas como Pauline Kael, la referencia genérica ineludible. Lo que escribía Gamberini resultaba siempre de mi interés. En un encuentro reciente en el Bafici, breve pero amoroso, intercambiamos algunas palabras. Allí tomamos una decisión. Marcela se incorporó al blog. Será la primera dama del blog, sin dudas. Así, tenemos a Prividera, a García, a Pujato y ahora a Gamberini. Heterodoxo plantel, sin dudas, pero a todos ellos los admiro, los quiero y tenerlos aquí me resulta un privilegio. (Roger Koza)

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Por Marcela Gamberini

Estos apuntes solo tratan de pensar y repensar las películas más allá de la crítica del gusto. Es cierto que, desde hace un tiempo, el cine sufre de cierta carencia teórica, tal vez esta reacción sea una respuesta extrema a algún cine de décadas pasadas, como las del 60 o del 70, altamente teorizado desde la política fundamentalmente. Por supuesto que estos apuntes, son sólo eso, apuntes para empezar a pensar algunas cuestiones y, en principio, no vienen a suplir ninguna ausencia. La escritura parte de un supuesto: el cine es uno de los modos del pensamiento; esta idea funciona como un dispositivo para intentar comprender la lógica cinematográfica, no nos deja adormecernos, no nos deja acomodarnos. El cine es un espacio de pensamiento dinámico, múltiple, ambiguo, complejo a veces. Y a la vez, tautológicamente trabaja con espacios; reales, ficcionales, culturales, imaginarios, simbólicos, sociales, políticos.

A partir de esta idea llama la atención que tres de las películas mostradas por el Bafici en esta última edición, trabajen con tantos espacios abiertos, territorios inmensos. Una puesta en escena que abre la mirada del espectador, reclaman nuestra atención hacia las arboledas, hacia el cielo, hacia lo sublime, hacia lo supremo; allí donde el horizonte que es tierra, se hace cielo. Sabemos el peso simbólico y real que tiene, por ejemplo el desierto en el discurso fundacional de esta nación, y el desierto es un espacio inmenso, inabarcable, un espacio vacío, abierto.

Los salvajes

Este espacio virgen, deshabitado, inquietante (tal vez como una representación del estado del cine en general) es el protagonista de Los salvajes de Alejandro Fadel, de Germania de Maximiliano Schonfeld, de La araña vampiro de Gabriel Medina. Un espacio a recorrer, a transitar, un espacio vacío que lentamente se llena de cuerpos, de árboles, de ríos, de violencia, de casas, de enfrentamientos. Tal vez la fuente nacional de la que beben estos realizadores sean El Aura de Bielinsky o Historias extraordinarias de Llinás. La forma en que la que se encuadra, la manera en que se cuela la luz por entre las hojas de los árboles; cómo los personajes entran en el espacio;  evidentemente son novedosas. Aquello que se empezaba a mostrar con estas dos películas y sus campos y bosques abiertos, su naturaleza áspera y sus encuadres lejanos dice mucho más de nosotros mismos y del cine contemporáneo que otras cuestiones que tienen que ver con el contenido de lo que se cuenta.

El recorrido de esos exteriores, inconmensurables y excesivos, es la mismísima prueba que deben superar los personajes. En el exterior, ya sea campo, desierto o bosque; todo es excesivo, no hay donde refugiarse; los personajes de estas películas se encierran en este exterior y perciben, como una lejana epifanía, que el miedo, el peligro, la amenaza; viene de adentro de ellos mismos; son ellos más que nunca en este espacio desconocido, no reglado, no urbano.  Lo verdaderamente importante es el recorrido de estos espacios, el transcurrir. El resultado de este caminar, huir, escapar, buscar, es una fuerte sensación de desorientación. Personajes errantes que recorren estos espacios no marcados dotándolos de sentidos múltiples, desiertos vírgenes que estos personajes violentan (como alguna vez ha violentado el indio, el gaucho, el conquistador, los territorios salvajes). No hay señales en el campo, ni en el desierto, ni en el bosque. Los personajes pierden el rumbo, se extravían y encuentran otra cosa que aquella que están buscando, encuentran a la pura naturaleza y con ella alguna revelación divina que puede ser salvaje, violenta, mística o pura introspección.

Montaje de ideas que cruza matanzas de animales, con personajes que se “pierden” en esos espacios, con gallinas que se pasean por el rectángulo de la pantalla, con arañas gigantescas y temerarias, con rituales religiosos a cielo abierto. Un cine que busca la amplitud, quizá un cine que a partir de la luz, propone una mirada más natural, menos urbana. Manos de cineastas artesanos que evidentemente saben de cine, conocen y elijen a sus predecesores (como no reconocer los trazos de Leonardo Favio o de Apichatpong Weerasethakul en Los salvajes; o de Reygadas en Germania o de Bielinski en La araña vampiro). Esta manera de enfocar el entorno (novedosa en este, nuestro cine) deja ver una nueva manera de mostrar y exponer la realidad y el entorno. No hay una cosificación del espacio como ciertamente propone cierto cine posmoderno, sino que se realiza la operación contraria,  hay una naturalización del entorno. Me pregunto si naturalizar el entorno no tiene que ver con naturalizar la mirada cinematográfica, la de los directores y la de los espectadores. Volver a la naturaleza como se vuelve al su escenario natural, buscando sus raíces, sus orígenes; realizadores que vuelven a habitar el desierto, que lo refundan, en un gesto que reafirma nuestra identidad cultural.

Para Walter Benjamin el espacio posmoderno tiene que ver con el recorrido de los transeúntes por las ciudades; para este nuevo cine, el espacio tiene que ver con la pérdida de sentido de la urbanidad, con el recorrido de estos cuerpos que en esos vaivenes de ir y venir, de escaparse y encontrarse, de matar y morir, son sólo cuerpos que transitan sus propias experiencias en lugares extraños.

La luz, radiante y curiosa, se cuela por entre las hojas y troncos de los árboles, por entre la verde vegetación y aparece como una mirada divina. Puestas en escena refractarias a la luz que exponen una nueva poética del espacio. El cine argentino, a partir de estas tres películas, parece decir algo más, quizá algo mejor, o algo más profundo, la verdad es que no lo sé. Lo que sí sé es que bosquejan el mapa de una nueva cartografía. Proponen al espectador renovar su mirada, perdiéndola y encontrándola, allí, donde el espacio pierde su centro, su perspectiva, tal vez, su racionalidad, su conocida arquitectura. Quizá un nuevo cine, una nuevas decisiones formales, una nueva manera de narrar esté apareciendo allí donde el espacio es el protagonista único.

MARCELA GAMBERINI / COPYLEFT 2012