TERRITORIO CINÉFILO: ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL NUEVO CINE GALLEGO

TERRITORIO CINÉFILO: ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL NUEVO CINE GALLEGO

por - Críticas, Ensayos
25 Oct, 2013 10:21 | comentarios
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Costa da Morte

Por Roger Koza

Dedicado a Martín Pawley, quien me ha facilitado los

materiales para ser un explorador de su tierra de cine

En mi país, cuya clase media suele experimentar picos de megalomanía, se suele caracterizar al gallego como un sujeto bruto. Los chistes de gallegos suelen sintetizar esa presunta falta de inteligencia de todos aquellos inmigrantes que llegaban del norte de España a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Al hablar de cine gallego, la asociación de mis compatriotas no cinéfilos es inmediata: un cine primitivo. Naturalmente, esta concepción no sólo es injusta e imprecisa, como todas las generalizaciones, pero al menos sí dice algo de quien enuncia semejante idiotez.

La primer evidencia respecto del cine gallego contemporáneo es literalmente la opuesta a la que pueden tener mis compatriotas no cinéfilos convencidos de su propia superioridad: el cine gallego es el más sofisticado que se produce en España y en este tiempo presente, es una cinematografía clave en el progreso del arte cinematográfico.

Tal evidencia, tenue pero ostensible, necesita de una aclaración metodológica, o una petición de caridad interpretativa. Todo examen acerca de una cinematografía nacional o regional es proclive a la inexactitud y el error. Una nación, un estado, una ciudad está compuesto por una multiplicad de comunidades, algo casi imposible de reducir a una expresión holística de una sociedad determinada. Los rasgos generales y comunes pueden ser una lengua, un clima, una dietética y no mucho más. ¿Qué decir del cine nacido en esa región? ¿Existe algo así como un plano esencialmente gallego? La pregunta es hiperbólica, inadecuada y casi ridícula. Como programador puedo dar cuenta de un fenómeno que se sostiene en datos contrastables, lo que implica una reformulación general: algunas películas filmadas por directores gallegos resultan ser las más sofisticadas que nos llegan de España.

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Todos vós sodes capitáns

¿Quiénes son esos directores? Olivier Laxe, Xurxo Chirro, Eloy Enciso y Louis Patiño; son para mí los máximos referentes de ese cine que llega desde Galicia. Podría incluso mencionar otro nombre: Jaime Pena, pero como se sabe, no es un cineasta sino un crítico. Y es uno de los críticos españoles que posee una voz propia y definida.

Esta generación es cinéfila y curiosa. Tal vez la cercanía al mar predisponga a sus directores a cultivar un espíritu de aventura. En sus primeros y segundos largos, según corresponda, Oliver Laxe arranca en Tánger, Chirro canaliza a Melville en un navío danés, Enciso filma el limbo espiritual de un ethos casi extinto en un paraíso perdido y Patiño hace del mar de Costa de los muertos un protagonista casi exclusivo de su retrato telúrico y mítico de esa región. La aventura consiste aquí en partir hacia algún lado, excepto en el caso de Patiño que permanece en un punto estratégico desde donde parten los viajeros.

Cada aventura conlleva una decisión formal específica, de la que se predica ideas de cine.

Laxe, en Todos vós sodes capitáns, se somete a un doble juego de disolución: los límites de la ficción y el documental se problematizan conforme avanza el film; el lugar del director y su poder sobre la puesta en escena se democratiza a medida que los niños aprendices marroquíes deciden filmar. Es cierto que el film puede remitir a los primeros films de Kiarostami, pero más que una imitación se trata aquí de una resonancia cinéfila con un modo de trabajar en el cine.

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Vikingland

En Chirro, la búsqueda cinematográfica es de otro orden. Aquí tiene lugar una reinvención radical sobre un material filmado por un otro (cercano) una década atrás. La imaginación literaria y una extraña voluntad de ficción del director ordenan el material rodado en una cámara de video por un marinero de un buque. Allí se puede verificar una gran historia de amor que el director elige ocultar en un total fuera de campo, un registro poderoso sobre el trabajo de los hombres en un barco, un pequeño estudio antropológico en culturas comparadas y la fascinación narcisista  del personaje principal en el que se repite un gesto primitivo y pretérito de los hombres frente al cine. La gran cinefiia de Chirro le permite extraer de las imágenes grabadas por el marinero el ADN de una película y componerla. ¿Es Chirro un arqueólogo de imágenes, un detective privado de historias no develadas, un mero montajista que le roba el film a un protocineasta? Nada de eso. Chirro demuestra, como lo hiciera Terence Davies en Del tiempo y la ciudad, que el significado de un director no debe estar exclusivamente asociado al creador de imágenes. Vikingland no es un palimpsesto, pero la película está y no está al mismo tiempo en el registro de su protagonista.

Eloy Enciso debería haber ganado un oscar por los efectos especiales (y naturales) de su segunda película. Nada de CGI, ni 3D. Filmar un pueblo y sus costumbres en un posible proceso de desaparición, registrar el devenir fantasma de una localidad y trabajar sobre unos textos de teatro tomando prestado el método de lectura y entonación de los Straub, pero con un tono cómico impropio de la pareja mítica, trasforma la totalidad de Arraianos en una experiencia sensorial y filosófica. Las escenas nocturnas del inicio del film de Enciso son ya una cifra: se escuchan unos ruidos de platillos y apenas se ve la silueta de una gente corriendo por las calles del pueblo. ¿Qué es este film? ¿Qué veremos? A esa altura nadie puede imaginar todo lo que vendrá. En ese tratado sobre la vida, el tiempo y el espacio que desde el nacimiento de un animal hasta unas viejas cantando en tono elegíaco sobre las penas del amor cumplen un rol determinante.

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Arraianos

Por último, llegamos a Costa de la muerte, de Patiño: he aquí el film más hermoso del año en curso y el primero (tal vez de la historia del cine, al menos con tal vehemencia) en liberar la panorámica como un recurso de transición narrativo y una didáctica geográfica. Otra vez se trata de la historia de un pueblo, y como en Arraianos, el juego dialéctico entre la naturaleza y los hombres se repite, pero hay diferencias: las panorámicas proponen visualmente un plano de inmanencia permanente y democrático. Todos los entes vivientes ocupan un espacio similar y cuando los hombres hablan los vemos de lejos, de tal modo que el logos no se impone sobre physis. Sucede que todo el pueblo y su historia se define a propósito del mar, como se nos advierte en una cita inicial. Tal clarividencia dictará una puesta en escena, la que se sostiene por planos abiertos que no traicione esa inmensidad azul que sirve como fondo de todas las historias. Película hipnótica e inolvidable, su intensidad visual es una novedad óptica para el cine que vive un tiempo en el que éste agota su innovación en las promesas de lo digital y la tristeza anabólica del 3D.

¿Por qué programar películas gallegas? Porque allí el cine se vivifica, porque en ese territorio cinéfilo sus jóvenes cineastas insisten en probar que los hermanos Lumière estaban absolutamente equivocados al creer que su propia invención había nacido sin futuro.

Este artículo fue publicado en un diario gallego durante el mes de julio 2013

Roger Koza / Copyleft 2013