EL ORNITÓLOGO DE SANTIAGO: JUNIO

EL ORNITÓLOGO DE SANTIAGO: JUNIO

por - Columnas
29 Jul, 2017 11:50 | Sin comentarios
El joven crítico chileno visita Olhar de Cinema en Curitiba y allí se encuentra con el cine de Murnau, Straub y Renoir, aunque eso no le impide terminar su crónica prodigándole un elogio a John Wick: Chapter 2

Por Jaime Grijalba

En uno de los últimos días del mes de junio me acosté para escuchar a M leer en voz alta mi columna del mes de mayo. “Ahora tienes que escribir sobre esto”, me dijo mientras leía una de las partes en las que hablaba de algunos de los momentos que pasamos juntos. De alguna forma, mi posición horizontal ayudó a sentirme como si estuviera en el diván de un psicoanalista. Casi. Lógicamente, la única persona que me hablaba era yo mismo, apartada por semanas de aquella redacción, instantes de vida y visionado de películas. No se puede pensar sino en los errores que uno comete cuando uno vuelve sobre lo escrito, o sobre las oportunidades perdidas. Ahí están las palabras que uno repite constantemente, redundancias en las que se cae inexorablemente. La sensación es inevitable: no saber si uno está haciendo lo que la gente espera de ti. Por eso guardo muy cerca de mi corazón estas columnas del Ornitólogo, porque siento que pueden dar mucho más dentro de sus capacidades literarias o críticas, pero también sé que ahí se transparentan todas mis fallas internas y externas. Pero a M le gustan, incluso cuando escribo sobre ella, así que por ahora me conformo con eso. Con eso y que me lean, claramente. Hablarle al vacío no es divertido.

Ahora recuerdo que la vez anterior, en una columna tal vez un poco más corta que las anteriores, los dejé literalmente en el aire, con un cliffhanger de esos que serían la envidia de las miniseries de los años 30. Exagero, claramente, pero me refiero a que en el mes anterior estructuré toda la columna en torno a que estaba en el aeropuerto esperando por subir a un avión que me llevaría a un lugar al cual nunca había ido antes. El ornitólogo asume las alas de sus objetos de estudio y emprende el vuelo en dirección a Brasil, y en específico a Curitiba, donde se realizó la séptima edición del festival Olhar de Cinema, al cual fui invitado luego de insistentes, y a veces hasta irritantes correos electrónicos, entre agentes de prensa, programadores y mi persona. No suelo ser una persona exigente, mas bien lo contrario, pero encontré que esta era una oportunidad que no podía dejar de lado, en caso de que se confirmara mi viaje. Tampoco es que pidiera mucho, ya que las alas me las puse yo mismo con el sudor de mi frente; lo que me preocupaba era donde iba a aterrizar. Agradezco acá públicamente al director, los programadores y especialmente a los trabajadores del festival que se encargaron de cuidar a todos los invitados.

Algo que discutí mucho en esos días que estuve vagando por las calles de Curitiba (en realidad por una calle, tres como máximo, la ruta entre festival y hotel era bastante directa) fue sobre el lenguaje. Yo no hablo una palabra de portugués y menos entiendo el portugués hablado, ya que tengo un pequeño problema de audición con la palabra de los otros, donde si hablan muy fuerte o muy rápido, no entiendo nada, sin importar el idioma, y la gente de Brasil habla bastante rápido. Lo curioso era que en los primeros días traté de manejarme con el inglés, con mi horrible pronunciación del idioma “universal”, pero con el tiempo supe que la mayor parte de los portuparlantes entendían bastante bien el español, y yo, con un par de palabras que había aprendido al voleo de portugués durante los últimos días, pude mantener conversaciones bastante extensas con diferentes personas. Aunque también resultó agradable el volver a encontrarme con dos colegas y amigos hispanoparlantes que hicieron bastante más amable todo el shock cultural idiomático. Tanto MD como MA fueron en calidad de jurados en diferentes competencias, debido a que Olhar de Cinema tiene varias competencias: una para nuevos directores, otra titulada “Nuevas miradas”, la oficial, la de cortometrajes, y así.

Lo de poder compartir tiempo con MA fue sólo reforzar el carácter eminentemente bondadoso, chispeante y bromista que él le prodiga a la conversación, lo cual resulta tremendamente agradable cuando yo tengo la misma disposición a reírme de todo, sobre todo cuando el reírme no le causa daño a nadie. También tuve el enorme placer de conocer a L, la pareja de MA, que me recordó todo el tiempo a una profesora que tuve durante la universidad, tanto por su acento como por su cadencia al hablar. Pero L resulta mucho más agradable y más propensa a reírse, comparada con mi profesora. MA y L inspiran: son una de las parejas más bonitas que me ha tocado ver en el ámbito cinéfilo (y en cualquier otro ámbito cercano; parece que estoy rodeado de relaciones tóxicas), y sin que suene espeluznante, quisiera que mi vida futura pueda tener esa misma solidez y amor que parece extenderse hasta el más allá, y creo que lo estoy logrando con M. Le agradezco eternamente a MA y L por su bondad, ya que me ayudaron en más de una cosa, desde el momento en que nos encontramos en el aeropuerto de Buenos Aires, coincidiendo en el mismo avión que nos llevó a Curitiba e aun tocándonos la misma fila de asientos del avión de Aerolíneas Argentinas.

Ya es el tercer festival en que terminamos convertidos en “compañeros de festival” con MD, compartiendo nuestros itinerarios diarios, coincidiendo o divergiendo, pero siempre tratando de encontrar un lugar en común. No siempre coincidimos con las opiniones, y muchas veces me considero un poco pegadizo en cuanto a acompañar a las personas, y espero de verdad que ninguna de los personajes que aparezcan en este relato se hayan sentido acosados o presionados a pasar tiempo conmigo, ya que es lo último que querría, y a veces eso me abruma un poco. Ese lenguaje común que nos une a los habitantes del festival, y también el cine, siento que no siempre es suficiente, que a veces puede tornarse en una excusa, ya que cuando es lo único de lo que se puede hablar con alguien, se torna difícil y monótono; cuando ya sabe los gustos de los otros y los propios las variaciones y la variedad de la conservación se resiente. Siento que superé, de una forma u otra, esa barrera, ya que se pudo hablar de otras cosas, compartir cuestiones que van más allá de las salas; espero que para ellos haya sido suficiente la buena compañía no intrusiva que quería ser en sus trayectos diarios de festival. A MD, en particular, le agradezco las constantes bromas y chistes; así como la generosidad que tuvo conmigo en varias ocasiones en las cuales la diferencia de nuestras invitaciones por parte del festival se volvía evidente (y con total razón, al ser MD jurado).

Pero basta de apreciaciones de personas y vamos con las apreciaciones de películas. En resumen, y ya con la perspectiva del mes que pasó, fue un muy buen festival, donde no sé si tomé las mejores decisiones cada día, pero al menos siento que por no complicarme mucho, tuve una mejor experiencia en general, o al menos eso quiero creer. Partí, como buena parte de los asistentes, con la película inaugural, la venezolana La familia (2017, Rondón Córdova) que había estado en Cannes hace poco, y que me pareció cumplidora en diversos aspectos pero que le faltó mucho como para ser algo realmente memorable. Es una coproducción chilena y española, pero no sé cuál es la interferencia que pudo haber tenido mi país en esta historia de padre e hijo que escapan de su barrio, luego de ser parcialmente responsables de la muerte de un niño de la edad del hijo, el cual había tratado de robarle. Se agradece en películas venezolanas recientes que traten de evitar ciertas obviedades que puedan hacer que pierdan relevancia en pocos años (o meses incluso, quién sabe). Cuando terminó la película la gente fue en vans a la fiesta de inauguración, mientras que MA, L y yo íbamos caminando. En ese trayecto pude escuchar la historia de cuando Bong saludó de mano y abrazo a MA frente a todos en una fiesta en Cannes. Muchos chismes de Cannes se contaron en esas caminatas, pero pocos son reproducibles.

En la fiesta pude conocer a más gente, algunos otros jurados, y sobre todo al programador que hizo posible que fuera: AC. Es gringo, pero habla español y portugués (lleva algunos años viviendo en Brasil, ya que está casado con una nativa, MS). Volviendo sobe el tema del lenguaje, no puedo evitar admirar la mentalidad de AC, así como su capacidad reflexiva, lista para el parco chiste y la monotonía parlanchina que lo vuelve jocoso simplemente por decir frases como “you’re doing a great job”. AC también es una persona conocedora y perspicaz; luego de que nos sirvieron unos tragos, él se retiró sin dar muchas explicaciones por qué, y cinco minutos después empezó una performance de personajes disfrazados que gritaban y cantaban entre medio de la gente del bar, una versión trucha posmoderna de Rocky Horror Picture Show, completamente lamentable y triste. Con MA llegamos a la siguiente conclusión: si AC y MS se retiran antes de algún lugar, hay que seguirlos. Poco después fuimos desesperados a buscar una van que nos fuera a dejar al hotel, arrancando despavoridos de gritos ininteligibles, al menos para mí… pero tampoco es que los brasileños se vieran muy cómodos viéndolo.

Luego de acostumbrarme al camino que me llevaba del hotel a los dos cines donde transcurren las funciones del festival, y de poder vislumbrar un lugar donde comprar libros, así como comida (eso último siempre secundario para mí en un festival), pude empezar a ver películas de acuerdo a lo que mi libre voluntad me llamaba. Así fue como empecé con Anatahan (1953, von Sternberg), un espectacular relato japonés, contado y actuado por japoneses, pero dirigido por el maestro norteamericano. Sternberg tiene un nivel increíble de compasión y una manifiesta mentalidad abierta a la hora de retratar a los que alguna vez fueron los enemigos de su país. Decisión ética admirable:  les concede dignidad a sus personajes dejándolos hablar en su idioma mientras que una voz en off, tan sólo en algunas ocasiones, nos explique qué es lo que está pasando. Prohibida en su tiempo por temas vinculados a la desnudez, se promulga con razón como una de las películas más adelantadas a su época; esta pintura de compasión en medio de una historia de celos, amor, sexo y muerte, lo es.

Seguí el periplo con una doble mirada al cine coreano de hoy, alejado de los Bong y los Park, pero más cercano a los Hong. Autumn, Autumn (2016, Woo-jin) crece cada día que pienso en ella; es una película proveniente del corazón de alguien que ha sido desplazado espacialmente y por eso sumido en la nostalgia. Narrativamente dividida en dos partes, en el film de Woo-jin un joven vuelve como en un espiral a su pueblo natal, donde recuerda a sus amigos y trabaja para subsistir. Hay una escena que transcurre a propósito de una llamada telefónica que casi me saca lágrimas. En la segunda parte el film tiene un tono similar, pero busca incomodar y hacer reír a través del patetismo de uno de los personajes. En esa segunda parte una pareja de amigos, ya casados y con hijos, viajan por el mismo pueblo de la primera historia, visitando templos y repitiendo trayectos. Todo eso sucede mientras el hombre torpemente trata de conquistar a la mujer, o llevarla a hacer cosas que nosotros sabemos serán imposible que ocurran.

Por otro lado, vi Chun-mong (2016, Zhang), denominada por AC como la mejor comedia del festival, aunque es más una dramedia, si se toma en consideración los estándares del festival. La película, gracias a la información otorgada por MA, es interesante ya que presenta a sus tres protagonistas masculinos como si fueran un grupo de vagos que andan por la calle hablando estupideces, tratando de conquistar a una inmigrante china que tiene un bar, pero la gracia pasa por otro lado: esos tres protagonistas son interpretados por actores-directores que ya habían interpretado esos papeles (o similares) en películas dirigidas por ellos, una especie de South Korean Cinematic Universe, al estilo Marvel, donde varios personajes de otras películas se cruzan y forman así un nuevo relato. Es una película graciosa y triste, y pese a odiar el término “dramedia”, si tuviera que apuntar a alguna película al cual tan deleznable sustantivo le quedara, sería esta.

Le dediqué mucho tiempo a la retrospectiva casi completa que se le celebró a F.W. Murnau. Aproveché para ver todas las películas que no había visto, además de revisar títulos que eran difíciles de dejar pasar, como la nueva restauración de Der Gang in die Nacht (1921, Murnau), el largometraje más antiguo del director que aún sobrevive de manera completa, y que ahora cuenta con veinte minutos más de metraje que la versión anterior; así pude disfrutar de este relato de la mejor manera posible, el que se posiciona bastante bien dentro de su obra, aunque aún amarrado a los estilos teatrales de la época, pero con ciertas decisiones estéticas y de guion que son bastante notables en una historia sobre ciegos que vuelven a ver.

También pude disfrutar de Tabu: A Story of the South Seas (1931, Murnau), una de las últimas películas mudas dentro de la historia de Estados Unidos, que bebe de películas anteriores de Murnau, y que ostenta un entendimiento mayor y absoluto de la cultura del otro, pero sin volverlo “otro”, sino más bien incorporando cada elemento, absorbiéndolo y respetándolo. Es sin duda un relato casi mítico, pero lleno de amor, con un final que me dejó triste y sin ganas de hacer mucho.

Ya más cerca del final del festival vi Die Finanzen des Großherzogs (1924, Murnau), que debe ser la única comedia/farsa absoluta de Murnau, y bastante divertida, a pesar de que todo gira en torno a temas bastante pesados como golpes de estado, deudas internacionales, compra de acciones y ejecuciones.

También tuve el placer de ver Der letzte Mann (1924, Murnau), que pese a ser del mismo año que la anterior, representa una revolución absoluta de la imagen, con movimientos de cámara que dan cuenta de la mirada de los personajes, con primeros planos espectaculares, un uso de la luz y la oscuridad que daban cuenta de todo lo que pasaba dentro de los personajes, y que pese a ser una historia triste que tiene un epílogo feliz, se vislumbra el paso de Murnau hacia la grandeza artística, como un gran intérprete del alma y de la psiquis de las personas comunes.

Una de las últimas películas del festival fue Tartüffe (1925, Murnau), que podría pensarse como un retroceso en términos visuales para el director, luego de las dos películas de 1924. Los caprichos del guion no imposibilitan que el clásico de Moliére llegue a nuevas audiencias, como si Murnau hubiera entendido muy bien el nuevo poder del cine como un agente transformador de las personas. Este poder del cine está implícito en el propio relato: un viejo enfermo vive con su sirvienta, a quien le quiere dejar su fortuna, pero llega su nieto (actor y una deshonra para la familia) a mostrarles una película, que resulta ser la adaptación de Tartufo que vemos nosotros también. La película finaliza y se produce el cambio.

También me di la oportunidad de revisitar una película que ya había visto antes, pero que con cada día que pasa se transforma en una favorita de toda la vida: Sunrise: A Song of Two Humans (1927, Murnau). Verla en pantalla grande fue una experiencia a otro nivel, donde estuve al borde de las lágrimas durante varios momentos: los escalofríos recorrieron mi cuerpo, y mientras veía el film entendí muchas cosas sobre mí, en especial sobre lo que significa el amor, una experiencia que está por sobre cualquier cosa. También entendí que el perdón es una de las palabras más sagradas con las que contamos y que cuando se emplea. Recibir el perdón de alguien es maravilloso, pero que cuando se otorga es uno de los regalos más preciados que uno puede llegar a tener. Quisiera poder mostrársela a M, pero ya no queremos ver películas cuando estamos juntos.

Hablando de visitar películas ya vistas, había un programa de Jean-Marie Straub que me permitió volver a ver su primer largometraje, Nicht versöhnt oder Es hilft nur Gewalt wo Gewalt herrscht (1965, Straub), un trabajo complejo (como casi todo Straub-Huillet), pero que pude apreciar de mejor manera (e incluso subió “de nota”), ya que pude captar cierta intencionalidad temática respecto al pasado reciente de Alemania, entendiendo la película casi como una fábula futurista y al mismo tiempo como un señalamiento de un nuevo aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Pude entender que se trataba de una historia dual acerca de la destrucción del legado del padre, como si se tratara de una venganza de haber criado hijos que fueran capaces de creer en el nazismo. Puede que esta y la obra maestra de Murnau hayan sido lo mejor que haya visto en Olhar, pero ya las había visto. Por eso lo mejor fue encontrarme con una copia restaurada de Boudu sauvé des eaux (1932, Renoir), la cual me sorprendió demasiado por su mezcla de comedias y su carácter abiertamente sexual para la época en la cual se hizo. En este homenaje a Chaplin, se busca hacer evidente y hablar sobre todos los impulsos humanos; el slapstick se cruza con la farsa sexual, pero a la vez se intuye una nueva forma de hacer cine, alejado de los sets y y situados en lugares reales de París, como parques, puentes y tiendas, sin la necesidad de engañar y filmando “en locación”. El filme Renoir resultó ser una revelación. Aquí uno alcanza a tener una visión radical de lo que significa y es el cine (en su infancia sonora). Esto que viví en Curitiba con Boudu sauvé des eaux quedará en mi interior por siempre.

Como pueden notar, prácticamente me dediqué a ver películas antiguas, mientras que de las nuevas hablé un poco en el texto que escribí para Slant sobre el festival. Pero quisiera destacar una película, mi nueva favorita de este 2017, El mar la mar (2017, Sniadecki, Bonnetta), una exploración visual y auditiva que parece ser la culminación de todos los experimentos de la Harvard Sensory Etnographic Lab, aunque no esté realmente asociada a esa institución.

Filmada a pulso con película de 16mm, la película empieza como un homenaje al cine experimental, y se mantiene en esa línea durante toda su extensión, revelando a su vez su dimensión política y social que la transforma en una obra profunda. La mayor parte del registro se circunscribe a la zona limítrofe entre Estados Unidos y México. Lo que se ve no es lo que se escucha: testimonios de gringos y mexicanos relatan su experiencia en el desierto de la nada. Todo esto se escucha mientras la imagen nos muestra espacios vacíos. La pantalla oscura en ocasiones dispara que en nuestra mente se proyecten las historias contadas.

Ahora que trato de recordar la película se me vienen imágenes diversas, pero no estoy seguro si esas imágenes están o no en la película, ya que responden a momentos narrados, a camionetas que recorren la noche, a caravanas abandonadas, figuras caminando por el desierto, acantilados profundo. Mi favorita del 2017.

Volví volando a Buenos Aires, donde tuve que quedarme unas horas en un departamento. Hay algo nostálgico en esa ciudad, tal vez porque fue mi inicio como crítico, como les conté en algunas columnas atrás. Traté de ir al cine, pero no me quedaba un peso. Me di cuenta que no sé cómo se planifican estos viajes bien y que debo entrenarme mejor. Es eso, o Buenos Aires está muchísima más cara de lo que recordaba. El vuelo siguiente me llevó de vuelta a ser el “Ornitólogo de Santiago”, donde me esperaba M con brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja. Un par de semanas después, alejados de Santiago y encerrados en una cabaña junto al mar, me leyó la columna del mes anterior, como ya les dije, y juntos recordamos una de nuestras primeras salidas. Fue cuando volví a ver Paterson (2016, Jarmusch), película de la que ya hablé, y que vimos juntos de nuevo en una pantalla grande, por motivo del estreno chileno de la película. M comentó que le daba rabia que la estrenaran, que sentía que la película era de nosotros y de nadie más, que era un secreto, y ahora todo el mundo lo sabía. Lo entendí perfectamente.

Hablando de nostalgias del pasado, de secretos y de romance, pude ver À Flor do Mar (1986, Monteiro), considerada una de las mejores películas portuguesas de todos los tiempos. Su paleta sensual de colores y su historia sencilla, que parece abandonar cada media hora para entregarnos rostros y palabras bellas, me enamoraron de una manera profunda. Quisiera poder decir algo profundo sobre esta historia de piratas y niños, que me recordó a algunos segmentos del cine de Ford, pero no puedo decir nada más, al menos por ahora, ya que me superó intelectualmente.

Sin embargo, hay películas más accesibles, como la que he elegido terminar esta columna. Vi tardíamente John Wick: Chapter 2 (2017, Stahelski); no recuerdo si hablé de la primera parte, la cual vi en los primeros meses del 2017. Superior a la primera, sobre todo en cuanto a la belleza de su fotografía y algunas de sus coreografías, el film no deja de repetir los problemas que ya tenía la primera: la bruceleezación de Keanu Reeves le quita todo el riesgo y emoción, porque es tan bueno en lo que hace, que es imposible que haya alguna razón para pensar que va a perder en alguna pelea, pero no es eso lo que quería decir. Esta película funciona, primero y sobre todo, como una adaptación de un videojuego que no existe, ya que hay elementos en él que indican que se trata de un espacio casi ficticio: los enemigos similares que se repiten ad infinitum, los sets como etapas temáticas, el mundo regido por reglas y mecánicas específicas, el hecho de que todo sea semi-programado (ojo con el final y su exageración de puesta en escena, su denuncia de lo falso del mundo), las recompensas puestas sobre el protagonista (como el sistema de recompensas de muchos videojuegos criminales), las galerías de armas y trajes que se pueden comprar con créditos específicos que funcionan sólo dentro de ese mundo, los movimientos de lucha repetidos (como si se apretaran los botones de un control para hacer que Keanu haga esto o lo otro), la inmortalidad del protagonista que puede recibir disparos y no morir instantáneamente, los mini-jefes, el Jefe Final… La película se apodera de ese discurso, como si fuera un video juego puesto en la realidad; encontrar algo así me reconforta. Sobre todo ahora que estoy jugando Final Fantasy XV.

Fotogramas: Nicht versöhnt oder Es hilft nur Gewalt wo Gewalt herrscht en el encabezado; 1) Boudu sauvé des eaux ; 2) La familia; 3) Der Gang in die Nacht; 4) El mar la mar

Copyleft 2017 / Jaime Grijalba