LA VIDA EN COMÚN

LA VIDA EN COMÚN

por - Críticas
10 Nov, 2019 08:13 | Sin comentarios
Si la segunda película es el trauma de los cineastas, nada tiene que temer Ezequiel Yanco, pues La vida en común es un salto cualitativo respecto de su film precedente. Un retrato poético sobre una comunidad que persiste en el tiempo.

La gente de los cañaverales

Nada resulta más difícil para el discurso civilizatorio que anida en las leyes, en la retórica de la historiografía y en las intermitentes discusiones sobre los orígenes de una nación que la posición de quienes habitaban antes de la institución del Estado argentino. En las formas descriptivas para referirse a los indios reverbera inintencionadamente el reconocimiento de una violencia explícita y asimismo una incomodidad política en la materia. Se podrá decir pueblos originarios, indígenas o indios, según la época y la episteme empleada para pensar la historia y sus protagonistas, pero, sin duda, aquellos grupos diseminados por el territorio nacional en el pasado fueron denigrados y asesinados en masa, un lastre de la presunta epopeya civilizatoria que conlleva cálculo, menosprecio y crueldad.

La vida en común, Argentina, 2019

Escrita y dirigida por Ezequiel Yanco.

Frene a estos antecedentes, ¿cómo filmar las huellas de los antepasados y sus sobrevivientes? ¿Cómo volver sobre los descendientes en pleno siglo XXI? El historiador y también cineasta Ezequiel Yanco parece haber hallado una vía amable. Un principio guía el acercamiento: no inteferir sobre la acción cotidiana de sus protagonistas; un método organiza el relato: reunir signos y combinar la evidencia recogida de una forma de vida que supo vencer la política de exterminio ejercida por el Estado argentino y que en plena era digital persiste con inimaginables modos de adaptación. Es así como la vida de los ranqueles se ilumina en La vida en común.

En un predio otorgado por el gobierno de San Luis una década y años atrás, una comunidad de ranqueles lleva adelante su vida. La geografía parece intacta; podría ser el siglo XVIII o el XIX, hasta que en ese ecosistema de pastizales amarillentos y cielos infinitos se divisan las casas de los habitantes. De lejos, la figura de estas misteriosas construcciones puede reenviar el paisaje a tiempos pretéritos, hasta que en el interior se revela el cemento y todo el diseño doméstico, ostensiblemente contemporáneo. El arquitecto halló un tránsito de un siglo a otro estetizando un modelo de construcción bajo la memoria de las viejas tiendas en las que vivían los ranqueles. La organización espacial, por otro lado, desestima la línea recta y el concepto de un centro que agrupe las viviendas. El urbanismo blanco ha sido conscientemente evitado.

Desde el inicio, la voz de un niño guía el retrato. Es Uriel, un adolescente que introduce la subjetividad de los suyos y los relatos propios de un pueblo, cuyo legado depende de apenas unas 15000 personas. En la comunidad se aprende ranquel, se recuerdan mitos, se persiste en la caza, pero también se imparten clases de inglés y se bailan temas modernos. La relación entre cultura “primitiva” y la tecnología digital propia de una cultura global conoce aquí una hermosa mixtura; el mejor ejemplo recae en la caza de un pájaro, que es engañado por el canto de otro de su especie reproducido (y anteriormente grabado) por un celular. El empleo de un teléfono inteligente para atrapar a una presa constituye una yuxtaposición notable de una necesidad añeja con una resolución técnica inimaginable para los ranqueles del siglo XIX.

Ya en Los días, Yanco había demostrado astucia observacional para trabajar cinematográficamente sobre la vida de sus personajes. En ese filme, dos niñas que vivían con su madre, a la que se la veía poco, dado que el cineasta privilegiaba el punto de vista infantil, servían para considerar la construcción de la identidad en el seno de una familia. En La vida en común este procedimiento se radicaliza; apenas se notan adultos alrededor de los niños, lo que le confiere al filme una atmósfera pletórica de curiosidad, desprovista de las rutinas cronométricas que impone la vida adulta. Esta decisión formal garantiza misterio e imprevisibilidad, aunque también obliga a aceptar ciertas elipsis. Poco se sabe de este universo renacido; su historia reciente, la economía y la forma de organización social de la comunidad lucen inconclusas. Es un precio aceptable a pagar frente a la intensidad poética del filme.

Es que La vida en común puede ser visto como un ensayo poético sobre los ranqueles, como si el sistema de montaje elegido agrupara motivos coherentes (aprendizajes diversos, motivaciones personales, mitos olvidados) pero no forzados a seguir una línea narrativa dominante que concatene las escenas en un relato con actos determinados. En este sentido, la conquista de Yanco consiste en erigir un poema etnográfico, tan delicado y sugestivo, cuya aparente dispersión es tan solo el reverso de su vigor semántico. ¿Cómo olvidar las panorámicas de la tormenta en el horizonte, el elusivo puma que obsesiona a Uriel, los niños subiendo al techo de las casas, el rostro de todos ellos?

En el inicio se puede identificar una réplica de La vuelta del malón, de Ángel Della Valle; una referencia plástica que glosa una valencia negativa sobre los retratados, cita contrapuesta con fotografías y archivos fílmicos que operan discretamente como contexto histórico, y que se suman a la ubicua atmósfera poética en la que se desenvuelve el filme. Y así, sin ningún apuro alguno, conocemos a ”la gente de los cañaverales” (plausible traducción castellana de “rankülche”, nombre con que se autodenominaban los ranqueles) mientras despunta una cosmovisión fascinante, reconstruida gracias a planos y sonidos laboriosos. Un modo de vida se siente; he aquí el esmerado triunfo de un artista.

Esta crítica fue publicada en otra versión por Revista Ñ en el mes de noviembre 2019.

Roger Koza / Copyleft 2019