ESTRENOS EN DVD (5)

ESTRENOS EN DVD (5)

por - Estrenos en DVD
12 Sep, 2009 05:46 | comentarios

**** Obra maestra  ***hay que verla  ** Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

ESTRENOS EN DVD (5)

VALS CON BASHIR /WALT WITH BASHIR, ARI FOLMAN, ISRAEL, 2008 (****)

vals-con-bashirEs una vergüenza que Vals con Bashir no se haya estrenado en salas. Después de su estreno mundial en el festival de Cannes 2008, esta película necesaria y lúcida sobre la esencia del conflicto entre palestinos y judíos no dejó de cosechar elogios y provocar debates. Quizás si hubiera ganado el Oscar a la mejor película extranjera, premio que obtuvo la japonesa Departures (otro hecho vergonzoso), el público hubiera tenido la oportunidad de descubrir esta obra maestra en la pantalla grande. Las grandes películas no merecen un destino plasma.

Este soberbio y heterodoxo documental animado sobre la primera guerra del Líbano (1982) no solamente constituye un triunfo sobre el glamour militarista sino que además es un discreto y eficiente señalamiento crítico contra la política exterior (e interior) del Estado de Israel. Como en otras películas israelíes como Z 32, de Avi Mograbi, y Beaufort, de Joseph Cedar, la mirada impía y sin concesiones se desmarca del frecuente antisemitismo solapado característico de los enemigos acérrimos del estado más problemático del siglo XX.

Visceralmente antibélica y formalmente psicodélica, Vals con Bashir es un tratado pop sobre el funcionamiento de la memoria y la propensión a la represión de los recuerdos, es decir, un estudio acerca de los efectos traumáticos derivados de una situación y acción vergonzosas y dolorosas sobre el psiquismo personal y colectivo. Aquí, Ari Folman, director del filme, que participó en su juventud en las masacres de Sabra y Shatila (después del asesinato del líder cristiano Bashir Gemayel, aliado de los israelíes), dibuja su doble animado. Folman no recuerda y, asistido por un psicoanalista amigo, emprende un periplo de reconstrucción del pasado visitando a viejos amigos y compañeros del ejército.

Es que la memoria es colectiva, y la película se nutre de esos fragmentos que devuelven lo no simbolizable, aquello que se resiste a ser pensado. Lo reprimido siempre vuelve, aquí, principalmente, como sueños: unos perros corriendo por Tel Aviv, un hombrecito que flota sobre el cuerpo de una sirena, y una reiterada escena en la que unos hombres desnudos salen del mar. La animación aliviana la narración, pero Folman jamás protege al espectador, sin por esto agredirlo o hacerlo partícipe de una orgía castrense.

Vals con Bashir es precisa: la neutralidad no existe en el campo de batalla; décadas atrás alguien “olvidó” a los judíos, décadas después alguien decidió “mirar” la masacre contra palestinos.

***

JUEGO SÁDICOS / FUNNY GAMES, US, MICHAEL HANEKE, EE.UU., 2007 (**)

JUEGOS_SADICOS_POSTER“Es un caballo de Troya”, decía Haneke sobre Juegos sádicos, respondiendo a una pregunta sobre la naturaleza de esta remake obsesiva y prácticamente idéntica a otro filme de su autoría, Funny Games (1998). Metáfora bélica direccionada al corazón de Hollywood, el enemigo estético y político que Haneke ha tenido en su mira durante años. En efecto, su ingreso a la capital del imperio audiovisual exhibe un objetivo preciso: destruir (y deconstruir) en sus propios términos la lógica de un cine que excede al entretenimiento. Hollywood, en su diagnóstico, naturaliza la violencia; el espectador aprende, se entrena, acepta. Una pedagogía del embrutecimiento.

Juegos sádicos es narrativamente sencilla: dos jóvenes arios vestidos como golfistas se meten en la casa de una familia norteamericana de clase alta. Papá, mamá y el vástago de la familia están de vacaciones en su casa junto a un lago. No navegarán, ni descansarán, más bien serán sistemáticamente aterrorizados. Matarlos es la última etapa del juego, pero lo que importa es el camino, no el destino.

Los personajes de Juegos sádicos podrían ser los nietos del mítico Alex de La naranja mecánica. Son exponentes, acaso un axioma que condensa una cultura. Haneke sugiere que se trata de una cultura en la que existe una circularidad entre la ficción y la realidad, de tal modo que el ejercicio de la violencia es prácticamente un capricho narrativo. En algún momento, el “golfista” interpretado por Michael Pitt rebobinará, literalmente, la película.

Si bien es la película menos lograda de Haneke, la precisión de su puesta en escena es reconocible: la tortura física queda siempre fuera de campo, los planos son extensos y simétricos, las convenciones del género son transgredidas.

Más que una película, Juegos sádicos es un experimento sociológico cuyo cobayo es su audiencia. La película funciona como un test sobre las expectativas de quien mira esperando ver otro episodio de El juego del miedo. Se vende como una película de tortura, pero los rehenes de este juego macabro son sus espectadores. En otras palabras, no podrán ni disfrutar, ni desesperar ante la tortura ajena, sino que serán inducidos a pensar por qué han elegido consumir la tortura como entretenimiento. Autoconsciente, el filme da su respuesta en un pasaje clave en el que uno de los personajes pregunta a su captor: “¿Por qué no nos mata?” La respuesta es una tesis: “No debes olvidar la importancia del entretenimiento”.

***

MAL EJEMPLO / ROLE MODELS, DAVID WEIN, EE.UU., 2008 (****)

mal%20ejemploEn un pasaje clave y sorprendente, el personaje interpretado por Seann William Scott, prototipo de la vulgaridad estadounidense, le explica a un preadolescente negro casi inadaptado y sexópata en potencia el origen y secreto hermenéutico de la banda Kiss: “Son cuatro tipos muy inteligentes. Son unos judíos que nacieron en Nueva York y cantan y se maquillan para conseguir chicas: ¡y todas sus canciones son sobre c…!”. El púber responde: “Creí que los judíos no cantaban eso”. Una película con una línea semejante no puede flotar en la insignificancia.

Aquí, dos adultos, uno sarcástico (Paul Rudd, también guionista) y el otro grosero (W. Scott), tienen que elegir entre ir a la cárcel por un mes o servir 150 horas a la comunidad. Danny (Rudd) y Wheeler (Scott) trabajan hace años como promotores de una bebida energizante y suelen visitar las secundarias disuadiendo de tomar drogas al alumnado. En vez de estupefacientes, la propuesta es beber “orina nuclear de caballos a 6 dólares la lata”. Es un trabajo alienante: Danny lo sabe pero lo acepta resignado. Es así que, tras un impulsivo momento de entusiasmo seguido por un sentimiento de furia, el cáustico Danny habrá de perder su trabajo, su licencia de conducir y su novia, comprometiendo a su amigo en una causa penal sin mucha importancia.

Sentenciados a participar de un programa social en donde los adultos deben acompañar a niños y preadolescentes solitarios cuyos padres no pueden hacerse cargo, Wheeler velará por un niño obsesionado con los pechos de las mujeres y Danny tendrá a su cargo a un nerd fanático de Tolkien. En ese intercambio intergeneracional, Kiss y El señor de los anillos habrán de comportar un código común por medio del cual grandes y chicos se enfrentan al desamparo, un sentimiento que desconoce estadios de crecimiento.

Políticamente incorrecta y secretamente humanista, la película de Wein es un buen ejemplo tanto de las patologías de una sociedad consumida por el consumo y el kitsch como de las expresiones culturales que les conceden a sus miembros algún consuelo cotidiano, incluso un sentido más allá del craso materialismo. Es por eso que debajo de los disfraces medievales y rockeros palpita un tipo de nobleza a contracorriente de una sociedad hechizada por su opulencia.

***

MIL AÑOS DE ORACIÓN / A THOUSAND YEARS OF GOOD PRAYERS, WAYNE WANG, EE.UU., 2007 (*)

200809180710_01292800-pelicula-mil-anos-de-oracionEl nombre Wayne Wang puede sonar extraño, hasta quizás pueda asociarse con el personaje principal de Kung Fu, pero Wang fue el director (y Paul Auster el guionista) de Cigarros, aquel hit de la década del ’90, ese tiempo pretérito en el que se inscribía en nuestro vocabulario el término ‘cine independiente’.

Cuando Wayne no hace cine por encargo, sus películas parecen circunscribirse a la intimidad de sus personajes y a cómo éstos se permiten o no expresar aquello que les es más reservado y valioso. En Mil años de oración, cuyo título se explica en el relato y expone el milagro de que dos sujetos puedan volverse íntimos, Wang se concentra sobre los vínculos parentales y las diferencias culturales: un padre se reencuentra tras doce años con su hija; él vive en China, ella en alguna ciudad de Estados Unidos. La ascética bienvenida en el aeropuerto denota una distancia que excede el territorio.

La aculturación de la primogénita es evidente. Vive y piensa como una estadounidense, mientras que su padre, un viejo comunista convencido aunque no enceguecido (“el comunismo no es malo… Está en malas manos”), intenta descifrar la conducta de su hija recién divorciada para así poder ayudarla. En sus tiempos libres, el padre cocina, pasea, lee y observa. Desde su ventana, descubre el país de la libertad, y en sus caminatas construirá una amistad con una mujer iraní.

Los mejores momentos de Mil años de oración transcurren, precisamente, en el banco de una plaza mientras la iraní, que ama a los EE. UU., conversa, ocasionalmente en inglés y casi siempre en farsi y mandarín, con el comunista, que ama a su hija. En efecto, este casi aceptable drama familiar, que por momentos remite al cine de Ozu, pletórico de planos generales y medios extensos, aunque a veces suavizados por una tenue melodía de piano, sugiere que la identidad depende de la pertenencia lingüística, fenómeno que toda migración radicaliza.

En una escena clave, en donde habrá varias revelaciones, la hija dice: “Si creces con un lenguaje en el cual nunca aprendiste a expresar tus sentimientos, se vuelve más fácil aprender un lenguaje nuevo. Te convierte en alguien nuevo”. Un dilema que en el cine se duplica y que para Wang no es ajeno: ¿cómo filmar en un país desconocido, cómo hacer que el plano cinematográfico deje de “hablar” en inglés?

***

LA CIUDAD DE EMBER / CITY OF EMBER, GIL KENAN, EE.UU., 2008 (*)

Gil Kenan, director de la interesante película animada Monster House (2006), no consigue llevar adelante esta fantasía civilizatoria en la que un grupo de sobrevivientes de la humanidad vive bajo tierra sin saber que el mundo experimentó hace 200 años una catástrofe. Los ciudadanos de Ember tienen sus mitos, su gobierno y un particular sistema de división social del trabajo llamado “el día de la asignación”, y enfrentan un problema energético que pone en riesgo su supervivencia. Dos jóvenes intuyen que existe una salida. Esta aventura, que remite por momentos a Brazil de Gilliam, aunque en una versión infantilizada y victoriana, es narrativamente estéril y mecánica, solamente digerible por su asombroso diseño de arte, pues ni siquiera Bill Murray, Martin Landau y Tim Robbins pueden redimir la insipidez de un relato a la deriva.

***

UN PAPÁ MUY PODEROSO /SWING VOTE, JOSHUA MICAHEL STERN, EE.UU., 2008 (*)

Este filme menor dirigido por Joshua Michael Stern y protagonizado por el siempre injustamente devaluado Kevin Costner es una fábula política y una cabal exposición del imaginario estadounidense en toda su “inocencia”, que bien remite a los clásicos de Frank Capra. Un ex músico y actual empleado de una fábrica en un pueblo perdido de Nueva México apenas puede cuidar a su hija. Más bien es ella la que lo cuida a él, incluso vota por él. Un pequeño accidente en el cuarto oscuro convertirá a Costner en el votante que decidirá el futuro presidente de los Estados Unidos, lo que implicará una campaña exclusiva de seducción por parte de los candidatos dirigida a este borracho bonachón. Es una lástima que el material adicional de Gativideo no proporcione mayor información: las entrevistas a Stern y Costner están recortadas, y el “Detrás de escena” no está lejos de ser un tráiler heterodoxo con algunas opiniones de los protagonistas. El legendario Dennis Hopper, que interpreta al candidato demócrata, dice: “Es muy divertida, pero a la vez es muy seria. Es un enfoque interesante hacia los políticos”. No hay duda de que el filme demuestra el divorcio entre cualquier posicionamiento ideológico y la conquista del poder, aunque finalmente hay una apuesta utópica. Como dice Stern: “El mensaje de la película es que cada voto cuenta. Cada uno de los involucrados en el proceso cuenta”. Milagro de la democracia representativa, una superstición que sostiene todo un sistema.

Copyleft 2009 / Roger Alan Koza

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La Voz del Interior en los meses de julio, agosto y septiembre de 2009