CHOCOLATE

CHOCOLATE

por - Críticas
18 Ene, 2011 03:03 | comentarios

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Alan Koza

LAS PATADAS DE LOS OTROS

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Chocolate, Tailandia, 2008

Escrita y dirigida por Prachya Pinkaew

*Válida de ver

No tiene nada que ve ni con la ópera prima de Claire Denis, ni con el bodrio liberal de Lasse Halström; es una de artes marciales, con algunas sorpresas formales y sin miedo alguno al ridículo.

La película tailandesa Chocolate, de Prachya Pinkaew, es un buen antídoto materialista para conjurar esa tendencia a proyectar un modelo de subjetividad superior en cualquier lugar que se prenda un incienso a Ganesha o se le rinda culto a Buda. Más allá de su relato risible y elemental, es la exposición de una cultura en donde el dinero es un dios visible y una economía libidinal eficiente. La violencia y la crueldad extrema, siempre ligadas al dinero, son marca registrada del cine oriental, dominio que excede al cine tailandés y de género.

Pero Chocolate, que no deja de ser un objeto de estudio interesantísimo, no tiene pretensiones sociológicas, ni artísticas. Su objetivo es ubicuo y unívoco: entretener a las patadas. Zen, una niña autista, apenas capaz de comunicarse verbalmente, fóbica a las moscas, aunque dotada de una percepción sobrenatural y autodidacta luchadora marcial, batalla contra una pandilla antiguamente asociada a su madre, quien padece de una grave enfermedad. Así, Zen, acompañada de su primo Moom, recolecta dinero a las patadas para pagar el tratamiento médico. El contexto es doble: un enfrentamiento entre mafias, precedido de una disputa amorosa entre el líder de un clan de pandilleros con tendencia al travestismo y un yakuza, padre de Zen, que se recluirá en un monasterio Zen. No es difícil adivinarlo: el fuerte de Chocolate no está en su relato.

Desvergonzadamente kitsch, Chocolate entremezcla una estética de videojuego y videoclip para llevar adelante su historia. Pinkaew muestra paulatinamente su talento para coreografiar peleas y dominar el espacio cinematográfico; los últimos 20 minutos son asombrosos: una contienda entre las reces y un gran choque final entre gángsters y Zen, cayendo y subiendo por cornisas y carteles, alcanzan para justificar la película (el raccord entre dos planos de grúa para seguir un segmento de la pelea es magistral).

Nadie adoptará la posición de padmasana tras ver Chocolate, aunque es probable que en la total insignificancia de su trama se perfile un poco el alma moderna de los orientales. La única certeza es que Pinkaew sabe muy bien cómo registrar el cuerpo en movimiento. Aquí, las patadas son esencialmente orientales.

Esta crítica fue publicada en el diario La voz del interior durante octubre 2010.

Roger Alan Koza / Copyleft 2011