VIVIRÉ CON TU RECUERDO

VIVIRÉ CON TU RECUERDO

por - Críticas
19 Dic, 2016 01:09 | Sin comentarios

*** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza

LOS FANTASMAS NO HABLAN

Viviré con tu recuerdo, Argentina, 2016

Escrita y dirigida por Sergio Wolf

*** Hay que verla

El realizador vuelve a «encontrarse» con el personaje de su primera película, Ada Falcón. Lo que sucede en esta ocasión poco tiene que ver con un romance. El problema es otro: hacer hablar a un fantasma

En la página 57 de su singular Notas sobre el cinematógrafo, Robert Bresson dice: “Cuando un sonido puede reemplazar una imagen, suprimirla o neutralizarla. El oído va más hacia adentro, el ojo más hacia fuera”. El misterioso aforismo parece contradecir el sentido común. Cuando hablamos de cine, la preeminencia de lo óptico parece un absoluto; se establece una sentencia apodíctica, que suele prevalecer cuando se habla de cine: el cine es el dominio de las imágenes en movimiento; los sonidos, eventualmente, las acompañan, o constituyen el volumen de la visibilidad del mundo.

Viviré con tu recuerdo parte de la siguiente e involuntaria evidencia: una imagen no puede reemplazar el sonido. La deficiencia sonora, que es la condición inicial del film, se transformará en una obsesiva épica audioperceptiva para el realizador. En efecto, Sergio Wolf hará todo lo que esté a su alcance para hacer hablar a la imagen sin sonido que pone en movimiento su película. Se constatará después de una hora y minutos que le faltó solamente contratar a un médium capaz de comunicarse con el espíritu de la cantante Ada Falcón para que hable desde el más allá; la elegante racionalidad que lo define como cineasta lo detuvo de esa descabellada empresa esotérica.

Todo comienza con una lata de 16 mm que se había filmado en el primer rodaje fallido de lo que finalmente fue la ópera prima de Yo no sé lo que me han hecho tus ojos, el hermoso documental de Wolf codirigido con Lorena Muñoz (Gilda: No me arrepiento de este amor), en el que rastreaban una historia de amor entre Falcón y el compositor Francisco Canaro, una relación sentimental tormentosa que tuvo consecuencias en la vida de la cantante. Un buen día, la famosa artista devino imperceptible, dejó de existir para el mundo del espectáculo y por décadas nada se supo de aquella mujer que en su juventud había sido un ícono del tango. En ese film, los realizadores terminaban por hallar a la cantante que había elegido pasar el resto de su vida en un convento situado en la provincia de Córdoba; en el desenlace la entrevistaban; se trataba de un cierre apasionante.

Viviré con tu recuerdo no suma prácticamente nada al trabajo detectivesco existencial del film precedente, pues excepto por un paseo en el museo “La joyita”, la vieja casa de la cantante en Salsipuedes, donde vivió con su madre, ningún misterio o secreto habrá de descifrarse en este “reencuentro” del director con su personaje. El tema aquí es otro, y tiene más que ver con el enigma que comporta la voz humana y las relaciones que se establecen entre la imagen y el sonido en el cine; es también por eso que no resulta necesario haber visto Yo no sé que me han hecho tus ojos, que además se resume en el prólogo de este film, de tal forma que la potencial falta de conocimiento del primero no deje afuera a nadie del segundo.

El conflicto central es el siguiente: la primera entrevista registrada en el primer rodaje, la que estaba perdida, no cuenta con sonido. En aquel entonces, no mucho tiempo atrás, se grababa enteramente el sonido por separado, de tal forma que la película en sí carecía de sonido. Wolf cree que en ese encuentro Falcón puede haber dicho algo más sustancioso que el diálogo posterior que es el que sí está en Yo no sé que me han hecho tus ojos; en esa oportunidad, Falcón no era totalmente sorda y tenía menos inconvenientes para expresarse. Por esa razón, el director se propone restituir lo dicho en ese primer registro de todas las formas posibles. ¿Qué puede hacer frente a la doble ausencia, la de un muerto que ya no habla y la de su voz eternizada en una cinta magnética que nadie sabe en dónde puede estar? Ese problema técnico inicial transforma la obstinación de un director obsesivo en una aventura epistemológica, que a su vez ilumina la dimensión inadvertidamente siniestra y fascinante de la voz como fenómeno, que en el cine suele cumplir una función determinante y que es asimismo imposible disociar del cuerpo desde donde surge.

Wolf indaga y recurre a los que saben; pueden ser escritores, colegas, especialistas en la materia; también consulta libros diversos, algunos de lingüística, otros de cine. Junto a su montajista, el también cineasta Hernán Rosselli, va dialogando sobre su estéril incursión en saberes heterogéneos que no consiguen conjurar del todo la insobornable falta de audio. Wolf compara las dos entrevistas, la que quedó afuera y la que sí fue parte de la película, y descubre lentamente sus diferencias y similitudes; en las repeticiones significativas frente al material que revisa una y otra vez reconstruye algo del sentido. Los labios prácticamente sellados de Falcón son casi ilegibles, pero en la insistencia Wolf rescatará incluso algunas oraciones completas. A esa altura está claro que el tema del film no es otro que la persistencia de la inteligencia frente a la adversidad. Ante la resistencia de lo real, un hombre busca todos los caminos posibles para resolver con lo que tiene a su alcance lo que se ha propuesto saber; los materiales disponibles parecen insuficientes, pero él cree que si insiste podrá alcanzar una respuesta.

A esta altura, también, el film ya ha dicho mucho sobre el microscópico trabajo del cineasta, que debe detenerse frente a los dispersos fragmentos arrancados al mundo que se congelan en una imagen y que pueden albergar en un microsegundo un sentido fugaz o una revelación diminuta que es en sí misma un acontecimiento (cinematográfico). Para poder ver y oír hay que repetir, insistir, observar, escuchar, cuantas veces sea necesario, para así descubrir ese instante en el que la materia filmada devuelve una réplica diferencial del orden del mundo en la que se consigue inteligir lo que se desconoce y el cine devela.

Es verdaderamente emocionante cuando Wolf consigue “escuchar” de los labios de Falcón una oración completa. Es también espeluznante cuando al plano sin sonido de Falcón hablando se lo inspecciona agrandándolo o yendo hacia él para analizarlo en una escala impropia. La boca y los labios se separan del propio cuerpo, como antes del sonido perdido. Más sublime y ominoso resulta aún mirar el negativo de la vieja película: la figura de la cantante es el semblante de un verdadero espectro. Siempre supimos que el cine es un arte de fantasmas, pero la constatación empírica no deja de ser sensiblemente devastadora.

Algo similar habrá experimentado el propio cineasta, que deber haber visto y comparado los propios cambios físicos de él en los tres registros que conforman la nueva película: su propio semblante no es el mismo en la película de 16 mm (que no se utilizó) que en la entrevista que sí fue parte del film anterior (rodado un tiempos después), y es distinto también en este film, donde se conjugan tres tiempos del propio director frente a cámara. Involuntariamente, él se convierte en una prueba del tiempo. Su espalda se curva, el pelo se vuelve más gris, el volumen del cuerpo ya no es el mismo, su voz tampoco. He aquí una irrefutable verificación de que el cine es antes que nada segmentos de tiempo aprehendido en su propio desenvolvimiento.

Viviré con tu recuerdo tiene otros pequeños hallazgos que están lejos del vínculo que el cine tiene con los fantasmas. En el film de Wolf también hay vislumbres de lo inadvertidamente hermoso de este mundo. En este caso, no se trata de nada excepcional. Entre los convocados a sumarse a la búsqueda maniática de Wolf por hacer hablar al fantasma material de Falcón, se encuentra una mujer bellísima que es sordomuda y se dedica a la lectura de labios. Es el segmento final del film y ostenta una delicadeza que no puede ser soslayada. La altura de cámara, la distancia elegida entre el lugar del registro y la mujer, la relación entre la luz y la sombra en la que se percibe su figura y la decisión de mantener en fuera de campo la secuencia que ella está mirando denota una seguridad en el registro y una atención sensible sobre el objeto más cinematográfico de todos: el rostro. Esa mujer podría ser Falcón en su juventud o la primera mujer jamás filmada. Detectar la belleza y hacerla durar en el tiempo es también una discreta misión del cine.

Esta crítica fue publicada en la Revista Ñ en el mes de septiembre de 2016

Roger Koza / Copyleft 2016