
UNA PELÍCULA SIN EPISODIOS NI PAISAJES (06)
Durante el resto de la tarde, iba a verse sometido a duras pruebas.
Lo cierto es que no esperaba que el Letón, vigilado como estaba, osara tomar ninguna iniciativa comprometedora.
Pero ¿no veía en él, desde la mañana, un comienzo de derrumbamiento? ¿Y no podía confiar en llevarlo hasta el final, mediante la presencia de esa silueta siempre interpuesta, como una pantalla inerte, entre él y la luz?
El Letón tomó café en el vestíbulo, se hizo traer un abrigo ligero, bajó por los Campos Elíseos y se metió, algo después de las dos, en un cine de barrio.
No salió de ahí hasta las seis, sin haber dirigido la palabra a nadie ni haber arriesgado el menor gesto equívoco.
Perfectamente acomodado en su butaca, había seguido con atención las peripecias de una película pueril.
De haberse dado vuelta, mientras iba hacia la Place de l’Opera, donde tomó a la salida del cine una copa, hubiera comprobado que la silueta de Maigret carecía de nervio.
Y quizás habría adivinado que el comisario comenzaba a dudar de sí mismo.
Eso era algo tan cierto que, a lo largo de las horas transcurridas en la oscuridad, frente a una pantalla en la que se movían unas imágenes que no intentaba distinguir, el comisario no había dejado de considerar la posibilidad de una detención rápida.
Pero sabía perfectamente lo que le esperaba en tal caso. ¡Ninguna prueba precisa! […]
Y luego ¿qué? ¿Acaso había tenido tiempo de pensarlo? «Mirá eso…» había dicho por la mañana una clienta del Majestic. […]
«Eso» era un hombre que no iba a un sastre inglés para que le confeccionaran los trajes […], un comisario con dos mil francos de sueldo al mes que, al terminar un caso y poner entre rejas a los asesinos, debía sentarse ante una hoja de papel, establecer su lista de gastos, adjuntar recibos y justificantes, ¡para no pelearse después con los de contabilidad!
Maigret no tenía auto, ni millones, ni colaboradores múltiples. […]
Pietr el Letón, a tres pasos de él, pagaba su copa con un billete de cincuenta francos sin alzar el vuelto. ¿Manía o alarde? Después, entraba en una sastrería y pasaba media hora eligiendo doce corbatas y tres camisas, dejaba su tarjeta sobre el mostrador y se iba mientras un impecable vendedor corría tras sus talones.
Georges Simenon, Pietr el Letón (1931)
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