
P3RRON3 ÍNTIMO
EN LOS OJOS DE RAÚL, EN SUS MANOS
Varios cineastas tienen alguna relación de preferencia con un arte que pueden o no conocer a fondo. Algunos sienten la cercanía del plano con la partitura, otros, con el verso. La pintura es un destino para muchos, cuyo influjo puede detectarse en un interés peculiar por la luz, en la noción de distribución de un todo en el plano, en el trabajo sobre las proporciones, en la manía por el detalle. Muchos apellidos célebres se pueden citar: Bresson, Sokurov, Jarman… Maestros del cine atentos al atentos al arte pictórico, como también lo es Raúl Perrone. Para corroborarlo, bastaría analizar distintos planos de sus películas, incluso las que hizo antes de su deriva digital a principios de la segunda década de este siglo, aunque hay una película breve pero notable llamada Hierba (2015), donde el cineasta no teme en intervenir pinturas de algunos maestros decimonónicos de Francia y prodigarles movimiento. Es una película importante en su carrera, no del todo conocida, demasiado hermosa, demasiado loca.
Hay algo en común en lo que sucede entre el ojo y el objetivo de la cámara: lo que está en frente suscita una respuesta, intersección entre el observador y lo observado de la que nace una representación. ¿Qué significa representar? Volver a hacer presente lo que estuvo presente en otro presente. Sin embargo, no es exactamente el estímulo recuperado en sí, sino una restitución de algo que ha pasado en algo parecido, no del todo idéntico, que vuelve a ser de otro modo, pero manteniendo un lazo intrínseco con el estímulo original. En toda representación se yuxtapone lo que ya es nuevo con lo que recién apenas fue y ahora permanece, transformado, en el tiempo. Lo que es cualitativamente distinto en origen radica en lo siguiente: la representación que implica solamente al ojo es de índole orgánica, no la de la cámara, lógicamente, que es mecánica y ahora, además, aunque no necesariamente, digital. ¿Por qué decir todo esto, algo que suena tan enrevesado? Porque se trata de recuperar algo común al modo de operar de quien dibuja, de quien filma.
Es bueno insistir un poco más y detenerse a pensar sobre la relación que existe entre el ojo, la luz, la mano y los objetos de una representación. ¿Por qué? Porque al hacerlo acaso nos colmemos de asombro. Un plano, una pintura o un dibujo son objetos de asombro. En efecto: alguien mira algo y es capaz de hacer coincidir el mundo que fluye ante la conciencia y que no responde a su voluntad con algo nuevo que lo detiene en un instante que permite verlo para siempre. Dibujar, pintar, filmar son movimientos ligados al tiempo que dependen de la sensibilidad y de los que emergen una representación. Los ojos de Raúl y lo que pueden hacer sus manos, también lo que devuelven sus ojos tras mirar al mundo desde el visor de la cámara, constituyen una experiencia estética para aquel que tiene la dicha de mirar con él. Encantamiento, recogimiento, asombro.
Frente a la obra de arte, a veces, surge una inquietud: ¿cómo habrá sido, por ejemplo, la escena que vio, imaginó y entrevió Jean Baptiste Siméon Chardin en su obra La raya? El gato estremecido que camina alrededor de los pescados, ¿habrá existido? ¿Quiénes habrán sido el hombre y la mujer que están sentados para siempre esperando completar lo que falta en la mesa sin poder lograrlo, porque no tienen trabajo? Sin pan y sin trabajo, a pesar de ser una obra de 1894, nunca deja de ser actual, lo que señala a argentinos y argentinas la evidencia del fracaso conjunto de nuestra forma de vivir juntos. Los ojos de Ernesto de la Cárcova suspendieron una escena de lo inadmisible, quizás porque el artista sintió que no podía permitir que la indecencia no se reconociera en el tiempo. Es necesario representar la indecencia. Lo que observó alcanzó a reponerse piadosamente en una pintura en la que vive aún un sentimiento que pudo ser transferido por el movimiento delicado de la mano gracias a una mediación física, un simple instrumento llamado “pincel” que puede hacer visible lo que fue solamente alguna vez. ¿Qué vio Raúl Perrone en las manos y en la mirada de Nicéforo Galván cuando siguió la travesía de su personaje en La mecha? Una pintura, un dibujo, una caricatura, un plano no dejan de ser nunca una proeza del espíritu. Que hoy pueda olvidarse fácilmente el milagro de que cosas así sucedan es comprensible. El pedido de un usuario a la inteligencia artificial puede devolverle una secuencia de imágenes presuntas, como una pintura o una caricatura. Pero la vacua eficiencia de una máquina no sustituye el asombro que prodiga el sentimiento y la inteligencia transformados en obra de arte.
La relación del cine con la pintura no es nueva, tampoco lo es su relación con la caricatura. Serguei Eisenstein estaba interesado en los dibujos de Honoré Daumier y André Gill. Este último fue el maestro de Émile Cohl, el cineasta incoherente, quien hizo caricaturas y también películas animadas. Que el más libre de nuestros cineastas, el independiente que ha inventado una geografía cinematográfica llamada “Ituzaingó”, haya tenido un paso feliz por el arte de la caricatura es un hecho notable en su biografía, dato vital que alienta a establecer conexiones con la historia del cine, aunque nos remitamos a épocas distantes. Porque esto debe ser dicho: Perrone pertenece ya a la gran historia del cine.
Perrone dibuja, Perrone filma. Lo hace sin ninguna teoría que guíe sus impulsos y decisiones de puesta en escena, pero tras décadas de trabajo cuenta con un saber asentado en una práctica probada que tiene sus propias reglas. En lo que refiere a la caricatura, hay un principio simétrico que respeta las proporciones del cuerpo en su totalidad. En Perrone dibujante la figura nacida del lápiz no se ordena necesariamente a propósito de un punto de referencia del cuerpo y la cara saliente que podría ser ideal para sobrecargar en él el paso a la distorsión de lo real. Ese énfasis es preferencial para la caricatura irónica o sarcástica. El ojo de Perrone atiende a otra cosa porque la relación con el retrato es afectiva e incluso, en ciertos casos, de admiración. El ojo y el corazón se extienden a la mano, que tiene la misión táctil de encontrar el movimiento exacto por el cual las líneas permanezcan fieles a un sentimiento de cariño. En este sentido, las caricaturas de Perrone remiten a la transcripción de los latidos que produce un electrocardiógrafo.
Ahora tenemos los dibujos de Perrone sobre cineastas e intérpretes a nuestro alcance. Es un motivo de celebración. Poco se conoce de Perrone como dibujante. ¿Habrá en el futuro una película de animación? Las caricaturas avisan que el cineasta de Ituzaingó podría hacer esa película, inesperada como tantas otras. Perrone filma, Perrone dibuja.
Raúl Perrone, P3rron3 íntimo, ASL ediciones, Buenos Aires, 2026. 126p.
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Roger Koza / Copyleft 2026

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