LA CASA DEL CINEASTA: UNA PELÍCULA PERDIDA

LA CASA DEL CINEASTA: UNA PELÍCULA PERDIDA

por - Columnas
17 Jun, 2026 05:09 | Sin comentarios
Un recuerdo de infancia junto al abuelo, algunos libros de una escritora chilena, varias fotografías y un concepto recurrente: lo rasgado.

Una imagen llega a mi memoria con insistencia. Aparece de golpe, en los momentos menos pensados. Esa imagen tiene movimiento porque un pequeño suceso la contiene y el que mira, pasa. Trataré de contarlo con la mayor fidelidad. Volvíamos de algún sitio, a pie, con mi abuelo paterno. Yo, que tendría alrededor de ocho años, caminaba del lado de la pared. Aunque solía acompañarlo a su ferretería en Remedios de Escalada e íbamos juntos a la cancha de Banfield, no me parece que volviéramos de esos lugares. Sí sé que volvíamosporque la dirección del movimiento es hacia nuestra casa, en la cuadra siguiente. Si fuera la toma de una película diría que empieza unos pasos antes del encuentro del que quiero hablar, sin saber de dónde venimos, y termina unos pasos después, sin la llegada a la casa. Una toma aislada de una película perdida. Ahí vamos. La calle está vacía. Atardece y hace un poco de frío. A mitad de cuadra hay una puerta de madera de dos hojas y una de ellas está entreabierta. Detrás de la puerta, un hombre sentado en el zaguán alza la cabeza para mirarnos pasar. Tiene la edad de mi abuelo y viste con un abrigo oscuro que hace que su rostro y sus ojos emerjan con más énfasis bajo la luz pálida. No nos detenemos; la visión es fugaz. Mi abuelo también lo ve porque lo saluda. No sé si hay respuesta. La voz del dueño de casa no impregna mi memoria. Sólo el rostro entrevisto de ese hombre inclinado hacia la calle y la voz de mi abuelo. Después del saludo, unos pasos más adelante, mi abuelo me comenta: “Es un fotógrafo extraordinario”. 

Aunque me esfuerzo por descubrir nuevos detalles, el suceso está aislado en mi memoria, como si hubieran gritado corte y la continuidad estuviera abierta, pura potencia, hasta que alguien eligiera unos de los devenires posibles a través del montaje. Intento, también, detener el movimiento para mirar hacia el interior de la casa. Pero no es posible. La imagen se resiste a la detención. ¿Me dijo mi abuelo algo más? ¿Lo nombró? ¿Me habló de qué tipo de fotos sacaba nuestro vecino? ¿Se lo pregunté? ¿Me importó en ese momento saber algo más? Supongo que haría fotos de estudio, que retrataba a la gente del barrio en épocas que no era común para la mayoría de los trabajadores tener una cámara propia. Pero es una mera conjetura. No recuerdo otra conversación sobre el fotógrafo. Muchas veces, eso sí, pasé por esa vereda, en los años siguientes, y siempre encontré la puerta cerrada.

En mi casa natal vivió mi padre desde siempre y, antes que él, sus padres y sus abuelos. En el terreno del fondo, que era más grande que el que conocí, había una gran pajarera. Un palomar, para ser exacto, con palomas mensajeras, una de las pasiones de su abuelo. Hacía años que ya no estaba cuando nací. Mi padre me habló muchas veces de las soltadas de las aves, desde un campo en Cañuelas, del frenesí del regreso al palomar, de la recompensa de agua y comida. Una vez, las habían soltado en Córdoba y las palomas habían volado muchas horas para volver. Compartíamos con mi padre la admiración por ese instinto que les permitía reconocer el camino. Algunas veces me habló de los mensajes, pequeños papeles que llevaban atados a sus patas. Ocupado en contar el esmero que había que poner para aferrarle estos papeles en las patas, nunca me explicó de qué tipo de mensajes hablaba ni a quiénes estaban dirigidos, si lo que hacían las palomas era simplemente volver a su jaula.

En un cajón de su escritorio mi padre tenía una caja con fotos. Digo esto y pienso que una caja con fotos es un rastro de otro mundo. Un día descubrí, en el fondo de esa caja, una foto pequeña, de 6,5 centímetros por 9 centímetros, de bordes aserrados. Hablo en presente porque la conservo y la estoy mirando en este momento. En un patio, un hombre vestido con traje y corbata sostiene en brazos a un niño pequeño. El hombre mira a cámara. El niño, hacia abajo. Detrás de ellos hay un gran ventanal de vidrios repartidos y, debajo del borde inferior, sostenido por dos grampas, un macetero con plantas florecidas. Detrás de la foto hay una inscripción: Carlos y Julio, 12-10-1938. Mi abuelo y mi padre. Cuando descubrí la foto, le pregunté a mi padre si había sido tomada en el patio de nuestra casa porque ese ventanal ya no estaba y no tenía recuerdo de él. Me dijo que sí, que era una parte de la casa que habían remodelado. Como intentaba recomponer el espacio, le pregunté por la ubicación de esa ventana y la del palomar. Me explicó someramente lo de la remodelación y después señaló el borde derecho de la foto: “El palomar estaba más allá, unos metros hacia el fondo”. Enseguida se alejó. Iba a pedirle que salgamos al patio para que me señalara los lugares con mayor precisión, pero no lo hice. Era notable que no quería detenerse demasiado en ese recuerdo. Y creo entender por qué.

Mi padre nació un 8 de octubre, por lo que no es disparatado pensar que el día que se tomó la foto era un día de festejo, el de su cumpleaños. Festejo a medias porque mi padre ya era huérfano: su madre había muerto un año atrás. Vuelvo a mirar la imagen, trato de ver. Mi abuelo no sonríe. Tiene en brazos al niño de modo que también mire hacia adelante, pero el pequeño mira el piso. Para que conserve el equilibrio, el padre tiene su mano izquierda apoyada con delicadeza en el pecho del hijo. Busqué otras imágenes del evento. Pero no había más. ¿Era realmente la única foto? ¿El resto se había perdido o se habían desprendido de ellas por alguna razón? ¿Quién más estaba en ese patio? ¿Qué tipo de emoción circulaba entre todos los presentes?  Y una pregunta que no pude ni puedo dejar de hacerme, una pregunta menor, claro, pero que, por alguna circunstancia desconocida, me resulta importante: ¿Era el hombre inclinado hacia la vereda, el que nunca más vi, quien había tomado la foto? 

Ramal

Una cosa es una caja con fotos y otra muy distinta un álbum de fotos. La organización en un álbum -uno físico, no los digitales impuestos actualmente- les otorga otro estatuto a las imágenes familiares. Casi siempre aísla momentos, otorga un orden, una selección.  El álbum libera a las fotos del desorden de la caja en el que conviven, como en una tienda de antigüedades, distintos episodios y tiempos. Las vacaciones en Santa Teresita, el nacimiento de la nieta, la visita del tío de Aragón, el certamen de malambo. Imágenes de momentos importantes de la vida cotidiana separadas con cuidado para después. ¿Pero se ordenan las imágenes para cuándo y para quién? ¿Qué se ve cuando los propios protagonistas miran esas fotos veinte, treinta, cuarenta años después? ¿Qué rasgadura ha ocurrido entre la hechura del álbum y su reencuentro? ¿Y si los que miran son ajenos al suceso? La pregunta no tiene una única respuesta, claro, porque lo que se ha rasgado está sujeto a múltiples circunstancias. La pareja de las vacaciones se separó. Se murió un hijo. El abuelo, tan lúcido y vital, está con alzheimer. Los retratados están muertos o son desconocidos. La lista podría seguir porque el tiempo suele ser despiadado o indulgente con las valoraciones de lo vivido. Algunas personas no toleran ver imágenes del pasado. Otras miran las fotos de su infancia como un paraíso perdido e idealizado. Lo cierto es que los grados de distancia con las imágenes pueden considerarse de distinta manera. Pero hay algunas de ellas que, en cierto momento de la vida, nos hablan y se callan, al mismo tiempo, y por eso no nos dejan indiferentes. Producto de esa tensión entre lo dicho y lo callado, hay imágenes que nos dejan como dice Cynthia Rimsky en su libro Ramal: “Cautivos del alero que gotea, pasan las horas contemplando en las nubes lo que las nubes no dejan ver”. 

En otro de los libros de Rimsky, Poste restante, hay un álbum de fotos. La narradora, que a veces escribe en primera persona y a veces en tercera, y que se llama Rimsky como la autora, nos cuenta: “Un domingo de octubre de 1998 encontró en el mercado persa de Arrieta en Santiago un pequeño álbum de 11,5 por 9 centímetros, forrado en un tapiz de evidente origen extranjero. Las fotografías mostraban a una familia de vacaciones, medían 6 por 8,5 centímetros y estaban enmarcadas en una pestaña de cartulina color crema cuyos bordes interiores habían sido cortados con una tijera zigzag. En la primera página habían escrito con lápiz grafito algo indescifrable:<<Plitvice in Jezersko / Rimski Vrelec/ Bled>>. Su apellido es Rimsky. La diferencia en la última letra bastaría para saber que no se trata de la misma familia, sin embargo, al dar vuelta la página y ver la primera fotografía

                          una caída de agua

experimentó la emoción del viajero cuando escoge un camino que lo llevará a un lugar desconocido. Ignora si sus abuelos prefirieron convertir su pasado en algo desconocido o sus padres no mostraron interés en conocerlo. Su historia familiar siempre fue una pregunta por el olvido más que una certeza de la cual asirse. Fragilidad que se trasladó al nombre al ver los inmigrantes como el funcionario de Aduanas chileno inscribía a los Cohen como Kohen, a los Levy como Levi, por lo que Rimsky podría haber sido Rimski”.

La narradora realiza un viaje que incluye Londres, Israel, Egipto, Chipre, Rodas, Turquía, Ucrania, Praga, Polonia, Austria, Eslovenia. Parte, claro, de Santiago de Chile. Y allí regresa. “Al momento de encontrar el álbum de fotografías en el mercado persa había planificado un viaje a Ucrania. Como su interés no era encontrar parientes o el nombre en una tumba, decidió que buscar el origen de las fotografías podía ser un destino tan real como el otro”.

Aunque el movimiento tiene un propósito y un destino, Rimsky no va hacia allí directamente, sino que se demora para atender a los detalles laterales, a los deslumbres y a los desvíos, a lo que se muestra frágil ante sus ojos. Los descubrimientos, pequeñas epifanías, van conformando, como en un diario extrañado, los distintos fragmentos de Poste restante. Las fotos son el origen para que Rimsky parta, no para encontrar las respuestas y desmantelar los enigmas, sino para dar cuenta de lo que recolecta la mirada en el mientras tanto. El modo como la moja la lluvia mientras desconoce dónde está el río, la singularidad de algunas personas con las que se cruza, las ruinas, la manera en que una anciana remoja en café un pan duro, el revuelo de los pájaros nocturnos que vuelven a la costa, las cicatrices en un vientre provocadas por una bomba, el miedo a seguir de largo, mientras mira los campos de trigo y los gansos, que la pueden llevar a no reconocer Ulanov, el pueblo que busca. Nombro sólo algunas de las tantas maravillas del mirar y del decir que nos regala Poste restante. Una persona afirma que hablar con la viajera fue “como mirar por una ventana”. Otra le pregunta cómo le fue en la búsqueda y “la chilena le cuenta que comió grasa frita con papas, cebolla y huevos, como hacía su abuelo en 1906”. Al hacerse cargo de la opacidad del mundo y de su propia historia la escritura da cuenta de los arrebatos de la percepción, de las apariciones que surgen a su paso. Revelaciones maravillosas del merodeo. Fertilidad de lo rasgado. Y somos, los lectores, felices destinatarios de estos hallazgos. 

En una de las entradas, hacia la mitad del libro, Rimsky se hace una pregunta: “Pero si no se ve lo que es dable ver, ¿qué se ve?”. Vuelvo a mirar la foto de mi abuelo y de mi padre, la pongo sobre la palma de la mano, la fotografío, con las marcas de mi mano detrás, para ampliarla y ver si algún gesto pasó desapercibido. No, no hay otro dato que se muestre significativo. Pero seguramente lo hay. Leo nuevamente la cita de Poste restante que anoté en una libreta: “Pero si no se ve lo que es dable ver, ¿qué se ve?”. Son las cinco de la tarde y el cielo está gris. Quedan algunas campanitas lilas en la bignonia de verano. Una línea de macetas promete un horizonte. No sé qué me viene a decir esa bandada de palomas que vuela en círculos sobre el patio. ¿Tendrán mensajes en su patas, decires nuevos? Les digo, mientras giran en su danza precisa y fugaz, aunque dudo de que puedan escucharme, que el temor perdura, que tengo miedo, cada día y cada noche, mientras miro el mundo, que tengo miedo de que los ojos se me fosilicen y ya no pueda ver otra cosa distinta a las que he visto.

Gustavo Fontán / Copyright 2026