
HIJO MAYOR
VIVIR AFUERA
Entre 1961 a 1987, Corea del Sur vivió con gobiernos dictatoriales. No hubo lugar para la disidencia; la represión fue el placer de los verdugos. Los primeros coreanos que llegaron a Argentina lo hicieron a mediados de los 60; a mediados de los 80, el flujo migratorio se intensificó. Cecilia Kang nació en Argentina, tiene los ojos rasgados, pero habla como una porteña. Ni siquiera exhibe el acento de sus padres. Es hija de primera generación. Las muy valiosas películas precedentes de Kang (Mi último fracaso y Partió de mí un barco llevándome), por vías distintas, giraban en torno a ese desplazamiento que no es solamente territorial. Vivir afuera es aprender una forma de vida.
La novedad de Hijo mayor radica primero en que Kang ha elegido examinar el mismo tema desde la ficción, más allá de la coda del final, en que su familia retoma la trama desde la propia memoria y no desde la representación. Es un camino de indagación diferente. La ficción permite distancia, conjetura e interpretación; la no ficción implica cercanía y un imperativo de transcripción fidedigna de la experiencia. No obstante, la amalgama no da como resultado una película híbrida. La distinción entre ficción y realidad se mantiene inteligible. En esa diferencia, justamente, la película conquista su pudorosa clarividencia.
La heterodoxa estructura de la película es orgánica: empieza en algún tiempo no muy lejano al actual, cuando un padre coreano lleva a su hija argentina a pescar con amigos y compatriotas a algún paraje de Entre Ríos. Entre un sorbo y otro de soju, y la espera obligatoria del pique al lado del río, las condiciones para la conversación y el recuerdo son auspiciosas. Lila (interpretada por Anita B Queen) conoce algo más del pasado de Antonio. A los 40 minutos, después de conocer algo más de su papá, la hija imagina cómo fueron los primeros meses de Antonio en América del Sur, cuando llegó a Paraguay sin nada, sintiéndose muy lejos de su esposa y su hija (la hermana mayor de Lila). Irse a la Argentina, un poco más tarde, resultó auspicioso. Lo imaginado es un largo tramo. El tercer movimiento, más breve, es notable: padre e hija regresan del viaje, suben las escaleras, llegan a la casa y revisan un álbum de fotos junto a la madre. Sin percibirse casi el cambio, los personajes de la ficción abandonan la escena y los familiares de la propia cineasta los reemplazan mirando otras fotos. Ellos también repasan algo de sus vidas previas.
Películas como Hijo mayor revelan las contingencias de cualquier vida a la que se le preste atención en sus detalles. El cambio de idioma no es una cuestión meramente comunicacional: las palabras de los otros no son signos escritos de otro modo, implican una relación específica con las emociones y una expresividad distinta. El cambio de idioma para contar una cosa y volver sobre otra es distintivo en el caso de Antonio; su bilingüismo tardío es algo más. Fuma y bebe como los coreanos, pero cuando se dirige a su hija parece un rioplatense disfrazado de oriental. En ese sentido, la reconstrucción de la vida juvenil del padre es también la de un aprendizaje.
Tanto Kang como Lila son argentinas, pero también acarrean una memoria de otro lugar y de otra lengua; también, una historia que no es propia pero no se puede olvidar. Ese misterio de ser y no ser, de pertenecer y no pertenecer es lo que ordena cada plano de Hijo mayor. En eso que no se puede traducir, en lo indeterminado, justamente ahí la película delinea un pasaje de percepción y experiencia al que ningún traductor puede acceder para equiparar con exactitud el sentido de las palabras.
***
Hijo mayor, Argentina, 2025.
Escrita y dirigida por Cecilia Kang.
Con Kim Chang Sun, Suh Sang Bin, Anita B Queen.
*Publicado por el diario La Voz del Interior.
Roger Koza / Copylegft 2026


Últimos Comentarios