
A LOS HINCHAS DEL CINE
Había una vez un programa de televisión que pasaba películas a la medianoche. En todo el país, los amantes del cine, los curiosos y los que sufrían de insomnio encendían el televisor para ver clásicos y rarezas del cine. Ese programa dedicaba especial atención al cine argentino del siglo XX. Cada tanto, se pasaban películas de Hugo del Carril, René Mugica, Carlos Hugo Christensen, Rodolfo Kuhn o Manuel Romero. Cada vez que se programaban películas vernáculas, Fernando Martín Peña, el conductor, le recordaba a la audiencia un dato escandaloso: Argentina no tiene una cinemateca nacional. Las películas del pasado no están en ninguna parte, mueren.
Por esa razón, solamente, las 15 películas de Manuel Romero que se exhibirán en 16 mm en el Cineclub Municipal Hugo del Carril representan una oportunidad única para conocer buena parte de los títulos de un cineasta fundamental del cine clásico argentino. Es única porque no hay otra forma de encontrarse con las películas. Los pocos títulos que pueden verse en Internet, casi sin excepción, tienen una calidad de sonido y de video sumamente defectuosa. Basta darle un vistazo a El diablo andaba en los choclos (1946) o Noches de Buenos Aires en YouTube para comprobarlo: más que ver, hay que imaginar o desentrañar. En este ciclo titulado “Romerolandia”, el personaje de Luis Sandrini en la primera película citada y el de Tita Merello en la segunda no lucirán como fantasmas imprecisos.
Es menester dejar las cosas en claro: poder ver películas en fílmico es un privilegio; que Peña y Paula Félix-Didier, dos personas que han dedicado sus vidas a preservar el cine argentino, las presenten, es un segundo privilegio. La revista La Vida Útil, el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken y la Filmoteca Buenos Aires, junto con el Hugo del Carril, merecen nuestro reconocimiento y nuestro agradecimiento por la organización y el esfuerzo colectivos; y también nuestro compromiso: asistir es casi un deber.
Un viaje en el tiempo
Si alguien cuenta con tiempo suficiente y ve todas películas del jueves al domingo, se percatará de que la experiencia no podría ser otra que la de un viaje en el tiempo:: el castellano rioplatense suena distinto, el movimiento del cuerpo de los intérpretes se revela misterioso, como los comportamientos y el modo de expresar sentimientos. No se trata solamente de apreciar al mobiliario y la indumentaria, o sorprenderse de la arquitectura pretérita y la vida urbana de Buenos Aires entre 1930 y 1950.
Hay algo todavía más hermoso en estas películas: un modo de existir vuelve como un todo, y en esto hay algo en particular que se revela con nitidez: los lazos afectivos. En Romero, se puede reconocer una sensibilidad peculiar para filmar la relación entre los personajes con un matiz esencial: la inscripción de clase y la diferencia de pertenencia inciden sobre lo que sienten y la forma en la que interpretan sus infortunios y esperanzas.
Romero escribió letras y canciones de tango, hizo teatro y después cine. Su público predilecto eran los hombres y las mujeres del trabajo, como fue su preferencia la comedia popular. Una película notable para constatar lo dicho hasta acá puede ser El hincha (1951): el personaje que interpreta Enrique Santos Discépolo glosa felizmente un arquetipo de las criaturas de Romero. En la pasión que siente Ñato por su club se delinea un modo de experimentar los valores que definen a un grupo social, el de los trabajadores. La devoción que el Ñato profesa por su club El Victoria excede el fanatismo futbolero. Si su equipo desciende, si el cuñado se convierte o no en el centrodelantero que salvará al equipo de perder la categoría, son circunstancias de la trama; en su desarrollo, en algo que se dice o sucede, se puede reconocer la nobleza del personaje y cómo su conciencia se nutre de una relación directa con ese club que es también el barrio y los amigos.
En Romero, la palabra tiene el sonido de la conversación cotidiana y el ritmo propio que puede infundirle alguien que siente la música de una lengua. Que el ritmo esté en lo que se dice y en cómo se dice puede explicar el peculiar modo en el que suele filmar los diálogos. La prescindencia del plano y contraplano habitual es un signo reconocible de su estilo, como también los giros finales, donde la tensión dramática encuentra feliz resolución. Los minutos finales de Tres anclados en París (1938) y Valentina (1950) son tan hermosos como delimitados. En la primera, uno de los tres argentinos que sobrevive con deudas en París tomará una decisión clave que define quién es él en verdad y precipita el desenlace. Ha malogrado su vida, lo sabe, pero en una única acción puede encontrar la redención. Algo similar sucede con el personaje de Olga Zubarry en la magnífica Valentina: una chica de clase alta que se enamora de un mecánico que ha inventado un carburador para que los autos ahorren nafta. Es inaceptable. Pero ella, como aquel personaje de Tres anclados en París, resuelve hacer algo decisivo para favorecer a quien ama. Estos sacrificios son frecuentes, y muchos de ellos están signados por los intereses irreconciliables de clase. Puede haber variaciones, como en Mujeres que bailan (1949), pero lo que suele infligir malestar y tristeza a los protagonistas proviene de la desavenencia que surge entre el interés de quienes tienen dinero y posesiones y el de quienes no.
Las películas de Romero, proyectadas en fílmico, esperan por nosotros. Si hay hinchas del cine, si existen todavía personas que aman el cine (y en la alienada ciudad de Córdoba, contra toda esperanza, como el título de un libro impresionante, sí que las hay), desde hoy al domingo la sala debería estar llena. Serán horas felices, serán horas para espiar una época en la que no estaba de moda ser un canalla.
*Publicado en La Voz del Interior en el mes de septiembre.
Roger Koza / Copyleft 2026


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