
HOJAS SECAS / KHMELI POTOLI
EL MUNDO ENCANTADO
Existe un régimen audiovisual, una práctica comunicacional sostenida en la nitidez y el brillo. Se filma en 2K, en 4K o 8K, y los televisores y teléfonos siguen el avance técnico de lo inteligible, mientras los ojos retienen una imagen total en la que todo lo que es susceptible de ser visto se vuelve transparente. La imagen del presente y su determinación técnica ha dejado atrás la opacidad, lo borroso, o simplemente aquello que se resiste a mostrarse. El arte cinematográfico nació bajo otra lógica de representación: había una sabiduría de la aparición. La dialéctica de mostrar y ocultar. Para los cineastas, la trayectoria de la luz dependía de un reconocimiento de las sombras.
Lo dicho hasta acá es necesario de decir porque Hojas secas parte de un principio de ocultamiento y un procedimiento general a contramano de la nitidez dominante. El cineasta georgiano Alexandre Koberidze hizo su tercera película como ya había filmado su ópera prima: el instrumento de observación del mundo vuelve a ser un viejo teléfono Sony Ericsson, cuyo valor de mercado debe ser inferior a 40 dólares. Que las imágenes de Hojas secas (y, unos años atrás, de Let the Summer Never Come Again) estén rotas o pixeladas no responde a una decisión económica. La búsqueda del cineasta consiste en conjurar el imperativo perceptivo contemporáneo que se cifra en la visión total. La fórmula paradójica de Koberidze es la siguiente: solamente se puede ver si lo que se deja ver no se muestra del todo y el que observa trabaja con su mirada y al hacerlo observa de otro modo lo que está a su alcance.
En Hojas secas hay una historia: un padre (interpretado por el padre del cineasta) sale en busca de su hija, que ha decidido marcharse sin decir adónde va. La chica no desapareció, tampoco se peleó con su familia; simplemente decidió partir. Conforme avanza el viaje del padre por distintos pueblos de Georgia en los que su hija podría estar sacando fotografías de canchitas de futbol para un proyecto fotográfico, el motivo inicial de la travesía se vuelve apenas un eje difuso del relato. ¿Qué pudo haber pasado? ¿Qué sucederá? La película no prescinde de decir algo sobre todo eso, y habrá alguna que otra sorpresa (una hermosa carta), aunque el drama filial no es enteramente secundario.
El título de la película remite a un particular modo de pegarle a la pelota de fútbol que se suele adjudicar al jugador de futbol brasileño Garrincha, aunque fue Didi quien encontró un modo de patear en el que la trayectoria del esférico resultaba impredecible. Es una metáfora feliz para Koberidze: las hojas que caen de los árboles también son partícipes de lo indeterminado, impulsadas por el viento. Esa figura explica la evolución del relato. En efecto, el movimiento narrativo es extraño: no se sabe si habrá o no una resolución, o si importa incluso saber algo más sobre la hija, porque el propio movimiento narrativo de Hojas secas implica acopiar pruebas de las maravillas del mundo.
En Koberidze, los perros, los caballos, los gatos, los niños, los pueblitos, la niebla, las flores, el viento, los árboles e incluso ciertos seres invisibles se vuelven miembros de un empirismo encantado que suele pasar desapercibido. Todo se vuelve parte de un gran cuadro en movimiento de las entidades vivientes e inertes que pueblan el mundo y a las que Koberidze les prodiga en cada plano una perspectiva y una imagen. Es como si el cineasta filmara con su viejo teléfono celular haciendo de sus planos acuarelas. Una proeza estética. Y también ética, porque el film logra mostrar, sin énfasis y sin la más mínima melifluidad, que la decencia, la bondad y la solidaridad son propiedades afectivas del ser humano.
A Koberidze se lo conoció por ¿Qué vemos cuando miramos el cielo?, aquel hermoso film sobre un hechizo, un amor, una ciudad y Messi. Ese film difiere de este en la textura de la imagen y en el reemplazo de Messi por Maradona. El resto es igual de placentero y misterioso.
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Hojas secas / Khmeli potoli, Georgia / Alemania, 2025.
Escrita y dirigida por Alexandre Koberidze.
Intérpretes: David Koberidze, Otar Nijaradze, Irina Chelidze, Giorgi Bochorishvili, Vakhtang Fanchulidze.
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*Publicada por La Voz del Interior en el mes de agosto.
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Roger Koza / Copyleft 2026


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