
LAS PALABRAS
Las imágenes ya son como las estrellas. El número es inabarcable, no se podría jamás alcanzar a contarlas; ni siquiera estableciendo un criterio de distinción entre las que tienen movimiento y las que no. ¿Podría hacerlo el veloz arte combinatorio al que llamamos inteligencia artificial? Quizás. En el pasado una imagen existía para permanecer, resguardar algo visto y repetirlo. Filmar implicaba almacenar un evento para conjurarlo de su índole fugaz.
Por su propia naturaleza, una imagen no puede desligarse enteramente de esa cualidad de registro, pero al haber tantas imágenes ya no constituyen una salvaguarda de lo que fue. Una imagen hoy tiene otra función: es un suplemento de lo que es, prescindible, y puede ser sustituida por otra con el mismo fin y así sucesivamente. Paradoja productiva de las imágenes: se aglomeran, cada vez más insignificantes, en una mímesis perpetua y desordenada del mundo sin otro destino que ser relevadas por otras. Tal vez no sea así con la imagen cinematográfica. Quien filme todavía, quien emplee ese verbo en vez del verbo “grabar”, invoca, sabiéndolo o no, una tradición. Llamémosla la tradición del cine, y sin mayúsculas, para eludir sin más cualquier tentación de solemnidad y nostalgia.
Tal tradición estuvo ligada desde su propio inicio a la palabra. Los viejos intertítulos tenían una función narrativa o didáctica, pero insinuaban modestamente una relación secreta entre las imágenes y las palabras (escritas). Los viejos jóvenes turcos de París nunca dejaron de repetir el exangüe mantra: escribir una crítica era semejante a hacer una película por otros medios y viceversa. Esa altisonante declaración siempre resultó tan simpática como sospechosa, pero tras más de 75 años de ser repetida puede todavíarepresentar acaso una intuición fundamental.
La inconmensurabilidad entre palabra e imagen se puede percibir de inmediato: un plano no necesita de otros para plasmar algo y significarlo; una palabra necesita de otras para poder indicar algo y constituir su sentido. Godard soltó un acertijo al paso en Scénarios cuando señaló que existe una discontinuidad en el cambio de una página a otra en la lectura de un libro que no existe en la percepción del flujo de imágenesen movimiento. ¿No estaba ya implícito este acertijo en el último título de su última? ¿Qué es un “libro de imágenes”?
Lo dicho acá se revela enteramente en una de las películas más hermosas de los últimos años: Siete paseos con Mark Brown, de Pierre Creton y Vincent Barre. Dividida en dos secciones, la primera parte en digital y la segunda en fílmico, el encuentro del biólogo con las especies de plantas filmadas por los dos cineastas en una región cercana al mar de Francia constituye un prodigio de la luz y una restitución del asombro en el cine. El paso del digital al fílmico permite, en vez de mirar, contemplar la delicadeza de la azarosa evolución y las inimaginables estrategias de adaptación. El pasaje a la sección fotográfica ya implica un cambio en la textura de la imagen y una intensificación perceptiva de los detalles de las flores y las plantas. No obstante, la laboriosa descripción de la voz de Brown, que acompaña a cada plano,agrega algo que la imagen por sí misma no alcanza a develar. Sin palabras, el ojo no consigue observar lo que está dispuesto a la mirada. La cámara tiene un límite, el ojo orgánico también, pero en la palabra —he aquí un prodigio— se despeja la visibilidad y el encantamiento de la materia se vuelve palpable.
*Este texto se publicó en Caimán Cuadernos de Cine durante el mes de mayo.
Roger Koza / Copyleft 2026

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