
EL NOIR DE RECIFE Y LA MEMORIA
Debería haber ganado la Palma de Oro en Cannes, podrá o no ganar un Oscar en marzo, y más allá de sus premios acá y allá, una gran película tiene que ser inmune al éxito y al fracaso que exhiben los números. Pasarán las décadas, y el cuarto largometraje de Kleber Mendonça Filho seguirá en pie: su lucidez política y afectiva permanecerá intacta, también su energía cinética y narrativa; si el desierto aún no se ha extendido del todo para entonces, quienes descubran el film en el 2050 o el 2077 reconocerán las proezas de la puesta en escena, la incomodidad de su trama y la simpatía de casi todos los personajes, incluso los aviesos. Sucede que El agente secreto es una de las grandes películas latinoamericanas del siglo, como lo fue La ciénaga en algún momento, Luz silenciosa, Santiago y El gran movimiento, más tarde, y algunos otros títulos. El encomio acá es justo y merecido, y debe decirse ahora, no al timorato amparo del paso del tiempo: cuando todavía existen disputas y cuestionamientos en torno al cine como herramienta estética y ética de conocimiento, es cuando hay que decir lo que corresponde.
En 1977, un científico vuelve a su ciudad en el momento en que se celebra el carnaval. Antes de llegar a Recife, Marcelo se detiene a cargar nafta en una estación de una zona rural. Si el vehículo no fuera un escarabajo de Volkswagen, podría ser un caballo traspirado y sediento que necesita descanso y agua; el conductor podría ser entonces un jinete. Es una típica escena de western. A menos de dos metros, un cuerpo sin vida yace en el suelo. Luego, llega la policía. Todo huele a podredumbre, y no solo por el cadáver. ¿Carnaval?
En El agente secreto pasa de todo y lo que pasa no se comprende de inmediato. La lógica no es causal; el anudamiento de situaciones es el característico de un noir de los años 40. (En inglés se podría haber llamado Out of the Past, como la de Jacques Tourner, cuya complejidad es muy parecida a la de este film de Mendonça Filho). La relación con los géneros cinematográficos no es acá un deporte hermenéutico practicado para estímulo de críticos y cinéfilos. El cineasta conoce a la perfección la historia del cine y la importancia de sus tradiciones, y las emplea con pertinencia.
Por mucho tiempo, poco se sabe de quién es Armando o Marcelo (lleva dos nombres, uno falso) y la razón de su regreso. Por sus actos, parece una buena persona. Alrededor de él, se van sumando personajes inolvidables: un proyectorista de cine, la encargada septuagenaria de unos departamentos, un jefe de policía corrupto aunque simpático, un par de asesinos memorables, amantes, quizás espías y militantes clandestinos, oriundos de países diversos. Udo Kier luce como un nazi, pero es en verdad un sobreviviente de un campo. Una “pierna peluda” asesina compulsivamente a homosexuales. Se incluye a un canalla que representa al empresariado brasileño, alguien que está en contra del progreso científico y la industria vernácula, un enemigo de la democracia y la civilización, de esos que no dejan de proliferar. En algún momento, absolutamente conmovedor, el hijo del protagonista, que vive ya en nuestro siglo, resignifica el sentido de saber, recordar y olvidar. En él se concentra la ubicua inquietud de la película: la transmisión de una época y las consecuencias microfísicas en todos los órdenes imaginados para lo que viene después.
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Empecemos por algo que parece irrelevante: el título de la película.
La respuesta más breve: es un título corto y atractivo. También tiene el eco de una tradición clásica de índole cinematográfica. Hay una memoria del cine. Puede remitir, sí, a las películas clásicas de James Bond, y me gusta que sea así, pero la idea original, que es la que anida en mi corazón, está ligada a mi segundo largometraje, Aquarius. Fue en el 2016, después de la protesta en Cannes, en la alfombra roja, donde nos habíamos manifestado sobre el cínico golpe de Estado contra Dilma Rousseff. Después de ese acto, permanecí por un tiempo en una suerte de limbo político. En Toronto, unos meses después, una diplomática de Brasil, una persona muy interesante, me informó que había una recomendación para el servicio diplomático brasileño que consistía en evitar todo contacto conmigo. En ese momento, me sentí como si fuera un agente secreto. En general, el servicio diplomático de un país suele ayudar a artistas y atletas, o a cualquier persona que representa a su país. Yo lo represento en festivales y universidades, como también en distintos medios de comunicación. El servicio diplomático brasileño recibió esa orden durante mi estadía en Toronto, y se cancelaron todos los apoyos institucionales. Creo que cuando la sociedad está pasando por un período de colapso democrático con un intenso matiz autoritario, los ciudadanos honestos y serenos pueden parecerse a agentes secretos, a veces, solamente, porque se abraza una visión del mundo. Es algo fascinante y pavoroso, porque nunca me había visto a mí mismo como una figura peligrosa. Esta experiencia se trasladó al guion: el personaje de Wagner Moura no tiene armas de fuego, tampoco es violento; es simplemente un académico, un científico, y también es un padre, que no es perfecto, algo que no me interesaba desarrollar en la película, pero sí es una buena persona. Otros personajes secundarios también podrían serlo, como pasa con Armando, el personaje de Wagner.
Quien espere una película de espionaje se encuentra con un relato que emplea ciertos elementos de ese género, pero que están ensamblados bajo otra lógica. Durante los primeros 70 minutos, resulta difícil saber exactamente qué es lo que sucede y quiénes son los personajes. ¿Por qué concibió trabajar la película bajo un concepto de opacidad general propio del noir clásico?
No se puede prescindir de pensar la estructura, porque una película es como si fuera un edificio: hay que atender al suelo, medir el peso, pensar en las vigas. Pero una vez que confío en que el suelo puede sostener el edificio, se pueden añadir ideas que responden a distintos deseos. Creo que El agente secreto es un drama familiar, también un thriller político; es una película sobre la violencia, el afecto, el amor, como también un retrato de la corrupción. Asimismo, es una película sobre el cine y el archivo y los modos de registrar el presente que luego es Historia. En la película el acto de registro implica dibujos, fotografías, tapas de diarios, grabaciones de cintas y el cine en sí. Mientras avanzaba en Retratos fantasmas, en la que trabajé por mucho tiempo y sin ningún guion, me di cuenta de algo obvio: se trataba de una película de archivos, pero al terminar comprendí que se había creado un nuevo archivo, que podría merecer ser parte de la cinemateca brasileña. Aquella era una película de fragmentos que conformaban una pieza única, que en el futuro puede llegar a ser una referencia para otros. Algo similar ocurre con El agente secreto, aunque se trate de una ficción. El ensamble de distintos elementos trabaja subterráneamente en pos de una cierta tensión narrativa; pero esa misma tensión no se explica por una sola idea, sino por varias: la visión de un cadáver, una pierna sin cuerpo, un hombre que regresa a Recife para esconderse (y que es bienvenido y a su vez querido). El hecho de que el protagonista se esconda en una institución pública que está destinada al expendio de documentos de identidad es en sí una pista. Cada elemento intenta despertar la intriga del espectador y proponer algo enigmático sin depender del otro, hasta que en un momento la película revela enteramente cuál es su eje. En ese momento, cuando ya han transcurrido 90 minutos, el relato pasa a otra instancia; eso es lo que intenté hacer. Algunos reaccionan bien ante este cambio, otros no. El resto pertenece al mundo de la película que es el mundo del cine y al mundo que se ve ahí. En síntesis, es también una película sobre el poder de intimidar, silenciar y borrar.
Si tuviera que sintetizar cuál es el núcleo de El agente secreto, ¿qué elegiría?: ¿la trama política, la familiar, la relación de la ciudad de Recife con su historia, la última dictadura brasileña o el pasado reciente? O, dicho de otro modo: ¿cómo concibió entrelazar tantas variables en una película que no parece tener un conflicto central, sino una red de situaciones que, en su conjunto, erigen una atmósfera y un enigma?
También debería señalar que la película tiene algo de relato clásico; pretende estimular la curiosidad, pero al mismo tiempo prodiga algunas respuestas para satisfacer el deseo de saber del espectador. Es la lógica del cine. Pero, a su vez, se vuelve dialéctica con la lógica de la Historia y la propia vida. Y en un país como Brasil que no deja de luchar para comprender su pasado no se puede evitar cierta incomodidad, algo que aprendí de mi madre, que era historiadora. Para el que propone ese ejercicio de memoria, puede ser un problema. Si una persona miente, y uno sabe que está mintiendo porque uno recuerda y sabe que no fue así como sucedió un determinado evento, el que sabe se vuelve un problema. Para muchos, la amnesia es satisfactoria. La evolución narrativa y algunos lazos que permanecen ausentes son parte de lo que el mismo personaje tiene que enfrentar. Cuando hablamos sobre el siglo XX, y no solo sobre la dictadura brasileña, hay que analizar las diferencias culturales y económicas que separan el norte respecto del sur de Brasil. ¿Cómo pensamos la inmigración europea a fines del siglo XIX y principios del XX? ¿Y qué decimos de la esclavitud? Muchas disputas sobre cómo pensar el pasado se benefician de la amnesia, depende de quién habla y escucha.
El personaje de Wagner Moura sostiene el universo simbólico de El agente secreto. En él se sustenta una posición frente al mundo y su perspectiva organiza nuestra mirada. Usted lo rodea de personajes y, al hacerlo, todo se vuelve más complejo y fascinante. Es una película en la que cada personaje secundario resulta indispensable y suma un matiz a la trama. ¿Puede hablar un poco de esta proliferación de personajes?
Me interesa mucho la presencia fotográfica; desde ya que lo fotográfico no se basta, y tiene que estar asociado a situaciones dramáticas de la vida humana. Los personajes deben entender que existen más allá del mundo de la película. No son presencias que vienen diseñadas de una fábrica para incluir en una escena. Creo que el caso más interesante es el que interpretó Udo Kier, un sastre alemán. Recife cuenta con una importante comunidad judía. Yo quería que el personaje de Wagner fuera a un lugar al que no pidió ir, un lugar al que lo lleva Euclides porque está sorprendido con él. Habla sobre el alemán, dice que es un personaje increíble. De inmediato, ya están en la sastrería.
A propósito de esto último, no puedo dejar de preguntarle por el personaje de Udo Kier. Puede pasar por un capricho que él participe en la película, pero en verdad no lo es. ¿Qué buscaba con su presencia?
Yo quería volver a filmar con él. Pero lo importante tenía que ver con lo que dije sobre la comunidad judía en Recife. Quería que eso formara parte del panorama de la ciudad. A la vez, Euclides, el jefe de policía, un sujeto que podríamos caracterizar como un fascista de derecha, que parece admirar al soldado alemán como un hito de la Historia, no consigue darse cuenta de que no comprende las coordenadas de otra cultura e historia, que su pasión por el fascismo lo ciega ante quién es Hans (el personaje de Udo). Su mórbida admiración por la violencia colisiona con el hecho de que la violencia deja cicatrices. La escena es importante porque sugiere que las cicatrices en el cuerpo de Udo pueden ser leídas como una forma de archivo en el cuerpo. La violencia anida ahí por más de 40 o 50 años. Euclides lo experimenta como si se tratara de un fenómeno circense, sin ninguna perspectiva histórica. Y estoy muy contento de que pude hacer una segunda película con Udo Kier, su participación me alegró muchísimo.
Hay otro personaje que precisa algún tipo de explicación: “la pierna peluda”. ¿Qué o quién es ese personaje homicida?
“La pierna peluda” es una deriva de una ciudad que se caracteriza por la transgresión. Al menos en espíritu, históricamente, la política en Recife siempre ha sido de izquierda, bastante alejada de la lógica artística que yo plasmo en el relato, más cercana a la gran cultura de los centros industriales de Río de Janeiro, São Paulo y el sur del país. Recife tiene uno de los carnavales más extraños y transgresores, algo que se puede apreciar en las películas que se hicieron durante la década de 1970 con el movimiento que filmaba en Super-8. Se pueden ver películas loquísimas y hermosas, propias de un pensamiento libre para concebir el cine, cuya condición de posibilidad eran las cámaras de uso doméstico que se habían hecho en Estados Unidos para los burgueses que podían comprarlas. En vez de filmar casamiento, bautizos, cumpleaños y escenas familiares, sin contar con laboratorios y otros equipos o películas en 16 mm y 35 mm, trabajan con el Super-8. Hicieron muchas películas, algunas han sobrevivido, y suelen ser delirantes y bellísimas. Había un periodista que solía trabajar en la radio, el señor Ferreira, y Raimundo Carrero, otro colega suyo que se desempeñaba en un diario que se relacionaba con “la pierna peluda”. El propio Carrero inventó lo de “la pierna peluda” para desmarcarse de la censura. Era un código sobre la brutalidad policíaca y la tóxica conducta masculina de los agentes de la fuerza. A veces servía para hablar sobre violencia contra las mujeres, otras sobre la represión militar. Eran piezas periodísticas demenciales. Durante el proceso de investigación para la película pude leer varios artículos sobre “la pierna peluda”, que solía pertenecer a la sección de policiales de la ciudad. En vez de señalar a los policías por tales actos de violencia, la responsable de estos era “la pierna peluda”. Recuerdo, en mi infancia, haber tenido miedo de los ataques de “la pierna peluda”. Una mujer dejó en el muro de Instagram una historia increíble sobre el tema. Ella iba a la escuela y se suspendieron las clases debido a que “la pierna peluda” estaba al acecho. Esto es fascinante porque es el punto de intersección entre la realidad y lo fantástico. En esto, la cultura de Recife es fértil. El carnaval es la máxima expresión de ese cruce con las máscaras y el vestuario. Es un poco distinto al “Dia de las Brujas”, porque no tiene ningún elemento mórbido. No es equivalente a la iconografía mexicana o al Halloween estadounidense. Los que participan vienen o entran en el territorio de lo fantástico. Es exactamente eso lo que busqué en esa secuencia. Esa escena está precedida por el momento en el que Wagner sale del cine y se llega a ver el tráiler de Le Manifique, abraza a su suegro y sale del cine. Dicho de otro modo: deja un territorio de fantasía y en el exterior lo espera otra manifestación de lo fantástico. Todo esto es cobijado por una especie de realismo impuesto por la propia ciudad, pero existen distintos pasajes en esa misma ciudad hacia lo fantástico. Me gusta pensar que las ciudades existen en la realidad, pero dependiendo de cuál calle o edificio, o de quiénes uno frecuenta, uno puede habitar otro lugar que está teñido por la imaginación o proviene de una situación inusual. Pasa en todas las ciudades, pero claro, mi experiencia con Recife es, en ese sentido, de una gran intensidad.
Hay un giro sorprendente en la trama que establece un lazo directo entre el pasado y el presente. ¿De qué modo cree que El agente secreto es una película para el presente y no una revisión del pasado?
Yo soy muy desprendido de lo que sucede con mis películas una vez que se estrenan. Si tengo suerte, en el futuro, El agente secreto seguirá teniendo valor; puede ser dentro de diez o cien años. Por eso no es una revisión del pasado, sí, en cambio, una proyección artística sobre el pasado. Por otro lado, me resulta fascinante cómo una persona como usted, crítico de cine y programador, reacciona frente a un estímulo cinematográfico. Como cineasta, yo hago películas que no son otra cosa que una respuesta a cosas que siento. A la vez, hay algo que presentí ya como joven cinéfilo: el cine pertenece a un archivo permanente. Un cineasta puede hacer una comedia romántica y comercial, y por sí misma siempre tendrá algún valor, al menos si uno la revisa en, digamos, veinticinco años. Será una comedia de una época, y esto mismo ya la vuelve interesante. Y me gustaría que una vida, quizás marcada por el temor, el éxito y el amor o la persecución política, pueda de repente volverse un segmento del tiempo, porque habrá alguien del porvenir que lo escuchará. Estos audios que le envío, como las grabaciones de cinta en El agente secreto, tendrán otro sentido si permanecen preservados en algún lugar. Soy consciente de que el cine es constitutivo de un episodio de la Historia que construimos.
*Publicada en otra versión en Revista Ñ en el mes de marzo.
Roger Koza / Copyleft 2026




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