LA CASA DEL CINEASTA: MODOS DE DARLE DE BEBER A LOS PÁJAROS

LA CASA DEL CINEASTA: MODOS DE DARLE DE BEBER A LOS PÁJAROS

por - Columnas
13 Abr, 2026 04:44 | Sin comentarios
Los pájaros tienen sed; nosotros, que no cantamos como ellos, también. Pero ellos no filman, ni escriben poesía, ni practican natación; nosotros sí, aunque sin los pájaros quizá no podríamos hacer nada. De esta premisa se pueden pensar algunas cosas.

Hace unos meses, E. me mandó un video de 34 segundos por WhatsApp. Es un plano fijo del terreno abierto del fondo de una casa. Pasto y tierra se reparten el suelo donde M. puso dos baldes negros para que beban los pájaros agobiados por la sequía. La casa está en una zona que no admite nevadas, pero inesperadamente nieva, después de meses sin lluvias. Copos pequeños y suaves rasgan la imagen. Alrededor de los baldes sobrevuelan alrededor de diez pájaros de distinto tamaño. Se turnan para posarse en el borde de los recipientes e inclinarse hacia el agua. A veces, desparecen dentro del balde, por un instante, para volver a emerger sacudiendo las alas con nuevos bríos. Las detenciones son ínfimas. Pequeñas anomalías en el suceder. Se turnan, se ahuyentan. Van y vienen en una inquietud festiva que no interrumpe la nieve sino que la agudiza. Después de dejarlo correr varias veces en el teléfono, me envío el video a través de un mail para poder verlo en la computadora y apreciar en otra dimensión los aleteos, el modo de habitar el cuadro. Espero, también, poder reconocer a alguno de los pájaros, nombrarlos. Creo distinguir un benteveo, pero no estoy seguro. Desde hace algunos años pongo mucho esfuerzo en nombrar a los pájaros, también a los árboles, y lo consigo a medias, por decirlo con cierta amabilidad. Una imagen más grande me ayudará. Quiero, también, agudizar la escucha, percibir con más justicia los modos de piar bajo la nieve. Pero pasa algo inesperado. El video llega mudo y con un extraño efecto que provoca estelas breves en los aleteos, pequeñas manchas transparentes que se esfuman al instante. Son tan fugaces, confundidas con los copos de nieve, que tengo que mirar varias veces para detectar si no es tan sólo una ilusión. Pero no, ahí están, escondidas en la algarabía. Como si además de los pájaros se acercaran, a esa fiesta muda, fantasmas de pájaros. Unos y otros, los vivos y los muertos, a calmar su sed. 

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Fotografía de Abbas Kiarostami

Los estanques de Hampstead Heath, en las afueras de Londres, dedicados a la natación, son tres: el de hombres, el de mujeres, y el mixto. Estas reservas naturales se alimentan del río Fleet. En la época más fría, cuando el agua se congela, sólo queda abierto el de hombres. Los bañeros, si es necesario, se encargan de romper el hielo para quien quiera pueda zambullirse. Aunque nadaba todo el año, ese tiempo en el que la temperatura del agua y las inclemencias del tiempo son severas es el que prefería Al Alvarez. Allí se encontraba con un puñado de ex atletas, ex boxeadores, que amaban y compartían la experiencia del agua helada. Veinticinco metros de ida, veinticinco de vuelta, cuatro o cinco veces a la semana, para sentirse vivo. Tenía setenta y tres años cuando empezó a escribir En el estanque. (Diario de un nadador) (1)La primera entrada es del 27 de marzo de 2002; las últimas, de 2011. Le dedicó nueve años a un libro conmovedor que lentamente pasa de ser el diario de alguien que nada a un descarnado relato del trance de envejecer. 11,5°C., 8°C, 3°C, 1°C.: cada día, Alvarez presta atención a la temperatura del agua que los bañeros anotan en una pizarra. Esos números son un preámbulo, cierto aviso de lo que el cuerpo va a experimentar. Además, antes y después de zambullirse, también mientras nada, atiende a los árboles que rodean el estanque y a las aves, las permanentes y las migrantes: garzas, cisnes, gansos, gaviotas, patos, gallaretas. En la entrada del jueves 4 de noviembre de 2004 dice lo siguiente: “Un misterio. El día está oscuro y lluvioso, las gaviotas de siempre vuelan bajo o se posan en las barandas y los trampolines; también hay un par de cormoranes melancólicos sobre las boyas. Salgo en diagonal hacia la izquierda, nadando rápido, y cuando emerjo en la otra punta para girar, ahí mismo, a unos veinte metros sobre la boya que hay pasando la soga, está la garza: brillante, nítida, como iluminada por un reflector -gris y plateada- con una franja negra bajo el pecho y el pico de un amarillo intenso. Me mira. Cuando vuelvo al muelle ya no está, y no hay ni rastros de ella en sus dominios habituales, las orillas más remotas del estanque. Una aparición que se desvanece sin dejar huella -ahora la ves, ahora no la ves- como si me estuviera diciendo algo que no consigo entender”.

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Adrienne Rich dice en el prefacio de su libro de ensayos Lo que ahí se encuentra (2): “Este libro trata del deseo y la vida de todos los días. Lo comencé porque necesitaba una manera de pensar a la poesía por fuera de escribir poemas, y, a la sociedad en la que vivía y escribía, que me olía a timidez, docilidad, desmoralización, aceptación de lo inaceptable”. En uno de los ensayos que conforman el libro, Mujer y pájaro, también hay una garza, pero no gris y plateada como la que le dejó el mensaje misterioso a Al Alvarez, sino una Gran Garza Azul. Hasta ese momento, el día en el que ocurre la visita inesperada a su casa, la autora había visto unas pocas, siempre en movimiento, a la distancia y fugazmente, desde la ventanilla de un auto. Primero escuchó el aleteo y pensó que era una gaviota grande o un cuervo. Pero enseguida la vio, posada sobre el techo bajo de la casa vecina. Con sigilo, Rich se fue acercando, no sólo para verla mejor sino también para hablarle: “Ahí, posada en la punta del techo, se veía inmensa, meticulosa, aparentemente tranquila. Se giró un poco; pareció mirar tan lejos en el aire azul, como la curvatura de la tierra se lo permitía; dio uno dos pasos lentos, rituales y provocativos. Pude ver los penachos como de alambre que salían de la parte posterior de la cabeza. Me dirigí silenciosamente hacia el jardín en dirección a la cerca entre las dos casas, hablándole en voz baja. Le dije que le agradecía por haber venido, que quería que estuviera a salvo. Retrocedí un poco para mirarla mejor. De repente estaba en el aire, había desaparecido con un aleteo”. 

Mientras releo Mujer y pájaro, me vuelvo a preguntar: ¿Es el cine que amamos, antes que nada, sed del que mira? ¿Hay algo que llega a veces desde el mundo, consecuencia de esa sed, y nos toca o nos roza, para siempre? ¿Es esa sed antídoto contra la desmoralización? Así concluye el ensayo: “Y la poesía, también, comienza de esta manera: el cruce de trayectorias de dos (o más) elementos que de otro modo podrían no haber conocido la simultaneidad. Cuando esto sucede una pieza del universo se revela como si fuera por primera vez”. Y las preguntas siguen entonces, se amontonan, han decidido asediarme estos días: ¿Podemos pensar el cine, el que amamos, como piensa Adrieene Rich la poesía? ¿Será posible cambiar la palabra poesía por la palabra cine en la cita anterior, y desde allí tramar una urdimbre de miradas renovadas, reactivas a la docilidad, rebeldes contra la atrofia de la percepción que propone el poder imperante? No lo sé. Pero es necesario, me digo, preservar, tomar conciencia, hablar de la sed que nos hace humanos.

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Alvarez, Al. En el estanque. (Diario de un nadador). Traducción de Juan Nadalini. Ed. Entropía, Buenos Aires, 2024.

Rich, Adrienne. Lo que ahí se encuentra. Traducción de Gabby De Cicco. Salta el pez, Buenos Aires, 2025.

Gustavo Fontán / Copyright 2026