
LA NOCHE ESTÁ MARCHÁNDOSE YA
ARGENTINA EN DUERMEVELA
La noche está marchándose ya tiene todos los elementos para ganarse el mote condescendiente, involuntariamente insultante, de “película pequeña”. Durante su hora y cuarenta y cinco minutos, Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas filman al Pelu, un proyectorista devenido sereno, merodeando con un ojo despierto y otro dormido entre los muros de un cineclub municipal. Se trata de una película que transcurre casi enteramente en un espacio reducido, con personajes bondadosos y diálogos escasos, y que canibaliza las imágenes de otros films que se proyectan en la sala donde trabaja el protagonista.
A La noche está marchándose ya se le podrá decir “pequeña”, entonces. Se le podrá decir “melancólica”, también; una “película de películas”, “una oda a la cinefilia”. Pero, por suerte, es un bálsamo que confía en sus imágenes vivas, antes que en esas palabras raídas. Que sabe que el cine puede ser un truco de hechicería, y que, por eso, una sala no debe filmarse como un refugio amurallado, sino como un campo abierto que traza coordenadas fantasiosas. Trafica cuerpos, objetos y emociones de un lado a otro. Y entiende que las películas del pasado no son una pieza de museo, distante e intocable, que solo está disponible para la cita. Son algo más parecido a una persona. Alguien que vibra y respira; que interactúa al pisar un escenario nuevo (al estar sujeto a otra experiencia), y que deja su estela tanto en los personajes que brillan en pantalla como en los espectadores que permanecen en penumbras.
Aunque filmen dentro de un cineclub, Sonzini y Salinas no fundan el tipo de secta-cinéfila que acumula referencias para formar un cerco. Y, aunque estén preocupados por tomarle el pulso al presente (“una comedia sobre la actualidad”, se autopresenta la publicidad de la película), tampoco se limitan a diagnosticar la salud emocional del país. En todo caso, lo que hacen es reconciliar la memoria del cine con la vida de las personas. Hurgan en el pasado y estudian y se deleitan con esas imágenes del cine clásico que proyecta Pelu, intentando determinar cómo es que pueden tener pulso tantos años más tarde, aunque estemos alejados de ellas en el tiempo y en el espacio.
No es casualidad que una de las películas sobre la que hablan los personajes varias veces sea Man’s Castle, ese melodrama bruto que filmó Frank Borzage en 1933. Es una ficción nacida desde el barro y la miseria que dejó el crack del ‘29; que está protagonizada por los buscas y los luchones de la sociedad, en una época en la que el cine mantenía un diálogo fluído con el público masivo. Parte de ese diálogo exigía procesar lo que las personas estaban viviendo antes de sumergirse en la sala oscura. Y esa es la tarea que Sonzini y Salinas parecen cargarse sobre el hombro. ¿Cómo se filma desde las entrañas de un país roto, ya no calcando esas comedias y esos melodramas de los ‘30, sino traduciéndolos y traicionándolos con los pies en este siglo y en nuestra tierra?
La noche está marchándose ya está invadida por la imagen del dinero. Los planos de los dedos acariciando billetes, pasándolos de una mano a otra, reaparecen constantemente como si fueran el estribillo de una balada pop. Es un motivo recurrente (una acción, un movimiento, una forma de encuadrar el cuerpo en relación con el dinero) que aúna las escenas. Expresa hasta qué punto la plata amarga ha ocupado la atención y ha drenado la energía de sus protagonistas. A lo largo de la película, vemos que el cineclub está asediado por recortes presupuestarios. Nos enteramos que el sueldo de Pelu se esfuma, que uno de sus amigos debe mudarse con la madre porque perdió su trabajo, y que otros ni siquiera tienen dónde dormir por la noche. Sonzini y Salinas filman vidas que se organizan temblorosamente. Están haciendo pie en un suelo que está más cerca de sacudirse que de mantenerse firme. Y, en ese punto, La noche está marchándose ya sostiene un diálogo indirecto con Sobre las nubes, El perro que no calla, Cambio, cambio y La deuda: un grupo de ficciones acotado pero preciso, que, de maneras diferentes, han filmado la precarización del trabajo, la obsesión por el dinero (o por la falta de dinero), los obstáculos para vivir y desear cuando todo está por venirse abajo. Una sismografía de cómo se mueve la Argentina desde hace diez años.
Lo que define especialmente al film de Sonzini y Salinas es que se trata (como lo adelanta su propio título) de una película noctámbula. Sucede en un cineclub por la madrugada, mientras el Pelu tiene que mantenerse despierto para completar su turno de trabajo. Así como él se pasa la noche echando luz sobre los corredores lúgubres del cine, incluso sobre su pantalla, el mismo film hace algo parecido. Es un objeto que explora la luz y las sombras tanto como explora el trabajo y la amistad (o que ve al trabajo y a la amistad a través del tamiz fúnebre y espeso de su fotografía). Los directores juegan con las posibilidades de la iluminación: buscan pequeñas variaciones, encuentran rincones impensados desde los cuales lanzar destellos débiles; sumen al Pelu en un enjambre de oscuridad que es intervenido aquí y allá.
Algunos de estos pasajes seguramente recuerden a las raíces góticas y expresionistas del cine. Puede sentirse algún eco, por ejemplo, de algo como El secreto tras la puerta de Fritz Lang, o de Luz que agoniza y Sueña, amor mío; una serie de películas sonámbulas que abren puertas y ventanas cuando todo el mundo debería estar dormido. Pero más allá de esas filiaciones explícitas e implícitas (más allá del clasicismo y del expresionismo), el film acoge una fuerza mucho más primitiva. Hay una ingenuidad infantil en cómo se diseñan los paseos de Pelu. Es palpable el goce por despertar el asombro, por inducir un encantamiento sobre el público, de la misma manera en que hacía el cine mudo cuando se parecía más a la labor de un mago que a la de un narrador o un vanguardista. Es decir, cuando el talento era saber crear ilusiones ópticas (ver a dos personas cuando en realidad había una, o hacer desaparecer a todas juntas en un abrir y cerrar de ojos).
En La noche está marchándose ya hay cuerpos que oscilan entre la carne y el espectro. Hay lámparas de oficina que se ven como tesoros legendarios. Hay fundidos soñadores, rostros que se doblan y desdoblan, espacios que se unen de forma inverosímil, sonidos que se separan endemoniadamente de su origen. La óptica es la de lo imposible: asumir una perspectiva que está clausurada durante la vigilia. Y estar despierto es una preocupación crucial para esta película. No porque juegue a permanecer consciente, sino porque justamente promueve la duda. Engendra una sensación de duermevela: ese estado de trance que se pasa del Pelu a la audiencia, como si se tratara de una hipnosis, y que extiende el tiempo efímero en el que no sabemos con seguridad si estamos despiertos o dormidos. Salinas y Sonzini logran encontrar ese ritmo justo, verdaderamente misterioso. Nos envuelven, nos arrastran hacia adentro y nos sueltan afuera, una y otra vez, como una marea suave. En ese umbral intermitente es que la película alcanza su libertad. Y desde ahí, arma su juego: entre lo real y lo irreal, la calle y el cine, la vigilia y el sueño. ¿En cuál de esos reinos está amando y sufriendo Pelu?
Al ir y venir sobre los bordes de la consciencia, La noche está marchándose ya alimenta la imaginación. Sus hombres de la calle van a encontrar asilo en el cine. Sus trabajadores van a unirse en una caminata mancomunada, que termina con un mensaje para el presidente. Así se explica un final que es tan catártico como forzado, pero que hace sentido dentro de la misma atmósfera onírica que cubre a la película.
Los directores filman a sus personajes haciéndole frente al sistema precario y al gobierno infame que ha pisoteado sus sueños. Paradójicamente, esa fantasía resguarda tanto la potencia como el límite político de la película: ¿alcanza la solidaridad y la ternura para procesar este tiempo donde la violencia brota a borbotones, e incluso los trabajadores están dispuestos a adoptar la crueldad como su propia bandera?
La noche está marchándose ya seguramente funcione mejor al modo de un anhelo. Como una quimera en una botella que fue lanzada al mar, a la espera de ser recogida. Y cuando eso suceda, tal vez, la Argentina despierte de su estado adormecido.
La noche está marchándose ya, Argentina, 2025.
Escrita y dirigida por Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini.
Intérpretes: Octavio Bertone, Juana Oviedo, Rodrigo Fierro, Martín Emilio Campos, Fabián Costa, Lionel Castelli, Martín Álvarez, Pablo Limarzi.
Iván Zgaib / Copyleft 2026


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