
ELLA MCCAY
PLANETA BROOKS
Tengo la sensación de estar escribiendo un obituario. Aunque aún no se murió, James L. Brooks tiene 85 años y Ella McCay, su primera película después de más de una década, acaba de ser linchada en las redes sociales. Fue un meme incluso antes de estrenarse (hay algo distópico en pensar que la obra de un viejo autor quede reducida al challenge de sacarse fotos junto al póster), y, cuando finalmente se proyectó, fue vapuleada por comentaristas despiadados, al punto que se desplomó en la taquilla estadounidense y Disney suspendió su lanzamiento en el resto del mundo. Brooks ha sido juzgado: lo condenaron por tener otro fracaso entre manos (solo recuperó 4,56 millones de los 35 que costó filmar), por pecar de ingenuo, por hacer una película aparentemente inverosímil y de tonos disparejos. Así que no: James L. Brooks no se murió, pero es una especie de muerto-vivo que deambula en Hollywood.
Ese mismo hombre que hoy despierta burlas desde las alcantarillas de Internet alguna vez cotizó alto en el mercado. Tanto La fuerza del cariño como Mejor… imposible (y, en televisión, Los Simpson) fueron éxitos comerciales y conquistaron el gusto de los paladares que deciden los premios de la industria. No puedo dejar de pensar en las palabras del propio Brooks, hace poco, justo antes de estrenar Ella McCay, cuando le preguntaron por la era del streaming: “Los ejecutivos empezaron a llamarle ‘contenido’ a nuestros sueños”, contestó, algo desencantado. Y quizá su cine siga poseído por ese espíritu anacrónico que hoy lo hace ver demodé. Las películas de Brooks son sueños que reordenan suavemente nuestro mundo (tan suavemente que quizá no lleguemos a notarlo): imágenes quiméricas que abren caminos, rutas, pasadizos; el tipo de posibilidades que parecen vedadas cuando vivimos dormidos. Son respuestas tentativas a la pregunta por cómo seguir formando una comunidad.
Acá, la palabra clave es “suavemente”. Hay algo delicado en el cine de Brooks. Tiene una artesanía heredada del Hollywood de los años 30 y 40, donde la cámara permanece controlada y los ritmos y las emociones se regulan para alcanzar una revelación sobre sus personajes y sobre el mundo: un momento o un encuentro que no fue impuesto a la fuerza ni vino regalado por la convención de un género (aunque él sí juega con los géneros), sino que se trabajó y se transpiró para merecerlo. Quiero decir: el cine de Brooks no suele tener los giros manipuladores que sostienen a una película como Marty Supremo, ni los discursos predigeridos que engendra Sinners, por nombrar dos films que triunfan en esta temporada de premios y contenidos.
Como en el resto de la filmografía de Brooks, Ella McCay se concentra en un momento particular de la vida de una persona igualmente particular. Los personajes del director no suelen tener trabajos ordinarios, sino que son periodistas exitosos, deportistas de las grandes ligas o, en el caso de Ella, la vicegobernadora de un estado sin nombre de Estados Unidos. El momento de la vida que le interesa filmar a Brooks es el de una crisis existencial: el punto exacto en que las certezas de sus criaturas se vienen abajo y deben recalibrar sus emociones en relación con sus ideas y con el entorno que las rodea. En el caso de Ella, debe enfrentarse a un partido que pone trabas a las políticas con las que sueña cambiar la vida de las personas; a un marido que empieza a revelar su doble cara; a un hermano que se niega a responderle el teléfono, aunque ella quiere hablar con él; y a un padre que la presiona para revincularse, aunque ella no quiere verlo nunca más.
Es por ese peso que acarrean sus protagonistas que las películas de James L. Brooks tienen un corazón oscuro. En general, se trata de dramas macizos que se presentan con la apariencia de comedias ligeras y que, de un momento a otro, muestran los dientes de la angustia que atormenta a sus protagonistas. Uno de los mayores logros de Ella McCay es su capacidad para transitar esos estados que parecen contrapuestos, mediante un montaje quebrado en el tiempo. El presente sigue a Ella, corriendo de un lado a otro como en una comedia de enredos sentimentales, mientras que el pasado despliega los episodios que le dan otro tenor a ese ritmo histérico. Descubrimos el recuerdo de un padre incapaz de ver a nadie más que a sí mismo; el afecto de una tía que se mantiene en pie pese a todo; los esfuerzos de Ella por estudiar y convertirse “en una fuerza para el bien”. Son esos restos de otro tiempo los que reverberan en las imágenes del presente. Y es esa reverberación la que expone qué es lo que está en juego en la vida de Ella.
Pero no quiero sonar exagerado. Ella McCay también tiene problemas y no está a la altura de las mejores películas de su director (ese título queda reservado para Cómo saber si es amor y Detrás de las noticias). Para empezar, Emma Mackey, quien interpreta a Ella, no tiene el magnetismo de Holly Hunter ni de Reese Witherspoon, dos actrices que trabajaron previamente con Brooks y que poseen el encanto extraño de parecer criaturas celestiales y completamente terrenales al mismo tiempo. Había una ambigüedad que Brooks solía extraer de sus actrices y del drama y que ahora aparece diluida. Algunos de los personajes secundarios, como el esposo y la suegra de Ella, son apenas villanos caricaturescos (una construcción chata que enseguida se diferencia, por ejemplo, de los personajes complejos que interpretaron Téa Leoni en Espanglish y Jack Nicholson en Cómo saber si es amor). Y, al mismo tiempo, la película está atravesada por una representación del sexo que bordea el puritanismo (uno de los giros centrales se vincula con un escándalo sexual que podría pertenecer a una vieja comedia screwball, pero Brooks nunca lleva hasta el fondo el absurdo de la situación y termina quedando como un mojigato).
Aun con sus bordes imperfectos, Ella McCay se destaca de las comedias promedio porque su director es particularmente sensible a los detalles. Hay pequeños momentos de lucidez, elecciones precisas de la puesta en escena que definen el espíritu amable de toda la película. Cuando están en el velorio de su madre, por ejemplo, Ella le pide a su hermano que custodie la puerta del dormitorio y no deje entrar a nadie, así puede llorar en soledad. El hermano permanece de pie hasta que no aguanta más y se suma a llorar con Ella, pero la cámara nunca va a meterse en la habitación. Se queda afuera, al filo de la puerta, respetando el pedido de intimidad de su protagonista. Más adelante, cuando los hermanos se reencuentran después de pasar varios meses sin hablar, Brooks coreografía toda la escena con una atención inusual al lugar de los cuerpos en el espacio y, especialmente, al espacio que separa a esos cuerpos. Después de todo, en su esencia, Ella McCay es una película que se pregunta por la capacidad o la incapacidad que tenemos de acercarnos unos a otros y, especialmente, por el intento de hacer una vida mejor junto a los demás (ya sea en una familia, en una pareja o en un país).
Es justamente eso lo que se juega en la trama política del film. La ficción se ubica en el año 2008, pero no recrea ese tiempo de modo verosímil. Se trata, más bien, de un pasado ilusorio (una época “en la que todavía nos queríamos”, dice la narradora, admitiendo que el optimismo de Ella McCay no tiene lugar en el presente desesperanzador del fascismo, marcado por la dificultad de vivir juntos, aunque seguramente tampoco lo habría tenido en 2008).
Ella McCay instala, en todo caso, un tiempo inventado por el cine. Y, por eso mismo, su fantasía la arrima particularmente al legado de Frank Capra (la película está destinada a un programa doble con El caballero sin espada, aunque salga perdiendo en la comparación). Pero, más en general, Ella McCay es una película que reaviva la pulsión filosófica que Stanley Cavell observó en las comedias hollywoodenses clásicas: esa idea de que las películas de apariencia inofensiva estaban interrogando la experiencia humana y, tal vez, podrían hacernos mejores personas.
James L. Brooks es demasiado generoso para este tiempo devastador. Y es triste pensar que Ella McCay pueda ser su despedida del cine. Pero voy a intentar conservar el optimismo brooksiano. Quizá, si tenemos suerte, lo veamos hacer otra película.
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Ella McCay, Estados Unidos, 2025.
Escrita y dirigida por James L. Brooks.
Intérpretes: Emma Mackey, Jamie Lee Curtis, Albert Brooks Albert Brooks, Woody Harrelson.
Iván Zgaib / Copyleft 2026


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