CANNES 2015 (07): EL MAL DE CADA DÍA

CANNES 2015 (07): EL MAL DE CADA DÍA

por - Críticas, Festivales
19 May, 2015 10:31 | comentarios
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Miguel Gomes y su equipo

Por Roger Koza

Un avance, muy breve, por cierto, porque habrá que volver a este emprendimiento delirante en varias oportunidades: Miguel Gomes ya estrenó la primera y la segunda parte de As mil e uma noites (y el miércoles 20 se conocerá la tercera y última parte). La ovación sostenida al finalizar la proyección de ambas funciones es lógica: Gomes tomó la estructura del famoso clásico literario y puso a la legendaria Scherezade a contar historias actuales de un Portugal empobrecido. Dividida en capítulos que no son otra cosa que cuentos que hablan de la catástrofe económica que vive su país, la fantasía, el humor y el testimonio orquestan una contraofensiva contra la depresión y la decadencia. La película es de una libertad absoluta, tan moderna como popular, y es de lo mejor que se ha visto en Cannes.

La presentación de la función por parte de Gomes fue una exposición de su método de trabajo. Estaban los periodistas y los guionistas. Gomes iba presentando a cada uno de su equipo y les preguntaba por qué estaban en la película. Cuando les tocó a los periodistas, Gomes explicitó el método: ellos tomaban las noticias del país, los guionistas las traducían al lenguaje de la ficción y él imaginaba entonces la forma de filmar. Es un film hermoso, triste, feliz, rabioso y único. Considérense estos dos párrafos como un mero avance. Un tráiler en texto.

Las películas con temas sociales de las competencias contrastan con la riqueza omnipresente en Cannes. Las fiestas nocturnas en la playa, los locales en donde se venden artículos por 4000 euros, los autos que circulan por las angostas calles de la ciudad denotan el poder económico. En la famosa Croisette, la avenida costera en donde sucede todo, no obstante, se ve por cuadra entre dos o tres personas con la mano extendida pidiendo una limosna. La impresión es que esas mujeres vestidas como salidas de un desfile de un palacio real y sus acompañantes pertenecientes al empresariado global ni siquiera perciben a estos espectros sociales que también están en Cannes.

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La loi du marché (The Measure of a Man)

La loi du marché (The Measure of a Man), de Stéphane Brizé. El más masculino de los actores franceses, Vincent Lindon, compone un personaje a su medida: con más de 50 años, Thierry se queda sin trabajo y empieza entonces una peregrinación humillante por las oficinas de empleo, pasa por varias entrevistas de trabajo y hasta toma un curso de capacitación para aprender a venderse mejor. Thierry está casado y tiene un hijo discapacitado. Su especialidad es manejar grúas, pero hasta en ese rubro la actualización es permanente. La ley del mercado, según su título francés (La medida de un hombre, según el inglés) se circunscribe a seguir este vía crucis capitalista hasta que Thierry se incorpora como guardia de un supermercado. La dicha laboral es para muy pocos.

Brizé aprovecha enteramente la gestualidad de Lindon, capaz de expresar vergüenza, ira, ternura, indignación a través de su rostro con dos movimientos de cejas y variaciones de su mirada, como también utiliza a su favor la totalidad del lenguaje corporal del actor para denotar algún sentimiento específico. Hay una escena, por ejemplo, en la que Lindon practica un paso de baile en una clase para aficionados, escena particularmente extensa pero de una rítmica propia que funciona muy bien en la lógica interna de ese pasaje. Lindon, sin duda, es un actor de una ductilidad asombrosa, a tal punto que con suma facilidad uno puede asumirlo como un operario de una grúa sin ningún problema. Es siempre verosímil, singularmente notable.

En una de las escenas más humillantes del film, Lindon mantiene una conversación con un entrevistador del departamento de Recursos Humanos de una empresa por Skype, una modalidad esencialmente cobarde y cada vez más frecuente por la que se evita la confrontación entre quien necesita un trabajo y el que decide si se lo da. La escena es de una violencia contenida ostensible y Brizé prefiere sostener un registro único (un plano medio distante) dejando en fuera de campo al entrevistado, al que solamente se lo escucha, permitiendo de ese modo que las reacciones de Thierry queden en evidencia. Es otro gran momento del film. El momento más violento –de una violencia que se intensifica pausadamente– es el que se percibe cuando Thierry vuelve a tener empleo. Los robos de las personas en el supermercado son menores: un cable, unos cupones para obtener algún producto gratis y cosas por el estilo. Se trata de robos menores que los encargados deben reprender con todo el rigor posible, como si se tratara de piezas de oro. Excepto Thierry, cuyo malestar se profundiza a medida que va entendiendo su función en ese sistema de punición discreto.

Se dirá que La loi du marché es un film menor parecido a muchos otros. Es posible que así sea. Sí, es evidente la influencia de los hermanos Dardenne o del primer y aceptable Laurent Cantet, y para quien crea que el criterio de la novedad es determinante, será uno de los tantos títulos que se olvidarán pasados unos meses. Sin embargo, la película de Brizé le otorga a la competencia una cierta razonabilidad bienvenida. Después de ver tanto films con monstruos y almas bellas, toparse con un obrero como protagonista es bastante saludable. Sociológicamente.

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Las elegidas

En Cannes, el cine proveniente de Latinoamérica debe responder a los siguientes requerimientos: ser cruel y sórdido, y en lo posible pertenecer al cine de denuncia. Parafraseando a Hitchcock: para hacer denuncias están las comisarías. El mexicano David Pablos es uno de los pocos cineastas latinoamericanos en la sección oficial denominada Una Cierta Mirada. Su película cumple con la norma. En Las elegidas, su segunda película, el director se dedica a seguir los procedimientos de reclutamiento forzoso de la industria de la prostitución de menores en Tijuana. Un joven simpático y buen mozo es el señuelo. Primero enamora a las pretendientes, luego las entrega. La película es cuidadosa en tanto que estetiza hasta donde más puede la sordidez de lo que cuenta. Las escenas de sexo son todo un logro: Pablos filma el rostro de las jovencitas y en fuera de campo se oyen los sonidos del erotismo espurio. Hay que decir que el sonido sobreactúa un poco. También vemos a los clientes. El problema del film, de todos modos, pasa por otro lado: la ausencia de un matiz sociológico que contextualice el ultraje. Tal como aparecen los personajes, los mexicanos varones parecen ser hijos predilectos del demonio.

Roger Koza / Copyleft 2015