LA MIRADA DE LOS OTROS: SOBRE LOS DUEÑOS, HISTORIA DEL MIEDO Y RÉIMON

LA MIRADA DE LOS OTROS: SOBRE LOS DUEÑOS, HISTORIA DEL MIEDO Y RÉIMON

por - Críticas
13 May, 2014 11:58 | comentarios
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Historia del miedo

Por Nicolás Prividera

La literatura argentina es pródiga en relatos que marcan el miedo y extrañeza de una clase poseedora ante el avance de otro amenazante: por no remontarnos hasta sus orígenes en El matadero, mencionemos algunos ejemplos que nos dejó el posperonismo, del fantástico de Casa tomada (Cortazar) al realismo de Cabecita negra (Rozenmacher), o del asedio de La casa del ángel (Guido) a la invasión de La casa (Mujica Lainez). El cine argentino ha reproducido algo de este clima (empezando por las adaptaciones de Torre Nilsson), pero nunca logró expresarlo tan claramente. Mucho menos, desde ya, el llamado Nuevo Cine Argentino (tanto el de los primeros años sesenta como el que reinicia a fines de los noventa), en parte porque ninguno supo muy bien qué hacer con el peronismo (que representaba mayoritariamente a ese otro de clase). La segunda generación del sesenta (1966-1976) vivió esa contradicción a través de su radicalización política, y las nuevas generaciones del nuevo cine argentino (atravesadas por la larga década kirchnerista) parecen por fin sentir la sombra de esa d(e)uda.

Durante el último año surgieron una serie de películas que tal vez no formen una tendencia pero que si dan cuenta de ese viejo pero eludido malestar, empezando por la última película de un cineasta de la generación anterior, que de algún modo replantea su carrera y señala un punto de giro: basta ver las notables diferencias entre El custodio y Réimon. Rodrigo Moreno deja de lado el guión de hierro y los múltiples apoyos internacionales para lanzarse a una película con menos certezas (en todo sentido). Si su cálidamente distante retrato del trabajo de una empleada doméstica no termina de superar sus inquietudes es tal vez porque el film no lleva hasta el final sus presupuestos: la lectura de El capital de Marx es un contrapunto que se convierte en la única voz, frente al silencio de Ramona (a la que ningún lector de Marx llamaría “Réimon”) y los lugares comunes de sus empleadores, de los que nunca sabemos a qué se dedican y por qué leen un texto tan arduo como El Capital (en una película que se preocupa por dejarnos claro de entrada sus propias condiciones de producción a través de un texto que nos informa con qué medios fue realizada). Los lectores parecen los habituales en el NCA (de hecho son los protagonistas de Un mundo misterioso, la anterior película de Moreno): personajes sin atributos (aunque pertenecientes a una tribu reconocible) que leen textos antiguos en un encierro innominado… Lo que cambia no es tampoco la nobleza con que aparece retratada la empleada (cosa habitual a lo largo de la historia del cine argentino, por derecha e izquierda), sino su “elegancia”, por usar el término preciso que utilizó Moreno en su presentación: como si (para escapar del estereotipo igualmente habitual del “feo, sucio y malo”) el film se entregara a una imagen idealizada según su propio espejo (haciendo que Réimon escuche a Debussy).

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Algo de esa “culpa de clase” (más habitual en el cine chileno que en el argentino) aparece en Historia del miedo, de Benjamin Naishtat. Pero aquí la armonía deja paso a la tensión, que se expresa en la mirada ambivalente que una clase tiene sobre la otra (asumida concientemente por el propio film): entre el miedo y la fascinación, la película parece retratar precisamente esa dualidad (que habitualmente se decanta en el cine argentino por una u otra vertiente) para terminar postulando que el problema está en la mirada misma (en esa “sensación de inseguridad” que es nuestra diaria noticia cotidiana). En cambio Los dueños, de Agustín Toscano y Ezequiel Radusky (en la que Rodrigo Moreno fue “tutor de guión”), opta por otra innovación: la no idealización de ninguna clase… Lo que no deja de ser otra forma de igualación. Si los anteriores films fueron presentados en Alemania, Los dueños viene bendecido por el festival de Cannes, donde incluso obtuvo una mención. Se entiende: el film logra calibrar una puesta en escena moderna con un contenido clásico (el aludido al inicio de esta nota: la “casa tomada”): como una suerte de conciliación entre la amorosa crueldad de Buñuel y el costumbrismo latinoamericano.

La clave está en cómo estas películas le dan voz a los otros: la música como lengua franca en Reimon, el silencio en Historia del miedo (ya que los personajes parecen expresarse más bien por gestos, como en la escena que le da cierre y afiche), y finalmente la risa en Los dueños (la más cercana a la inversión carnavalesca, pero siempre desde una puesta en escena que marca el límite). Se podría decir que estos films pasan en su relación con el otro de clase por todos los estados por los que pasa el personaje de Rosario Blefari en Los dueños (como si “Silvia Prieto” se reconociera finalmente en sus hijos del NCA): curiosidad, deseo, rechazo. La violencia latente vuelve así como farsa: en ese malentendido también podemos ver la presencia de Marx, ese fantasma que retorna sin resolución posible.

Nicolás Prividera / Copyleft 2014