LA FLOR

LA FLOR

por - Críticas
16 May, 2018 06:15 | Sin comentarios
Se ha estrenado en la ciudad de Córdoba la version completa de La flor. Aquí 611 palabras. Más que una crítica es el preámbulo de una.

Esto no es aún una crítica.

611 palabras para analizar La flor es como mínimo un juego perverso del destino. ¿Cómo escribir sobre un film cuya duración alcanza los 840 minutos? ¿Por cuál de sus historias empezar? ¿Por la de la momia, por la de un cantante popular, por alguna de las tantas historias de espías que se pasean por la provincia de Buenos Aires, Londres o Budapest? En La flor hasta hay un episodio que incluye a Margaret Thatcher. Es que en este desbordado filme de Mariano Llinás pasan tantas cosas como en Las mil y una noches, pero ni siquiera se puede apelar como signo de reunión del todo al leitmotiv de Scheherezade contando infinitamente una historia tras otra para detener su ejecución.

Hay historias más o menos intrigantes en La flor, momentos de ficción pura (el inicio con las momias), alguna que otra meditación sobre la contingencia de todas las cosas (el grandioso final del primer intervalo de la segunda parte), instancias breves de intensificación perceptiva (los dos últimos episodios) y un espíritu lúdico (que se siente en todo su esplendor al comienzo de la tercera parte) que tiñe toda esta empresa delirante de hacer una película interminable. Hasta la secuencia de créditos en el final es un mediometraje, y resulta muy difícil abandonar la sala porque siguen pasando cosas.

Si la segunda parte de La flor es la más fluida y apasionante, se debe a que todo el universo del espionaje característico de la Guerra Fría remite a un mundo ya desaparecido que fue incorporado velozmente a la literatura del siglo XX y asimismo al cine de acción y aventuras. La complejidad de lo real fue entonces subsumida y codificada, de tal forma que puede funcionar como contexto de un relato.

En Llinás, la ficción es una operación de evasión (espiritual) por la cual se puede conjurar el peso de lo real para moverse en la piadosa experiencia literaria y cinematográfica que puede desentenderse de las obligaciones del mundo y de las innegables injusticias que lo asedian. El programa cinematográfico adquiere un espesor distinto cuando su cine puede recuperar lúdicamente vestigios históricos y políticos. El mundo y sus luchas pasadas sirven de contrapeso a una pulsión de evasión absoluta y es por eso que cambia la cualidad del relato.

Hay otra evidencia de lo real, acaso una inesperada constatación del paso del tiempo: el filme puede ser visto como un documental en el que cuatro actrices dejaron de ser jóvenes para volverse mujeres maduras. Las actrices merecían un texto aparte. Son hermosas y magníficas, dispuestas a todo y, tal como se lo merecen, el propio filme les prodiga un lírico homenaje, un poco antes de que se anuncie el último intervalo. De hecho, cuando se retiran un poco y quedan en fuera de campo, la ausencia se percibe de inmediato, aunque vuelven en el último episodio, donde Llinás retoma el motivo de las cautivas, propia de la literatura decimonónica, momento en el que apuesta a un cine primitivo (y experimental) no exento de un cierto misterio, lejos del imperativo de nitidez que domina la textura de cualquier imagen cinematográfica de hoy.

¡Quedan tantas cosas por decir! ¿Cómo privarse de señalar algo sobre el justificado multilingüismo y el perspicaz uso de la voz en off? La flor es una experiencia física y una aventura intempestiva para una época en la que los placeres de la imaginación se fragmentan en episodios de 50 minutos y no requieren de una sala de cine. He aquí un desvío, un encantamiento que no tiene sentido ni en el dormitorio ni en el living. La aventura cinematográfica nunca perteneció al orden doméstico. La flor espera en una sala oscura.

*Este texto fue publicado en La voz del interior en el mes de mayo 2018

Roger Koza / Copyleft 2018