FILMOTECA NO ES UNA MARCA

FILMOTECA NO ES UNA MARCA

por - Varios
24 Dic, 2017 11:56 | comentarios
Una apreciación a propósito de Filmoteca en vivo y el fin de su ciclo en la ENERC

Una semana atrás se conoció la noticia: Filmoteca en vivo dejaría de funcionar en la sala que pertenece a la ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica). Por varios años, como extensión del programa televisivo que emite aún la Televisión Pública, en aquel entonces conducido por Fernando Martín Peña y el siempre recordado Fabio Manes, los conductores programaban y presentaban películas de todos los tiempos y todos los géneros, que se exhibían en 35 y 16 milímetros, en la sala de la ENERC. Para la audiencia, siempre generacionalmente pluralista, se trataba de un acercamiento libre a la historia del cine y también una posibilidad única de ver ciertas películas en los formatos originales. Ver un film como tal es hoy una excepción y un privilegio, más todavía en Argentina.

La prepotencia discursiva del mercado y los intereses que organizan su lógica han impuesto en todos los parajes del mundo una sustitución de la que todavía no se llega a divisar la racionalidad técnica de su promesa. El reemplazo de la ontología analógica por la digital necesita una discusión a fondo, pues no existe ningún destino necesario en la evolución de la imagen-movimiento que legitime dicha sustitución; además, los presuntos beneficios de la digitalización del cine y todos sus derivados no son del todo explicables. La inestabilidad de la imagen digital es impredecible, así también su perpetuidad.

Pero no se trata aquí de discutir la ontología de la imagen cinematográfica, sino un hecho casi minúsculo que ha sucedido en el contexto de un conjunto de eventos de mayor envergadura donde la vileza se enmascara de republicanismo. Las cosas serían distintas si el mayor responsable de los destinos del país visitara no solamente al policía que probablemente pierda la visión de uno de sus ojos, sino también se acercara a saludar a otras personas que en los mismos eventos perdieron para siempre alguno de sus ojos. La gorra no envilece ni dignifica a nadie. Un hombre es un hombre, tautología válida para afirmar la dignidad de todo hombre. Por ahora, la empatía por lo extraño y radicalmente distinto no está entre las virtudes del mandatario vernáculo. Sin embargo, una vez más, el caso de Filmoteca excede un poco todo esto, aunque sí tiene un lejano reflejo en esos acontecimientos dolorosos que tuvieron lugar días atrás. ¿Cómo pueden coexistir formas de entendimiento inconmensurables en un mismo territorio?

Peña es profesor de la ENERC, y una actividad como la que venía desarrollando con su Filmoteca en vivo parece una consecuencia lógica para la institución que lo alberga. ¿A qué se debe que a una actividad legítima y amada por muchos cinéfilos porteños (y envidiada por quienes no vivimos en Buenos Aires) se le niegue un espacio? Por otra parte, ¿quién si no Peña puede llevar adelante una tarea como la de Filmoteca?

Como se sabe, por décadas, Peña ha acopiado miles de películas en fílmico: a veces las compra por eBay, en otras ocasiones las busca cuando se entera de que varias latas de películas han sido arrojadas a la basura en algún lugar de la ciudad, y también recibe a menudo insólitos regalos provenientes de herederos de coleccionistas o distribuidoras ya inexistentes, que lo llaman para ver si tiene interés en cuidar un lote de celuloide.

Pero el coleccionista entiende aquí que resguardar la memoria del cine tiene mayor sentido si esta alcanza a las nuevas generaciones que desconocen esa historia del cine. Como cinéfilo que es, Peña se desvive por socializar los misterios de la Filmoteca y por dar a conocer las obras del pasado del cine en el modo en que fueron concebidas. Es que no se trata de fetichismo del fílmico, sino más bien de una fidelidad a las condiciones materiales de un arte y su tiempo y por ende una lealtad estética para con esos materiales que fueron concebidos de un modo específico. La gran tarea pedagógica de Peña y su Filmoteca tiene que ver con prodigarle a su audiencia una experiencia total (y ahora pretérita) del cine que ya prácticamente resulta imposible. En Filmoteca en vivo los estudiantes de cine, los curiosos sin edad y los cinéfilos de siempre podían volver a reconocer la luz inicial del cine y las múltiples texturas de la imagen analógica, experiencia en extinción por razones que nada tiene que ver con la naturaleza del cine y su evolución.

A Peña no se le avisaron las razones de su forzada despedida del espacio. Apenas le llegó un aviso telefónico; un mensaje. Un poco después, tras varios signos de protesta, se pudo saber las razones de la desafectación de Peña del recinto de la ENERC, que fue el hogar de Filmoteca. En una entrevista conferida al diario Infobae titulada “Entre polémicas y renovaciones”, el presidente del Incaa, Ralph Haiek, acompañado por el vicepresidente de dicha institución, el crítico de cine Fernando Juan Lima, hablaron sobre varias cuestiones del año cinematográfico que ahora culmina, y que ha sido como mínimo espinoso y conflictivo. Respecto de Filmoteca, Haiek afirma en esa entrevista:

“La ENERC va a seguir siendo un lugar de exhibición de fílmico —responde Haiek—, creemos que es importante que la Cinain (Cinemateca y Archivo de la Imagen Nacional) produzca y programe un nuevo ciclo en un marco más institucional. Lo que estamos haciendo como política en todo el instituto es básicamente que nuestra marca, nuestro proyecto sea como pasó con Pantalla Pinamar, que lo reemplazamos por Blood Window Pinamar [festival de cine fantástico, se lanzará en 2018], o como Odeón que ahora es Cine AR. En ambos casos tenemos una enorme capacidad de producción y queremos volcarla institucionalmente donde estamos exhibiendo. En este caso está el Cinain. A partir del año que viene, será la Cinain, que produzca y programe el ciclo de fílmico en vivo en el ENERC, porque la Cinain no sólo está a cargo de cuidar el patrimonio y tener acceso a las películas, también tiene un consejo asesor que define todo. Nuestra idea es aprovechar nuestra marca, nuestros recursos y alinearlos”.

Nada indica en este pronunciamiento de sintaxis dudosa algún resquemor respecto de Filmoteca en vivo y su conductor. El razonamiento es institucional, tiene un cierto estilo corporativo y alude a una lógica de sustitución que no despierta de inmediato ninguna fantasía de exclusión deliberada, excepto el de una ciega necesidad institucional que no se detiene frente a nombres y experiencias precedentes. “Alinear” es el verbo protector, el que alude a una voluntad de centralizar tareas y objetivos, no a desestimar la labor de Peña.

Habría que detenerse en otro término. El concepto de “marca” no es inocente, al contrario, es toda una referencia. El término pertenece al vocabulario de los negocios, y tiene su praxis semántica en esa nueva cultura empresarial que ha desbordado ya las prácticas económicas y se ha convertido en una razón de Estado. En ese concepto resplandece una modalidad de organización general, acaso se trate de un striptease discursivo involuntario. He aquí un lineamiento que puede explicar las nuevas pautas de financiamiento, el nuevo sistema de subsidios del INCAA y los criterios de evaluación sobre la pertinencia o no de otras actividades “menores”, como la que solía llevar adelante Peña.

Es lógico que Filmoteca en vivo no es una marca, sino una práctica desligada enteramente de una racionalidad económica. Peña, un heredero directo de la tradición inaugurada por Henri Langlois, no piensa el cine en términos de productividad sino de patrimonio y legado. Es que para él las películas conforman una memoria colectiva que se debe resguardar y transmitir, pues así sobrevive la gran tradición del cine que de lo contrario se volatizaría en una galaxia de estímulos audiovisuales. Esta posición poco interesa a quien modela una marca y razona bajo los parámetros de la eficiencia y la productividad. (Debe ser por esto que los directivos del INCAA faltaron a su palabra ante el director del Festival Internacional de Cine 3 Continentes de Nantes, Jêróme Barone, cuando la institución se desentendió finalmente de toda colaboración respecto de la retrospectiva “Una verdadera historia del cine argentino”, que exhibió 23 películas argentinas y fue el evento central del festival; la perplejidad del director del evento fue enorme, al descubrir que la institución cinematográfica argentina ni siquiera pagó el pasaje de avión de uno de los cineasta invitados, pero que en menos de cinco minutos hizo llegar el logo del INCAA para toda la comunicación del evento; la marca en cuestión es lo que importa. En efecto, una retrospectiva de esta naturaleza no acarreaba ganancia alguna, lo que habla indirectamente de un nuevo concepto del instituto como productor asociado y exhibidor general, entre otras cosas, y no como una institución que siente el deber de apoyar todo lo concerniente al cine argentino).

En este sentido, el discurso de Haiek está en sintonía con una forma de comprensión utilitaria de la cultura. La cultura sería un excedente del consumo, un contracampo del mercado de objetos que tiene su correlato en otro mercado de bienes culturales y espirituales. En el corazón de todo esto yace la vieja idea de industria cultural; es un imaginario triunfante el de esta concepción, que además le adjudica un límite al concepto de industria asociada a lo nacional (y más todavía a lo popular). Una tarea como la de Peña es enteramente ajena a este modelo, una anomalía que ni siquiera funciona como un contrapeso permitido o un simulacro de equilibrio entre las necesidades de consumo y los fines del espíritu.

Se podría conjeturar motivos menos simpáticos para el desplazamiento de Peña y su Filmoteca en vivo de la sala de la ENERC. Solamente habría que añadir lo siguiente: Peña es un hombre de posiciones fuertes y de sentencias vehementes, pero dista de ser dogmático e intolerante. Es evidente que no es partidario del Gobierno de turno, pero jamás ha entremezclado sus actividades de la Filmoteca con cuestiones políticas partidarias y coyunturales que puedan lesionar los intereses gubernamentales y la administración de sus diversas actividades.

Dicho esto, falta agregar algo que frente a los acontecimientos descriptos parece una ironía de la historia: Peña ha sido el hombre que más ha trabajado en el pasado (reciente) por la creación del Cinain; es un innegable conocedor de la materia. ¿Por qué no puede ser él el encargado de seguir con la programación de ese espacio? ¿Por qué no podría compartir el espacio de Filmoteca en vivo con otras actividades a las que él ayudó a cimentar? Alinear no conlleva necesariamente a excluir, y presuponer una cierta vileza en todo esto es casi inevitable.

Debo decir que Peña me parece insustituible, como también su espacio. ¿Exagero? Es posible, pero observo que lo que pienso es compartido por miles de firmantes de una solicitada para que se revise la resolución del presidente del INCAA.  En un hiperbólico juicio, Raúl Camargo, director del Festival de Valdivia, expresó en Twitter algo así como “cuidemos a Peña, porque es nuestro Langlois”. Desde lejos todo se debe ver mejor, y en un tiempo no muy lejano al nuestro, los responsables de esta decisión, si tienen dignidad –y creo que así es–­, sentirán un poco de vergüenza.

Roger Koza / Copyleft 2017