
NO MATAR: UNA RESPUESTA A NICOLÁS PRIVIDERA
Hay una regla no escrita: un director no debería responder a las críticas negativas. Siempre estuve de acuerdo, como crítico y como director. Me parecía que una película debía defenderse sola; que el trabajo del crítico es, entre otras cosas, el de opinar, a veces a favor y a veces en contra, y que el que se anima a hacer una película debe aguantar lo que venga.
Había decidido no contestar siguiendo esa regla y mi convicción. Pero sentía que necesitaba hablar. Si algo aprendí con No matar es que, si uno necesita decir algo, tiene que decirlo: es lo que explica Delia Lozano en la película, pero sobre todo lo que me empujó a hacerla. Pero además me di cuenta de que esta película no puede hablar sola. El contexto de críticas desfavorables que cuestionan la mera existencia de la película, aunque a veces simulan que están cuestionando su forma, me obliga a convertirla en una película abierta, que se siga explicando incluso a través de esas impugnaciones, pero también desde lo que yo pueda decir para defenderla.
Esta nota se centra, salvo algunas menciones aisladas, en el texto de Nicolás Prividera. Posiblemente, más adelante, me ocupe de otros que también han criticado la película. En el caso del texto de Albertina Carri, el ataque fue personal, con una agresividad y saña que mi orgullo no permitirá que me quede callado.
Nicolás Prividera basa prácticamente toda su crítica en conjeturas que solo están en su prejuicio. No se anima a ver mi película como lo que es y pretende que sea lo que él quiere que sea. Solo desde esta perspectiva se puede entender que diga, ya en el primer párrafo, que “no difiere demasiado” del video institucional que el gobierno emitió el último 24 de marzo. Las diferencias son notables y no estoy hablando de cuestiones formales o estéticas, sino de planteos y objetivos. Mi película le dedica mucho tiempo y reflexión a plantear el contexto en el que las organizaciones armadas surgieron en la Argentina, incluye menciones explícitas a la proscripción del peronismo, se refiere largamente a la resistencia peronista, se analiza el ideal de cambio y rebeldía que se fue forjando en la década del 60, se habla del Plan Conintes, la Revolución Cubana, el Cordobazo, la tensión entre Perón y Montoneros, la llamada “masacre de Ezeiza”, el gobierno de Onganía, la represión ilegal de las bandas ligadas a la Triple A y el plan criminal de la dictadura, entre otros hechos y circunstancias que el video realizado por Santiago Oría decide obviar. Por otra parte, mi película, a diferencia del video oficial, se propone revalidar el consenso democrático creado por el Nunca Más y los juicios a las juntas, que implicaba una condena sin matices al terrorismo de estado, la oposición a cualquier iniciativa que busque interrumpir el orden constitucional y una crítica a la violencia como herramienta de acción política. Prividera miente para fundamentar a su favor, recorta para tergiversar, ofende la inteligencia del lector con su mirada deshonesta.
Luego cita un texto que solo apareció en una sinopsis publicada en un medio digital, pero que no está en la película: “Las organizaciones armadas surgieron con el apoyo de una parte significativa de la población (…), rápidamente transitaron a una etapa de militarización y desvinculación del pueblo, lo que condujo a su derrota (…), lo que se debió a sucesivos errores estratégicos, desviaciones éticas y el uso indiscriminado de la violencia, que condujeron a su fracaso final”. Más allá de no estar en la película, eso es lo que escribí y lo sigo suscribiendo. Prividera lo cita para señalar la omisión respecto a que la derrota se había producido antes del golpe de Estado, olvidando que Sergio Bufano, en la película, lo dice explícitamente y que Aldo Duzdevich lo sugiere con mucha claridad. Prividera señala luego que este resumen (la sinopsis) es sinuoso e inexacto (sin explicar por qué lo dice) y que el “fracaso” de las organizaciones se desarrolla en la película “sin mayor elucidación”. En todo caso, mi “elucidación” no le parecerá acertada, pero negarle a la película su voluntad de echar luz (con una perspectiva personal y extensamente desarrollada) acerca de lo que sucedió en los años 70 en la Argentina me parece un acto de terquedad.
Pero lo que más le importa a Prividera es plantear que “la sinopsis falsea el verdadero contenido de No matar.” Dice que la película no dice lo que dice que dice. Me acusa de intentar despegarme, con el texto inicial que aparece sobreimpreso en la película, de “las sospechas de igualar “uno y otro lado”, aunque ya referirse a “lados” es un clásico de la teoría de los dos demonios”. Hay que aclarar que el único que se refiere a “lados” es Prividera, no yo. También me acusa de plantear un falso “silencio” sobre las víctimas de la guerrilla. Sostiene que “esas historias han sido hechas públicas desde el momento mismo en que sucedieron los hechos”. Este tal vez sea su argumento contra la película más repudiable. Porque es falso y poco empático con el dolor de esas víctimas. Nadie puede negar que existe una incomodidad pública, sobre todo desde el consenso progresista acerca de los años 70, frente a los testimonios de los familiares de las víctimas de las acciones de la guerrilla. El hecho de que esas historias se hayan contado en diarios nacionales o libros no contradice que sigan siendo un tabú, sobre todo en el cine argentino. Las agresivas reacciones ante mi película, que han llegado hasta el insulto y el agravio, son la prueba de que estos testimonios vienen a destrabar un tabú que nos cuesta superar.
Me vengo preguntando desde hace tiempo por qué esto ha sucedido así. Una de las respuestas la da la propia película en boca de Delia Lozano, cuando dice que “la dictadura transformó en víctimas a los que eran victimarios”. Sin embargo, Prividera cree que esta frase “se aleja de la verdad, porque lo primero que hizo la dictadura fue hacerlos indiscernibles, como no lo hace este discurso y los que asimilan todas las víctimas a victimarios, cuando sabemos que la mayoría de los desaparecidos nunca tuvo un arma en la mano.” Cuando Delia dice que los victimarios se transformaron en víctimas no se está refiriendo a “todas” las víctimas. Está señalando, con dolor, que el terrorismo de Estado no solo violó todas las normas éticas y jurídicas posibles para hacer desaparecer a una parte de la población, sino que además impidió que los crímenes de la guerrilla sean juzgados dentro del Estado de derecho y que sus víctimas reciban, al menos, el consuelo de la justicia. La falacia es el sistema de pensamiento que oscurece los argumentos de Prividera.
La ausencia (o escasa presencia, corrijo, para evitar eventuales correcciones policíacas de Prividera) de los testimonios de las víctimas en nuestra discusión pública, por fuera de su uso contra las políticas de derechos humanos, evidencia una incomodidad que puedo entender pero no compartir. Escuchar sus voces y ver sus rostros nos enfrenta a la evidencia de que la guerrilla cometió asesinatos. Cuando yo hablo de “no matar” y me acusan de no entender la “violencia como algo sistémico” (textual de Fran Bouzas en Instagram), lo que siento es que no han querido ver la película. ¿No se dan cuenta del grado de perversidad y desprecio respecto a las víctimas y sus familiares que se desprende de estos giros idiomáticos forzados? En mi película se narran, por parte de sus familiares, cinco cobardes asesinatos ejecutados con crueldad y alevosía. No hay ningún fenómeno “sistémico” que los justifique. Si los que critican la película piensan que estas muertes fueron daños colaterales de una lucha justa y heroica, que lo digan de frente y sin pudor. Si no creen eso, ¿por qué les molesta tanto la mera mención de estas historias? Admitir que existen víctimas implica aceptar que esa lucha que idealizan incluyó asesinatos. No fueron casos aislados; fueron muchos. No voy a entrar en el juego tramposo de las cifras, como sí hace Diego Lerer, en el fragmento más bajo de su crítica a No matar: “Según estadísticas, los muertos por acciones terroristas en la Argentina fueron alrededor de mil personas, de las cuales 700 pertenecían a alguna fuerza militar o policial, dejando en poco más de 300 a las víctimas civiles de esos actos criminales. Que merecen ser tenidos en cuenta, no hay duda. Pero la obsesión por enfocarse en ellos y pretender que no hay una decisión o una lectura política por detrás, es más dudoso.” A Lerer le parece que “poco más de 300” civiles asesinados por la guerrilla son demasiado poco para justificar una película que hable de ellos.
En otro momento señala que en la película “nadie recuerda que además de la guerrilla operaba impunemente la Alianza Anticomunista Argentina”, a raíz de que Delia Lozano dice “empezaba una época de terror” y Aldo Duzdevich “había cinco asesinatos por día”. Prividera miente y saca de contexto frases de la película tramposamente. Para la familia de Delia la amenaza era la guerrilla, porque su padre era gerente de Renault. Unos años antes de que asesinaran a su padre, había explotado una bomba en la puerta de su casa, sin la consecuencia de víctimas, pero con la lógica sensación de terror rodeando a esa familia. No fue la AAA la que puso esa bomba, porque no eran el tipo de objetivos que buscaban para sus asesinatos. Por otra parte, es el propio Duzdevich el que nombra explícitamente a la AAA, “que empezaban a actuar” ya en 1974. El contexto de represión ilegal y la violencia política desde las bandas de derecha, incluso en el período democrático, están señalados en la película. Pero quiero ir más allá. Incluso si no se dijera nada de eso, la imputación sería injusta. Lo que propone la película es una crítica a la violencia política de las organizaciones armadas. ¿Por qué Prividera no se dispone a discutir eso, a decir si adhiere o no a esa crítica? Todo esto debe leerse como la prueba de que Prividera ya había decidido el juicio sobre la película antes de verla. Como no puede o no quiere decir lo que sinceramente piensa de las acciones de las organizaciones armadas, desvía el foco de los temas que la película plantea.
Eso queda claro cuando dice que el “quid de la cuestión” de la película es cuando “se pide que el Estado argentino reconozca que en Argentina hubo terrorismo”. Lo pide la hija de una víctima, dolorida por la soledad en la que lo dejó la historia a lo largo de décadas. En una película de cuatro horas, argumentar que el objetivo principal de la película es un llamado al Estado para que reconozca a las organizaciones armadas como terrorismo, me parece tramposa. Si eso está incluido en la película es porque me pareció un reclamo razonable, luego de haber escuchado sus historias, aun cuando yo personalmente no lo comparta. La organización de los testimonios y el contenido de las palabras que elijo para cerrar la película no dejan dudas de que ese no es un elemento central de mi propuesta.
Respecto a la inclusión del archivo del programa de Grondona, propone una muy buena síntesis de lo que allí sucede: “Jorge Reyna quiere hacer un poco de Historia, pero ella dice “¿Qué tiene que ver con mi papá?”” Efectivamente, lo que se enfrenta en esa discusión es, por un lado, la justificación de la violencia política a partir de una lectura (siempre parcial y subjetiva, porque no puede ser de otra manera) de la historia y, por el otro, la evidencia del dolor y la muerte que esa justificación puede provocar. “Todo se reduce a la casuística personal, sobre la que no es posible decir nada”, dice Prividera, queriendo impugnar la validez del dolor de un caso particular para ayudar a entender una situación violenta que excedió largamente ese único caso. En realidad, la frase de Prividera lo único que hace es admitir, más allá de su intención, que Delia Lozano tiene razón, que su argumento es sólido como una roca y que desarma con la simpleza y precisión de sus palabras las voces que, explícitamente o por omisión, buscaron excusar a las organizaciones armadas de su responsabilidad en la tragedia de los 70.
Luego vuelve a uno de sus argumentos favoritos: “ni siquiera se hace cargo de la contradicción entre el supuesto “silencio” previo y archivos como este que prueban lo contrario.” No, Prividera, este archivo, que para casi todos los espectadores de la película fue una revelación, no prueba eso. Lo que prueba es que hace 30 años un familiar de una víctima podía discutir cara a cara con un ex integrante de la guerrilla, exponiendo ambos argumentos sin agredirse, mirándose a los ojos y respetándose. Es obvio que esa conversación se da dentro del contexto de intento de “reconciliación” que proclamaba el menemismo, pero lo que sucede es mejor que una reconciliación. Porque coincido en que una reconciliación era algo imposible y que no debió ser propuesto nunca como objetivo. Lo que sucede en el programa de Grondona es un diálogo, algo que hoy, tristemente, no es posible.
El párrafo en el que se refiere a la polémica suscitada a partir del texto de Oscar del Barco es tan enredado que su propia confusión lo refuta solo. En un momento dice que “la violencia no puede ser abstraída de quién y cuándo se ejerce” y en las oraciones siguientes enumera asesinatos o intentos de asesinatos de tiranos o genocidas. Prividera sostiene, entonces, que el análisis y el juicio sobre la violencia debe entender quién la ejerce, cuándo se la ejerce y sobre quién se la ejerce. Yo le pregunto a Prividera, parafraseando a Delia: ¿qué tiene que ver eso con los asesinatos que se narran en esta película?
Luego se enoja porque uno de los testimonios dice “manuales con la historia completa”, porque allí estaría asomando la tan mentada teoría de los dos demonios. Yo tampoco estoy de acuerdo con los conceptos de historia completa o memoria completa, porque implican no solo equiparar sino contraponer. Yo también creo que la memoria (y la construcción de una historia común para todos los argentinos) es frágil, siempre parcial y nunca totalizadora, que nunca vamos a terminar de completarla. Pero sobre todo creo que debemos hacer un esfuerzo por evitar los slogans cuando queremos pensar cuestiones complejas. Los slogans sirven para las campañas políticas y las operaciones partidarias, no para desentrañar un pasado doloroso. Sin embargo, atacar a los que testimonian su dolor por usarlos me parece otra de las muestras de baja calidad ética en el pensamiento y la escritura de Prividera. No hablan la misma lengua de la represión, como él dictamina; solo están repitiendo terminologías que aprendieron de aquellos que fueron los únicos que se atrevieron a escucharlos durante décadas de aislamiento.
Efectivamente, hacen un esfuerzo por no caer en un discurso que pueda ser leído como vengativo o que avale lo que hizo la dictadura, porque son conscientes de que sus palabras están siendo vigiladas por las comisarías del lenguaje. Yo también los cuidé en el montaje, pero como quien cuida una buena actuación en una película de ficción eligiendo la mejor toma, o como quien revisa lo que escribió y elimina una frase que puede ser entendida en contra del sentido general que le quiere dar a su texto. Pero parece que mi cuidado no sirve de nada, porque Prividera siempre va a encontrar la palabra “mal dicha” que justifique su desprecio por la película, porque como en casi todas las críticas que esta recibió, ya había decidido qué era lo que tenía para decir, antes de verla.
Luego dice cosas con las que estoy de acuerdo. Dice que la dictadura clausuró la posibilidad de justicia y reparación respecto a estas víctimas, dice que el terrorismo de estado en su máxima expresión asesinó salvajemente y no cumplió el mandamiento de “no matar”. Pero usa esas verdades para señalar que la película “aborda un tema que la excede, y lo hace de la manera más plana y confusa posible.” Para justificar su juicio, proclama que los exmilitantes que testimonian en mi película están “siempre equivocados”; para impugnar la presencia de los hijos de asesinados sostiene que lo esencial de sus testimonios es pedir un reconocimiento al Estado. No son opiniones las de Prividera; son dos mentiras.
El final sigue la misma pobre línea de argumentación. La inclusión de un libro coescrito por Victoria Villarruel sería prueba de la “mala fe” de la película. Yo sabía que nombrar ese libro iba a ser usado en mi contra, pero precisamente mi “buena fe” me llevó a incluirlo en ese listado. Gracias a esa lectura pude conocer historias que desconocía. La prosa innecesariamente barroca, el tono falsamente épico de las historias y las intenciones políticas o militantes de sus autores no me impiden reconocer que parte de ese material me sirvió para mi película. No me da vergüenza decirlo.
Prividera dice que en esa bibliografía sobra y falta mucho y reclama la presencia de un libro que está en la lista: Anatomía de una mentira: quiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino y Rodrigo González. Ahí confirmé que Prividera no había visto la versión final de la película. Desconozco qué versión vio, ni quién le facilitó el link de esa versión provisoria. Hasta muy pocas semanas antes del BAFICI estuve modificando y agregando cosas. Hay partes de las entrevistas que fueron recortadas, otros fragmentos se eliminaron enteros, el prólogo escrito se reescribió con algunos cambios y ajustes y la bibliografía fue actualizada de acuerdo con las últimas lecturas que me interesaron. El libro de Confino y González no dice, como sugiere Prividera, que estos debates sean “falsos”, sino que cuestiona su uso para justificar la dictadura y minimizar el terrorismo de Estado. Lo que a Prividera, como a tantos otros, les molesta es que yo lo hago con un fin que es directamente opuesto a ese. La virulencia de los ataques contra mi película pone en evidencia el cansancio de ciertas formas de memoria, anquilosada en slogans simplificadores, tan inútil para seguir pensando el pasado como para combatir las simplificaciones de la “memoria completa”.
La posdata termina acusando a la película de reactivar discursos negacionistas o reivindicadores de la dictadura. No niego que eso pueda suceder, pero no es mi responsabilidad responder por las lecturas forzadas por convicciones oscuras que no comparto ni la película propone. Como bien dice Prividera, No matar podrá ser para muchos “un espejo para los prejuicios de quienes la saludarán incluso sin verla.” Lo que no dice es que también está siendo combatida por otros prejuicios de quienes la repudian, también en muchos casos sin verla. Mi intención al escribir esta respuesta es combatir ambos prejuicios.
Juan Villegas / Copyleft 2026



Últimos Comentarios