LOS VERDUGOS TAMBIÉN LLORAN

LOS VERDUGOS TAMBIÉN LLORAN

por - Ensayos
04 Jul, 2021 08:24 | comentarios
Sobre Quintín, la derecha acrítica y el macartismo.

En una nota titulada “Dar nombres”, Quintín hace referencia a un tuit de Diego Lerer y un editorial radial de Roger Koza, que confirmarían su tardía presunción de que hay “en el pequeño mundo del cine una especie de rumor (no sé cómo llamarlo) por el cual quienes hicimos la revista El Amante en los años ’90 éramos o somos ‘la crítica de derecha’ o ‘la cinefilia de derecha’”. Es curioso que recién llegue hasta Quintín dicho “rumor”, existiendo antes otros tuits de Diego Batlle o Raúl Camargo (programador chileno insospechado de pertenecer a la internacional comunista) haciendo referencia hace mucho tiempo a esa identificación, y evidentemente sintiéndose “aludidos” todos los que salieron a responderles con la misma virulencia entonces, aunque no se habían hecho nombres propios… 

Es que la “presunción” se desprende de las abiertas posiciones que hace muchos años viene sosteniendo ese grupo de críticos, mayormente nucleados alrededor de El Amante. A esta altura todos ellos han “salido del closet” (por usar la poco feliz extrapolación de Juan Villegas), y varios de ellos colaboran en la revista digital donde se publicó  la misma nota de Quintín, llamada con orgullo “Seúl” para no ser confundidos con los tibios de “Corea del centro”. Por lo que es llamativa la supuesta ofensa, absurdas sus implicaciones, y perverso el pedido de disculpas. Pero de todos modos esta nota se abocará a explicitar las falacias del texto “preciso y elegante” de Quintín (según Gustavo Noriega, el otro miembro fundador de El Amante y habitué del mismo sitio).

I

They Live

Dice Quintín: “me considero una persona derecha [y humana, le faltó agregar], pero no de derecha” y “me parece que a los otros integrantes de la lista les pasa lo mismo”. Efectivamente, en los mismo tuits en que agradece esta nota, Juan Villegas  dice que “no se siente de derecha”… La cuestión es, precisamente, no lo que cada uno “sienta” (como ya señalamos en nuestra lectura de Diario de la grieta), aunque no sea inocente esa subjetivación: en un tuit en el que Pola Oloixarac recuerda una vieja nota de Martín Kohan sobre “la derecha que no osa decir su nombre”, le reprocha que no acepte “que la gente se autoperciba como le parezca”. Una vez más, se trata de utilizar el discurso reivindicatorio de ciertos colectivos o minorías discriminadas para extrapolarlo (solo cuando les conviene, claro, del mismo modo en que no tienen problema de tildar como “comunista / chavista / kirchnerista” a todo lo que se les oponga). Como si lo ideológico se aclarara con la mera “autopercepción” y no fuera una posición objetiva en un campo determinado (es decir, que tampoco implica un juicio moral o de valor, sino de hecho: justamente lo que ellos no hacen con quienes los contradicen). 

Véase por ejemplo la “autopercepción” de Quintín, quien dice “no soy parte de una organización política y adhiero a distintas posiciones según de qué tema se trate”, pero hace muchos años viene sosteniendo un apoyo abierto y explícito a la misma organización política que Villegas, así como todos los que saludan su nota y escriben en la misma revista (partidaria evidentemente de la misma organización -en todo caso adhiriendo a “distintas posiciones” dentro de ella-, visto que su editor fue ¡Subsecretario de Comunicación Estratégica en la Jefatura de Gabinete de Macri!), así como adhieren a otros espacios similares (como invitados a los mismos medios, firmadores de las mismas solicitadas, etc). Por consiguiente, ¿cuál es entonces el problema?

Como ya decíamos en nuestra reseña sobre el libro de Villegas, la derecha argentina tiene más escrúpulos que otras de la región y el mundo para asumirse como tal, acaso porque pese a todo aún sigue vigente la memoria histórica de los golpes (y terrorismo) de Estado, propiciados inequívocamente por sectores que en esos momentos se ubicaban inequívocamente a la derecha del arco (y basta leer hasta hoy los editoriales de La Nación para saber lo que siguen pensando…). Por eso los que luchan por “salir del closet” ideológico necesitan liberarse de esa pesada filiación histórica, como si solo se tratara de ocupar posiciones fuera de contexto (recordemos que la distinción entre “derecha e izquierda” viene de cómo se ubicaban los representantes en la asamblea nacional durante la Revolución Francesa, pero luego tiene dos siglos de historia política encima…). 

“Alguien preguntará por qué me enoja que digan que soy de derecha, si no tiene nada de malo”, asume Quintín, pero sostiene que eso puede ser señalado “siempre que uno acepte serlo”. La idea es absurda (si uno debiera analizar cualquier campo solo teniendo en cuenta lo que los agentes dicen de él, tendríamos como resultado -por ejemplo- que, efectivamente, en Argentina no es de derecha ni el partido de Biondini…). Pero por eso mismo esa (no) petición de principios aparece tan extendida en un mundo que asiste al crecimiento de organizaciones de derecha (y extrema) que juegan a sentirse ofendidas si se las señala como tales (véase al respecto este divertido y sombrío corto).

En aquel texto citado por Pola, Kohan concluía que “la derecha que no osa decir su nombre cultiva un airecito banana, cancherea con torpeza, juega el juego del cinismo. Esquiva, medrosa, esa exigencia ética que a la crítica le planteaba David Viñas: definir, ante todo, desde dónde se habla. Lo que vendría a ser, en este caso, pronunciar su antiizquierdismo sin disfrazarlo de antiprogresismo, asumirse de derecha y dar un debate honesto sobre estética y política”.

Hablando de estética y política., otra cuestión distinta es “adjudicarle retrospectivamente a esas ideas el sentido de su trabajo”, como señala Quintín (pero llamar a esto “un acto de delación” es una enormidad, aunque tampoco inocente como veremos más adelante). Cuando Koza dijo que “el núcleo fuerte de El Amante estaba compuesto por gente de derechas”, esa s final de la que Quintín se burla significa también que no se trata de adjudicar retrospectivamente una ideología precisa. Ya que, como Koza aclara (y Quintín cita), quizás por entonces lo eran “acaso sin saberlo”: porque la ideología (no en el sentido partidario sino de “visión del mundo”) nunca es transparente, y menos para los propios sujetos. Por eso, no se trata de que hace treinta años hayan puesto Los imperdonables de Eastwood en la tapa, sino de la visión del cine que se fue desprendiendo con los años de esa revista, incluso en sus diversos períodos. 

Sería por tanto necesario hacer una relectura critica de toda la historia de El Amante, para probar algunas hipótesis como esta que arriesgo rápidamente ahora: no fue un inicial conservadurismo político lo que derivó en su final conservadurismo cinematográfico (notorio en su defensa de Jackass, por ejemplo), sino acaso lo inverso: fue una visión conservadora del cine lo que hizo que su posterior deriva política no fuera percibida como un cambio radical. Siempre sostuvieron una “militancia” en favor de ciertos modelos, aunque Quintín sostiene que desde hace treinta años está tratando de evitar convertirse en “un crítico-megáfono” y nos invita a leer sus notas para probarlo. Bien. Veamos una que no le da la razón, aunque no sabemos si a aquel Quintín o a este…

Tras la crisis de 2001, el crítico publica excepcionalmente dos notas puramente políticas, en enero y marzo de 2002. No voy a hacer un análisis, ni siquiera una cita extensa de esos textos. Baste leer lo siguiente (extraído de “La sombra de una duda”) y compararlo con su discurso actual: “Patricia Bullrich se presentó en diez programas: todos anunciaban que la ex ministra de Trabajo (una de las personas más aburridas y banales del aire) era una de los pocos políticos que podían salir a la calle sin ser insultados. En instantes, el discurso se hizo oficial. Había nacido «la nueva derecha» (…) integrada según dicen por la Bullrich, López Murphy, Mauricio Macri, Gustavo Beliz, figuras que, al decir de los periodistas, «tienen buena imagen» y que, junto a algunos gobernadores peronistas (Reutemann, Puerta, etc.) más el menemismo, podrían conformar una fuerza electoral ganadora. (…) Sería el partido de los que mandan al que votarían los que obedecen. Pienso en el aire militar que tendría la aplicación dela ley de Murphy, el trato de patrón a obrero que Macri da a los jugadores de Boca, en el desprecio de la Bullrich a Moyano (que no obedece  a las mismas razones por las que pueden de-preciarlo los trabajadores), y me digo que no vaya votar a este partido”. El Quintín de 2001 le habla al de 2021, que seguramente encontrará un modo “preciso y elegante” de contarnos por qué aquel estaba equivocado… O tal vez prefiera callar, y seguir sugiriendo (como todos los que hicieron el mismo camino) que ya no tiene sentido hablar de derecha e izquierda, para no tener que explicar ese giro brutal (aunque luego encuentre “comunistas” por todas partes…). Pero hay algo peor en todo esto.

II

 “La cacería de brujas, en un sentido estricto o simbólico, tiene una historia que un crítico de cine no debería ignorar”, nos enseña Quintín: “Señalar con el dedo tiene consecuencias. Decir que alguien era de derecha en la Unión Soviética era malísimo y peligroso para el señalado. Del mismo modo, era malísimo que a uno lo consideraran comunista en tiempos del macartismo. (…) No era una expresión neutral llamar a alguien comunista en Hollywood. La idea era que la palabra se usara lo más posible y que se dieran los nombres de los infames”. ¿Hace falta decir que “comunista” es hoy la palabra de moda de las nuevas derechas para “atribuirle al otro” una entidad realmente inexistente?

Lo que hay que asumir es que Quintín fue en esto un adelantado: cuando hace unos años usaba esa y otras palabras tomadas del léxico de la Guerra Fría, hasta sus amigos parecían tomarlo como un exabrupto hiperbólico, pero ahora ese discurso delirante se ha vuelto un lugar común y cotidiano, incluso en el degradado campo político. Y sumado a ese uso deshistorizado, se produce también una torsión de los significados: pues si bien es difícil tomarse en serio lo de “comunista” en un mundo dominado hasta en China por el capitalismo, acaso más temible que esa fantasía es la inversión del sentido, como hace ahora Quintín con el término “macartismo”, por definición usado por un Estado al acusar a sus ciudadanos por comunistas (algo que tiene una larga tradición en América y sigue existiendo, mientras que las imágenes del temido “estalinismo” solo perviven en los documentales de Loznitsa y un par de países que son como islas detenidas en el tiempo, ya que el poder tiene hoy formas más insidiosas de persecución o censura). 

La larga noche de Francisco Sanctis

Más cerca, Vicky Duclós Sibuet recuerda en un hilo de tuits que, en el estreno de La larga noche de Francisco Sanctis, Quintín le gritó a sus directores “váyanse a la puta madre que los parió” mientras hablaban sobre el caso Lopérfido (con su oportuna “discusión” sobre el número de desaparecidos), y luego escribió en su blog: «Me da mucha bronca que el kirchnerismo siga encontrando en el medio artístico respaldo para una campaña cuyo verdadero objetivo es el retorno a cualquier precio de la corrupción y el abuso encarnados en su jefa»). Así actuaba quien ahora habla de “macartismo”, y habría muchos más ejemplos para citar también de su cuenta de tuiter, si no se la hubieran cerrado por parecidas infamias.

Del mismo modo, hablar de “los interrogadores del estalinismo” para igualar un editorial en un perdido programa universitario y una investigación periodística independiente sobre la “reacción conservadora” (reacción que probó su existencia a través de su poder para voltear ese sitio) es tan desproporcionado como hablar de “listas negras”, que por definición son secretas, omnipresentes y estatales. Dice Quintín que “no hay que ser de un determinado partido para saber que señalar y delatar son cosas que no se hacen”. Pero señalar y delatar no es lo mismo, pues para que haya “delación” debe haber una burocracia que ejecute a partir de ello alguna represión (por eso mucho más inadecuado es el término “buchón”, que tampoco se han privado de usar, porque implicaría alguna culpa real en el acusado…). 

Quintín sabe que “andar por ahí con el cartel colgado puede tener consecuencias sociales y laborales si uno forma parte de ese mundo”, por eso suena a cinismo lo de “no es una idea feliz hacer listas”, cuando el gobierno que apoyó sí les dio existencia efectiva, como pasaremos a ejemplificar: no fue una metáfora desaforada sino una oscura realidad. Lo que hace del petitorio de disculpas de Quintín algo de un cinismo atroz (como cuando el inquisidor –siguiendo su metáfora– pide al condenado que le pida perdón por darle ese nombre). Recordemos entonces lo que algunos prefieren olvidar.

III

En septiembre de 2017, una nota de la revista Noticias titulada “El INCAA contra el relato K y las pelis sin espectadores”asumió la existencia de “listas negras”, pero no para criticarlas sino limitándose a reproducir el relato oficial (según el cual “la Resistencia K en el INCAA tiene al Gaumont y la escuela de cine ENERC como bastiones”), y relatar como el canal estatal dedicado al cine argentino había levantado la programación de cualquier película que aludiera a conflictos pasados o presentes, bajo la excusa de que “el archivo es todo K”. 

La nota adelantaba que los funcionarios del área “recopilan una lista de cien títulos que responden a esa línea”, y unos días más tarde dicha lista fue exhibida en el programa dominguero de Luis Majul. Este comparó desfachatadamente esa lista “negra” con las películas de propaganda de la dictadura militar (según le habían asegurado “los grandes pensadores que discuten cine”, que sin duda son los sendos críticos estatales que prestaron su cara de piedra al informe, como su colaborador Gustavo Noriega) diciendo que si el gobierno de facto “presentaba tres o cuatro películas por año, acá son 140” (!!!). 

La lista fue literalmente “exhibida” y aplaudida por el conductor como “gran trabajo”, pero nunca fue publicada completa por ningún medio (solo se mencionaron al aire un puñado de películas), ya que era evidente que se mezclaban algunas producciones discutibles (como el documental sobre Kirchner de Paula de Luque) con otras que simplemente cometieron el pecado de tocar, con mayor o menor suerte, temas como las madres de Plaza de mayo, el peronismo, o incluso la participación argentina en una misión de los cascos blancos… De hecho entre los títulos reprobados estaba mi película M(lo sé porque Majul no pudo evitar la chanza de “no será por Macri”), que –como cualquiera que la haya visto sabe–  difícilmente puede ser tildada de “kirchnerista”, y casualmente desapareció (como también mi segunda película) de los canales estatales. 

Dejemos de lado la mentira de que esas películas “fueron financiadas por miles de millones de pesos que pudieron haberse usado en cloacas”, o su brulote contra los “pícaros que dan por sentado que el estado les debe bancar cualquier porquería que se les pase por la cabeza”, o la descalificación en base a que esas películas tuvieron “muy pocos espectadores” (ambas cosas se podrían achacar también a la película Yo, presidente de Cohn y Duprat, que el mismo Majul produjo con ayuda del INCAA): Lo grave fue que tanto Majul como su mentiroso informe aseguraron que todas esas películas (que, insistimos, no se mencionaron más que como parte de una lista nunca declarada) fueron “filmadas con el único objetivo de sostener y enaltecer el relato kirchnerista”, mezclando el cincuentenario fomento al cine argentino con los dineros públicos gastados en el programa oficialista “678, el Futbol para todos”, etc, caracterizándolas como “la propaganda política en versión cinematográfica”.

Todo esto no hubiera sido más que otra de las habituales pantomimas del periodismo militante, pero era esperable que tuviera consecuencias reales ya que al lado de Majul, repitiendo las mismas brutalidades, como un ventrílocuo que le da letra, estaba el entonces titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos. Fue él quien aclaraba que “hay que ver el esquema general, porque es parte de un proyecto y un plan, de sometimiento ideológico (…) encima en refuerzo del matiz autoritario (…) dándole a cualquier tipo plata porque era afín al proyecto”, asumiendo así que esa lista que el Estado mismo confeccionó daría cuenta de “un aparato de propaganda burdo” con “una carga ideológica sesgada y brutal”. 

Lo sesgado y brutal debía ser, sin dudas, la existencia misma de la lista, que se cuidaron bien de no mostrar para que todo este absurdo kafkiano no les fuera refutado. Frente a esto, poco importaban hasta las más obvias falsedades del funcionario, como cuando dijo que esa cantidad de películas terminó “destruyendo la industria del cine», o que este “estuvo peor que nunca, y no tuvimos la famosa presencia alrededor del mundo”. Todo eso palidece ante lo que proclamaba su sola presencia en medio de ese aparatoso programa, y que no tuvo empacho en refrendar con las citadas palabras, que no desmerecerían en cualquier tribunal macartista. Así fue ese verdadero “tiempo de canallas” (como llamó al suyo Lillian Hellman, una de las primeras víctimas del macartismo). Pero no vamos a pedirles disculpas, como hace Quintín con los que le recuerdan donde queda la derecha. Basta con llamar a las cosas por su nombre. 

Nicolás Prividera / Copyleft 2021

*Acá se puede leer una respuesta previa a la nota «Dar nombres».