
CRÍTICAS BREVES (228): JAY KELLY
Jay Kelly, Noah Baumbach, Estados Unidos, 2025.
George Clooney es simpático; sonríe con los ojos, seduce con su mirada, que presupone un buen corazón. George Clooney es Jay Kelly y este puede ser Clooney, como lo sugiere la gran escena final en que realidad y ficción se fagocitan hasta el infinito. ¿Quién es el que realiza el último pedido, Kelly o Clooney? Hay otros buenos momentos en Jay Kelly, pero incluso uno de los mejores ya es constitutivo del problema que corroe desde el interior los buenos propósitos de la película. En una escena, el multimillonario actor percibe a una mujer que se pinta los labios en el tren utilizando el reflejo de su rostro en la ventana. Es un descubrimiento de lo hermoso en la vida cotidiana, que está democráticamente al alcance de todos. La muerte de un guionista querido suscita una crisis de conciencia en Kelly. Tenerlo todo no es precisamente haber tenido una vida feliz. En reiterados flashbacks, escenificados con disimulada pereza, el relato enseña algunas instancias centrales en la vida del personaje donde se alcanza a saber que no fue un buen padre, quizás tampoco un buen esposo y menos aún un buen compañero. A su favor, el padre de Kelly fue un monstruo. La cita inicial de Sylvia Plath refuerza la naturaleza de la crisis: ser uno mismo implica una gran responsabilidad. Noah Baumbach, quien encabeza el cine de autor de Netflix (tal vez un oxímoron), ha plasmado una fantasía de clase en la que los ricos pueden exorcizar sus privilegios volviéndose, en la ficción, seres comunes, personas como cualquiera. Es probable que la única forma honesta de filmar a un millonario sea la que eligió Orson Welles en El ciudadano. Al respecto, Baumbach ha tomado la senda opuesta, y no es la época ideal para ser piadosos con los dueños del mundo.
*Publicado en La Voz del Interior en 2025.
Roger Koza / Copyleft 2026

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