
ADOLFO ARISTARAIN, EL CLÁSICO
Una de las situaciones más penosas en el terreno del cine nacional (por supuesto, sin dejar de lado la actual) fue que Adolfo Aristarain, uno de los directores más importantes de la historia del cine argentino, luego de dirigir Roma en el año 2004, no haya podido seguir filmando. Es probable que para que ello sucediera se hayan acumulado varias razones: su fuerte carácter de vasco cabezadura, su intransigencia frente a los productores y también sus esporádicas pero explosivas declaraciones políticas. Sin ir más lejos, cuando le entregaron en 2024 un premio en España, declaró ante el público que colmaba la sala que en Argentina era necesario que la CGT hiciera un paro por tiempo indeterminado (optimista Adolfo) y que la gente saliera a la calle hasta que el gobierno cayera. Pero sobre las relaciones de Aristarain con la política se recomienda leer la excelente nota de Nicolás Prividera en este mismo espacio. También apena el escaso espacio que se le dedicó a su fallecimiento en los medios hegemónicos, en contraposición con los extensos ditirambos que esos mismos medios le prodigaron a Luis Brandoni, un actor, en mi opinión, sobrevalorado y una personalidad reaccionaria y antipopular muy poco recomendable. Pero, tras esta digresión, trataré de referirme brevemente a algunas características reconocibles en el cine de Adolfo Aristarain.
La primera es que fue probablemente el mejor narrador cinematográfico del cine nacional, una cualidad que provenía de su admiración incondicional por el cine clásico norteamericano, tanto el de los grandes maestros como el de muchos de los hoy considerados artesanos, en numerosos casos olvidados. También de su aprendizaje con Daniel Tinayre, un director con el que trabajó como asistente y que se destacaba por sus aptitudes narrativas. Ese rasgo ya era apreciable en su debut, La parte del león (1978), un policial a contrapelo del cine que se hacía en los primeros y siniestros años de la dictadura militar y también de las películas de la llamada Generación del 60. Y, por cierto, no es casual que en los créditos finales apareciera una larga dedicatoria a numerosos directores del cine norteamericano clásico.
Luego de ese impactante debut, no muy visto en su momento, Aristarain filmó dos divertimentos comerciales, La plata del amor y La discoteca del amor, el segundo con una buena dosis de gracia. Después de este interregno, Aristarain rodaría dos extraordinarias películas, tal vez el núcleo central de su obra: Tiempo de revancha y Últimos días de la víctima, sobre la novela de José Pablo Feinmann, en las que, utilizando la estructura del film policial, ofrecía una lúcida mirada de la Argentina de esos años. Sobre la primera remito al artículo mencionado de Prividera; la segunda es un film formidable, tal vez mi preferido de su obra y el más desolador de su filmografía, centrado en un asesino a sueldo que no percibe que es manejado por poderes que están muy por encima de él y que cuenta con una extensa secuencia inicial que podría figurar en las más exigentes antologías. Estos dos films, rodados en plena dictadura, lograron milagrosamente eludir —a pesar de sus oblicuas referencias a la situación del país— la nefasta censura de la época. Y si el primero fue un asombroso e inesperado éxito de público, el segundo fue un fracaso, ya que su estreno coincidió con el comienzo de la guerra de Malvinas.
Luego de estos dos trabajos magistrales, Aristarain filmó en España una serie de ocho episodios sobre Pepe Carvalho, el personaje creado por el escritor Manuel Vázquez Montalbán. A pesar de tratarse de un encargo y de que el director no estaba conforme con los resultados, varios de los capítulos son muy buenos y en ellos aparece su impronta, ratificando su talento como narrador. Después de este trabajo, el director decidió hacer una experiencia hollywoodense, pero los resultados no fueron los deseados, aunque hay que señalar que The Stranger fue mutilada por los productores.
Luego de otro interregno de cinco años, Aristarain regresa con Un lugar en el mundo, el film que manifiesta de manera más explícita su ideología anarquista y que, a diferencia de sus películas anteriores, está rodado en el interior del país. Aristarain sigue mostrando, aparte de sus virtudes narrativas, su capacidad para delinear personajes, ya sean estos principales o secundarios, y su talento para la dirección de actores. Sin embargo, aquí se produce un cambio de otra índole que se mantendrá, en mayor o menor medida, hasta su última película: los personajes no se expresarán tanto por sus acciones, sino que serán mucho más verborrágicos, poniendo en boca de ellos, en particular de Federico Luppi, una suerte de alter ego del director, y de manera bastante enfática, las ideas del realizador. De todos modos, el film es un relato atrapante con varias escenas notables.
Después de esta película, el cineasta vuelve a España, donde realizará La ley de la frontera, un muy buen film de aventuras bastante diferente de sus películas anteriores. A esta altura hay que señalar un proyecto en el que Aristarain estaba muy interesado: el caso del marinero yugoslavo Miljovan Pesic, acusado injustamente, a través de falsos testimonios, del asesinato de una muchacha en la Patagonia, en un caso que incluía mafias y trata de mujeres y que el realizador nunca pudo concretar debido a diversas presiones y a lo urticante del tema.
El siguiente trabajo será Martín (Hache), un film en el que se acentúa la verbosidad antes mencionada y en el que, además, se manifiesta de manera clara otro rasgo del director. En todas las películas hay una frase que, como una suerte de leitmotiv, se pronuncia en algún momento: «Las mujeres siempre traen problemas». Y este rasgo misógino aparece aquí más marcado en el tratamiento del personaje de Cecilia Roth. Recuerdo que en una entrevista que le hicimos a Aristarain en su casa junto a dos compañeros de la revista El Amante le señalamos esta característica, pero la negó obstinadamente. Sin embargo, no parece casual que en sus dos últimas películas, Lugares comunes y Roma, su mirada sobre los personajes femeninos se modificara sustancialmente. En particular en la segunda, donde Susú Pecoraro interpreta a una mujer inolvidable, la más memorable de la filmografía del director.
Como se señaló al principio de esta nota, es lamentable que en las últimas dos décadas Adolfo Aristarain no haya podido volver a filmar cuando, con certeza, todavía tenía mucho para entregarnos. En lo personal, representó un acabado ejemplo del cine que prefiero, aquel que se estructura sobre la base de una gran narración, personajes, sentimientos y conflictos. Su estilo cinematográfico dejó pocos seguidores; tal vez el más afín, el prematuramente fallecido Fabián Bielinsky. Pero el legado de Adolfo Aristarain permanecerá de manera indeleble en nuestra memoria cinéfila.
Jorge García / Copyleft 2026


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