74 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN (02): EN NINGUNA PARTE O EN TODOS LADOS

74 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN (02): EN NINGUNA PARTE O EN TODOS LADOS

por - Festivales
21 Sep, 2026 12:07 | Sin comentarios
Sobre la última de Werner Herzog y una película alemana sobre nazis.

La última de Werner Herzog termina con algo parecido a un haiku o un remate paradójico propio del Mulá Nasrudín: “No se puede salir porque no se puede estar adentro”. Algo así les dice un cuidador a las hermanas Jean and Joan Holbrooke. ¿Herzog sabio? En su alocución al recibir el premio por su trayectoria, evocó a los poetas de España y cerró su agradecimiento vindicando la poesía. ¿Herzog poeta? Más tarde, en distintas entrevistas, dijo otras cosas: afirmó que puede imaginar lugares que no existen. Esto puede verificarse: Bucking Fastard parece haber sido filmada justamente en esa geografía que no está en ningún lugar, más allá de que el territorio elegido es Irlanda. ¿Herzog visionario?

La película comienza con una dedicación a David Lynch. Es comprensible. El relato puede tener lugar en Irlanda, los acentos pueden remitir más o menos al país de James Joyce, pero la cultura general que permea la vida de las ciudades y los pueblos donde se desarrolla la historia sintoniza con la aridez y la chatura de los Estados Unidos (las metrópolis cosmopolitas son la excepción, no la regla). Todo podría pasar en el mismo escenario de Blue Velvet o Una historia simple. Sin embargo, también podría habérsela dedicado a David Cronenberg, y no solamente por las hermanas gemelas que podrían evocar a Dead Ringers. Las comparaciones no son descabelladas, pero son insuficientes. Ni la psicosis lúdica de Lynch ni las perversiones conjeturales de Cronenberg definen el tono. La razón desbordada no es una novedad para el cineasta alemán, tampoco las transgresiones, pero Bucking Fastard es en sí una singularidad en la misma obra del cineasta de 84 años. Que este delirio haya nacido de su pluma constituye una evidencia de que el envejecimiento no ha deteriorado el libre uso de la imaginación del maestro. ¿Quién puede concebir tal mundo de locos?

 Bucking Fastard 

Las hermanas Holbrooke hablan al unísono. No están físicamente aunadas, pero sí en espíritu. Rehúsan de lo mismo, quieren lo mismo, visten idénticamente, duermen juntas, tienen sexo compartido, responden casi siempre a la vez, como si existiera una interfase entre el cerebro de ambas. En alguna que otra ocasión, una comienza una frase y la termina la otra. Así, también, escriben cartas. Es un juego perversamente simpático sobre el sentido de la identidad que se revela como tal en el inicio, cuando la película pareciera ceñirse a un drama judicial debido al acoso perpetrado por las hermanas a quien reconocieron como el amor de su vida. El ideal de un amor para siempre persistirá, pero el rumbo de la película es otro. Lo jurídico apenas ocupa el primer acto. 

Las hermanas dejarán la ciudad, irán de un lado al otro, pero recién encontrarán un lugar menos incómodo en el mundo cuando llegan a la casa de campo de la Tía Louise. El verde de Irlanda no es una postal; es una geografía vital de la que Herzog saca provecho. De ahí en más, pasan los años y nacerá un propósito: buscar un túnel secreto que lleva a una suerte de Atlántida. Quien las introduce en el misterio será el viejo cuidador de las montañas llamado McFarlane. Debe ser uno de los personajes más benevolentes de toda la filmografía de Herzog; es él quien opera la mutación de la perversión contenida de los dos primeros actos en algo parecido a un cuento de hadas utópico que glosa en cierta medida la filosofía práctica de Herzog. Si alguna vez el cineasta llegó caminando desde Munich a París para conjurar la enfermedad de Lotte Heisner, ¿por qué las hermanas Holbrooke no podrían dedicarse por más de una década a emplear el pico para atravesar la piedra y pasar al otro lado del mundo?

En Bucking Fastard hay ciertos motivos reconocibles que se repiten en la obra de Herzog. La obstinación de las hermanas es una virtud del espíritu que define el bestiario del cineasta, la irrupción del asombro ante lo nunca visto antes es reconocible en un pasaje encantado; la legitimación feliz de formas de ser anómalas es el punto de partida; lo estúpido de nuestra especie, trabajado a través de una comicidad que no se regala a la burla, tiene varios momentos estelares. En Bucking Fastard hay también un zorro que parece ser el mismo animal al que Timothy Treadwell acariciaba en Grizzly Man. En ese animal, por cierto, se cifran tantas cosas: la fe en el instinto, la suspicacia de los débiles y el misterio de la vida… Es la mejor ficción de Herzog desde la magnífica Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans. ¿Y qué decir de las hermanas Kate y Rooney Mara? Ojalá vuelvan con los mismos personajes en una segunda parte. 

En Krux no hay zorros, pero sí muchos animales: abejas, moscas, vacas, pájaros diversos, una cigüeña. El ave reconocible por su largo pico, en verdad, es un muñeco, pero es la criatura insigne que sintetiza la terquedad del espíritu alemán. Así, con ese ejemplo, imparte una lección clave el maestro de un pueblo a los niños durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Terquedad y acatamiento. ¿No es la ópera prima de Ulrike Tony Vahl un relato pedagógico sobre el costado más sombrío del ethos alemán? El imperativo categórico a secas acarrea peligros. En la tierna infancia se aprende de inmediato a obedecer.

Krux

Desde el primer minuto de la película hay una evidencia empírica: la luz será protagonista. Piotr Sobociński Jr. realiza un trabajo prodigioso. Cuando un desconocido toca la puerta en la noche para entregar literalmente el corazón envuelto del marido de Greta, el paso de la penumbra a la discreta luz que irradia una vela indica que habrá un régimen de percepción. Sería pura mezquindad desconocer la materia visual de la película: planos notables no le faltan. El más hermoso acaso sea el de una hilera de vacas mirando a cámara con un fondo aún no del todo evidente, dado que todavía no ha comenzado el día. Los árboles al fondo del plano y en dirección a la derecha denotan un concepto de composición que se repite sistemáticamente. Quien está detrás de cámara podrá ser polaco, pero quien dirige es alemán, y una idea no es solamente una idea para quien está a cargo de todo. 

Lo que cuenta Krux no es muy diferente al comportamiento de los miembros de una secta setentista que sienten que el apocalipsis es eminente. El nazismo fue una secta de Estado, y quienes estaban lejos de las ciudades hacían su labor hermeneútica como podían para cumplir con la causa y los preceptos. En Krux, el líder del pueblo entrevé que los alemanes perderán la guerra y que las represalias del enemigo serán terribles. La pureza y la integridad deben entonces preservarse. Es preferible morir juntos que mantenerse vivos y conocer la humillación. Al final, se informa que los suicidios colectivos fueron numerosos en la postrimería de la Segunda Guerra. ¿Es todo? Para Tony Vahl no es suficiente. Hay algo más para señalar, una sabiduría presuntamente femenina para reivindicar.

El nihilismo nazi tiene acá su correlato y su inversión dialéctica en una metafísica erigida en prácticas supersticiosas. En el pueblo hay una mujer mayor que resiste la avanzada tanática con sortilegios propios de chamanes teutónicos. En este contexto delirante, la afirmación de la vida a fuerza de rituales alumbrados con velas y ambientados con hierbas toma varias escenas. A este despropósito, la cineasta elige sumar un simbolismo desprovisto de ingenio y sorpresa. En cinco secuencias, una maqueta del pueblo, conforme avanza el relato, es visitada por una serpiente, probablemente aquella con la que ya lidió Bergman en su película sobre el asunto. El reptil se desliza por esa versión miniaturizada de la aldea, para que en esta figura maligna pueda advertirse un signo del horror. En la última secuencia, el pueblo a escala microscópica lucirá casi como un serpentario. Énfasis y obviedades.

Nunca estarán de más las películas sobre el delirio nazi, esa mezcla brutal de superplanificación técnica y superstición telúrica al servicio de la hipérbole identitaria y del exterminio, que emergió hace tan poco y sigue entusiasmando a tantos imitadores carentes de imaginación ética que han renunciado al uso de la razón y al respeto de la dignidad propia y de los otros. Pero alguien tendría que filmar el presente de la secta. En Alemania, por ahora, nadie tiene ganas de tomar el lugar de W. R. Fassbinder, nadie demuestra estar a la altura. Mientras tanto, Ulrich Siegmund casi gana por mayoría absoluta en el estado federado de Sajonia-Anhalt. Filmar el presente de una aberración es un reto que requiere lucidez y coraje. No hace falta decir que el incienso es estéril ante la podredumbre que se huele en algunas provincias alemanas.

Roger Koza / Copyleft 2026