LA ODISEA / THE ODYSSEY

LA ODISEA / THE ODYSSEY

por - Críticas
24 Jul, 2026 04:07 | Sin comentarios
La ambición de la última película de Christopher Nolan no alcanza para superar las concesiones propias de un blockbuster.

NOTAS AL PIE

0. Nolan parece querer darle a sus críticos la respuesta definitiva a todos sus prejuicios, sean estéticos (una épica para el mundo actual, que no recurre a vacuas arquitecturas sino al centro del canon occidental), o políticos (demasiado «woke» para los conservadores, demasiado conservador para los liberales). Para ello recurre a una evidente recapitulación o vuelta a las fuentes (como si todo lo anterior no fueran más que esbozos, borradores o fragmentos de una obra «mayor»). El hacedor propone esta Odisea como la culminación de una carrera, que vuelve al evidente origen de todas sus películas: la conciencia atormentada de alguien que no sabe cómo volver a casa.

1. Cuando se estrenó Troya (2004), la fallida versión homérica de Wolfgang Petersen, se la liquidó con una frase popular que parecía escrita de antemano: «un bodrio homérico». Ese oxímoron hiere también a esta nueva épica del siglo XXI, porque aunque no esté contaminada por la vigorexia del cine de superhéroes (que hunde hasta la densa trilogía de Batman), no puede escapar a su destino hollywoodense (pese al paradójico esfuerzo de su comandante, embarcado en su propia trampa): la hybris.

La Odisea

2. La notoria firma del cineasta estrella hacía prever los placeres y limitaciones del viaje. Sus películas han devenido en graves espectáculos amenazados por la grandilocuencia, aunque finalmente podrían reducirse a la ilustración de una idea (cuya revelación gana en este caso densidad al encontrar un eco histórico en el presente, pero es continuamente amenazada por la superproducción que la rodea). La Odisea es la esmerada construcción de un autor que confía demasiado en sus poderes de demiurgo, y tambalea como un aprendiz de brujo que nunca alcanza la maestría que cree profesar. Pese a toda su búsqueda de despojamiento (del CGI, de la música sinfónica, de la dicción clásica), Nolan termina confiando más en el artificio que en la verdad.

3. Acaso esta summa deja ver todas sus contradicciones. La Odisea representa el fracaso de la épica en un mundo sin dioses. O un pacto con el dios dinero para doblegarlo con las armas del arte. Cine de autor hecho con cientos de millones de dólares. Pero ese poderío no reluce (basta ver el poblado al que se reduce la grandeza de Troya), y su peso (las demandas del espectáculo globalizado) amenaza el centro —ético y estético— de su programa. Véase, en cambio, el brutal intimismo de El retorno (Uberto Pasolini, 2024) o la apuesta por la aventura áurica en Ulises (Mario Camerini, 1954), versiones más mediterráneas y modestas del mito, que arriban por distintos caminos a la escala humana de su desafío.

4. En esta Odisea lo grande y lo pequeño nunca se integran en un mismo plano. Nolan simplemente no es capaz de pasar sin transición (o con alguna memorable) de un primerísimo plano a la vastedad de un mundo desconocido, o hacer de un travelling un viaje emocional y narrativo a la vez. No es David Lean, ni Anthony Mann, ni Nicholas Ray. Mientras esos cineastas tuvieron que lidiar con guiones que no estaban a su altura, Nolan hizo su fuerte en la escritura (con base en su formación universitaria en literatura inglesa), pero como realizador nunca logró la estatura que le demanda su desmesurada ambición. Estamos en presencia de un rapsoda más que de un aedo.

5. Nolan suple esa común falta de talento con esforzado estudio y sobreescritura de guion. Pero al menos entiende que Odiseo es, como Hamlet, un personaje moderno en un mundo antiguo. Y (como en Oppenheimer) esa subjetividad desgarrada pesa en su película aún más que el mundo recreado. Este Odiseo lotófago está más cerca de Memento (película preferida por Spielberg, acaso porque es la única con la que no puede competir) que de las remanidas vueltas de InceptionTenet, o del pesado díptico sobre la Segunda Guerra Mundial. Odiseo es más estoico pero menos ambiguo que el «prometeo americano».

6. El problema es cómo Nolan elige llevar esta historia seminal a la pantalla. Optando por una aparatosa cámara que solo filma tres minutos (como si fuera una vieja Bolex a cuerda). Por el IMAX y su encuadre vacilante (que debilita el sentido preciso del plano). Por el buscado realismo enfrentado a lo fantástico (abrazado con más puro goce por el cine clase B). Todo esto choca contra su manifiesta reivindicación de lo real (su resistencia ante las falsas facilidades del universo digital), tan notoria como el rostro lavado de sus estrellas.

7. No se trata solo de que los variados registros narrativos que intenta hacer coexistir no se lleven bien: Escila es vencido por el odiado CGI. Los lestrigones parecen salidos de una escena eliminada de El señor de los anillos. El cíclope es un títere goyesco que habla demasiado tarde (como el guion mismo asume). Si las aventuras del retorno se vuelven demasiado digresivas, los mejores momentos del viaje son los que se integran a la violada «ley de Zeus»: el episodio de Circe, hechicera en defensa propia, y la visita al Hades, con su terrible simpleza intacta. Pero la contradicción entre esa suave potencia y la sobreproducida estridencia del conjunto es notoria, precisamente por la falta de equilibrio clásico.

8. Cuando el primer plano gana, lo hace también la sencillez: el sonido de un arco es más recordable que la caída de Troya. Y otras escenas íntimas tomadas de Homero brillan en la oscuridad: el reencuentro final con Argos, la vieja nodriza reconociendo la cicatriz de Odiseo (¿leyó Nolan a Auerbach, que escribió su monumental repaso de la tradición realista occidental en el exilio, en medio de los desastres de la guerra?). No en vano son los grandes momentos clásicos de reconocimiento, en los que Nolan se permite el asordinado melodrama.

9. Lo mejor de esta Odisea es su abierta e inevitable relectura. ¿Qué sentido tendría componer un Odiseo que no fuera actual? Hasta el de Homero lo era (en tanto la tradición oral iba reelaborando con el paso de los siglos el recuerdo de esa guerra lejana). Y el de Nolan debe su libertad a todas las lecturas previas (sobre todo las modernas, desde el Ulises de Joyce a La tierra baldía de Eliot), aunque el peso de la conciencia ahogue la autoconciencia, y la centralidad de la Xenia (hospitalidad) parezca poco para restablecer el equilibrio perdido entre las grandes guerras del siglo XX. El «colapso de la edad de bronce» puede resonar en cualquier época de decadencia, pero la Grecia clásica no era el Imperio romano caro a Hollywood: Nolan es abiertamente antimperialista, y puede hacer del reconocimiento del temor a «los pueblos del mar» el espejo de cualquier identidad amenazada por su propia perdición (esa resonancia alcanza el origen de la tragedia y sus grandes dramaturgos). Pero también puede ilusionarse demasiado con la restauración de un orden perdido, aunque en el centro ya no estén los reyes sino los poetas (invirtiendo la demanda de Platón).

10. El lugar central del poeta ya estaba en el original, y aquí Nolan también lo señala desde el inicio. Pero a la vez deja fuera todo el episodio de los feacios (incluida la escena en que Odiseo llora tras escuchar sus hazañas), acaso porque esa tierra es la utopía perdida que el viejo rey no va a encontrar a su regreso (ni quiere: «ese mundo se ha ido», adelanta Penélope antes de que el mismo Odiseo confiese su temor por —o deseo de no— volver a casa). El comentario sobre el mundo contemporáneo explica por qué se elude la presencia de los dioses (salvo la aparente presencia de Atenea) y las pronunciaciones decimonónicas (lección que acaso Nolan toma del Welles adaptador de Shakespeare).

11. Consciente de que el talón de Aquiles de Troya de Petersen era ser una mera anticipación de Juego de tronos (del mismo guionista, ya a sus anchas o cortas), Nolan parece dialogar también con otras versiones cinematográficas de La Odisea: como en la de Camerini con guion de Ben Hecht, las sirenas hablan al viajero de lo perdido. ¿La flecha en el cuello remite a El desprecio de Godard (1963)? El Tarkovski de Andrei Rublev (1966) es una explícita referencia visual, pero se extraña su ánimo de esculpir en el tiempo.

12. El director de El prestigio quiere integrar ese panteón, aunque no alcance el de los grandes. Tal vez lo asume, y solo intenta ser un Kubrick con corazón, aunque no logra su oscura grandiosidad (prueba de que el misterio de Kubrick no reside en su superficial cerebralidad). Y como discípulo suple esa falta de talento con excesiva gravedad (Kubrick tampoco era pomposo, por eso pudo dejarse llevar por la comedia).

13. A Nolan el afán de control se le revela en el mecanismo de relojería del guion, y en su clásico afecto por la sorpresa final. Esta vez su habitual anagnórisis encuentra su origen mítico. Es el momento borgeano en que Odiseo comprende su paradójico sino, condensado en un monólogo en tercera persona que rearma el rompecabezas (y —como siempre— el sentido de la película que acabamos de ver). Una revelación dentro de otra (que anuda la presencia de Atenea con la de una joven troyana) para —spoiler alert— descubrirnos cómo matamos a Dios (lo que los nietzscheanos de derecha —¿hay otros?— interpretan como una indebida cristianización de ese brutal mundo pagano).

14. Finalmente, toda esa desazón de un renovado tiempo de masacres se aligera con un esperanzado happy end hollywoodense, pero… Honrar a los caídos no les devuelve la paz. El inframundo es un lugar sombrío, donde los muertos vagan «llorando a los vivos». No hay redención en ningún mundo futuro. Salvo para los poetas (y Nolan —ay— parece creer que está entre ellos), encargados de seguir cantando hasta que renazca la civilidad.

15. Si el caballero de la noche asciende y parece alcanzar aquí lo que viene buscando desde Following, es porque finalmente vemos su perfil en el de Odiseo, con su astucia y su soberbia. Un nombre recordado por un gran truco. Pero que acaso solo esconde el vacío y la destrucción ocultos en su caballo de Troya. Un hombre de otro tiempo, que viene a salvar al cine de los blockbusters… prodigándonos otro que al menos no tendrá secuelas.

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La Odisea / The Odyssey, Estados Unidos-Reino Unido, 2026

Dirigida por  Christopher Nolan

Escrita por Nolan.

Intérpretes: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Zendaya, Robert Pattinson, Lupita Nyong’, Charlize Theron, Jon Bernthal, Benny Safdie, John Leguizamo, Samantha Morton.

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Nicolás Prividera / Copyleft 2026