EL DÍA DE LA REVELACIÓN / DISCLOSURE DAY

EL DÍA DE LA REVELACIÓN / DISCLOSURE DAY

por - Críticas
20 Jun, 2026 04:51 | Sin comentarios
El señor Spielberg regresa con un compendio de sus películas y de las contradicciones que suelen caracterizarlas. Ante el fin del mundo, la esperanza llega desde el cielo.

LAS DOS INFANCIAS DEL SEÑOR SPIELBERG

Hay casualidades tan inquietantes que podrían atraparnos en las telarañas de una conspiración. La última película de Steven Spielberg, que comienza con la cámara siendo azotada en una pelea de lucha libre, se estrenó tan solo cuatro días antes de que Donald Trump festejara su cumpleaños número 80 en los jardines de la Casa Blanca, donde él y sus amigos multimillonarios (Mark Zuckerberg incluido) montaron un ring y miraron cómo dos hombres se golpearon hasta caer rendidos en el suelo. Como si fuera poseído por una entidad desconocida, el film de Spielberg nos hace llegar un secreto público a través de la pantalla. Allí vemos a gente embobada con espectáculos sádicos, millonarios tech que perdieron la sensibilidad, una guerra que amenaza con desatarse en cualquier momento y la aparición estelar de criaturas extraterrestres llenas de sabiduría, que aterrizan en la Tierra con la misión de volvernos tan enternecedores como un alce con lágrimas postproducidas.

El día de la revelación es el retorno de Spielberg al vientre de la ciencia ficción. Desde allí sueña, después de tanto tiempo, con un grupo de personas que busca exponer cómo Estados Unidos lleva años ocultando su contacto con extraterrestres. Es como si los personajes de Encuentros cercanos del tercer tipo hubieran decidido finalmente contarle al mundo lo que vieron aquella noche de 1977, allá arriba, en las colinas negras de Wyoming. Pero lo que une a El día de la revelación con los cuentos almibarados de los años 80 es algo más profundo, casi una disposición espiritual. Una vez más, Spielberg nos enfrenta a una forma de entretenimiento compensatorio. Es una película que conjura la fantasía de revelarnos verdades ocultas y, en el proceso, trazarnos un mapa con caminos más claros para recorrer este mundo enturbiado, nos ofrece la ilusión de sentir la adrenalina en el cuerpo. Por unas horas, podemos abandonar el aburrimiento de ser humanos en el siglo XXI y experimentar la sensación levitante de cambiar el rumbo de la historia. Pero, especialmente, nos otorga el alivio de tapar las amarguras contemporáneas. Uno puede ver El día de la revelación y llegar a sentir, en un paréntesis de dos horas y media, que las catástrofes de nuestro presente (por empezar, las guerras) fueron apenas una pesadilla. Ahora podemos suspirar tranquilos.

¿No es exactamente esto lo que siempre le echaron en cara sus detractores? El día de la revelación nos devuelve a una manera spielbergiana de concebir el cine; una inclinación que cambió para siempre el rumbo de Hollywood a fines de los años setenta, cuando muchas películas empezaron a volverse algo parecido a un parque de hechicerías de Disney y los espectadores, sin importar su edad, fueron devueltos a los encantos simples de la infancia. Esta es una ficción en la que el recuerdo de ser niño es medular (el cine, como Spielberg narra autobiográficamente en Los Fabelman, parece la herramienta más poderosa para exorcizar los traumas infantiles desde que Freud inventó el psicoanálisis). Y esto es casi literal en El día de la revelación, que nos muestra a sus protagonistas corriendo de un lado a otro, tratando de recuperar una memoria de su niñez que ha quedado enterrada por los años y el dolor.

Podríamos decir que hay dos tipos de infancias con las que Spielberg inyecta su cine, y ellas encierran tanto las promesas como las traiciones de El día de la revelación. Está la infancia que es tratada como un estado sensible: la capacidad de volver a ver el mundo con ojos vírgenes, de tener la impresión de quedar cooptado por un hecho (una imagen, una historia) como si se cayera en las artimañas seductoras de un encantamiento. Es el derecho al asombro, una posibilidad que Spielberg se niega a perder aunque su vida (y la de sus espectadores) ya no sea corta y nuestros ojos estén cansados de haber visto tantas cosas.

Es esa obstinación la que consigue los pasajes más inspiradores de su última película, como el momento en que Margaret (Emily Blunt, en estado de gracia) se queda pasmada ante un pájaro rojo que entra por su ventana y la hace hablar en idiomas que hasta entonces desconocía. O como la misma estructura enigmática del montaje, que va intercalando entre Margaret y Daniel (ella, una periodista del clima; él, un hacker), sin saber exactamente qué tienen que ver el uno con el otro ni cómo van a colisionar sus historias, que avanzan por carriles diferentes. O, también, uno de los primeros movimientos suaves de la cámara, que pasa de observar a un grupo de agentes revisando maletines al costado de un auto hasta elevarse a la altura de una ventanilla y descubrir del otro lado la silueta de un hombre de espaldas, apareciendo como una amenaza ante Daniel.

En todos esos casos, lo que funciona como detonante del asombro es la manera misteriosa en que Spielberg logra encajar las distintas piezas (los rostros, los espacios, las líneas narrativas). El tótem del viejo Hollywood es un escultor de la sensación. Ese es su mayor secreto: que en los momentos de lucidez logra coreografiar sus fantasías con una creencia ciega, propia de un hombre religioso que puede transmitir su fe a través de la puesta en escena. Ahí también se cifra la vitalidad ocasional de la película, como toda la secuencia que sigue a Emily Blunt en un estado delirante que bordea la psicosis. Mientras ella empalma las palabras y acelera la velocidad de su voz, casi como una heredera de la comedia screwball, Spielberg acompaña su ritmo frenético con un travelling sin cortes. Después aparece la manera fascinada con que filma el rostro de sus actores, que cada tanto se miran al espejo, como si tuvieran que esforzarse para reconocerse en el reflejo. En otros momentos, se duplican sobre vidrios, y Spielberg mira cómo esas máscaras se diluyen y se funden, buscándole una expresión plástica a este drama de identidades confundidas, siempre al filo de una transmutación.

Como su propio título lo indica, esta es sobre todo una película de revelaciones. Y ya lo sabemos: contar secretos puede ser una sentencia de muerte para el misterio. Es curioso que todo lo que tiene para develar Spielberg lo conocemos desde antes de sentarnos en la sala. El día de la revelación colecciona las figuras típicas de la mitología extraterrestre: hay abducciones, mentiras del Estado, experimentos con niños, médiums que se convierten en el canal humano para que los mensajes alienígenas circulen entre terrestres. Spielberg responde al manual de la ufología, cuyas instrucciones podemos seguir desde hace décadas en Los expedientes secretos X o en los foros que contrabandean conspiraciones adictivas. Pero el problema no es exactamente el contenido de esas revelaciones, sino la forma que se les impone. Toda la narración está apurada por la ansiedad de responder a las preguntas que se van desperdigando y agotando, como si hubiera quedado atrapada entre las verjas del régimen de plataformas. Sin elipsis ni ambigüedades, casi ningún elemento queda librado al azar. El día de la revelación quiere diagnosticar a todos sus personajes, a toda la especie humana y a todas las especies de la Vía Láctea. Podríamos decir que allí toma protagonismo la segunda infancia de Spielberg. Ya no aquella que trabaja cuidadosamente en abrir un estado de lo sensible, sino en clausurarlo de forma hermética. Es el equivalente de un adulto hablándole con voz de bebé a otros adultos: da todas las respuestas, exagera sus formas y, en el proceso, diseña las relaciones más simplificadoras posibles del mundo al que hace referencia. Todas las oportunidades perdidas del film surgen del momento en que Spielberg se rinde ante esa tentación. Cuando esculpe a su antagonista (Colin Firth, en estado de desgracia), lo hace a imagen y semejanza de un villano caricaturesco; un malo tan malo que hace ver a los canallas dibujados por Disney como seres de carne y hueso. La contraparte es la bondad almidonada del resto de los seres. Los héroes y heroínas, así como los extraterrestres, y todas las personas que parecen habitar la fantasía optimista de Spielberg, son incapaces de jugar con el fuego.

El entretenimiento compensatorio de El día de la revelación parece creer que, al difundirse la verdad de los buenos, todo va a ser diferente: que las guerras van a terminar, que los ciudadanos podremos orientarnos en las humaredas de nuestras pantallas, que los humanos recuperaremos la empatía y que los multimillonarios ya no van a festejar sus cumpleaños viendo espectáculos de muerte. Spielberg cree fervientemente en su fantasía, pero, ¿podemos creer nosotros en él todavía?

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El día de la revelación / Disclosure Day, Estados Unidos, 2026.

Dirigida por Steven Spielberg

Escrita por David Koepp y Spielberg

Iván Zgaib / Copyleft 2026