
UNA PELÍCULA SIN EPISODIOS NI PAISAJES (09)
Cierto arte apunta directamente a despertar sentimientos, otro arte apela a los sentimientos por la vía de la inteligencia. Hay arte que implica, que suscita empatía. Hay arte que separa, que provoca reflexión.
El gran arte reflexivo no es frío. Puede exaltar al espectador, presentarle imágenes que lo impresionen […]. Pero su poder emocional está mediatizado. El impulso hacia la implicación emocional se ve contrarrestado por elementos de la obra que crean distancia, desinterés, imparcialidad. La implicación emocional es siempre, en mayor o menor grado, pospuesta.
El contraste puede ser explicado en términos de estéticas o de medios; y aun de ideas. Sin embargo, la sensibilidad del artista es, al final, lo decisivo. […]
El arte reflexivo es un arte que, en efecto, impone al público una cierta disciplina, posponiendo la gratificación fácil. Aun el aburrimiento puede ser un medio legítimo en esta disciplina. El dar preponderancia a lo que en la obra de arte hay de artificio es otro medio. Pensemos, a propósito de esto, en la idea que del teatro tenía Brecht. Brecht defendía estrategias de escenificación —como las consistentes en introducir en la pieza un narrador, en colocar músicos sobre el escenario, intercalar escenas filmadas— y una técnica de actuación tales que permitieran al público distanciarse y no «implicarse» acríticamente en la trama y el destino de los personajes. También Bresson busca el distanciamiento. Pero su objetivo, me atrevería a decir, no está en mantener frías las emociones cálidas de manera que pueda prevalecer la inteligencia. El distanciamiento emocional de las películas de Bresson parece existir por una razón diferente: porque toda identificación en profundidad con los personajes es una impertinencia, una afrenta al misterio de la acción y el corazón humanos.
Susan Sontag, «Estilo espiritual en las películas de Robert Bresson», en Contra la interpretación (1966)
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